Los telescopios espaciales se han convertido en una de las mejores herramientas que tenemos para espiar el universo desde fuera de la atmósfera terrestre. Al colocarlos en órbita o en puntos estratégicos como los puntos de Lagrange, evitamos problemas como la turbulencia del aire, la contaminación lumínica o la absorción de ciertas longitudes de onda, y eso nos permite ver el cosmos con una nitidez que, desde el suelo, es sencillamente imposible.
A lo largo de las últimas décadas se ha desplegado una flota variadísima de observatorios espaciales que cubren todo el espectro electromagnético: desde los rayos gamma más energéticos hasta las ondas de radio, pasando por rayos X, ultravioleta, luz visible, infrarrojo y microondas. Además, se han lanzado misiones para detectar partículas como rayos cósmicos e incluso prototipos de telescopios de ondas gravitacionales. Vamos a recorrer, con calma y con bastante detalle, los principales tipos de telescopios espaciales, sus misiones más representativas y los grandes proyectos que están por venir.
Qué es un telescopio espacial y por qué es tan importante
Un telescopio espacial es, en esencia, un observatorio astronómico montado en una nave o satélite que opera por encima de la atmósfera. A diferencia de los telescopios de tierra, estas plataformas pueden observar regiones del espectro (como rayos X, gamma o ultravioleta extremo) que la atmósfera bloquea casi por completo, y además evitan las distorsiones que emborronan las imágenes ópticas vistas desde observatorios terrestres.
En función del tipo de radiación que estudian, los telescopios espaciales se clasifican en rayos gamma, rayos X, ultravioleta, ópticos, infrarrojos, microondas y radio. A ello se suman misiones dedicadas a partículas de alta energía (rayos cósmicos) y proyectos incipientes de detección de ondas gravitacionales desde el espacio. Cada una de estas bandas nos muestra un universo distinto: desde agujeros negros y explosiones de rayos gamma hasta el tenue resplandor del fondo cósmico de microondas o la distribución de materia oscura.
Telescopios espaciales de rayos gamma: el universo más extremo
Los telescopios de rayos gamma miden fotones de energía extremadamente alta procedentes de fenómenos astrofísicos violentos. Esta radiación es absorbida por la atmósfera terrestre, de modo que solo podemos estudiarla desde globos estratosféricos o, mejor aún, desde satélites en órbita o sondas en el espacio profundo.
Fuentes típicas de rayos gamma son las supernovas, estrellas de neutrones, púlsares y agujeros negros en sistemas binarios o núcleos galácticos activos. Además, existen las enigmáticas explosiones de rayos gamma (gamma-ray bursts), estallidos brevísimos pero tremendamente energéticos cuya naturaleza lleva décadas estudiándose.
A lo largo del tiempo se han lanzado numerosos observatorios gamma. Entre los pioneros están las sondas soviéticas Proton-1, Proton-2 y Proton-4, todas en órbita terrestre baja en los años 60. Les siguieron misiones como el SAS 2 (Small Astronomy Satellite 2) de la NASA, el Cos-B de la ESA, o el HEAO 3 estadounidense, que combinaba instrumentos para altas energías.
Durante las décadas de 1980 y 1990 se desplegaron proyectos clave como Granat (colaboración franco-soviética), el satélite Gamma y, sobre todo, el Compton Gamma Ray Observatory (CGRO) de la NASA, parte de la serie de Grandes Observatorios. CGRO observó el cielo entre 1991 y 2000 en órbita baja, cartografiando cientos de fuentes de rayos gamma y ayudando a clasificar las explosiones de rayos gamma en diferentes tipos.
Más tarde llegaron misiones especializadas como el LEGRI (Low Energy Gamma Ray Imager) español, el HETE 2 centrado en estallidos transitorios, el observatorio europeo INTEGRAL o el satélite Swift, capaz de detectar rápidamente explosiones de rayos gamma y apuntar sus instrumentos para seguir la evolución del fenómeno. En años recientes destacan AGILE, el Telescopio Espacial de Rayos Gamma Fermi y el experimento GAP, montado en una misión de JAXA en órbita heliocéntrica, que estudia la polarización de los estallidos gamma.
