Un nuevo trabajo científico aporta evidencias sólidas de sequías prolongadas en la región maya durante la fase final del Periodo Clásico. Basándose en una estalagmita de una cueva de Yucatán, el equipo ha reconstruido, con gran detalle, episodios secos que se superponen con el declive sociopolítico de diversas ciudades, tal y como publican en la revista Science Advances.
La investigación, liderada por la Universidad de Cambridge con colaboradores de México y Reino Unido, identifica ocho sequías en temporada de lluvias entre finales del siglo IX y comienzos del XI, incluida una que se prolongó trece años. Los resultados encajan con los registros arqueológicos que documentan paradas en la construcción de monumentos y cambios de poder.
Cómo se obtuvo un registro climático de alta resolución

La estalagmita procede de las grutas de Tzabnah, en el norte de Yucatán, cerca de Chichén Itzá y Uxmal. Al datar y analizar la composición de isótopos de oxígeno en sus capas de calcita, los investigadores pudieron separar lo ocurrido en las estaciones húmedas y secas del periodo estudiado (aprox. 871-1021 d. C.).
Este enfoque ofrece una resolución estacional inédita gracias a capas anuales relativamente gruesas (del orden de 1 mm), algo que no brindan los sedimentos lacustres, útiles para tendencias generales pero menos precisos para fechas sitio-específicas. El resultado es un calendario climático mucho más fino para el llamado Clásico Terminal.
El análisis del goteo que forma la estalagmita captura la señal de la lluvia infiltrada en el suelo, permitiendo distinguir épocas húmedas y secas con detalle. De este modo, se reconstruye cuánto se alargaron o redujeron las temporadas de lluvias en los años críticos.
Según el equipo, esta es la primera vez que se logra aislar con claridad la temporada de lluvias para aquel periodo histórico, una información clave para entender el éxito o el fracaso de los cultivos que sostenían a la población.
Ocho sequías y sus coincidencias con la historia maya

El registro identifica ocho sequías en la estación húmeda con una duración mínima de tres años en el intervalo 871-1021 d. C. La más severa se extendió durante trece años consecutivos (en torno a 929-942), una anomalía excepcional que habría tensionado incluso las avanzadas técnicas de manejo del agua.
Se documenta además un episodio iniciado hacia 894 d. C. con cuatro años secos, interrumpidos por un único año húmedo y seguidos por cinco años adicionales de sequía. Estas oscilaciones prolongadas afectarían de lleno a masas de maíz y otros cultivos, pilares de la economía y la estabilidad política.
Las cronologías extraídas de la cueva convergen con la evidencia epigráfica: en Chichén Itzá, Uxmal y otros sitios se observan pausas en inscripciones y actividad política durante los mismos periodos secos detectados en la estalagmita. No implica necesariamente abandonos inmediatos, pero sí prioridades de supervivencia que relegan obras monumentales.
Un factor entre muchos: resiliencia y diferencias regionales

Aunque las sequías fueron cruciales, el colapso no puede atribuirse a una sola causa. El estudio encaja con hipótesis previas que apuntan a la confluencia de factores: cambios en las rutas comerciales, conflictos internos y gobernanza, junto con la variabilidad climática. Para entender mejor esas relaciones, puedes consultar también el papel del cambio climático en la región.
Las respuestas variaron según la resiliencia de cada ciudad-estado. Centros mejor conectados a redes de intercambio, como Chichén Itzá, pudieron amortiguar durante más tiempo los impactos y retrasar el abandono en comparación con otros enclaves más expuestos.
El marco cronológico refinado permitirá cotejar, sitio por sitio, los periodos secos con secuencias arqueológicas locales. El equipo sugiere ampliar el muestreo en cuevas de la región para conocer, además, la frecuencia y severidad de tormentas tropicales en el pasado.
El trabajo, encabezado desde Cambridge con participación de la UNAM y UCL, ilustra el potencial de integrar datos paleoclimáticos de alta definición con la historia escrita por los propios mayas, un puente que aporta contexto cuantitativo a los procesos sociales de la época.
La combinación de un registro estacional preciso, coincidencias cronológicas con los parones epigráficos y la constatación de sequías encadenadas muestra un escenario en el que el estrés hídrico desempeñó un papel notable, sin ser el único motor, en la transformación del mundo maya.

