Recursos del Parque Natural de Los Alcornocales: naturaleza, historia y usos tradicionales

  • Los Alcornocales alberga el mayor alcornocal continuo de España, con laurisilva relicta, canutos de niebla y una flora y fauna de altísimo valor ecológico.
  • El parque combina figuras de protección como Parque Natural, ZEPA y ZEC dentro de Red Natura 2000 con usos tradicionales: corcho, ganadería, caza y turismo rural.
  • Su posición frente al Estrecho de Gibraltar lo convierte en un enclave clave para aves migratorias y un mosaico de hábitats únicos en Europa continental.
  • La gestión actual busca compatibilizar conservación y desarrollo local frente a amenazas como infraestructuras, cambio climático y la “seca” del alcornocal.

Paisaje del Parque de los Alcornocales

El Parque Natural de Los Alcornocales es uno de esos rincones de Andalucía que, cuando lo visitas por primera vez, te deja con la boca abierta. Entre las provincias de Cádiz y Málaga se extiende un mar de sierras, valles encajonados y bosques húmedos donde los alcornoques, los quejigos y la laurisilva relicta del Terciario crean un paisaje casi selvático que muchos conocen ya como “la última selva mediterránea”.

Además de su espectacular valor ecológico, Los Alcornocales es un espacio vivo, aprovechado desde hace siglos por las poblaciones rurales que lo rodean. La extracción del corcho, la ganadería extensiva, la caza, la recolección de setas o el turismo activo conviven hoy con la conservación de un entorno inscrito en la Red Natura 2000 y protegido como ZEPA y ZEC, lo que lo convierte en un ejemplo de cómo gestionar, con más o menos acierto, un territorio de alto valor natural y cultural.

Situación, extensión y figura de protección

El Parque Natural de Los Alcornocales ocupa una franja que se alarga desde las inmediaciones del estrecho de Gibraltar y la zona costera de Tarifa hasta las sierras interiores de la Serranía de Ronda y la Sierra de Grazalema. Su superficie protegida ronda las 167.000-170.000 hectáreas, lo que lo sitúa entre los parques naturales más extensos de España y como el tercer espacio natural protegido de mayor tamaño de Andalucía.

Administrativamente, el parque se reparte principalmente por la provincia de Cádiz, con un pequeño pero muy bien conservado apéndice en Málaga, correspondiente al municipio de Cortes de la Frontera. La parte malagueña ocupa unas 12.000 hectáreas —algo más en algunas fuentes, hasta unas 18.000— y conecta además con el Parque Natural Sierra de Grazalema, generando un auténtico corredor ecológico serrano.

En total, dentro del espacio protegido se integran territorios de 18 municipios: Alcalá de los Gazules, Algar, Algeciras, Arcos de la Frontera, Benalup-Casas Viejas, Benaocaz, Castellar de la Frontera, El Bosque, Jerez de la Frontera, Jimena de la Frontera, Los Barrios, Medina Sidonia, Prado del Rey, San José del Valle, San Roque (en el entorno más amplio), Tarifa, Ubrique y Cortes de la Frontera, con una población asociada de alrededor de 380.000 habitantes.

La declaración oficial como Parque Natural se produjo en 1989, mediante la Ley 2/1989 de 18 de julio de la Junta de Andalucía, que lo incluyó en el Inventario de Espacios Naturales Protegidos. Más tarde, el espacio se ha reforzado con otras figuras: Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA n.º 049), Zona Especial de Conservación (ZEC) dentro de la Red Natura 2000, y reconocimiento en el V Programa de Acción Comunitaria de la Unión Europea como uno de los principales bosques residuales de la comunidad.

La gestión recae en la Junta de Andalucía, que coordina la conservación y los usos del territorio a través de la Consejería competente en medio ambiente. El parque cuenta con el sello AENOR ISO 14001 de gestión ambiental, que implica un compromiso de mejora continua en la planificación y manejo del espacio, tanto por parte de la administración como del personal implicado en su gestión.

