La próxima temporada de huracanes de 2026 llega con un escenario claramente más activo de lo habitual en las cuencas del Pacífico y el Atlántico. Los servicios meteorológicos han puesto ya el foco en este periodo al anticipar un número elevado de ciclones tropicales y un incremento de los huracanes de alta intensidad, en un contexto marcado por la influencia de El Niño y el calentamiento de las aguas superficiales.
Una temporada de hasta 36 ciclones: cómo se reparten entre Pacífico y Atlántico

El panorama que manejan los organismos especializados apunta a la formación de hasta 36 ciclones tropicales con nombre propio entre el océano Pacífico y la cuenca del Atlántico, que incluye el mar Caribe y el golfo de México. De ese total, los modelos coinciden en que el Pacífico será la zona más activa, mientras que el Atlántico se mantendría en un rango cercano a su climatología media.
Para el océano Pacífico, el cálculo se sitúa entre 18 y 21 ciclones tropicales, por encima del promedio de 15 sistemas registrado entre 1991 y 2020. El reparto previsto dentro de ese grupo es el siguiente: entre nueve y diez tormentas tropicales con vientos inferiores a huracán, de cinco a seis huracanes de categorías 1 y 2 en la escala Saffir-Simpson y entre cuatro y cinco huracanes mayores, es decir, de categorías 3, 4 y 5.
En el Atlántico, el Caribe y el golfo de México, las previsiones señalan la posible formación de entre 11 y 15 sistemas. Para esta región se esperan aproximadamente siete u ocho tormentas tropicales, de tres a cinco huracanes de categorías 1 y 2 y uno o dos huracanes de gran intensidad. Los expertos subrayan que esta distribución aún puede ajustarse dependiendo de cuándo y cómo se consolide El Niño durante los próximos meses.
Aunque se hable de cifras totales, las autoridades insisten en que el impacto real no depende solo del número de ciclones, sino de si alguno de ellos logra tocar tierra en zonas densamente pobladas, o si se aproxima lo suficiente como para dejar lluvias y rachas de viento capaces de provocar daños significativos.
En los registros de las últimas décadas, México recibe de media unos 5,4 ciclones tropicales con impacto directo cada año. Sin embargo, los expertos amplían el concepto de impacto para incluir también aquellos sistemas que no terminan de entrar en tierra, pero se acercan a menos de 100 kilómetros de la costa y dejan episodios de inundaciones, oleaje muy fuerte y destrozos en infraestructuras.
Calendario de la temporada y periodos de mayor riesgo

El inicio oficial de la temporada no cambia respecto a otros años, pero el volumen y la intensidad previstos obligan a adelantar la vigilancia. En el Pacífico oriental, la temporada de ciclones arranca el 15 de mayo, mientras que en el Atlántico comienza el 1 de junio. En ambas cuencas, la vigilancia se mantiene hasta el 30 de noviembre. El inicio oficial de la temporada y la lista de nombres ayudan a coordinar avisos y protocolos.
Dentro de ese periodo, los datos históricos sitúan el pico de actividad ciclónica entre julio y septiembre. Son los meses en los que las aguas alcanzan temperaturas más altas y la atmósfera presenta condiciones más favorables para que las ondas tropicales evolucionen rápidamente a tormenta u huracán. Con todo, octubre y noviembre no se pueden dar por tranquilos: la interacción de ciclones con frentes fríos y otros sistemas atmosféricos puede generar situaciones más complejas y menos previsibles. Este patrón coincide con estudios que señalan una actividad cercana a su media en ciertas partes del Atlántico, por lo que es clave seguir los avisos regionales (pico de actividad ciclónica).
En el horizonte de 2026, los meteorólogos también tienen en cuenta el posible desarrollo de El Niño entre mayo y julio, con una probabilidad estimada en torno al 61 %. Si este episodio se consolida y se mantiene hacia final de año, puede prolongar el periodo en el que el mar se mantiene anómalamente cálido, alargando o intensificando la ventana de riesgo para distintos territorios costeros.
La lista oficial de nombres para las tormentas ya está preparada, con designaciones como Amanda para la primera tormenta en el Pacífico y Arthur para el primer sistema con nombre en el Atlántico. Aunque no se puede precisar la fecha exacta de formación de cada ciclón, el hecho de contar con un número tan elevado previsto anima a reforzar la coordinación entre servicios meteorológicos y protección civil.
Las fluctuaciones de actividad de un año a otro son notables: en 2021 se registraron hasta seis impactos en el Pacífico mexicano, mientras que en 2025 solo se contabilizaron dos ciclones con entrada directa al territorio nacional. Sin embargo, el número de impactos no siempre refleja la magnitud de los daños; un solo huracán muy intenso, como ha recordado la experiencia reciente, puede marcar una temporada entera.
El Niño y el calentamiento del mar, piezas clave del pronóstico