Telescopios de rayos X: radiografía del cosmos
Los telescopios de rayos X se centran en fotones de alta energía pero menos extremos que los gamma. La atmósfera también bloquea esta radiación, por lo que estas observaciones solo son posibles en globos de gran altitud o en órbita. Los rayos X los emiten desde cúmulos de galaxias y núcleos galácticos activos hasta remanentes de supernovas, binarias de rayos X con enanas blancas, estrellas de neutrones o agujeros negros, además de algunas fuentes en nuestro propio Sistema Solar, como la Luna, aunque en este caso gran parte del brillo procede de rayos X solares reflejados.
Entre los primeros observatorios X destaca Uhuru (1970), el primer satélite dedicado exclusivamente a esta banda. A él se sumaron misiones como el ANS (Astronomical Netherlands Satellite), Ariel V, el indio Aryabhata, el SAS-C de la NASA o los observatorios de alta energía HEAO-1 y HEAO-2 (este último conocido como Einstein Observatory), que mejoraron drásticamente los catálogos de fuentes de rayos X.
Japón tuvo un papel clave con satélites como Hakucho (CORSA-b), Tenma, Ginga, ASCA o, más tarde, Suzaku y Hitomi. También fueron importantes el europeo EXOSAT y el ruso Astron, que combinaba observaciones ultravioletas y de rayos X en una órbita muy elíptica.
En los años 90 y 2000 llegaron misiones que hoy son auténticos referentes. ROSAT realizó un censo profundo de fuentes de rayos X blandos; BeppoSAX jugó un papel fundamental en la localización de explosiones de rayos gamma gracias a su capacidad de seguimiento en rayos X; y el Rossi X-ray Timing Explorer (RXTE) permitió estudiar con un detalle sin precedentes la variabilidad de sistemas con agujeros negros y estrellas de neutrones.
En activo siguen el Observatorio de rayos X Chandra (NASA) y XMM-Newton (ESA), ambos en órbitas muy elípticas que les permiten largas observaciones continuas. Más recientes son NuSTAR, especializado en rayos X duros, el observatorio indio Astrosat, el telescopio chino HXMT, el ruso-alemán Spektr-RG y misiones centradas en polarimetría como IXPE, así como XRISM o XPoSat y la Sonda Einstein, que amplían las capacidades en espectroscopía y variabilidad en rayos X.
Telescopios ultravioleta: mirando más allá del violeta
Los telescopios ultravioleta se especializan en longitudes de onda entre aproximadamente 10 y 320 nanómetros. Esta radiación queda muy absorbida por la atmósfera, de manera que solo podemos estudiarla desde la atmósfera superior, la superficie lunar o el espacio. El Sol, multitud de estrellas calientes y muchas galaxias emiten gran cantidad de luz UV, clave para analizar procesos de formación estelar y composición química.
Entre las primeras misiones UV se encuentran OAO-2 (Stargazer) y OAO-3 Copernicus de la NASA, así como los telescopios Orion 1 y Orion 2 montados en estaciones espaciales soviéticas. Un caso singular fue la Far Ultraviolet Camera/Spectrograph instalada por los astronautas del Apolo 16 en la superficie de la Luna, que permitió realizar observaciones UV desde un entorno sin atmósfera.
El satélite ANS también contaba con instrumentos UV, pero el gran salto lo dio el International Ultraviolet Explorer (IUE), misión conjunta de ESA, NASA y Reino Unido. Operó casi dos décadas en una órbita muy elíptica, convirtiéndose en un auténtico caballo de batalla para el estudio espectroscópico del ultravioleta. La URSS aportó el telescopio Astron, también sensible a esta banda.