Mapa y vistas del Parque de los Alcornocales

Relieve, geología y clima: la base de un paisaje único

El paisaje de Los Alcornocales está formado por un conjunto de sierras relativamente modestas en altura —en torno a los 1.000 metros como máximo—, pero con pendientes fuertes, cimas alomadas y laderas abruptas. Se sitúan en el extremo suroccidental de la cordillera Bética, dentro de las llamadas “Unidades del Campo de Gibraltar”.

Geológicamente domina con claridad la llamada Unidad del Aljibe, que ocupa más del 90 % de la superficie del parque. Esta unidad incluye dos niveles principales: en la base, un paquete de materiales arcillosos y plásticos con intercalaciones de areniscas y calizas, conocido como Arcillas de Jimena o Serie de Base del Aljibe, y por encima, un potente nivel de areniscas del Aljibe o de Gavala, que aparecen en grandes bancos de varios metros de espesor y se erosionan creando crestas, cortados y formaciones rocosas muy características.

La combinación entre estas areniscas duras y las arcillas más blandas da lugar a un relieve muy variado, con sierras alineadas de dirección predominante norte-sur en el sector septentrional y sureste-noroeste en la parte meridional del parque. Entre las cumbres destacan el pico del Aljibe, con 1.092 metros, que es la máxima altura, y el Picacho, ligeramente más bajo, además de la Sierra del Niño, la Sierra de Ojén, la Sierra de Montecoche o la Sierra de las Cabras, entre otras elevaciones que estructuran el paisaje serrano.

En las zonas bajas se instalan vegas y bujeos sobre arcillas, y se encajan valles fluviales profundos, los célebres “canutos”: angostas gargantas por donde discurren arroyos y pequeños ríos, con paredes cubiertas de vegetación exuberante. Estos canutos son auténticos bosques de niebla de tipo subtropical, gracias a la combinación de umbría, humedad y suelos frescos.

El clima es mediterráneo con una fuerte influencia atlántica. La proximidad al mar amortigua las temperaturas, que se mantienen relativamente suaves todo el año, mientras que las precipitaciones son muy abundantes: en buena parte del parque se superan los 800 l/m² anuales y en las sierras del sur se alcanzan e incluso se superan los 1.400 l/m². Los frentes oceánicos, que barren la zona de oeste a este en otoño, invierno y primavera, son los responsables de esta pluviosidad extraordinaria en el contexto peninsular.

En verano, cuando el clima mediterráneo marca una prolongada estación seca, aparecen las famosas nieblas del levante, conocidas popularmente como “las barbas del levante”. Estas nieblas arrastran aire húmedo desde el estrecho de Gibraltar y se enganchan en las laderas, aportando humedad horizontal que mantiene verdes y activas a muchas comunidades vegetales. Todo ello genera un microclima muy particular, con rasgos parecidos a los de regiones subtropicales y macaronésicas, que explica la presencia de laurisilvas y helechos relictos del Terciario.

El viento es otro factor clave. La forma de embudo del estrecho de Gibraltar concentra los vientos de levante y poniente, que pueden soplar con enorme fuerza. No es casual que en las proximidades del parque se encuentre uno de los mayores campos de producción de energía eólica de España, lo que introduce también ciertos conflictos paisajísticos y ambientales.

Bosques y canutos del Parque de los Alcornocales

Ríos, embalses y canutos: el agua como protagonista

La presencia del agua es, literalmente, la columna vertebral de Los Alcornocales. A lo largo y ancho del parque nacen, atraviesan o se alimentan numerosos ríos y arroyos: Barbate, Guadalete, Guadiaro, Guadarranque, Jara, Palmones, además de innumerables cursos de agua menores que dan lugar a una red hidrográfica muy densa.

Sobre estos ríos se han construido varios embalses de gran importancia para el abastecimiento humano y agrícola de la provincia de Cádiz, como los de Guadalcacín, Los Hurones, Barbate, Charco Redondo, Guadarranque, Celemín o Almodóvar. Muchos de ellos se integran en el paisaje del parque y sirven también de escenario para actividades como la pesca deportiva o el ocio en la naturaleza.

