Temporada de huracanes: qué se espera y cómo prepararse

  • Se prevé una temporada de huracanes 2026 más activa de lo normal, sobre todo en el Pacífico
  • El posible desarrollo de El Niño puede intensificar los ciclones y favorecer huracanes más fuertes
  • En el Pacífico se estiman hasta 21 ciclones con nombre y en el Atlántico hasta 15
  • Las autoridades insisten en la prevención, el seguimiento de avisos oficiales y planes de emergencia

Mapa temporada de huracanes

La temporada de huracanes de 2026 apunta a ser más movida de lo habitual en el conjunto de las cuencas tropicales, con especial atención en el océano Pacífico. Los servicios meteorológicos han adelantado que el número total de ciclones con nombre podría situarse claramente por encima de los registros medios de las últimas décadas, algo que preocupa tanto por el potencial de daños como por el impacto en infraestructuras y recursos hídricos, y se apoyan en recursos como el avión cazahuracanes de la NOAA.

Buena parte de esta posible intensificación se relaciona con el escenario de formación del fenómeno de El Niño, que tiende a calentar las aguas superficiales del Pacífico y a alterar los patrones atmosféricos en gran parte del planeta. Aunque las previsiones se centran en México y el entorno del Atlántico norte, las implicaciones de una temporada más activa también interesan a Europa, donde cada vez es más frecuente el seguimiento de ciclones atlánticos que, ya debilitados, pueden dejar lluvias abundantes y temporales de viento.

Una temporada más activa de lo normal

Pronóstico temporada de huracanes

Las proyecciones presentadas por los servicios meteorológicos oficiales apuntan a que la temporada de huracanes 2026 será más intensa que el promedio, especialmente en el Pacífico oriental y central. Entre el Pacífico y el Atlántico se podrían sumar hasta 36 ciclones tropicales con nombre, una cifra claramente superior a lo que se considera una temporada «típica» (balance de temporadas anteriores).

En el océano Pacífico, la estimación ronda entre 18 y 21 ciclones tropicales, por encima de la climatología de referencia (1991-2020), que marca una media de unos 15 sistemas por año. Esta diferencia no es menor: supone más días con vigilancia activa, mayor probabilidad de que alguno de esos sistemas llegue a categoría de huracán intenso y un incremento del riesgo para zonas costeras, especialmente en lo que se espera en México.

Para la cuenca del Atlántico norte, que incluye el Golfo de México y el Caribe, se prevé la formación de entre 11 y 15 ciclones tropicales. En este caso, la actividad se situaría cerca del promedio histórico o ligeramente por debajo, pero con la posibilidad de varios huracanes de categoría alta. Aunque el número total no sea extremo, un solo ciclón bien organizado puede bastar para provocar daños graves, algo que los expertos repiten cada año. Para detalles sobre la dinámica de esta cuenca consulte la información sobre la temporada de huracanes del Atlántico.

En conjunto, se calcula que al menos siete ciclones podrían alcanzar categorías mayores (3, 4 o 5 en la escala Saffir-Simpson), es decir, con vientos muy destructivos y un potencial de impacto significativo en zonas densamente pobladas y en infraestructuras críticas. Además, la combinación de lluvias torrenciales, marejadas y deslizamientos de tierra sigue siendo la principal fuente de víctimas y daños materiales; episodios extremos se corresponden con algunos de los huracanes más destructivos registrados.

El papel de El Niño y el calentamiento del mar

La clave de este pronóstico más activo está en el posible desarrollo de un episodio de El Niño a partir de finales de primavera, con una fase más intensa hacia septiembre. Este fenómeno oceánico-atmosférico consiste en un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial, que altera la circulación de vientos en altura y la distribución de lluvias a escala planetaria.

Los modelos climáticos manejan escenarios con incrementos de hasta tres grados en la temperatura del mar en algunos sectores, algo que para los meteorólogos equivale a añadir combustible a los ciclones tropicales. Cuanto más cálidas son las aguas, mayor es la energía disponible para que una depresión tropical se organice, intensifique su convección y termine convirtiéndose en tormenta tropical o huracán. Estas previsiones se complementan con nuevas capacidades de observación, como los ocho microsatélites para estudiar los huracanes.

