Una temporada de huracanes intensa pero atípica en el Atlántico

  • La temporada de huracanes 2025 en el Atlántico terminó con 13 ciclones con nombre y cinco huracanes, pero sin impactos directos en Estados Unidos.
  • Tres huracanes alcanzaron la categoría 5, con Melissa como uno de los ciclones más potentes jamás registrados en la cuenca atlántica.
  • El Caribe, especialmente Jamaica, Haití y zonas de Cuba, fue la región más castigada por vientos extremos, marejadas e inundaciones.
  • El uso de modelos de Inteligencia Artificial mejoró de forma notable los pronósticos de trayectoria e intensidad de los huracanes más peligrosos.

Temporada de huracanes en el Atlántico

La temporada de huracanes del Atlántico de 2025 ha llegado a su fin con un balance tan llamativo como paradójico: una actividad dentro de los valores previstos en número total de sistemas, según análisis sobre la actividad promedio en la cuenca, pero con una proporción inusualmente alta de huracanes muy intensos y, al mismo tiempo, sin un solo impacto directo de huracán en Estados Unidos. Para la cuenca en su conjunto, el periodo ha dejado cifras que encajan en los promedios climáticos, pero también episodios extremos que han batido registros históricos.

A nivel global, los meteorólogos destacan que fue una temporada «rara» y difícil de encajar en los patrones clásicos. Hubo menos huracanes de lo inicialmente pronosticado, pero la mayoría alcanzó categorías altas y generó una energía ciclónica acumulada claramente por encima de lo que cabría esperar con tan pocos sistemas. Además, el comportamiento atmosférico desvió gran parte de los ciclones hacia mar abierto o hacia el Caribe, reduciendo el impacto directo en el continente norteamericano pero agravando las consecuencias para varias islas, una situación que la NOAA había anticipado en sus previsiones generales.

Balance general: 13 tormentas con nombre y una intensidad desproporcionada

En el Atlántico se formaron 13 tormentas con nombre entre el 1 de junio y el 30 de noviembre, exactamente en el rango medio de lo considerado normal para la serie climatológica reciente, un dato que coincide con análisis sobre la temporada de huracanes en el Atlántico. De ellas, cinco alcanzaron la categoría de huracán y cuatro llegaron a la categoría de huracán mayor (categoría 3 o superior), una cifra que supera la media histórica de tres huracanes intensos por temporada.

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) había anticipado una temporada ligeramente por encima de lo normal, con entre 13 y 19 tormentas con nombre y entre 6 y 10 huracanes, de los cuales varios podrían ser de gran intensidad. El pronóstico se cumplió en cuanto al nivel de energía liberada por los ciclones, pero no en el reparto clásico entre número de sistemas y fuerza: hubo menos huracanes de los esperados, aunque casi todos ellos se comportaron como auténticos «pesos pesados».

Entre las tormentas nombradas se incluyen Andrea, Barry, Chantal, Dexter, Fernand, Jerry, Karen y Lorenzo como ciclones que no llegaron a la máxima intensidad, y Erin, Gabrielle, Humberto, Imelda y Melissa como huracanes. De estos últimos, cuatro se clasificaron como mayores, y tres alcanzaron la categoría 5, el nivel más alto de la escala de Saffir-Simpson.

La temporada también registró una pausa muy llamativa durante las semanas climatológicamente más activas, entre finales de agosto y mediados de septiembre, cuando el Atlántico permaneció prácticamente en silencio. Ese parón contrasta con el intenso tramo final de octubre, dominado por la rápida intensificación de Melissa, que concentró buena parte de los impactos más graves del año, un fenómeno que conecta con el impacto de las tormentas tropicales en regiones vulnerables.

Mapa de huracanes atlánticos

Un año sin huracanes en Estados Unidos, pero devastador para el Caribe

Uno de los datos más comentados de esta temporada es que, por primera vez en una década, ningún huracán tocó tierra en el territorio continental de Estados Unidos. La única tormenta con nombre que llegó a la costa fue la tormenta tropical Chantal, que entró en julio por las Carolinas con vientos relativamente modestos y causó inundaciones puntuales y algunas víctimas mortales, pero sin alcanzar la categoría de huracán.

