
Este escenario de menor intensidad viene marcado, sobre todo, por la influencia prevista de El Niño, un fenómeno que altera la circulación atmosférica a escala global y tiende a frenar el desarrollo de huracanes en el Atlántico. Los modelos climáticos, incluidos los utilizados en Europa, dibujan un año con menos ciclones de lo normal, pero con un margen de incertidumbre que obliga a mantener la vigilancia.
Una temporada menos activa: qué dicen los pronósticos
El equipo de investigación de la Universidad Estatal de Colorado, uno de los referentes en pronóstico estacional de huracanes, ha publicado una previsión inicial que apunta a una temporada ligeramente por debajo de la media histórica en la cuenca atlántica. Sus cálculos hablan de unas 13 tormentas con nombre, de las cuales seis podrían alcanzar fuerza de huracán y dos llegar a la categoría de huracanes mayores (categoría 3 o superior).
Estas cifras se comparan con un promedio de referencia de unas 14 tormentas nombradas, 7 huracanes y 3 grandes huracanes para el periodo 1991-2020. Es decir, la actividad prevista rondaría aproximadamente el 75 % del nivel medio, algo por debajo del 100 % habitual en las últimas décadas. La propia universidad recuerda que, aunque el número de sistemas sea menor, eso no implica automáticamente menos impacto en tierra.
La temporada oficial de ciclones en el Atlántico se extiende del 1 de junio al 30 de noviembre, con el periodo más activo entre agosto y octubre. Para 2026, los investigadores recalcan que la cifra de 13 tormentas es similar a la registrada en el año anterior, que también se situó en torno al promedio, pero con una distribución de intensidad bastante llamativa.
En 2025 se observaron tres ciclones de categoría 5 en el Atlántico, una de las cifras más altas desde que hay registros, aunque con un dato curioso: fue la primera temporada en una década en la que ningún huracán tocó directamente territorio continental de Estados Unidos. Ese contraste entre alta potencia y menor número de impactos directos es un ejemplo de cómo la estadística no siempre refleja el riesgo real percibido en las costas.
El Niño, el gran responsable de una actividad a la baja
El elemento clave para entender por qué se espera una temporada menos activa es el desarrollo previsto de un episodio de El Niño de intensidad moderada a fuerte. Este patrón oceánico-atmosférico se caracteriza por un calentamiento anómalo de las aguas del Pacífico ecuatorial y una reorganización de la circulación atmosférica que se siente a miles de kilómetros, incluido el Atlántico.
En términos prácticos, El Niño tiende a aumentar la cizalladura vertical del viento sobre el Caribe y el Atlántico tropical. Esa cizalladura, es decir, la diferencia de velocidad y dirección del viento entre distintos niveles de la atmósfera, actúa como un freno para los ciclones, porque dificulta que las tormentas se organicen y se intensifiquen. Las columnas nubosas se cortan y los sistemas tienen más problemas para consolidarse.
Los análisis actuales muestran una transición rápida desde unas condiciones recientes más cercanas a La Niña (el patrón opuesto) hacia un escenario dominado por El Niño. Los expertos calculan que, entre mayo y julio, la probabilidad de que este fenómeno esté claramente establecido supera el 60 %, y que se mantendrá activo durante el pico de la temporada de huracanes en el Atlántico, lo que favorece una reducción de la actividad general.
Además de El Niño, hay indicios de que en algunas zonas del Atlántico oriental la temperatura superficial del mar podría situarse ligeramente por debajo de la media, lo que recorta la energía disponible para el desarrollo de tormentas intensas. Aun así, los investigadores matizan que en áreas costeras y otras regiones del océano las aguas siguen siendo lo bastante cálidas como para permitir que determinadas ondas tropicales se fortalezcan.
Modelos europeos, IA climática y el papel de los centros de referencia
El pronóstico de menor actividad no se basa en un solo modelo, sino en una combinación de herramientas estadísticas y dinámicas en las que los centros europeos tienen un peso considerable. Entre ellos destaca el Centro Europeo de Predicción a Medio Plazo (ECMWF), organismo con sede en Europa que suministra datos clave para muchas agencias meteorológicas, incluida la AEMET en España.
Junto al ECMWF, el equipo de Colorado recurre también a la información de la Oficina Meteorológica del Reino Unido (Met Office) y del Centro Euro-Mediterráneo sobre el Cambio Climático, institución de referencia en el estudio de la variabilidad climática en el ámbito europeo y mediterráneo. Con estas bases, se construyen pronósticos que tienen en cuenta décadas de registros históricos, temperatura de la superficie marina, presión a nivel del mar, vientos en altura y estado del fenómeno ENSO (El Niño-Oscilación del Sur).
Como novedad, se ha incorporado una herramienta de inteligencia artificial denominada Ai2 Climate Emulator (ACE2), entrenada con proyecciones del modelo climático del ECMWF. Este sistema de aprendizaje automático permite explorar distintos escenarios en función de cómo evolucionen las condiciones oceánicas, y en esta ocasión refuerza también la idea de una temporada con actividad inferior al promedio.