El Telescopio Espacial Hubble, aunque es famoso por sus imágenes en luz visible, posee instrumentos muy potentes en el ultravioleta cercano, lo que le ha permitido examinar atmósferas estelares, regiones de formación estelar y cúmulos jóvenes. Le siguieron misiones como el EUVE (Extreme Ultraviolet Explorer), el observatorio Astro 1 y Astro 2, o el FUSE (Far Ultraviolet Spectroscopic Explorer), centrado en el ultravioleta lejano.
Ya en el siglo XXI destacaron proyectos como CHIPS, la misión GALEX para estudiar la evolución de galaxias en UV, el satélite coreano Kaistsat 4, y misiones más recientes como IRIS, orientada a la región de transición solar, el observatorio japonés Hisaki, experimentos suborbitales como Venus Spectral Rocket Experiment, o telescopios montados en la Luna como el Lunar-based Ultraviolet Telescope (LUT). Astrosat combina también instrumentos UV, y misiones solares como Aditya-L1 incluyen observaciones en este rango desde el punto de Lagrange L1.
Telescopios ópticos espaciales: luz visible con calidad insuperable
La astronomía óptica es la más clásica: se centra en longitudes de onda entre unos 400 y 700 nanómetros. Situar un telescopio óptico en el espacio elimina las turbulencias atmosféricas y la mayor parte de la absorción, lo que proporciona imágenes de altísima resolución. Estos instrumentos se usan para observar planetas, estrellas, nebulosas, galaxias, discos protoplanetarios y prácticamente cualquier objeto que brille en luz visible.
Uno de los primeros grandes hitos fue Hipparcos (ESA), dedicado a la astrometría de precisión: medir posiciones y paralajes de estrellas para conocer sus distancias. A finales de los 80 y principios de los 90 revolucionó los catálogos estelares. Poco después, en 1990, se lanzó el Telescopio Espacial Hubble, un proyecto conjunto de NASA y ESA que aún hoy sigue operativo en una órbita baja alrededor de la Tierra.
Hubble observa sobre todo en visible y ultravioleta cercano, aunque tras una misión de servicio también se le añadieron capacidades de infrarrojo cercano. Gracias a su estabilidad y nitidez ha proporcionado algunas de las imágenes más icónicas del universo, ha permitido medir con gran precisión la constante de Hubble y ha revelado detalles de galaxias lejanas, cúmulos globulares, discos de formación planetaria y mucho más.
Otros observatorios ópticos en órbita han sido el pequeño telescopio canadiense MOST, el francés-europeo COROT, dedicado a exoplanetas y oscilaciones estelares, o la constelación de nanosatélites BRITE. Misiones como Swift, aunque nacieron para estudiar explosiones de rayos gamma, incluyen también instrumentos ópticos para seguir la evolución de estos fenómenos.
En el terreno de los exoplanetas, el satélite Kepler marcó un antes y un después detectando miles de mundos mediante la técnica de los tránsitos desde una órbita heliocéntrica. Le han seguido el observatorio TESS de la NASA y la misión europea CHEOPS, orientada a la caracterización de exoplanetas ya conocidos desde una órbita sincrónica con el Sol. Astrosat también incorpora instrumentos ópticos, y proyectos como Gaia, situado en el punto de Lagrange L2, han refinado aún más la astrometría, generando el mapa tridimensional más preciso de nuestra galaxia.
Telescopios infrarrojos: desvelando el universo frío y oscuro
La luz infrarroja tiene menor energía que la luz visible y es ideal para estudiar objetos fríos o muy lejanos cuyo brillo se ha corrido al rojo por la expansión del universo. En el infrarrojo observamos estrellas frías (incluidas enanas marrones), nubes de polvo donde nacen estrellas, discos protoplanetarios y galaxias muy distantes.
Entre los primeros grandes proyectos está IRAS, que realizó el primer mapa completo del cielo en infrarrojo y descubrió discos de polvo alrededor de estrellas como Fomalhaut, Beta Pictoris o Vega. Después llegó el telescopio japonés Infrared Telescope in Space, y el observatorio europeo ISO (Infrared Space Observatory), que exploró el cielo en un amplio rango infrarrojo desde una órbita muy elíptica.