Históricamente, los años con presencia de El Niño se han asociado a huracanes muy intensos en el Pacífico, mientras que en el Atlántico pueden tender a disminuir ligeramente en número, aunque no siempre en severidad. Ejemplos como Patricia (2015) u Otis (2023), huracanes de categoría 5 en el Pacífico oriental, se formaron bajo la influencia de este patrón, lo que lleva a los especialistas a insistir en que el seguimiento en esa cuenca debe ser especialmente estrecho.

Además, el calentamiento del océano no solo alimenta a los ciclones, sino que se vincula con condiciones de sequía más prolongadas, aumento de incendios forestales y episodios de calor extremo en tierra firme. Ese contexto complica la gestión de emergencias, ya que a los daños directos por viento y lluvia se suman otros riesgos como la escasez de agua, la degradación de suelos y las olas de calor previas o posteriores al paso de los sistemas tropicales.

Cómo se clasifican depresiones, tormentas y huracanes

Para entender la magnitud de los avisos, conviene repasar cómo se clasifican estos fenómenos. La escala Saffir-Simpson ordena los ciclones tropicales según la intensidad del viento sostenido, empezando por las depresiones y llegando hasta los huracanes de categoría 5. Véase además la explicación sobre las diferencias entre huracán, ciclón y tifón.

Una depresión tropical se define por vientos de entre unos 45 y 62 km/h. Son sistemas organizados, con circulación cerrada, pero todavía relativamente débiles. Si continúan intensificándose y sus vientos sostenidos alcanzan entre 63 y 119 km/h, pasan a llamarse tormentas tropicales. A partir de ese punto, cada estructura que cumpla los criterios recibe un nombre oficial.

Cuando el viento sostenido supera los 120 km/h, el ciclón ya se considera huracán. Dentro de esta categoría general, la escala contempla cinco niveles: desde la categoría 1 (120 a 153 km/h) hasta la 5, que agrupa a los sistemas con vientos superiores a 249 km/h. Cuanto mayor es la categoría, mayores son los daños potenciales en edificaciones, tendidos eléctricos, agricultura y, en general, en cualquier infraestructura expuesta.

En la práctica, los mayores riesgos no solo se asocian al viento sino también a la lluvia intensa, las inundaciones repentinas y la marejada ciclónica. Por eso, incluso una depresión tropical o una tormenta de baja intensidad puede provocar problemas serios si se mantiene estacionaria sobre una región o llega a zonas mal drenadas, algo que también puede afectar indirectamente a Europa, cuando los restos de estos sistemas alcanzan el Atlántico norte y se reactivan como borrascas extratropicales; para entender la relación con el litoral europeo, consulte por qué no hay huracanes en España.

Pronóstico detallado para Pacífico y Atlántico

En el Pacífico oriental, el pronóstico para la temporada de huracanes 2026 contempla de 18 a 21 ciclones tropicales con nombre. De ellos, se estima que entre nueve y diez serán tormentas tropicales, de cinco a seis alcanzarán la categoría de huracán de baja intensidad (categorías 1 o 2) y entre cuatro y cinco podrían ser huracanes mayores (categorías 3, 4 o 5).

Esta distribución refleja que no solo habrá más sistemas, sino también una proporción significativa con potencial destructivo elevado. Zonas costeras del Pacífico americano, incluidas áreas turísticas y puertos estratégicos, deberán extremar precauciones durante los meses de máxima actividad, normalmente entre agosto y octubre.

Para la cuenca del Atlántico norte, que interesa de forma directa a América y de manera indirecta a Europa, se esperan de 11 a 15 ciclones tropicales. En ese conjunto se incluirían entre siete y ocho tormentas tropicales, de tres a cinco huracanes de categorías 1 o 2 y entre uno y dos huracanes mayores. Aunque el número total se sitúe en torno a la media, el hecho de que puedan producirse varios sistemas de alta categoría obliga a mantener la guardia. Los riesgos detallados para la cuenca atlántica y el Caribe están recogidos en el análisis sobre riesgos en Florida y el Caribe.