Sin embargo, los elementos más singulares del sistema hídrico de Los Alcornocales son los ya mencionados canutos: valles fluviales muy estrechos y profundos, formados sobre las areniscas del Aljibe, donde el agua y la niebla crean condiciones de humedad extrema. En estos canutos se desarrollan las comunidades de laurisilva y los bosques de ribera subtropicales, con especies como laureles, rododendros, durillos, acebos, avellanillos y una extraordinaria diversidad de helechos raros en Europa continental.

Estos bosques de galería, que antaño se extendían por amplias zonas de Europa durante el Terciario, han quedado reducidos hoy a refugios muy localizados, y Los Alcornocales es uno de los enclaves más importantes para su conservación. No es casual que en estos canutos aparezca Psilotum nudum, considerada la planta vascular más antigua que vive sobre la Tierra, además de helechos como Culcita macrocarpa, Christella dentata, Diplazium caudatum o Dryopteris guanchica, muchos de ellos catalogados En Peligro de Extinción en Andalucía.

La importancia de los recursos hídricos no se limita a la biodiversidad: la gestión de acuíferos, la regulación de avenidas y la provisión de agua para los municipios del entorno han obligado a desarrollar políticas específicas de conservación y planificación hidrológica, recogidas en documentos como los planes de gestión integral del Parque y la revisión de sus usos tradicionales.

Alcornocal y paisaje de sierras en Los Alcornocales

Vegetación y flora: del alcornocal a la laurisilva

La gran seña de identidad del Parque Natural de Los Alcornocales es su inmenso bosque de alcornoques (Quercus suber), el más extenso y mejor conservado de España y uno de los mayores de Europa. A diferencia de otros montes alcornocales donde el arbolado aparece más ralo, aquí los árboles forman masas densas, con un sotobosque rico y variado que garantiza la regeneración natural del bosque.

En los alcornocales típicos, el matorral está compuesto por jaras (Cistus ladanifer, C. albidus, C. monspeliensis, C. crispus, C. populifolius, C. salviifolius y Halimium alyssoides, H. atriplicifolium), brezos (Erica arborea, E. australis, E. scoparia, E. umbellata, Calluna vulgaris) y una larga lista de arbustos mediterráneos como lentiscos, madroños, labiérnagos, agracejos, escobones, majuelos o rosales silvestres. En las partes más degradadas del alcornocal dominan madroños (Arbutus unedo), majuelos (Crataegus monogyna) y matorrales de aulagas y retamas.

En las zonas de mayor humedad y suelos profundos aparecen los quejigales, formaciones dominadas por el quejigo andaluz (Quercus canariensis) y, en menor medida, por robles melojos (Quercus pyrenaica), robledilla (Quercus lusitanica) y otras especies de quercíneas como Q. coccifera, Q. faginea, Q. rotundifolia o Q. lusitanica. Estos bosques, relictos de épocas más frías, están cubiertos de líquenes, musgos, ombligos de Venus, polipodios y otras plantas epífitas, que tapizan troncos y ramas dando una imagen casi de bosque templado húmedo atlántico.

En las laderas bajas y cálidas con suelos arcillosos se desarrollan acebuchales y coscojares, donde predominan el acebuche (Olea europaea var. sylvestris), la coscoja (Quercus coccifera), el palmito (Chamaerops humilis), el lentisco (Pistacia lentiscus), el mirto (Myrtus communis) y otras especies típicas de matorral mediterráneo espinoso. Son formaciones ricas en frutos carnosos, que proporcionan alimento a gran cantidad de aves y pequeños mamíferos.

Sobre los bujeos —suelos arcillosos que se encharcan en época de lluvias— se forman pastizales de gran productividad, tradicionales para la ganadería, con escasos árboles dispersos (olivos, acebuches) pero una enorme diversidad de herbáceas que llenan el paisaje de color en primavera.