Según el administrador de la NOAA, Neil Jacobs, este respiro fue «un descanso muy necesario» para un país que venía de una década con más de dos docenas de impactos de huracanes. Sin embargo, la ausencia de impactos directos en Estados Unidos no se traduce en una temporada benigna: varios ciclones provocaron fuerte oleaje, marejadas y corrientes de resaca que dañaron infraestructuras costeras en la costa este, mientras que los efectos más graves se concentraron en naciones vecinas del Caribe.

Los expertos vinculan este patrón de trayectorias con anomalías en la circulación atmosférica y con cambios en los vientos de gran altitud, relacionados en parte con el calentamiento del Ártico y la disposición de la corriente en chorro. Estos factores habrían favorecido que muchos ciclones recurvaran hacia el este o permanecieran más al sur, evitando la típica ruta directa hacia Florida o el Golfo de México, pero exponiendo de lleno a países como Jamaica, Haití o Cuba, como muestran análisis sobre riesgos y retos en Florida y el Caribe.

En Europa y la fachada atlántica oriental, los restos de varias tormentas se tradujeron sobre todo en episodios de oleaje, mar de fondo y algunas lluvias asociadas a sistemas extratropicales, sin equivaler a un impacto directo de huracán. Regiones como las Azores o sectores del Atlántico nororiental vieron pasar a distancia algunos de estos sistemas transformados en borrascas de latitudes medias.

Erin, Humberto e Imelda: huracanes potentes pero mayoritariamente oceánicos

Dentro del listado de huracanes de la temporada, Erin fue el primero en alcanzar la categoría 5 y uno de los casos de intensificación rápida más extremos jamás documentados en el Atlántico. En apenas 24 horas pasó de un huracán de categoría 1, con vientos de unos 120 km/h, a un ciclón de categoría 5 con vientos cercanos a los 260 km/h, y registró también una de las caídas de presión atmosférica más rápidas en un día en la cuenca, un síntoma de huracanes cada vez más potentes.

A pesar de su fuerza, Erin permaneció sobre todo en mar abierto, generando fuerte oleaje y corrientes de resaca a lo largo de la costa este de Estados Unidos y afectando a la navegación, pero sin un impacto directo sobre grandes zonas pobladas. Situaciones similares se dieron con Humberto e Imelda, que alcanzaron intensidad de huracán mayor o se approximaron a ella pero acabaron recurvando lejos del continente gracias a patrones de viento poco habituales.

Los meteorólogos subrayan que esta combinación de ciclones muy potentes y trayectorias relativamente benignas para Estados Unidos no debe confundirse con una señal de menor riesgo a largo plazo. La temporada encaja en una tendencia más amplia en la que el Atlántico acumula ya nueve de las últimas diez temporadas por encima de la media en actividad, impulsadas por unas temperaturas oceánicas excepcionalmente cálidas y por patrones como La Niña en el Pacífico, que suelen favorecer el desarrollo de huracanes en la cuenca atlántica.

El comportamiento de estos sistemas también dejó episodios curiosos, como la interacción cercana entre Humberto e Imelda, que se aproximaron entre sí más que cualquier otro par de huracanes observado con datos satelitales fiables, o desvíos de trayectoria atribuidos al llamado efecto Fujiwhara, donde un huracán de gran tamaño modifica el movimiento de otro ciclón más débil situado a su alrededor.

Aun con estos giros inesperados, el balance final confirma que la mayoría de los daños humanos y económicos se concentró en las islas caribeñas y en Centroamérica, mientras que la costa este estadounidense y el Golfo vivieron un año inusualmente tranquilo para lo que venía siendo la norma desde 2015, y la necesidad de que la protección civil intensifique acciones quedó especialmente clara.

Melissa: un huracán de récords que marcó la temporada

Si hay un nombre propio que resume la temporada de huracanes 2025, ese es Melissa. Este ciclón alcanzó la categoría 5 con vientos estimados de hasta 295 km/h y se convirtió en uno de los huracanes más intensos jamás registrados en el Atlántico. La Organización Meteorológica Mundial lo ha calificado como la «tormenta del siglo» para Jamaica y los análisis posteriores lo sitúan como el tercer ciclón más potente que ha tocado tierra en la historia de la cuenca atlántica.

El huracán se formó en el Caribe a finales de octubre y experimentó una intensificación rápida excepcional, pasando de tormenta tropical a huracán de categoría muy alta en menos de tres días, mientras se desplazaba lentamente al sur de Jamaica sobre aguas anómalamente cálidas. Esta trayectoria lenta mantuvo durante días una situación de lluvias torrenciales y vientos extremos sobre una franja relativamente reducida del Caribe occidental.