Los investigadores utilizan además el enfoque de “años análogos”, es decir, temporadas del pasado que presentan características oceánicas y atmosféricas similares a las actuales. Para 2026 se han señalado como comparables los años 2006, 2009, 2015 y 2023, que abarcan desde temporadas claramente por debajo de la media hasta otras ligeramente más activas. Esa diversidad de resultados es un recordatorio de que los pronósticos de abril siguen teniendo un margen de error elevado.
Menos huracanes no significa menos riesgo
Aunque los números apunten a una temporada más calmada, los especialistas repiten una idea que ya se ha convertido en mantra: la percepción de riesgo no debe medirse solo por el conteo de tormentas. Incluso en años con escasa actividad global, un único sistema que llegue a tierra en el lugar y momento equivocados puede dejar un balance muy negativo.
La experiencia reciente lo demuestra. En 2024 se contabilizaron en el Atlántico 18 tormentas y 11 huracanes, con varios impactos importantes sobre Estados Unidos, incluido un huracán especialmente dañino en su sector sur, asociado a más de 200 fallecidos. En 2025, con un número de tormentas más cercano a la media, el huracán Melissa alcanzó categoría 5 y causó destrozos millonarios y decenas de víctimas mortales en el Caribe, pese a que otras zonas de la cuenca tuvieron una temporada relativamente discreta.
Los expertos insisten, por tanto, en la necesidad de mantener una cultura de prevención, sobre todo en las regiones más expuestas. La recomendación es clara: revisar planes de emergencia, comprobar la capacidad de respuesta de infraestructuras críticas y seguir de cerca los avisos oficiales de los servicios meteorológicos nacionales y regionales durante los meses de mayor riesgo.
Además, los pronósticos estacionales se irán actualizando varias veces a lo largo de la primavera y el verano. A medida que se acerque el pico de la temporada y se disponga de datos más recientes sobre la temperatura del mar y la evolución de El Niño, las previsiones podrán afinarse, tanto en número de ciclones como en la distribución probable de trayectorias.
Cómo puede influir esta temporada en Europa y España
Para Europa, y en particular para España, la temporada de huracanes del Atlántico tiene un impacto más indirecto pero nada despreciable. Los huracanes propiamente dichos rara vez alcanzan nuestro entorno con esa categoría, pero sus restos pueden transformarse en borrascas post-tropicales que afecten a la Península Ibérica y al entorno del Atlántico nororiental.
En los últimos años se han registrado varios episodios de ciclones tropicales y subtropicales atípicos cuya influencia se dejó notar en forma de lluvias intensas, rachas de viento fuertes y oleaje destacado en las costas atlánticas europeas. Aunque estos casos no son la norma, el calentamiento generalizado del océano está favoreciendo escenarios que, hace décadas, eran mucho menos frecuentes.
Una temporada algo menos activa en el Atlántico tropical podría traducirse, en principio, en menos sistemas con capacidad de llegar degradados a latitudes próximas a Europa. Sin embargo, los meteorólogos advierten de que no es posible descartar episodios puntuales de impacto, sobre todo en otoño, cuando el contraste entre aguas todavía templadas y aire más frío en altura facilita la transición de ciclones tropicales a borrascas de latitudes medias.
Para España, el seguimiento de la temporada atlántica es especialmente relevante en lo relativo a la planificación de emergencias por lluvias torrenciales y temporales marítimos. Los servicios meteorológicos europeos, entre ellos el ECMWF y las agencias nacionales, incorporan la información sobre ciclones tropicales a sus modelos de predicción para anticipar la posible llegada de estos restos al entorno europeo con varios días de antelación.
Preparación y vigilancia en un contexto de cambio climático
Todo este escenario se desarrolla, además, en un contexto de cambio climático, que está modificando la intensidad y el comportamiento de muchos fenómenos extremos. Aunque para 2026 se espere una temporada de huracanes algo más tranquila en el Atlántico, la tendencia a largo plazo muestra un aumento de la energía disponible en los océanos y una mayor capacidad para generar episodios muy intensos.
En Europa se multiplica el interés por mejorar la resiliencia de las infraestructuras críticas, desde puertos y redes energéticas hasta sistemas de saneamiento urbano. Episodios de lluvias intensas asociadas a restos de huracanes pueden saturar fácilmente los sistemas de drenaje y provocar inundaciones repentinas en puntos vulnerables, especialmente en zonas costeras bajas o en áreas urbanas muy impermeabilizadas.
De cara a la población, los organismos de protección civil recomiendan mantener una cierta rutina de preparación básica durante los meses de mayor riesgo: informarse regularmente a través de canales oficiales, conocer los puntos débiles de cada zona (ramblas, zonas inundables, fachadas expuestas al viento) y revisar medidas sencillas como el mantenimiento de tejados, desagües y elementos que puedan desprenderse.
Si se cumplen los pronósticos actuales, la temporada de huracanes en el Atlántico vendrá con menos nombres en la lista y menos sistemas de gran intensidad que en otros años recientes, gracias en buena parte al papel de El Niño y a unas condiciones menos favorables en el Atlántico tropical. Sin embargo, la experiencia acumulada y el contexto de cambio climático aconsejan seguir muy de cerca la evolución de cada sistema, desde los servicios meteorológicos europeos hasta la ciudadanía, porque en materia de huracanes una sola tormenta bien dirigida sigue siendo capaz de cambiar por completo la sensación de “temporada tranquila”.