En las cumbres y laderas más expuestas al viento, con suelos muy delgados y ricos en aluminio, se desarrollan las herrizas o brezales de cumbre: matorrales achaparrados dominados por brezos, jaras (Cistus populifolius, Halimium alyssoides), robledilla, aulagas (Genista tridens, G. tridentata, Stauracanthus boivinii, Pterospartum tridentatum), así como aromáticas como Satureja salzmannii o tomillos. En estos ambientes marginales prospera una de las joyas botánicas del parque, la planta carnívora Drosophyllum lusitanicum, que obtiene el nitrógeno de los insectos que captura.

Los canutos, por su parte, albergan la famosa laurisilva de Los Alcornocales, una comunidad de bosque húmedo subtropical con laureles (Laurus nobilis), rododendros o ojaranzos (Rhododendron ponticum subsp. baeticum), durillos (Viburnum tinus), acebos (Ilex aquifolium), avellanillos (Frangula alnus subsp. baetica), alisos (Alnus glutinosa), sauces (Salix pedicellata), vid silvestre (Vitis vinifera) y hiedras (Hedera helix), además de un conjunto excepcional de helechos como Vandenboschia speciosa, Psilotum nudum, Culcita macrocarpa o Diplazium caudatum.

En conjunto, en el parque se han catalogado al menos 185 especies de flora protegidas por la legislación andaluza y recogidas en la Lista Roja de la flora vascular, muchas de ellas endémicas o muy raras. Entre las especies en Peligro de Extinción se encuentran Christella dentata, Culcita macrocarpa, Diplazium caudatum, Dryopteris guanchica y el propio Rhododendron ponticum subsp. baeticum, todas ligadas a esos ambientes umbrosos y extremadamente húmedos.

Senderos y recursos naturales en Los Alcornocales

Fauna: aves planeadoras, mamíferos mediterráneos y especies singulares

La fauna de Los Alcornocales es tan rica y variada como su vegetación. Su posición en el extremo sur de Europa, justo frente a África y junto al estrecho de Gibraltar, convierte al parque en un punto estratégico en las rutas migratorias de millones de aves. Cada año, cigüeñas, milanos, halcones abejeros, águilas calzadas y culebreras, buitres leonados, alimoches y muchas otras rapaces planeadoras utilizan las sierras del parque para descansar, alimentarse y esperar la ventana de viento adecuada para cruzar o regresar del estrecho.

Pero no todo son visitantes. Entre las aves residentes destacan pícidos como el pico picapinos, paseriformes forestales como el trepador azul, el mito, el carbonero común o el pinzón vulgar, y una larga lista de especies ligadas a los ríos y canutos, como el mirlo acuático (Cinclus cinclus) o el martín pescador (Alcedo atthis). Las Zonas de Especial Protección para las Aves reconocen precisamente el valor del parque como área clave para la conservación de rapaces y aves forestales y de ribera.

En cuanto a mamíferos, Los Alcornocales conserva poblaciones destacadas de herbívoros como ciervos (Cervus elaphus hispanicus), corzos —incluida la singular subespecie de corzo andaluz de raza “morisca”, en el límite suroccidental de su distribución—, jabalíes y gamo en algunas fincas. En zonas rocosas y de sierras altas se encuentra también la cabra montés (Capra pyrenaica hispanica), que comparte territorio con grandes rapaces como el águila perdicera o el búho real.

La comunidad de carnívoros es igualmente completa dentro del espectro mediterráneo: zorros, ginetas, tejones, garduñas, comadrejas y, muy especialmente, el meloncillo (Herpestes ichneumon), una mangosta africana que encuentra en el parque una de las mayores poblaciones de Europa. En los arroyos y ríos bien conservados es posible observar nutrias, indicador claro de buena calidad de las aguas y de los ecosistemas fluviales.

