Volcanes de hielo en el cometa interestelar 3I/ATLAS

  • El cometa interestelar 3I/ATLAS muestra chorros asociados a volcanes de hielo detectados con telescopios europeos, con un papel clave del Telescopio Joan Oró en Cataluña.
  • La actividad criovolcánica se relaciona con la sublimación de dióxido de carbono y reacciones químicas internas en un núcleo rico en metales y materiales volátiles.
  • Su composición recuerda a objetos transneptunianos y condritas carbonáceas, lo que sugiere procesos de formación planetaria similares en otros sistemas estelares.
  • 3I/ATLAS es solo el tercer objeto interestelar observado, pasará a unos 270 millones de km de la Tierra y abandonará el Sistema Solar tras ofrecer una ventana única al pasado de otra estrella.

Cometa interestelar con criovolcanes

El cometa interestelar 3I/ATLAS se ha convertido en uno de los protagonistas absolutos de la astronomía reciente. Este visitante procedente de fuera del Sistema Solar no solo sigue una órbita hiperbólica que lo llevará a desaparecer para siempre, sino que además está mostrando un fenómeno tan llamativo como inesperado: la posible presencia de volcanes de hielo en plena actividad.

Las observaciones obtenidas en gran parte desde Europa, con un papel central de los equipos españoles, apuntan a que mientras el cometa se acercaba al Sol comenzaron a activarse chorros de gas y polvo que emergen desde su interior. Estos chorros encajan con lo que los científicos describen como actividad criovolcánica, es decir, erupciones provocadas por la sublimación de hielos volátiles en vez de lava rocosa.

Un visitante interestelar con volcanes de hielo en erupción

Actividad criovolcánica en cometa interestelar

Los datos recopilados muestran que 3I/ATLAS empezó a mostrar una actividad particularmente intensa cuando se acercó a unos 378 millones de kilómetros del Sol. A esa distancia, el incremento de radiación solar fue suficiente para calentar las capas externas del núcleo, provocando que el hielo atrapado en el interior se transformara en gas y saliera disparado en forma de chorros visibles desde la Tierra.

Este comportamiento, conocido desde hace décadas en cometas del propio Sistema Solar, en el caso de 3I/ATLAS adoptó una estructura más organizada y energética de lo habitual. En lugar de una simple sublimación difusa, los telescopios registraron chorros bien definidos que parecían partir de zonas concretas de la superficie, lo que encaja con la idea de criovolcanes o “volcanes de hielo” activos.

Según un estudio difundido el 24 de noviembre en el servidor de preprints arXiv, estas erupciones heladas se habrían producido a medida que el cometa avanzaba hacia su perihelio, el punto de máxima aproximación al Sol, alcanzado el 29 de octubre. Día a día, las imágenes y mediciones iban revelando un cometa mucho más dinámico de lo que se esperaba para un objeto interestelar.

En lugar de un cuerpo inerte, fosilizado tras miles de millones de años de viaje intergaláctico, los resultados sugieren que 3I/ATLAS conserva procesos internos capaces de activarse cuando recibe suficiente energía solar. Esa capacidad de “despertar” mediante volcanes de hielo ha obligado a los astrónomos a replantearse cómo son en realidad estos visitantes de otras estrellas.

El papel clave de los telescopios europeos y el Joan Oró

Observaciones del cometa 3I/ATLAS desde Europa

Buena parte de las observaciones más detalladas de estos volcanes de hielo se obtuvo desde Europa, y en particular desde España. El Telescopio Joan Oró del Observatorio del Montsec, en Cataluña, jugó un papel protagonista al registrar las imágenes de mayor resolución disponibles del cometa durante su aproximación al Sol.

Los equipos coordinados por el investigador Josep M. Trigo-Rodríguez, del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC/IEEC), siguieron con precisión cómo el brillo del cometa aumentaba de manera repentina a unos 378 millones de kilómetros del Sol. Ese salto en luminosidad se interpretó como una señal clara de que la superficie empezaba a liberar grandes cantidades de gas y polvo, coincidiendo con la activación de los criovolcanes.

La colaboración con otros observatorios catalanes y europeos permitió reconstruir una secuencia temporal muy fina de la actividad. Al combinar imágenes de distintos centros, los astrónomos lograron identificar la presencia de chorros dirigidos que salían desde regiones concretas del núcleo, reforzando la hipótesis de un sistema interno de cavidades y canales por donde se canaliza el material helado.

Además de los telescopios terrestres, otros instrumentos espaciales como Hubble o TESS han aportado información sobre la cantidad de material que el cometa expulsa. Algunas estimaciones apuntan a que, en los momentos de mayor actividad, 3I/ATLAS estaría lanzando al espacio decenas de kilos de gas y polvo por segundo, un ritmo que encaja con episodios de criovulcanismo intenso.