La misión militar-científica MSX también aportó datos en infrarrojo, mientras que el satélite SWAS se centró en el submilimétrico, clave para estudiar moléculas en nubes interestelares. La misión WIRE, por desgracia, no llegó a cumplir su objetivo tras un fallo temprano.
El Telescopio Espacial Spitzer, parte de los Grandes Observatorios de la NASA, estudió el infrarrojo medio y lejano desde una órbita solar de arrastre, produciendo resultados espectaculares sobre formación estelar, galaxias infrarrojas y exoplanetas. La misión japonesa Akari amplió estos estudios, mientras que el observatorio Herschel de ESA/NASA, situado en el punto de Lagrange L2, fue el mayor telescopio infrarrojo lanzado hasta su agotamiento de helio en 2013.
El satélite WISE cartografió el cielo en todo el infrarrojo medio, detectando desde asteroides cercanos hasta galaxias muy lejanas. Y el gran protagonista actual es el Telescopio Espacial James Webb (JWST), también en L2, diseñado para observar principalmente en infrarrojo. Su enorme espejo segmentado de 6,5 metros y sus instrumentos criogénicos le permiten estudiar las primeras galaxias, la formación de estrellas y planetas, y las atmósferas de exoplanetas con un nivel de detalle sin precedentes. En infra-rojo cercano y visible también trabajará la misión Euclid de la ESA, enfocada en la materia y la energía oscuras desde L2.
Telescopios de microondas: el eco del Big Bang
Los telescopios espaciales de microondas se han utilizado sobre todo para medir con gran precisión el fondo cósmico de microondas, el resplandor fósil del Big Bang. A partir de estas observaciones se determinan parámetros cosmológicos clave como la edad del universo, su contenido en materia y energía oscuras o la geometría a gran escala.
En esta banda fue pionero el satélite COBE (Cosmic Background Explorer) de la NASA, que midió por primera vez las diminutas anisotropías de temperatura del fondo de microondas. Posteriormente, el observatorio sueco Odin combinó estudios de microondas y submilimétrico en órbita baja.
El siguiente gran salto fue la misión WMAP (Wilkinson Microwave Anisotropy Probe) de la NASA, situada en el punto de Lagrange L2, que refinó de manera espectacular las medidas de COBE y estableció el llamado “modelo cosmológico estándar”. La ESA lanzó después el satélite Planck, también en L2, que obtuvo el mapa más preciso hasta la fecha del fondo cósmico, antes de ser retirado a una órbita heliocéntrica segura tras finalizar la misión.
Radiotelescopios espaciales: interferometría a escala planetaria
Aunque la atmósfera es relativamente transparente a las ondas de radio, colocar antenas en el espacio permite hacer interferometría de muy larga base combinando un radiotelescopio orbital con antenas en la superficie de la Tierra. Al correlacionar las señales se consigue una resolución angular equivalente a un telescopio del tamaño de la distancia entre ambos, lo que es ideal para estudiar estructuras extremadamente compactas.
Una misión clave en este terreno fue HALCA (VSOP), lanzada por la agencia japonesa ISAS. Orbitaba la Tierra en una órbita muy elíptica, proporcionando una línea de base de hasta decenas de miles de kilómetros. Observaba remanentes de supernovas, máseres, lentes gravitacionales y núcleos de galaxias activas con una resolución extraordinaria.
Más recientemente, el proyecto ruso Spektr-R (RadioAstron) amplió aún más estas posibilidades con una órbita extremadamente alargada (desde 10 000 hasta casi 390 000 km), formando, junto con radiotelescopios terrestres, uno de los sistemas de interferometría más grandes jamás construidos.
Detectores de partículas y rayos cósmicos en el espacio
Además de fotones, muchas misiones espaciales incluyen instrumentos capaces de detectar rayos cósmicos y partículas energéticas procedentes del Sol, de nuestra galaxia o de fuentes extragalácticas. Algunos de estos rayos cósmicos alcanzan energías extremadamente altas, asociadas a procesos como chorros relativistas de núcleos galácticos activos.