Reptiles y anfibios están bien representados, aunque el texto original resalta especialmente la presencia de algunas libélulas amenazadas en los cursos de agua, y de invertebrados singulares como la araña toro o negra (Macrothele calpeiana), especie protegida que encuentra en los suelos húmedos y boscosos de la zona condiciones óptimas para su supervivencia.

En los últimos años incluso se ha planteado, a nivel teórico y desde ciertos sectores conservacionistas, la posible reintroducción del lobo ibérico en el parque, aprovechando la disponibilidad de presas y la extensión del territorio. De momento, no hay población estable de lince ibérico ni lobo, y la única mención al felino en la zona procede de un individuo liberado en Hornachuelos y detectado en tránsito en Medina Sidonia en 1998.

Historia, patrimonio cultural y arqueológico

El valor de Los Alcornocales no se limita a la naturaleza. Sus sierras han sido habitadas y utilizadas por el ser humano desde hace decenas de miles de años. En el entorno del parque se han identificado yacimientos vinculados al hombre de Neandertal, restos de tumbas antropomorfas excavadas en la roca, grabados y pinturas rupestres que se remontan al Paleolítico y al Neolítico, y un conjunto de abrigos con arte esquemático de la Edad del Bronce de enorme relevancia.

Entre las cuevas más destacadas se encuentra la del Tajo de las Figuras, conocida como la “capilla sixtina” del arte rupestre esquemático; la cueva de la Laja Alta, famosa por mostrar algunas de las primeras representaciones de embarcaciones mediterráneas procedentes de oriente; y la cueva de Bacinete, con más de un centenar de pinturas en excelente estado de conservación.

Con el paso de los siglos, diferentes culturas se fueron sucediendo en estas sierras: comunidades megalíticas, pueblos ibéricos, fenicios, romanos (como la ciudad de Iptuci), visigodos, poblaciones andalusíes y, más tarde, reinos cristianos. De todas ellas han quedado restos arqueológicos y etnográficos: dólmenes, castros, calzadas, fortalezas árabes, enclaves fronterizos castellanos y cascos históricos con fuerte huella andalusí.

Muchos de los pueblos actuales que forman parte del parque vivieron su época de esplendor durante el periodo nazarí, cuando constituían la franja fronteriza occidental del Reino de Granada. De ese momento proceden buena parte de sus trazas urbanas: cascos blancos encalados, callejuelas estrechas y empinadas y castillos que dominan el paisaje, como en Jimena de la Frontera, Castellar de la Frontera o Medina Sidonia.

En la Edad Media, estas tierras fueron escenario de campañas militares como las del general Alonso Pérez de Guzmán, protagonista en las luchas entre los reinos cristianos y el último territorio nazarí. Más adelante, ya en la Guerra de la Independencia, el área del Peñón de Ballesteros fue testigo de episodios bélicos frente a las tropas napoleónicas, y en la Guerra Civil española algunos cortijos y montes del parque —como el Cortijo de El Marrufo— fueron tristemente protagonistas de represión y violencia contra población republicana huidiza.

Hoy en día, además de su patrimonio arqueológico, el parque atesora un importante legado etnográfico relacionado con la arriería, la ganadería, el carboneo, la extracción de corcho, la etnobotánica y las formas tradicionales de aprovechamiento del monte, presentes en la arquitectura rural dispersa, los caminos históricos y las fiestas locales.

Recursos forestales, ganaderos y económicos

El recurso estrella de Los Alcornocales es, sin duda, el corcho. La corteza del alcornoque ha sido aprovechada desde antiguo en la artesanía comarcal, pero no fue hasta el segundo tercio del siglo XX cuando empezó una explotación más intensiva. Hoy en día, la saca del corcho sigue siendo el motor económico más emblemático vinculado al parque, y continúa realizándose con técnicas tradicionales y un importante componente social.