Cuando Melissa impactó el oeste de Jamaica el 28 de octubre, lo hizo con vientos sostenidos del orden de los 185 mph (alrededor de 295 km/h), igualando marcas históricas como la del huracán del Día del Trabajo de 1935. Una sonda lanzada por los aviones cazahuracanes de la NOAA dentro de la pared del ojo midió una ráfaga de unos 252 mph (más de 400 km/h) a baja altura, considerada ahora la mayor velocidad de viento registrada de forma directa en un ciclón tropical.

Tras atravesar Jamaica, Melissa continuó afectando a Haití, el este de Cuba y otras zonas del Caribe, aún con vientos de gran intensidad y con un enorme arrastre de humedad. Las inundaciones, los deslizamientos de tierra y la destrucción de infraestructuras se extendieron por buena parte de la región, con especial incidencia en áreas rurales y costeras que ya arrastraban vulnerabilidades previas.

El balance humano y económico es demoledor: se estiman más de un centenar de fallecidos, principalmente en Jamaica y Haití, y daños que diversos organismos y centros de análisis, como el Centro Global del Clima de AccuWeather, cifran en decenas de miles de millones de dólares. Solo en Jamaica, algunas evaluaciones preliminares han llegado a situar las pérdidas por encima de los 10.000 millones de dólares, mientras otras estimaciones regionales elevan la factura total de la catástrofe a más de 48.000 millones.

Impactos en Centroamérica y el Atlántico oriental

Aunque la atención mediática se centró en el golpe directo sobre Jamaica y Haití, otras zonas del Caribe y Centroamérica también sufrieron de forma indirecta la temporada. Los vientos huracanados y el mar extremadamente agitado asociados a Melissa afectaron a partes de Cuba, República Dominicana y Panamá, donde se registraron pérdidas materiales significativas y cortes prolongados de servicios básicos.

En Costa Rica, por ejemplo, el huracán Melissa no llegó a tocar tierra, pero su presencia en el Caribe occidental tuvo un claro reflejo en el tiempo. El Instituto Meteorológico Nacional (IMN) considera que la temporada en la región se mantuvo dentro de los rangos normales en número de sistemas, con 12 ciclones nombrados que influyeron de una u otra manera en su entorno. Sin embargo, la circulación asociada a Melissa activó de forma muy marcada la Zona de Convergencia Intertropical y desencadenó lluvias históricas durante el mes de octubre.

Varias estaciones meteorológicas costarricenses registraron su octubre más lluvioso desde que hay datos, con acumulados que superaron ampliamente los 500 mm en localidades del Pacífico y del interior. Nombres como Nicoya, Parrita, San Pedro, Alajuela, Liberia, Puntarenas o Quepos figuran entre los puntos donde la precipitación mensual batió récords, reflejando cómo un huracán situado a cientos de kilómetros puede reorganizar completamente el patrón de lluvias de un país.

El IMN subraya que, pese a la virulencia de algunos episodios de lluvia, la temporada terminó para Costa Rica con impactos relativamente contenidos en comparación con otros años mucho más activos. La agencia destaca el papel de la variabilidad climática y de ciertos patrones atmosféricos que, aun con condiciones superficiales similares a las de temporadas muy intensas, han dado lugar en 2025 a una actividad moderada en número, pero muy marcada por uno o dos sistemas de enorme potencia.

En el Atlántico oriental y zonas más próximas a Europa, las consecuencias han sido más indirectas todavía, traduciéndose en mar de fondo, temporales costeros y el paso de borrascas que en su origen fueron ciclones tropicales o subtropicales. Este tipo de interacciones recuerdan que, aunque los huracanes no suelen llegar con estructura tropical intacta a la península ibérica o al continente europeo, sí pueden influir en la dinámica de las borrascas otoñales que afectan a España y otros países del entorno.

Una temporada «extraña»: pausa en el pico y repunte tardío

Los especialistas en climatología tropical coinciden en que 2025 será recordado como un año atípico. A las cifras llamativas de intensidad se suma un comportamiento temporal poco habitual: tras un comienzo relativamente activo en junio y julio, la cuenca vivió alrededor de tres semanas prácticamente en blanco durante pleno pico climatológico, desde finales de agosto hasta mediados de septiembre.