Entre las primeras misiones con detectores de partículas están las soviéticas Proton-1 y Proton-2, que medían protones y electrones en órbita baja. El satélite HEAO 3 también incorporaba instrumentos para estudiar núcleos cósmicos.
En los 90 se lanzó SAMPEX (NASA/DE), centrado en partículas energéticas en la magnetosfera terrestre. El experimento AMS-01 voló brevemente en una misión del transbordador espacial para probar el espectrómetro magnético alfa, precursor del AMS-02, instalado de forma permanente en la Estación Espacial Internacional para buscar antimateria y pistas de materia oscura.
La misión PAMELA, en colaboración entre agencias europeas y rusa, estudió el flujo de partículas de alta energía en órbita baja. Por su parte, IBEX (NASA) examina átomos energéticos neutros para cartografiar la interacción entre el viento solar y el medio interestelar, y satélites como DAMPE (China) investigan electrones, positrones y rayos gamma de alta energía en busca de señales indirectas de materia oscura.
Telescopios espaciales de ondas gravitacionales
Las ondas gravitacionales son ondulaciones del espacio-tiempo producidas por eventos como la fusión de agujeros negros o estrellas de neutrones. En tierra, detectores como LIGO o Virgo ya han medido estas señales, pero la siguiente gran frontera es llevar la interferometría gravitacional al espacio, donde se pueden construir brazos mucho más largos y sensibles a frecuencias más bajas.
El primer paso tecnológico fue LISA Pathfinder (ESA), una misión demostradora que probó los sistemas de control de masas de prueba y de interferometría láser en una órbita heliocéntrica. Su éxito allanó el camino para el futuro proyecto LISA (Laser Interferometer Space Antenna), previsto para la década de 2030, que consistirá en tres satélites separados por millones de kilómetros formando un triángulo y capaces de rastrear ondas gravitacionales de fuentes masivas a escalas cosmológicas.
Grandes observatorios y misiones emblemáticas
Dentro de la flota de telescopios espaciales, la NASA impulsó una serie de Grandes Observatorios, cada uno centrado en una parte del espectro. El ya mencionado Hubble cubre el visible y el ultravioleta cercano (con algo de infrarrojo), el CGRO se especializó en rayos gamma, el Observatorio de rayos X Chandra explora los rayos X blandos y el Telescopio Espacial Spitzer se dedicó al infrarrojo.
Además, hay un buen número de misiones que, sin ser formalmente Grandes Observatorios, han tenido un impacto enorme: IRAS como primer rastreador infrarrojo del cielo; Astron y Granat en el ámbito soviético; el ISO europeo; el exoplanetario COROT; el IUE en ultravioleta; el observatorio solar SOHO; el satélite canadiense SCISAT-1 para estudiar la atmósfera terrestre; los pioneros de rayos X Uhuru, HEAO; el astrométrico Hipparcos; el compacto telescopio canadiense MOST; o el japonés ASTRO-F (Akari), entre muchos otros.
En el terreno cosmológico, misiones como WMAP y Planck han permitido fijar con gran precisión los parámetros del modelo cosmológico estándar. En altas energías, observatorios como INTEGRAL y Swift siguen detectando fenómenos transitorios, mientras que proyectos como INTEGRAL, WMAP, Spektr-R o Odin han aportado una visión más completa de la radiación energética y de la estructura a gran escala del universo.
Los nuevos gigantes: James Webb, Roman, Euclid y más allá
El Telescopio Espacial James Webb se ha convertido en el principal observatorio de la década actual. Operado conjuntamente por NASA, ESA y CSA desde el punto de Lagrange L2, está pensado para estudiar todas las fases de la historia del universo: desde las primeras galaxias hasta la formación de sistemas planetarios y el análisis de atmósferas de exoplanetas. Sus imágenes infrarrojas han permitido comparar, por ejemplo, observaciones de galaxias como NGC 628 con las tomadas por Hubble, mostrando detalles nunca vistos en polvo y gas.