El descorche tiene lugar en verano, cuando la savia sube y la corteza se desprende mejor. Para no agotar al árbol y garantizar su regeneración, las fincas se dividen en nueve partes y solo se extrae el corcho de una de ellas cada año, de manera que cada ejemplar dispone de unos nueve años para recuperar el grosor de su protección natural. Esta rotación es un excelente ejemplo de aprovechamiento forestal sostenible, aunque se han detectado problemas como la “seca” y el envejecimiento de los alcornoques, que han obligado a revisar las prácticas y reforzar la repoblación y los cuidados selvícolas.

Además del corcho, los montes del parque producen madera, leña, brezo, piñas, setas, esparto y otros productos no maderables que complementan la economía rural. La caza mayor (ciervo, jabalí, corzo) y menor, gestionada en muchos casos mediante cotos privados, supone otra fuente de ingresos, aunque también genera debates sobre la compatibilidad con la conservación de determinadas especies y hábitats.

La ganadería extensiva es otro pilar fundamental, con predominio de bovino (destaca la vaca retinta), ovino y caprino, y presencia también de porcino en ciertas áreas. Estos rebaños se alimentan en dehesas, pastizales de bujeo y claros del monte, manteniendo un paisaje en mosaico que, bien gestionado, puede resultar favorable para la biodiversidad al evitar la matorralización excesiva y reducir el riesgo de incendios.

La agricultura, aunque menos dominante dentro del perímetro estrictamente protegido, tiene importancia en el entorno del parque, con olivares, huertas y pequeñas parcelas que completan el mosaico de usos. A esto hay que sumar el turismo rural y de naturaleza, que se ha consolidado en las últimas décadas como una vía de diversificación económica a través de alojamientos, empresas de turismo activo, restauración y productos locales vinculados al corcho, la miel, la caza o la artesanía.

Finalmente, la certificación ISO 14001, la integración en la Red Natura 2000 y la aprobación de un Plan de Gestión Integral en 2017 buscan precisamente compatibilizar todos estos aprovechamientos con la conservación, prestando atención especial a problemas como la seca del alcornocal, la gestión del agua o la recuperación de los bosques más degradados.

Red Natura 2000, gestión ambiental y amenazas

La inclusión de Los Alcornocales en la Red Natura 2000, como ZEPA y ZEC, implica el reconocimiento formal de su importancia para la conservación de hábitats y especies a escala europea. Esta designación obliga a desarrollar medidas de gestión específicas y a evaluar el impacto de proyectos y actividades que puedan afectar a los objetivos de conservación del lugar.

Sin embargo, la posición estratégica del parque y la presión de ciertos sectores económicos han generado y siguen generando conflictos y amenazas. Entre las más destacadas se encuentran los grandes tendidos eléctricos de alta tensión, asociados tanto a polos industriales como a conexiones con Marruecos; los parques eólicos que, si no se planifican adecuadamente, alteran el paisaje y pueden afectar a aves planeadoras; las autovías y grandes infraestructuras viarias (como la Jerez-Los Barrios); y la construcción de grandes presas y obras hidráulicas.

A ello se suma el impacto del cambio climático, que se traduce en episodios de sequía más prolongados, aumento de temperaturas y mayor estrés para los alcornocales, favoreciendo procesos de decaimiento y la expansión de plagas y enfermedades. La “seca” del alcornocal —un síndrome complejo en el que influyen hongos del suelo, estrés hídrico y factores de gestión— es ahora mismo uno de los retos más serios para el futuro del bosque.

En el plano socioeconómico y político, la polémica en torno a la finca La Almoraima es un buen ejemplo de las tensiones existentes. La intención del gobierno central de vender esta gran propiedad para proyectos turísticos intensivos generó una fuerte contestación social y ambiental, y llevó a la Junta de Andalucía a ampliar los límites del parque natural para integrar la finca y blindarla frente a la especulación. Finalmente, el Estado desistió de la venta al dejar de generar pérdidas la finca, y la decisión de protección fue ratificada por el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía en 2020, consolidando la vocación conservacionista de este enclave clave.

