
En las últimas semanas, las alarmas sobre un posible “Súper Niño 2026” han empezado a sonar con fuerza en la comunidad científica y en los medios de comunicación. Diferentes agencias meteorológicas y centros de investigación climática están detectando señales de que el océano Pacífico ecuatorial podría entrar en una fase de calentamiento muy intenso, capaz de alterar el clima del planeta durante muchos meses.
Aunque todavía hay margen de incertidumbre sobre la intensidad real que pueda alcanzar el fenómeno, la mera posibilidad de un evento excepcional ha puesto sobre la mesa viejos fantasmas: desde el recuerdo de episodios históricos devastadores hasta las preocupaciones por incendios forestales extremos, olas de calor, sequías prolongadas y lluvias torrenciales en múltiples regiones, incluida Europa y, en particular, países como España.
Qué es El Niño y en qué se diferencia un Súper Niño
El Niño y su contraparte, La Niña, forman parte del ciclo ENSO (Oscilación del Sur de El Niño), un patrón climático natural que se desarrolla en el Pacífico tropical y que altera la circulación atmosférica a escala planetaria. El término se popularizó entre pescadores de Perú y Ecuador, que notaban cómo ciertas Navidades el mar se calentaba de forma inusual y afectaba a las capturas.
Durante un episodio de El Niño, las aguas superficiales del Pacífico central y oriental se calientan por encima de lo normal; con La Niña sucede justo lo contrario, con un enfriamiento anómalo. Esas oscilaciones no siguen un calendario exacto: suelen repetirse cada dos a siete años y pueden prolongarse entre nueve y doce meses, aunque a veces duran más.
El llamado “Súper Niño” describe la versión más extrema de este calentamiento. Aunque no existe una definición única y universal, los centros de predicción más influyentes coinciden en que se trata de episodios en los que la temperatura superficial en la región Niño 3.4 del Pacífico central supera en al menos 1,5-2 ºC la media histórica durante varios meses seguidos. La NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos) sitúa el umbral de un evento muy fuerte en anomalías por encima de 2 ºC.
Este tipo de episodios son relativamente infrecuentes: solo unas pocas veces desde mediados del siglo XX el Pacífico se ha calentado tanto y durante tanto tiempo, como ocurrió en 1982-83, 1997-98 o 2015-16. Esas fases intensas dejaron una huella clara en las estadísticas: récords de calor global, cambios abruptos en las lluvias, sequías severas y un aumento de fenómenos meteorológicos extremos en numerosos puntos del planeta.
Hoy, tras un reciente periodo de condiciones ENSO neutrales después de la última La Niña (2024-2025), el Pacífico vuelve a mostrar signos de calentamiento. La cuestión que intentan resolver los científicos es si ese calentamiento se quedará en un El Niño moderado o si podría escalar hasta una categoría excepcional, el llamado Súper Niño 2026.
Qué dicen los modelos climáticos sobre 2026
Las principales agencias meteorológicas internacionales, como la NOAA en Estados Unidos, el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM), están siguiendo muy de cerca la evolución de las temperaturas superficiales del mar en el Pacífico.
Los datos más recientes apuntan a que la probabilidad de que se desarrolle un El Niño significativo durante 2026 ha ido en aumento. Algunas estimaciones sitúan la posibilidad de un evento de cierto calado en torno al 60 % en los meses de mayo a julio, con un margen menor —del orden del 25 % o algo más, según las simulaciones— de que el episodio supere los 2 ºC de anomalía y se consolide como un Súper Niño en la segunda mitad del año.
Diversos conjuntos de modelos, incluidos los sistemas multimodelo que combinan predicciones de varios centros, llegan a sugerir que el pico del calentamiento podría rondar o incluso superar los 3 ºC a finales de 2026 o comienzos de 2027. Hay simulaciones que sitúan el máximo en torno a +3,1 ºC, lo que colocaría el evento entre los más fuertes de los que se tenga registro instrumental.
Sin embargo, los propios expertos insisten en que estas proyecciones deben tomarse con prudencia especial en la franja de marzo a mayo, un periodo conocido como “barrera de predictibilidad primaveral” en el hemisferio norte. En esos meses las anomalías del Pacífico ecuatorial atraviesan una fase de transición que dificulta afinar la intensidad final del fenómeno.
Investigadores como Tim Stockdale, del ECMWF, recuerdan que el término “Súper Niño” es más mediático que técnico y que, por ahora, muchos modelos convergen en un escenario de El Niño moderado, mientras otros dejan la puerta abierta a un evento más intenso. No será hasta que avance el año cuando se pueda calibrar con mayor fiabilidad si el calentamiento oceánico se dispara hasta un rango excepcional.
Lecciones de episodios extremos anteriores
Los grandes episodios de El Niño de las últimas décadas han ofrecido una especie de manual de lo que puede ocurrir cuando el Pacífico central se calienta de forma muy marcada. Los eventos de 1982-83, 1997-98 y 2015-16 son los referentes más citados por la OMM y la NOAA.
En el episodio de 1997-98 se estimaron pérdidas económicas superiores a 30.000 millones de dólares y unas 24.000 muertes vinculadas a inundaciones, deslizamientos de tierra, tormentas y otros impactos asociados. Aunque las cifras globales esconden realidades muy dispares, aquel evento mostró lo vulnerable que puede ser la infraestructura y la economía mundial a un súbito reordenamiento del clima.