Europa, y en particular la fachada atlántica que va de la Península Ibérica al norte del continente, suele recibir los restos de algunos de estos ciclones tropicales transformados en borrascas. Estos sistemas, ya sin estructura de huracán, pueden no obstante descargar lluvias abundantes, generar temporales de viento y mar de fondo en el litoral, afectando a la navegación y a las infraestructuras costeras.

Nombres de los ciclones previstos para la temporada

Cada año, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) establece listas de nombres para los ciclones tropicales de cada cuenca oceánica. Estos listados se elaboran con antelación y se utilizan de forma rotatoria, retirando solamente aquellos nombres asociados a huracanes excepcionalmente destructivos, que se sustituyen por otros para evitar confusiones o sensibilidades. El proceso está descrito en detalle sobre cómo se eligen los nombres.

Para el océano Pacífico, se han asignado nombres como Amanda, Boris, Cristina, Douglas, Elida, Fausto, Genevieve, Hernan, Iselle, Julio, Karina, Lowell, Marie, Norbert, Odalys, Polo, Rachel, Simon, Trudy, Vance, Winnie, Xavier, Yolanda y Zeke. Cada nuevo sistema que alcance la intensidad mínima de tormenta tropical irá recibiendo el nombre que corresponda según el orden alfabético establecido.

En el Atlántico, el listado incluye, entre otros, Arthur, Bertha, Cristobal, Dolly, Edouard, Fay, Gonzalo, Hanna, Isaias, Josephine, Kyle, Leah, Marco, Nana, Omar, Paulette, Rene, Sally, Teddy, Vicky y Wilfred. Esta nomenclatura facilita la comunicación entre servicios meteorológicos, medios de comunicación y población, algo esencial cuando coinciden varios sistemas activos al mismo tiempo.

Lecciones de temporadas anteriores y preparación ciudadana

Las estadísticas del último siglo muestran que la media de ciclones que impactan directamente en las costas de México es de unos 5,4 al año, con mayor frecuencia en el Pacífico que en el Atlántico. Sin embargo, hay temporadas que quedan por debajo de la media y otras que destacan por su actividad e intensidad, lo que obliga a revisar cada año las medidas de prevención.

En 2025, por ejemplo, la actividad estuvo algo por debajo del promedio en términos de impactos directos: solo dos ciclones tocaron tierra, uno en cada costa. Aun así, el huracán Erick alcanzó categoría 4 e impactó con fuerza en zonas de Guerrero y Oaxaca, mientras que la tormenta Barry dejó lluvias récord en el norte de Veracruz y el sur de Tamaulipas. Estos casos ilustran que no hace falta un gran número de sistemas para registrar daños importantes.

Paradójicamente, algunos de estos ciclones contribuyeron a recuperar los niveles de agua en embalses y presas, que llegaron a superar el almacenamiento del año anterior. Esta doble cara de los huracanes —destructivos en zonas vulnerables, pero a la vez clave para el aporte hídrico— también se observa en otros lugares del mundo, incluida la cuenca del Atlántico que influye en el clima europeo. Consulte además los beneficios de los huracanes en determinados contextos.

Las autoridades de protección civil insisten en que, ante una temporada de huracanes más intensa que el promedio, la clave está en la preparación: disponer de planes familiares de emergencia, conocer las rutas de evacuación, seguir los avisos oficiales y evitar la desinformación. En Europa, donde los impactos directos de huracanes son poco frecuentes pero sí llegan sus restos, el refuerzo de los sistemas de alerta temprana y la actualización de infraestructuras costeras frente a temporales son también temas sobre la mesa. Asimismo, protección civil intensifica acciones ante estos escenarios.

Con un escenario marcado por el posible fortalecimiento de El Niño y un aumento previsto de ciclones, la vigilancia meteorológica y la cultura de prevención se vuelven más necesarias que nunca. Independientemente de que se viva en la costa del Pacífico, en el Caribe, en el interior de un país o en la fachada atlántica europea, entender cómo evoluciona la temporada y actuar con antelación puede marcar la diferencia entre un episodio manejable y una emergencia de gran magnitud.

temporada de huracanes 2026 menos activa en el Atlántico
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