Desde que el Telescopio Espacial James Webb empezĂł a mirar al cielo profundo, hay algo que se repite una y otra vez en sus imágenes: pequeños puntos rojos brillantes repartidos por el fondo del cosmos. No son un fallo de los instrumentos ni un simple ruido de fondo, sino una nueva familia de objetos astronĂłmicos que, a dĂa de hoy, la comunidad cientĂfica todavĂa no sabe clasificar con total seguridad.
Estos objetos se conocen ya de forma informal como little red dots (LRD), o “pequeños puntos rojos”, y han aparecido por cientos en las observaciones del Webb, sobre todo cuando el telescopio se centra en regiones muy lejanas del universo temprano. Los astrĂłnomos coinciden en que podrĂan cambiar lo que sabemos sobre la formaciĂłn de agujeros negros supermasivos y de las primeras galaxias, pero las piezas del puzle aĂşn no terminan de encajar.
Un misterio que se repite en casi todas las imágenes profundas
En los primeros análisis tras la puesta en marcha del James Webb, los equipos cientĂficos se dieron cuenta de que, en cada exposiciĂłn prolongada, surgĂan mĂşltiples puntos diminutos de color rojo intenso. Lejos de ser una rareza aislada, se trataba de un patrĂłn que se repetĂa en campo tras campo de observaciĂłn, lo bastante frecuente como para que fuese imposible ignorarlo.
Las imágenes de la cámara NIRCam del Webb muestran estos LRD como núcleos muy compactos y luminosos, rodeados de un halo rojizo difuso. En algunos mosaicos difundidos por la NASA, cada uno aparece como un centro blanquecino o amarillento, con un anillo rojo suave recortado sobre el negro del espacio, dejando claro que estamos ante fuentes reales y no artefactos técnicos.
La astrĂłnoma Jenny Greene, profesora de ciencias astrofĂsicas en la Universidad de Princeton, lo resumĂa con bastante franqueza en una entrevista: es la primera vez en su carrera que estudia un objeto cuya apariencia no encaja en ninguna categorĂa conocida. Para Greene, es razonable «llamarlos un misterio» porque, cada vez que se propone una explicaciĂłn, nuevas observaciones obligan a matizarla o directamente a descartarla.
Lo más desconcertante es que estos puntos rojos no son algo anecdótico. En palabras de varios investigadores implicados, en prácticamente cualquier observación profunda del Webb aparecen algunos. El telescopio se limita a acumular luz durante horas sobre una misma región del cielo, y de ese fondo extremadamente tenue emergen, una y otra vez, las mismas fuentes brillantes y rojizas.
Dónde y cuándo aparecen estos pequeños puntos rojos

Las primeras detecciones sistemáticas de LRD datan de 2022 y 2023, apenas unos meses despuĂ©s de que el Webb comenzara la fase cientĂfica. A partir de ahĂ, varios estudios empezaron a cuantificar el fenĂłmeno y a rastrear en quĂ© momentos de la historia cĂłsmica son más habituales. Los resultados señalan que estos objetos surgen en grandes cantidades cuando el universo tenĂa alrededor de 600 millones de años tras el Big Bang, y que su abundancia disminuye con rapidez hacia los 1.500 millones de años despuĂ©s de ese evento.
En tĂ©rminos cosmolĂłgicos, esto significa que los pequeños puntos rojos son sobre todo una caracterĂstica del universo temprano. El astrĂłnomo Jorryt Matthee, del Instituto de Ciencia y TecnologĂa de Austria, recalca que los LRD están muy extendidos en los primeros 1.000 millones de años de tiempo cĂłsmico, mientras que en el universo cercano a la actualidad parecen extremadamente raros.
Esa distribuciĂłn temporal encaja con la idea de que los LRD podrĂan representar una fase transitoria en la evoluciĂłn de ciertas estructuras cĂłsmicas: algo que fue comĂşn cuando el cosmos era joven, pero que ya casi no sucede hoy. De confirmarse, estarĂamos observando un estadio “fugaz” de la vida de galaxias o agujeros negros, un momento que los modelos teĂłricos preveĂan de forma más o menos difusa, pero que nunca se habĂa visto con tanto detalle.