Por otro lado, se está avanzando en la internalización de las políticas ambientales en la ordenación del territorio, aunque aún persiste la tendencia a ver la normativa de protección como un mero trámite administrativo. La puesta en valor turística de actividades tradicionales —como el descorche interpretado, la ganadería extensiva o la etnobotánica— se perfila como una estrategia interesante para vincular la conservación del patrimonio natural y cultural con el desarrollo socioeconómico local.

Infraestructuras para el visitante, rutas y áreas recreativas

Para facilitar el conocimiento del parque y ordenar el uso público, Los Alcornocales cuenta con una red de equipamientos: la Oficina de Gestión del Espacio Natural, situada en la carretera A-2228 (Alcalá-Benalup); el Centro de Visitantes “El Aljibe”, en las afueras de Alcalá de los Gazules; el Centro de Visitantes “Huerta Grande”, en Algeciras; el Centro de Visitantes “Cortes de la Frontera” en el sector malagueño; y el Centro de Educación Ambiental “Aula de la Naturaleza El Picacho”, también en Alcalá de los Gazules.

Además, existen diversas zonas recreativas y complejos para turismo de naturaleza. Entre ellas destacan el área recreativa y de acampada “La Sauceda” (en el entorno de Cortes de la Frontera), muy popular para acampadas y actividades de educación ambiental; el área recreativa “Los Tornos”, en el término de Tarifa, ubicada en un alcornocal adehesado y dotada de mesas, barbacoas, juegos infantiles, kiosco-bar y aparcamiento, donde incluso se celebra una romería en honor a San Isidro; o el área recreativa “El Bujeo”, cerca de Tarifa, localizada en un viejo eucaliptal donde acebuches y alcornoques van recuperando espacio, con pasarelas sobre un arroyo, fuente y equipamientos básicos para pasar el día en el campo.

En el municipio de Los Barrios se encuentra el área recreativa “Molinos del Raudal”, mientras que Jerez de la Frontera alberga la zona recreativa “Charco de los Hurones”, prevista para su reconversión en complejo turístico rural. También es reseñable el Parque Botánico y Temático de los Alcornocales “Tajo de la Cisma”, en Benalup-Casas Viejas, orientado a la interpretación de la flora y los ecosistemas del parque.

En cuanto a la red de senderos y rutas, el abanico es amplio y abarca desde paseos sencillos junto a ríos hasta travesías de montaña más exigentes. Entre los itinerarios más conocidos figuran la Ruta de los Molinos, la Ruta del río Hozgarganta (muy ligada a Jimena de la Frontera), la Garganta del Puerto Oscuro, la Ruta de la Laguna del Moral, el Sendero del río de la Miel, el del río Guadalmesí, el itinerario de San Carlos del Tiradero, el carril cicloturista de La Sauceda, la Vereda Ubrique-Asomadillas, o las ascensiones al Picacho y al Aljibe, con vistas panorámicas sobre buena parte del Campo de Gibraltar y la campiña gaditana.

Para los amantes de los deportes de aventura, el parque ofrece posibilidades de montañismo, espeleología (como en el enclave Ramblazo-Motillas), descenso de cañones en la Garganta de las Buitreras —declarada Monumento Natural— y, con los permisos correspondientes, participación en pruebas deportivas organizadas que aprovechan la red de pistas forestales y caminos tradicionales.

Con todo este conjunto de valores naturales, culturales y económicos, el Parque Natural de Los Alcornocales se ha consolidado como uno de los espacios más singulares de la Península Ibérica. Sus bosques de alcornoque, sus laurisilvas relictas, el paso constante de aves migratorias, las huellas de civilizaciones milenarias y la intensa relación entre sus habitantes y el monte dibujan un lugar donde la conservación y el aprovechamiento todavía caminan de la mano, aunque no falten retos y tensiones. Quien se adentra por sus sierras, canutos y pueblos blancos descubre un territorio en el que cada sendero, cada cortijo y cada descorche hablan de una estrecha alianza entre naturaleza y cultura mediterránea que sigue evolucionando a día de hoy.

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