
La decisión de paralizar un gigantesco proyecto energético en el desierto de Atacama ha supuesto un alivio para la comunidad astronómica internacional y, en particular, para la astronomía europea. La compañía AES Andes, filial de la estadounidense AES Corp, ha optado por renunciar al desarrollo de la planta de hidrógeno verde y amoniaco INNA, prevista en el norte de Chile, muy cerca de algunos de los observatorios más avanzados del planeta.
El anuncio pone fin a meses de polémica en torno a los posibles efectos del proyecto sobre el cielo oscuro y la calidad de las observaciones científicas en Paranal, una instalación clave para la investigación astronómica mundial. Aunque la empresa insiste en que el diseño era compatible con otras actividades de la zona, ha preferido redirigir sus recursos hacia otras iniciativas de energías renovables y almacenamiento.
Un proyecto de 10.000 millones junto a uno de los cielos más valiosos del mundo
El plan de AES Andes contemplaba la construcción de una macroplanta de producción de hidrógeno y amoniaco verde en la Región de Antofagasta, en pleno desierto de Atacama. La instalación se iba a extender sobre más de 3.000 hectáreas, con una inversión estimada de 10.000 millones de dólares, lo que la convertía en una de las apuestas más ambiciosas de América Latina en este ámbito.
La planta se proyectaba a una distancia de entre 5 y 11 kilómetros del Observatorio Paranal, uno de los mejores puntos del planeta para observar el universo gracias a la extrema sequedad de la atmósfera, la estabilidad del aire y la casi nula contaminación lumínica. Esta cercanía fue precisamente la chispa que encendió las alarmas entre astrónomos y expertos.
Paranal alberga el Very Large Telescope (VLT), considerado el instrumento de astronomía terrestre más avanzado operativo en la actualidad, y forma parte de la infraestructura científica del Observatorio Europeo Austral (ESO, por sus siglas en inglés). Para Europa, este complejo es una pieza estratégica en la exploración del cosmos y en el desarrollo de nuevas tecnologías de observación.
El entorno del desierto de Atacama, con sus cielos excepcionalmente oscuros y prístinos, fue elegido por el ESO precisamente para asegurar décadas de observaciones de altísima precisión, un recurso natural muy difícil de encontrar en otras regiones del planeta, incluida Europa, donde la contaminación lumínica es mucho más extendida.
En la documentación ambiental, el proyecto INNA incluía también la posibilidad de desplegar grandes campos solares y eólicos, así como sistemas de baterías, para autoabastecerse de electricidad y apoyar la red del país. Esta combinación de generación renovable y producción de hidrógeno verde reforzaba su dimensión estratégica dentro de la transición energética chilena.
La advertencia del ESO y el rechazo de la comunidad científica
La oposición al proyecto se articuló en torno a las advertencias del Observatorio Europeo Austral, que calificó el posible impacto de la planta como «devastador, irreversible y no mitigable» para la calidad del cielo nocturno de Paranal. El organismo intergubernamental hizo pública su preocupación en informes y comunicaciones remitidas a las autoridades chilenas.
Según los análisis del ESO, la operación de una instalación de tal magnitud a tan poca distancia del complejo astronómico podría incrementar de manera significativa la contaminación lumínica, tanto por la iluminación directa de las infraestructuras como por las reflexiones en el polvo en suspensión. Este fenómeno comprometería la precisión de las mediciones y las imágenes captadas por los telescopios.
Además, se subrayaron otros riesgos físicos: un aumento de las vibraciones del suelo, la turbulencia atmosférica y las emisiones de polvo asociadas a la construcción y funcionamiento del proyecto. Para instrumentos extremadamente sensibles, como el VLT y otros telescopios de gran apertura, estas perturbaciones pueden traducirse en una pérdida de resolución y de tiempo útil de observación.
La comunidad astronómica internacional se sumó a las críticas mediante cartas y pronunciamientos firmados por astrónomos, científicos y académicos de múltiples países. Se recalcó que el valor científico del cielo de Atacama, y en particular de la zona de Paranal, es difícilmente sustituible y que su deterioro afectaría a investigaciones en las que participan consorcios europeos y de todo el mundo.
En este contexto, el caso fue seguido con interés desde Europa, donde existe una creciente preocupación por la pérdida de cielos oscuros debido a la expansión urbana, industrial y de megaconstelaciones de satélites. La posible degradación de Paranal se percibía como un golpe directo a una de las principales apuestas científicas europeas fuera del continente.
La posición de AES Andes: priorizar otros proyectos renovables
Ante la creciente controversia, AES Andes comunicó finalmente que, tras un análisis detallado de su cartera, renunciaba a seguir adelante con el proyecto INNA. La empresa enmarcó la decisión en una estrategia de concentrar esfuerzos en otras iniciativas renovables y de almacenamiento de energía, en línea con las directrices de su matriz estadounidense.
En sus declaraciones públicas, la compañía defendió que el megaproyecto era, en principio, compatible con otras actividades de la zona, aunque evitó referirse de manera directa al conflicto con el sector astronómico. No obstante, el anuncio fue interpretado por muchos actores como una victoria de la ciencia y la protección del cielo nocturno.