Desde la comunidad científica europea se subraya que este tipo de campañas coordinadas será crucial para futuros visitantes interestelares. La experiencia con 3I/ATLAS está sirviendo para ajustar protocolos de observación y desarrollar instrumentos específicos capaces de detectar señales sutiles de sublimación y volcanismo helado en objetos que se mueven muy deprisa.

Qué hay dentro de 3I/ATLAS: composición y química de los volcanes de hielo

Composición interna del cometa 3I/ATLAS

Uno de los puntos más interesantes del estudio es la relación entre la composición del cometa y el disparo de estos volcanes de hielo. Los análisis espectroscópicos indican que 3I/ATLAS contiene abundante dióxido de carbono sólido y una fracción metálica significativa, con presencia de hierro, níquel y sulfuros mezclados con hielos y otros materiales volátiles.

Los modelos propuestos sugieren que, a medida que el cometa se calienta, el CO2 congelado empieza a sublimar y a generar presión en cavidades internas. Esa presión podría permitir la circulación de fluidos oxidantes a través del núcleo, entrando en contacto con granos metálicos ricos en hierro y níquel. El resultado serían reacciones químicas exotérmicas capaces de liberar energía adicional y alimentar las erupciones criovolcánicas.

Este mecanismo explicaría por qué, en 3I/ATLAS, la actividad criovolcánica parece más organizada y potente que en muchos cometas del Sistema Solar, similar al criovulcanismo observado en Ceres. No se trataría solo de hielo que se sublima de manera pasiva, sino de un sistema interno donde la química y la física del núcleo trabajan juntas para impulsar los chorros con más fuerza.

Para respaldar esta interpretación, el equipo comparó el espectro del cometa con muestras de condritas carbonáceas recogidas por la NASA en la Antártida. Estas rocas, consideradas meteoritos muy primitivos, conservaron una mezcla rica en metales y compuestos volátiles parecida a la que se infiere para 3I/ATLAS. En uno de los casos, el fragmento estudiado estaba asociado a un antiguo objeto transneptuniano, lo que refuerza la idea de una composición similar entre el cometa y ciertos cuerpos helados del Sistema Solar externo.

Aunque el tamaño exacto de 3I/ATLAS sigue sin conocerse al detalle, las observaciones apuntan a un núcleo de entre unos cientos de metros y varios kilómetros de diámetro. Si su ancho ronda el kilómetro y se confirma una densidad relativamente alta por su contenido rocoso y metálico, la masa podría superar con holgura los 660 millones de toneladas. Esta masa, combinada con la estructura interna propuesta, encajaría bien con la capacidad del cometa para retener calor y mantener procesos criovolcánicos activos.

Similitudes con objetos transneptunianos y lo que revela sobre otros sistemas

Más allá del espectáculo de los volcanes de hielo, lo que realmente ha dejado a los investigadores con la boca abierta es que la composición y el comportamiento de 3I/ATLAS recuerdan a los objetos helados que orbitan más allá de Neptuno, como los cuerpos del cinturón de Kuiper o ciertos planetas enanos.

Los análisis espectrales realizados por el equipo de Trigo-Rodríguez muestran patrones de interacción con la luz muy parecidos a los de meteoritos primitivos y objetos transneptunianos. Dicho de otro modo: un cometa nacido en un sistema planetario remoto se parece sorprendentemente a los mundos helados de nuestro propio vecindario. El propio investigador lo resumía con una frase que se ha repetido en numerosos medios: “Todos quedamos sorprendidos”.

Si esta similitud se confirma con futuras observaciones, la implicación es potente: los procesos físicos y químicos que construyen cuerpos helados podrían repetirse de forma muy parecida en distintas estrellas. Esto apuntaría a discos protoplanetarios que, pese a estar en lugares separados de la galaxia, producen composiciones notoriamente semejantes para sus cometas y pequeños cuerpos.

En ese contexto, 3I/ATLAS funcionaría como un puente entre los objetos transneptunianos de nuestro Sistema Solar y los cuerpos que orbitan alrededor de otras estrellas. Para la astronomía comparada, contar con un mensajero que trae información química de otro sistema y que, además, se comporta de manera comprensible a la luz de lo que ya conocemos, abre una oportunidad única para contrastar teorías de formación planetaria.

Los modelos cosmogónicos que se están discutiendo a raíz de estas observaciones indican que mundos helados como 3I/ATLAS podrían ser bastante comunes en la galaxia. Si muchos sistemas estelares generan cometas ricos en hielos volátiles, metales y compuestos orgánicos, la diversidad aparente de los sistemas planetarios podría esconder patrones de fondo más universales de lo que pensábamos.

Un viajero muy antiguo, rápido y difícil de atrapar

El interés científico que despierta 3I/ATLAS no se limita a sus volcanes de hielo. Es apenas el tercer objeto interestelar detectado, después de ‘Oumuamua y 2I/Borisov, lo que lo convierte en una rareza estadística. Antes de 2017 no habíamos identificado ninguno; desde entonces, apenas un puñado ha cruzado nuestro entorno cósmico a la vista de nuestros telescopios.