El hecho de que se concentren en Ă©pocas tan remotas explica tambiĂ©n por quĂ© telescopios anteriores como el Hubble no habĂan detectado claramente este tipo de objetos. Hubble carecĂa de la combinaciĂłn de sensibilidad y cobertura en el infrarrojo medio que ofrece el Webb; solo gracias al espejo de 6,5 metros y a sus instrumentos enfocados al infrarrojo se ha podido sacar a la luz esta poblaciĂłn completa de fuentes rojas y compactas.
Por qué se ven tan rojos: corrimiento al rojo y gas de hidrógeno

Una de las primeras dudas fue obvia: ¿por qué son tan rojos estos objetos? Parte de la respuesta es puramente cosmológica. Al estar tan lejos, la luz que emitieron hace miles de millones de años ha sido estirada por la expansión del universo, desplazando su espectro hacia longitudes de onda más largas. Es el conocido fenómeno del corrimiento al rojo, que convierte la luz visible o ultravioleta original en radiación infrarroja cuando llega hasta los detectores del Webb.
Pero enseguida quedĂł claro que el corrimiento al rojo no explicaba todo. Los LRD no solo parecen rojos por la distancia: tambiĂ©n son intrĂnsecamente muy rojizos. Sus espectros muestran una transiciĂłn muy marcada entre un flujo relativamente dĂ©bil en el ultravioleta y un aumento abrupto en el rojo y el infrarrojo. Esa “escalera” en el espectro señala que algo en su entorno está modificando la luz de manera muy especĂfica.
Durante un tiempo, buena parte de la comunidad apostó por el polvo cósmico como responsable de ese color extremo. La idea era que se trataba de galaxias jóvenes y muy polvorientas, donde las nubes de polvo interestelar bloquean la luz azul y ultravioleta de las estrellas recién formadas, dejando pasar sobre todo la parte roja e infrarroja del espectro.
Sin embargo, estudios posteriores empezaron a inclinar la balanza hacia otro componente: el gas de hidrĂłgeno muy denso. Investigadores como Jorryt Matthee señalan que las caracterĂsticas espectrales de algunos LRD, en particular de objetos muy peculiares como “The Cliff”, encajan mejor con un escenario en el que grandes cantidades de hidrĂłgeno rodean una fuente central de energĂa y absorben selectivamente parte de la luz, reforzando el componente rojo.
Este cambio de foco, del polvo al gas de hidrĂłgeno, ha ido ganando peso con el tiempo y ha modificado la interpretaciĂłn de varios resultados. Lo que al principio se leĂa como galaxias tapadas por polvo, hoy se entiende más bien como sistemas envueltos por gas denso e ionizado, lo que encaja mejor con escenarios de agujeros negros en crecimiento o con ciertos modelos exĂłticos de estrellas supermasivas.
La hipĂłtesis dominante: agujeros negros supermasivos en crecimiento

Con todos estos datos sobre la mesa, la hipĂłtesis que más apoyo ha recibido en los Ăşltimos años es que muchos de estos pequeños puntos rojos corresponderĂan a agujeros negros supermasivos en plena fase de crecimiento. Es decir, estarĂamos viendo el “bebé” de los enormes agujeros negros que hoy se encuentran en el centro de galaxias como la VĂa Láctea.
SegĂşn esta interpretaciĂłn, los LRD serĂan nĂşcleos extremadamente compactos y luminosos, donde un agujero negro acumula materia de forma muy rápida. El gas de hidrĂłgeno que se arremolina en sus inmediaciones absorberĂa la radiaciĂłn más energĂ©tica y reemitirĂa la energĂa principalmente en el infrarrojo, lo que explicarĂa el color tan marcado sin necesidad de recurrir solo al polvo.
La investigadora Jenny Greene, experta en agujeros negros supermasivos y evoluciĂłn de galaxias, considera que un modelo centrado en agujeros negros en crecimiento es el que mejor encaja con la mayor parte de las observaciones actuales. Aun asĂ, insiste en que el panorama está lejos de estar cerrado y que nuevas mediciones podrĂan obligar a revisar de nuevo las conclusiones.
Otros trabajos apuntan en la misma direcciĂłn: los LRD podrĂan representar la fase de nacimiento de los agujeros negros supermasivos. Jorryt Matthee llega a describirlos como un posible “eslabĂłn perdido” entre las primeras estructuras del universo y los colosales agujeros negros que vemos hoy en el centro de casi todas las galaxias grandes.