El trasfondo de este pronóstico tan activo está directamente ligado al fenómeno de El Niño y al calentamiento de la superficie oceánica. Cuando se presenta un episodio de El Niño de intensidad fuerte, las aguas del Pacífico oriental se calientan más de lo normal y la cizalladura vertical del viento tiende a disminuir, generando un entorno mucho más favorable para que las perturbaciones se organicen y se intensifiquen.
A esto se suman las llamadas “olas de calor marinas”, periodos en los que la temperatura superficial del mar se dispara varios grados por encima de sus valores típicos. La comunidad científica ha constatado que estos episodios incrementan hasta en un 50 % la probabilidad de intensificación rápida de los huracanes, es decir, que un sistema pase de tormenta tropical a huracán fuerte en cuestión de horas. Estudios sobre temporadas con incrementos marcados en la intensidad confirman esta tendencia (intensificación rápida).
En los últimos años se ha observado un cambio claro: desde comienzos del siglo XXI, la proporción de ciclones que alcanzan categorías 3, 4 y 5 se ha triplicado respecto a las tres décadas anteriores. Este patrón no implica necesariamente más impactos en tierra cada año, pero sí un riesgo mayor de que, cuando un sistema se acerca a la costa, lo haga con vientos más violentos y lluvias mucho más intensas.
Casos recientes como los huracanes Otis (2023) o Milton (2024) han sido citados de forma recurrente por los especialistas. Ambos pasaron de ser sistemas relativamente modestos a huracanes de alta categoría en menos de 24 horas, alimentados por aguas superiores a los 30 °C, claramente por encima del umbral de 26,5 °C que tradicionalmente se considera suficiente para el desarrollo de ciclones tropicales.
Los informes del Servicio Meteorológico Nacional y de la Comisión Nacional del Agua, junto con estudios internacionales, apuntan a que estas tendencias no son episodios aislados, sino parte de una evolución más amplia del clima. El incremento de la energía disponible en el océano se traduce en temporadas con más potencial para generar fenómenos extremos, algo que se refleja directamente en las previsiones para 2026. Para la coordinación regional y los retos en áreas turísticas y costeras, conviene consultar análisis específicos sobre riesgos y protocolos en la región (riesgos y retos en Florida y el Caribe).
Regiones más expuestas, efectos indirectos y papel de la prevención
En un contexto de alta actividad ciclónica, las miradas se centran en las zonas costeras con mayor exposición. Aunque los datos detallados se refieren principalmente a México y su entorno, el patrón es extrapolable a otras áreas del Atlántico y el Pacífico oriental: regiones con infraestructuras turísticas, puertos, áreas urbanas densamente pobladas y ecosistemas frágiles ven aumentar su nivel de vulnerabilidad cuando se prevén tantos sistemas activos.
En el Pacífico, los estados situados frente a mar abierto suelen ser los primeros en sentir el impacto de un aumento de la actividad: lluvias intensas, rachas de viento, oleaje elevado y mar de fondo pueden aparecer incluso cuando el centro del ciclón se mantiene a cierta distancia de la costa. En el Atlántico y el Caribe, los efectos se sienten tanto en franjas litorales muy turísticas como en zonas de delta y desembocaduras de grandes ríos, especialmente sensibles a las crecidas repentinas.
Uno de los mensajes más reiterados por las autoridades es que los daños no dependen solo de que el ojo del huracán cruce tierra firme. Aun sin impacto directo, un ciclón puede dejar tras de sí inundaciones, deslizamientos de ladera, cortes de carreteras y daños en viviendas, cultivos y redes eléctricas. De ahí el énfasis en seguir de cerca cada sistema que se forme, aunque los primeros pronósticos lo sitúen en principio lejos de la costa.
Las cifras recientes sirven de referencia: en 2025, la actividad total fue elevada, con 31 ciclones con nombre registrados entre ambas cuencas, pero solo dos entraron directamente a territorio mexicano. Aun así, varios sistemas dejaron lluvias beneficiosas para las presas, cuyo nivel de llenado llegó al 72 %, frente al 64 % del año anterior, lo que pone de manifiesto que los ciclones también pueden aportar agua clave para el abastecimiento en años de sequía.
Pese a estos aportes positivos, el tono de los organismos oficiales es claro: con una previsión de hasta 36 ciclones en la temporada de huracanes de 2026, basta un solo sistema bien colocado en el mapa para generar complicaciones serias. De ahí el llamamiento constante a la prevención ciudadana, al respeto de los protocolos de protección civil y al seguimiento de la información que emiten los servicios meteorológicos, tanto en América como en el resto de regiones bajo influencia atlántica y pacífica.
El cuadro que dibujan los pronósticos para 2026 combina un número elevado de sistemas tropicales, un entorno oceánico especialmente cálido y una mayor propensión a que los huracanes alcancen categorías altas en poco tiempo; todo ello conforma un escenario en el que la vigilancia temprana, la coordinación institucional y la preparación de la población se vuelven elementos decisivos para reducir el impacto de una temporada que, sobre el papel, será de las más activas de los últimos años.