Gracias a Webb se han identificado candidatas a galaxias extremadamente antiguas, restos de supernovas con una definición impresionante y vistas detalladas de planetas del Sistema Solar. Su éxito se apoya en cuatro décadas de experiencia con telescopios infrarrojos previos como IRAS, ISO, Spitzer o Akari, que sentaron las bases tecnológicas y científicas.
De cara al futuro cercano, la NASA prepara el Roman Space Telescope (antes WFIRST), también en L2, pensado para estudiar la energía oscura, la estructura a gran escala y la población de exoplanetas con un campo de visión muy amplio. En el ámbito de exoplanetas, la ESA desarrollará PLATO, que se centrará en la búsqueda y caracterización de exoplanetas habitables alrededor de estrellas similares al Sol.
Entre los proyectos más ambiciosos destaca el Habitable Worlds Observatory, diseñado para estudiar en detalle planetas del tamaño de la Tierra en zonas habitables y buscar biofirmas en sus atmósferas. Para ello utilizará técnicas como coronógrafos o posiblemente velas externas (starshades) capaces de bloquear la luz de la estrella y dejar al descubierto la tenue señal del planeta.
En rayos X se plantea el telescopio ATHENA (Advanced Telescope for High Energy Astrophysics), colaboración entre ESA, NASA y JAXA, orientado a estudiar agujeros negros supermasivos, cúmulos de galaxias y el gas caliente que rellena el universo a gran escala. En el plano de ondas gravitacionales, la misión LISA será el gran observatorio espacial para rastrear colisiones de agujeros negros masivos y otros sistemas compactos.
Existen además numerosos conceptos de futuro bajo el paraguas del Great Observatory Technology Maturation Program (GOMAP) y los llamados New Great Observatories, que apuntan más allá de 2040 y buscan desarrollar la tecnología necesaria para construir telescopios aún más grandes y precisos, tanto en óptico e infrarrojo como en altas energías.
Otros proyectos y misiones en desarrollo
Junto a los grandes nombres, hay toda una serie de proyectos que irán poblando la próxima generación de telescopios espaciales. La NASA trabaja en TOLIMAN, centrado en estudiar el sistema Alfa Centauri en busca de planetas potencialmente habitables mediante astrometría de alta precisión. China, por su parte, prepara el telescopio Xuntian, un observatorio óptico que podrá acoplarse a la estación espacial china para mantenimiento y que ofrecerá un campo de visión muy amplio.
Otras misiones en el horizonte son el monitor de objetos variables Space Variable Objects Monitor, el observatorio espectroscópico SPHEREx, el AstroSat-2 indio como relevo de Astrosat, o el telescopio europeo ARIEL, especializado en analizar atmósferas de exoplanetas desde L2. Todos ellos se sumarán a la flota actual para cubrir diferentes rangos de energía y objetivos científicos.
También se están desarrollando nuevos observatorios solares y misiones dedicadas a estudiar mejor nuestra estrella. Comprender las tormentas solares y las eyecciones de masa coronal es esencial para proteger satélites, redes eléctricas y sistemas de comunicaciones, en un planeta cada vez más dependiente de la tecnología. Misiones como SOHO o PROBA-3, ya veterana, han abierto el camino a una nueva generación de instrumentación tanto en órbita terrestre como en puntos específicos del sistema Sol-Tierra.
Si miramos el panorama completo, desde Galileo apuntando un modesto telescopio al Sol en el siglo XVII hasta colosales observatorios en L2 capaces de ver galaxias bebés, queda claro que cada nueva generación de telescopios espaciales amplía nuestros límites: detectamos galaxias más lejanas, seguimos el rastro de agujeros negros supermasivos, analizamos los ingredientes químicos de atmósferas exoplanetarias y refinamos los parámetros cosmológicos. Todo indica que los próximos observatorios —Webb, Roman, Euclid, PLATO, ARIEL, LISA, Habitable Worlds Observatory y compañía— no solo nos ayudarán a responder preguntas clásicas sobre el origen y la evolución del universo, sino que también plantearán enigmas nuevos que ni siquiera habíamos imaginado.