AES Andes subrayó que esta renuncia no implica un cambio de postura sobre el potencial del hidrógeno verde en Chile. Por el contrario, la empresa reiteró que seguirá explorando tecnologías y soluciones innovadoras asociadas a este vector energético, siempre que encajen con las condiciones de mercado y con sus objetivos estratégicos a largo plazo.
La compañía, que opera en Chile, Colombia y Argentina, insistió en que continuará evaluando nuevos proyectos renovables en la región, lo que deja la puerta abierta a futuras plantas de hidrógeno verde en ubicaciones con menor conflicto con actividades científicas o ambientales sensibles.
La ausencia de una referencia explícita a la polémica con el ESO en los comunicados corporativos contrasta con la amplia difusión que el caso ha tenido en medios internacionales, donde se ha destacado la importancia del precedente para equilibrar la expansión de las renovables con la protección de infraestructuras científicas clave.
Chile, potencia en hidrógeno verde y su papel en la transición energética
Chile se ha posicionado en los últimos años como uno de los países pioneros en el desarrollo del hidrógeno verde, gracias a sus excepcionales recursos renovables. Con unos 4.200 kilómetros de costa y vastas extensiones de desierto con alta radiación solar y vientos constantes, el país andino aspira a convertirse en exportador relevante de este combustible.
El hidrógeno verde, producido mediante electrólisis del agua con electricidad renovable, se presenta como una alternativa para descarbonizar sectores difíciles de electrificar, como la industria pesada, el transporte marítimo o ciertas actividades logísticas. De ahí que se le suela catalogar como “el combustible del futuro”.
Para Europa, que busca reducir su dependencia de combustibles fósiles y diversificar sus fuentes de energía, el hidrógeno verde generado en regiones como Chile puede jugar un papel complementario. Diversas estrategias energéticas europeas contemplan la importación de hidrógeno o derivados (como el amoniaco) desde zonas con gran potencial renovable.
En este contexto, proyectos como INNA eran vistos como piezas de una cadena global que podría conectar la producción en América Latina con la demanda en Europa, ya sea directa o indirectamente. Sin embargo, el caso de Paranal muestra que la expansión de estas infraestructuras debe afrontar con seriedad los posibles conflictos con la ciencia, la biodiversidad y las comunidades locales.
El Gobierno chileno y los actores del sector energético se enfrentan ahora al reto de reubicar o rediseñar iniciativas de gran escala para maximizar sus beneficios climáticos y económicos sin sacrificar recursos científicos únicos, algo que también preocupa en países europeos cuando se planifican nuevos parques eólicos, solares o infraestructuras asociadas al hidrógeno.
Equilibrar energías renovables y protección de la astronomía
El episodio de INNA y el Observatorio Paranal abre un debate de fondo sobre cómo compatibilizar la rápida expansión de las energías renovables con otros intereses públicos igualmente relevantes, como la investigación científica. Este dilema no es exclusivo de Chile: múltiples instalaciones astronómicas en Europa y otros continentes ya sufren el avance de la contaminación lumínica.
Organismos internacionales y comunidades científicas llevan años reclamando normativas más estrictas sobre iluminación exterior, así como la incorporación de criterios de protección del cielo nocturno en la planificación territorial. El caso chileno refuerza la idea de que estas salvaguardas deben integrarse desde el inicio en la evaluación de grandes proyectos energéticos.
Para la ciencia europea, proteger entornos como Paranal es fundamental, ya que en ellos se ubican instrumentos que complementan los observatorios espaciales y terrestres instalados en Europa. La pérdida de calidad del cielo en estos enclaves tendría un impacto directo sobre investigaciones financiadas por instituciones y consorcios europeos.
Al mismo tiempo, la transición energética hacia renovables y vectores como el hidrógeno verde es un pilar central de las estrategias climáticas tanto en Europa como en Latinoamérica. Esta doble prioridad obliga a encontrar soluciones de compromiso que no sitúen ciencia y clima en bandos opuestos, sino que integren ambos objetivos en la toma de decisiones.
La renuncia de AES Andes al proyecto INNA se percibe, así, como un ejemplo de cómo la presión científica y social puede forzar revisiones de proyectos de gran escala, impulsando un debate más amplio sobre dónde y cómo deben construirse las infraestructuras del futuro energético para minimizar sus efectos colaterales.
La cancelación del megaproyecto de hidrógeno verde INNA en el norte de Chile deja patente que la transición hacia energías limpias no puede ignorar el valor estratégico de enclaves científicos como el Observatorio Paranal y sus telescopios de referencia mundial; la decisión de AES Andes, influida por el rechazo del ESO y de la comunidad astronómica, refuerza la necesidad de integrar desde el primer momento la protección del cielo nocturno y de la investigación en la planificación de grandes infraestructuras energéticas, tanto en América Latina como en Europa, donde el equilibrio entre renovables y ciencia será clave en las próximas décadas.