La abundancia de estos objetos en el universo temprano encaja con esa idea. Si cada gran galaxia actual alberga un agujero negro supermasivo en su centro, resulta lĂłgico pensar que, en los primeros miles de millones de años, hubo un periodo en el que esos nĂşcleos estaban encendiendo motores, acumulando gas a gran velocidad y brillando de una forma muy particular. Los LRD, segĂşn esta visiĂłn, serĂan precisamente la huella observable de esa etapa.
Estudios clave: del programa RUBIES al Gran Telescopio Canarias

Para poner orden en este nuevo zoolĂłgico cĂłsmico, un equipo internacional liderado desde el Centro Harvard-Smithsonian de AstrofĂsica puso en marcha el programa RUBIES (Red Unknowns: Bright Infrared Extragalactic Survey). Este proyecto dedicĂł unas 60 horas de tiempo del James Webb a estudiar de manera sistemática miles de fuentes rojas y brillantes, entre ellas unos cuarenta pequeños puntos rojos cuidadosamente seleccionados.
La investigadora Anna de Graaff, una de las responsables de RUBIES, destaca que el programa permitió obtener espectros de alta calidad de varios LRD, algo crucial para desentrañar su naturaleza. El gran golpe de efecto llegó con un objeto apodado “The Cliff”, cuyo espectro mostraba una transición abrupta entre el ultravioleta y el rojo que no encajaba ni con una galaxia “normal” ni con un agujero negro rodeado simplemente de polvo.
En “The Cliff”, las observaciones señalan la presencia de gas de hidrĂłgeno muy denso y relativamente caliente, lo que refuerza la idea de que el componente rojizo se debe sobre todo a ese gas y no tanto a estrellas viejas o a grandes cantidades de polvo. De Graaff ha llegado a describir este tipo de objetos como una posible nueva clase de fuente, algo asĂ como “estrellas de agujero negro”, donde un agujero negro central ilumina, desde dentro, una envoltura de gas que brilla con un patrĂłn espectral muy caracterĂstico.
En paralelo a los datos espaciales, la participaciĂłn europea -y en particular española- tambiĂ©n está siendo relevante. El Instituto de AstrofĂsica de Canarias (IAC) ha contribuido con observaciones obtenidas desde el Gran Telescopio Canarias (GTC), en La Palma, el mayor telescopio Ăłptico e infrarrojo del mundo. Gracias a su potencia, ha sido posible observar algunos de los LRD más cercanos con un nivel de detalle que el Webb, por sĂ solo, no podĂa proporcionar en ciertas longitudes de onda.
Los datos del GTC han permitido identificar dĂ©biles lĂneas de hierro ionizado y otras huellas espectroscĂłpicas asociadas a gas muy denso en las inmediaciones de un agujero negro. Estos resultados han servido para reinterpretar señales similares en fuentes más lejanas y confirmar que, al menos en una parte de los LRD, la presencia de agujeros negros activos es difĂcil de esquivar.
Estrellas supermasivas, cuasiestrellas y otros escenarios exĂłticos
Aunque la idea de los agujeros negros en crecimiento domina hoy el debate, no es la Ăşnica en juego. Un estudio reciente publicado en The Astrophysical Journal, liderado por Devesh Nandal y Avi Loeb (Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics), propone que algunos de estos pequeños puntos rojos podrĂan ser estrellas supermasivas formadas a partir de gas primordial en el universo temprano.
En este escenario, ciertos LRD no estarĂan dominados por un agujero negro, sino por enormes estrellas compuestas casi en exclusiva por hidrĂłgeno y helio, observadas justo antes de su colapso. SegĂşn el modelo de Nandal y Loeb, estas estrellas supermasivas serĂan capaces de reproducir tanto el brillo extremo como algunas caracterĂsticas de los espectros medidos por el Webb, sin necesidad de asumir de entrada un agujero negro en crecimiento en cada caso.
Otra lĂnea teĂłrica recupera la vieja idea de las cuasiestrellas, propuestas hace casi dos dĂ©cadas por el astrofĂsico Mitch Begelman y sus colaboradores. En este modelo, un agujero negro se forma dentro de una protoestrella muy masiva y queda rodeado por una enorme envoltura de gas, que es la que realmente emite la luz que observamos. El resultado serĂa un hĂbrido entre estrella y agujero negro, capaz de brillar como una estrella gigantesca aunque el motor interno sea un agujero negro.