Este tipo de parones en plena temporada alta no es inédito, pero sí muy poco frecuente. Los análisis preliminares apuntan a una combinación de aire seco en el Atlántico oriental, polvo sahariano, y patrones de cizalladura del viento poco favorables para que las ondas tropicales que salían de África se organizaran en ciclones bien definidos. El resultado fue un periodo sorprendentemente tranquilo, pese a que las temperaturas de la superficie del mar seguían mostrando valores muy por encima de la media.

La calma, sin embargo, no duró. A partir de la segunda mitad de septiembre y, sobre todo, en octubre, la atmósfera cambió de configuración y la temporada se concentró en un intenso tramo final. Buena parte de la energía ciclónica acumulada del año se generó en esas últimas seis semanas, en las que se produjo la mayor parte de los huracanes de alta categoría, incluida la escalada de Melissa hasta la categoría 5.

Este vaivén ha llevado a varios investigadores a insistir en que, en un clima que se calienta, no basta con contar el número de tormentas. Cada vez importa más cómo se distribuyen en el tiempo, qué intensidad alcanzan y qué trayectorias siguen, ya que incluso una temporada con un número «normal» de ciclones puede derivar en impactos sin precedentes si uno solo de ellos coincide con zonas pobladas y vulnerables.

Para Europa y, en particular, para España, este tipo de temporadas confirman la necesidad de seguir de cerca la evolución de los huracanes y sus restos, especialmente en otoño, cuando los ex-huracanes pueden integrarse en el chorro polar y desencadenar temporales de lluvia y viento con efectos notables en la fachada atlántica, aunque sin la violencia propia de un ciclón tropical en su fase madura.

Modelos de Inteligencia Artificial y mejora de los pronósticos

Otro elemento relevante de esta temporada ha sido el salto cualitativo en los métodos de previsión. Por primera vez, el Centro Nacional de Huracanes (NHC) de la NOAA incorporó de forma operativa modelos basados en Inteligencia Artificial en sus pronósticos de trayectoria e intensidad. Estas herramientas, entrenadas con grandes bases de datos de ciclones pasados y condiciones atmosféricas, se han utilizado como una guía adicional junto a los modelos numéricos tradicionales.

Según responsables del NHC, la combinación de ambos enfoques permitió anticipar con varios días de margen la rápida intensificación de algunos de los huracanes más peligrosos, entre ellos Melissa. En el caso concreto de este ciclón, el centro estadounidense fue capaz de proyectar con gran precisión la trayectoria que lo llevaría a impactar Jamaica, reduciendo la desviación final a apenas unas decenas de kilómetros respecto a la ruta prevista varios días antes.

Investigadores que han analizado el rendimiento de los modelos durante la temporada señalan que los algoritmos de IA han competido de tú a tú con algunos de los sistemas de predicción más consolidados, tanto en trayectoria como en intensidad. Aunque aún queda camino por recorrer para integrarlos plenamente en la operativa diaria, los resultados de 2025 se consideran un indicio claro de su potencial para mejorar la anticipación de episodios extremos.

De cara a Europa, esta mejora en los pronósticos es especialmente relevante para el seguimiento de ex-huracanes que puedan reengancharse al chorro y afectar al tiempo en el Atlántico nororiental. Contar con trayectorias más precisas ayuda a evaluar mejor los riesgos de fuertes oleajes, lluvias intensas o vientos asociados a borrascas de origen tropical que, en ocasiones, alcanzan la península ibérica o el oeste del continente.

Con el telón de fondo del cambio climático, la comunidad científica insiste en que cada temporada de huracanes debe entenderse ya no solo como un conjunto de cifras, sino como una pieza más de un puzzle mayor en el que las temperaturas del mar, los patrones atmosféricos globales y la variabilidad natural se combinan para producir escenarios cada vez más complejos. La temporada que ahora termina deja una mezcla de alivio en unas regiones y devastación en otras, y refuerza la sensación de que la planificación y la adaptación serán claves en los años que vienen.

Con el cierre oficial del periodo ciclónico, la cuenca atlántica entra en una fase de aparente calma, pero la experiencia de 2025 demuestra que un año puede considerarse climatológicamente «normal» y, aun así, registrar huracanes de récord y daños extraordinarios en zonas concretas. Para los países de la cuenca, desde el Caribe hasta Europa occidental, la lección que deja esta temporada es clara: más que fijarse solo en la cantidad de tormentas, conviene prestar atención a cómo, dónde y con qué intensidad se desarrollan.

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