Las mediciones de su trayectoria indican que el cometa se desplazaba a más de 221.000 kilómetros por hora cuando fue descubierto. Esa velocidad, combinada con su órbita claramente hiperbólica, confirma que no está ligado gravitacionalmente al Sol y que procede de una región lejana de la galaxia. A efectos prácticos, se trata de un visitante de paso único.

Las estimaciones preliminares apuntan a que su edad podría ser incluso mayor que la del propio Sistema Solar. Esto implica que el cometa ha pasado miles de millones de años expuesto a rayos cósmicos y radiación de fondo, que han modificado sus capas externas. Esa “pátina” irradiada complica la reconstrucción exacta de su historia, pero al mismo tiempo convierte a su interior en una cápsula del tiempo privilegiada, donde podrían haberse preservado materiales prácticamente prístinos.

Los astrónomos insisten en que cada objeto interestelar que conseguimos estudiar aporta una pieza crucial al rompecabezas. No solo ayudan a entender cómo se forman y evolucionan otros sistemas, sino que además permiten evaluar los riesgos potenciales de estos cuerpos si llegaran a cruzar trayectorias cercanas a la Tierra. Aunque 3I/ATLAS no supone un peligro, comprender cómo se comportan estos objetos, qué velocidades manejan y qué trayectorias siguen es esencial para futuros análisis de defensa planetaria.

Durante los últimos meses, su paso ha ido generando creciente atención mediática y en redes sociales. No han faltado teorías extravagantes que lo presentaban como una supuesta nave extraterrestre, alimentadas por la rareza del fenómeno. Sin embargo, los cálculos orbitales y las mediciones físicas encajan perfectamente con un cometa natural expulsado de su sistema original por interacciones gravitatorias, sin necesidad de recurrir a explicaciones exóticas.

Ventana de observación: máxima aproximación y cuenta atrás

En el calendario de los observatorios europeos, una de las fechas marcadas en rojo es el 19 de diciembre de 2025. Ese día, si se mantienen las predicciones, 3I/ATLAS alcanzará su punto de máxima aproximación a la Tierra, situándose a unos 270 millones de kilómetros de nuestro planeta. No será un espectáculo visible a simple vista para el público general, pero sí un momento clave para exprimir la capacidad de los instrumentos científicos.

Desde que el cometa superó su perihelio a finales de octubre, las dudas sobre cómo evolucionará su actividad criovolcánica no han dejado de crecer. Las teorías incluyen desde posibles fragmentaciones del núcleo hasta cambios en la tasa de emisión de gas. Cada nueva imagen y cada medición fotométrica ayudan a perfilar mejor si los volcanes de hielo mantendrán su intensidad o se irán apagando a medida que el cometa se aleje del Sol.

Para los astrónomos, el margen de maniobra es corto: 3I/ATLAS seguirá una trayectoria hiperbólica que lo sacará definitivamente del Sistema Solar el próximo año. Eso significa que las noches despejadas de los próximos meses se han vuelto especialmente valiosas para obtener tantos datos como sea posible antes de que el cometa desaparezca del alcance de nuestros telescopios.

Los equipos que trabajan con el Telescopio Joan Oró y otros observatorios europeos ya han ajustado sus programas para priorizar el seguimiento del cometa mientras continúe accesible. Cada erupción de gas, cada cambio en su coma y cada variación en el brillo contribuyen a reconstruir la historia térmica y química de este objeto con un nivel de detalle que hasta hace pocos años habría sido impensable para un visitante interestelar.

Esta campaña de observación intensiva se ve complementada por modelos numéricos que simulan la evolución del núcleo bajo diferentes escenarios de composición y estructura interna. Al comparar las simulaciones con los datos reales, los investigadores esperan acotar mejor las propiedades físicas del cometa, desde su tamaño hasta la distribución de sus volcanes de hielo.

Mientras el cometa continúa alejándose poco a poco de la influencia directa del Sol, las erupciones de sus criovolcanes se han convertido en una especie de firma distintiva. Esos chorros helados, que hace apenas unos meses eran inimaginables para un objeto interestelar, ahora se consideran una pista directa de que los mundos helados pueden albergar dinámicas internas complejas durante escalas de tiempo descomunales.

Lo aprendido en tan poco tiempo posiciona a 3I/ATLAS como uno de los cometas más influyentes de las últimas décadas desde el punto de vista científico. Sus volcanes de hielo han obligado a revisar ideas previas sobre los objetos interestelares, han demostrado el potencial de la infraestructura astronómica europea —con el Telescopio Joan Oró en primera línea— y han puesto sobre la mesa la posibilidad de que la química de los mundos helados se repita una y otra vez en sistemas muy distintos a nuestra propia vecindad planetaria.

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