Algunos rasgos de objetos como “The Cliff” recuerdan a este tipo de configuraciones teĂłricas, aunque, por el momento, los propios autores reconocen que no existe una prueba definitiva que permita identificar a los LRD como cuasiestrellas sin ambigĂĽedad. Lo que sĂ está claro es que el fenĂłmeno obliga a contemplar escenarios astrofĂsicos que hace solo unos años parecĂan puramente especulativos.
En paralelo, hay quien plantea versiones aĂşn más extremas de estrellas muy masivas en fases finales de su vida, o incluso configuraciones nuevas en las que la frontera entre “galaxia”, “estrella” y “agujero negro” se vuelve borrosa. De ahĂ que algunos investigadores hablen de los LRD como un verdadero “zoolĂłgico” de objetos exĂłticos, dentro del cual podrĂan convivir varias clases distintas que, en las imágenes, se nos presentan bajo el mismo aspecto de punto rojo brillante.
Un rompecabezas todavĂa lejos de resolverse
Pese al gran nĂşmero de estudios dedicados a estos puntos rojos desde 2022, el consenso cientĂfico sigue siendo muy limitado. La propia Anna de Graaff reconoce que es extremadamente difĂcil demostrar de forma directa la presencia de un agujero negro en estos objetos. Por ahora, esa suposiciĂłn se basa sobre todo en la enorme luminosidad que muestran y en lo frecuentes que parecen ser en ciertas Ă©pocas del universo temprano.
Además, algunos LRD apenas emiten rayos X o radiaciĂłn infrarroja de alta energĂa, algo que resulta llamativo si se asume que están impulsados por agujeros negros activos. En combinaciĂłn con la ausencia de lĂneas metálicas intensas (más allá del hidrĂłgeno y el helio), estos detalles han llevado a varias revisiones de los modelos iniciales y han alentado la bĂşsqueda de explicaciones alternativas.
Para complicar más las cosas, cada nueva campaña de observaciĂłn tiende a cambiar ligeramente el panorama. Algunos resultados apoyan la idea de galaxias extremadamente compactas y masivas; otros favorecen el papel central del gas de hidrĂłgeno; y otros abren la puerta a objetos que no se habĂan considerado hasta ahora. Los propios investigadores admiten que, en más de una ocasiĂłn, una hipĂłtesis que parecĂa razonable ha acabado chocando con los datos siguientes.
De ahĂ que muchos expertos insistan en mantener todas las opciones abiertas. Es probable que la etiqueta “pequeños puntos rojos” agrupe en realidad varias clases de objetos distintos, que hoy solo podemos distinguir con análisis espectroscĂłpicos muy detallados. El reto para los prĂłximos años será separar esas subpoblaciones y determinar quĂ© fracciĂłn de los LRD corresponde a agujeros negros en crecimiento, cuál podrĂa deberse a estrellas supermasivas u otras configuraciones, y cuántos se explican mejor como nĂşcleos galácticos extremadamente compactos.
Instituciones europeas, entre ellas el propio IAC y los equipos que trabajan con el Gran Telescopio Canarias, ya han obtenido más tiempo de observaciĂłn para ampliar las muestras y mejorar la estadĂstica. El objetivo es claro: reunir suficientes datos de distintos objetos, a diferentes distancias, como para empezar a ver patrones sĂłlidos y descartar de forma robusta las hipĂłtesis que no se sostengan.
Todo este esfuerzo refleja algo que va más allá de los puntos rojos en sĂ: el papel del James Webb no es solo confirmar teorĂas previas, sino sacar a la luz fenĂłmenos que nos obliguen a replantear los modelos. En ese sentido, los LRD se han convertido en uno de los mayores Ă©xitos -y, al mismo tiempo, uno de los mayores quebraderos de cabeza- de la misiĂłn.
Lo que parece fuera de duda es que estos pequeños puntos rojos, perdidos en las profundidades del universo temprano, se han ganado un lugar privilegiado en la agenda de la astrofĂsica moderna. Su capacidad para desafiar ideas asentadas sobre la formaciĂłn de galaxias, estrellas extremas y agujeros negros supermasivos apunta a que, cuando por fin se descifre su naturaleza, no solo habremos resuelto un enigma puntual: tambiĂ©n habremos dado un paso importante para entender cĂłmo pasĂł el universo de sus primeras luces a la compleja estructura cĂłsmica que observamos hoy.