El Niño de 2015-16 ayudó a disparar la temperatura media del planeta hasta niveles nunca vistos hasta entonces, contribuyendo a que 2016 fuera el año más cálido registrado en aquel momento. Se batieron numerosos récords: el nivel medio del mar siguió subiendo, el hielo marino del Ártico se situó muy por debajo de la media y se multiplicaron las olas de calor y las sequías en distintas regiones.
Si se mira más atrás en el tiempo, la literatura científica y los archivos históricos hacen referencia al superNiño de 1876-78, a menudo vinculado a una sequía global que coincidió con un Dipolo del Índico muy marcado y un Atlántico Norte excepcionalmente cálido. Aquel cóctel contribuyó a hambrunas devastadoras, especialmente en India, China y Brasil, con estimaciones que hablan de más de 50 millones de muertos.
Sin embargo, los historiadores del clima y especialistas como Kimberley Reid insisten en que no fue solo el fenómeno El Niño el responsable de esa catástrofe, sino sobre todo las políticas coloniales, la falta de redes de protección social y la gestión deficiente de los recursos. Es decir, las condiciones socioeconómicas pueden amplificar o reducir de manera enorme el impacto de un mismo forzamiento climático.
Cómo puede afectar un Súper Niño 2026 al clima global
Aunque “no hay dos Niños iguales”, la experiencia acumulada permite identificar patrones que tienden a repetirse cuando el Pacífico tropical se calienta con fuerza. El impacto se siente con más claridad en las zonas más próximas a las aguas anómalmente cálidas, pero las ondas se propagan a la atmósfera y llegan prácticamente a todo el planeta.
En América Latina, especialmente en países del Pacífico como Perú, Ecuador, Chile o partes de Centroamérica, un El Niño intenso suele asociarse a lluvias muy abundantes en la franja costera occidental, con riesgo de inundaciones y deslizamientos. Al mismo tiempo, el norte de Sudamérica cercano al Caribe tiende a sufrir condiciones más secas de lo normal. Este patrón se puede complicar cuando actúa un El Niño costero que altera la dinámica regional.
En el ámbito de los océanos, un Súper Niño tiene capacidad para reordenar la actividad de huracanes y tormentas. En el Pacífico oriental y central se favorecen temporadas de ciclones tropicales más activas, mientras que en el Atlántico se ha observado a menudo un efecto moderador, con menos tormentas intensas de lo habitual, aunque siempre hay excepciones según otros factores en juego.
Regiones como Australia, Indonesia y Filipinas suelen volverse más secas de lo normal durante los episodios de El Niño, lo que abre la puerta a sequías prolongadas y a un mayor riesgo de incendios forestales. En Asia meridional, el monzón indio puede debilitarse, reduciendo las lluvias agrícolas clave para millones de personas.
En Norteamérica, los estudios de la NOAA relacionan muchos episodios fuertes de El Niño con lluvias invernales más intensas en el suroeste de Estados Unidos y cambios relevantes en los patrones de temperatura y precipitación en otras zonas del continente. Los efectos exactos varían de un evento a otro, pero el mensaje general es de un clima más volátil, con mayor propensión a extremos.
Europa y España ante un posible Súper Niño 2026
En Europa, y muy especialmente en España y Portugal, la preocupación gira en torno a cómo podría influir un potencial Súper Niño 2026 en un contexto ya de por sí marcado por el calentamiento global y por una sucesión de años muy calurosos y secos. No existe una respuesta única, porque el impacto en el continente europeo depende también del estado del Atlántico, de la circulación atmosférica regional y de otros patrones como la Oscilación del Atlántico Norte.
Lo que sí señalan los expertos es que un El Niño fuerte tiende a aumentar la temperatura media global. Eso significa que, aunque el efecto directo sobre las lluvias europeas no sea tan claro ni tan sistemático como en otras regiones, la probabilidad de sumar nuevos récords de calor en verano y de encadenar olas de calor más frecuentes y duraderas crece de forma notable.
España ya ha experimentado en los últimos años episodios de incendios forestales muy agresivos, especialmente en periodos de sequía prolongada y temperaturas extremas. Un Súper Niño que desplace los termómetros globales aún más hacia arriba podría alargar la temporada de alto riesgo, secar aún más la vegetación y hacer que cualquier chispa, ya sea natural o humana, tenga más probabilidades de convertirse en un gran fuego.
Además, el calentamiento adicional del planeta incrementa la posibilidad de episodios de lluvias muy intensas en cortos periodos, lo que se traduce en inundaciones repentinas, desbordamientos de ríos y problemas en zonas urbanas con drenajes insuficientes. Aunque El Niño no sea el único culpable, su presencia puede inclinar la balanza hacia un contexto de extremos más acusados.
En el sur de Europa, un Pacífico muy cálido se combina con un Mediterráneo que también se ha ido calentando en las últimas décadas, lo que aumenta la energía disponible en la atmósfera. Para países como España, esto se traduce en un cóctel potencialmente explosivo: más días muy calurosos, suelos más secos en muchas regiones interiores y, a la vez, episodios de tormentas localmente muy violentas cuando las condiciones lo permiten.
Incendios forestales y salud: la otra cara del Súper Niño
El posible Súper Niño 2026 no se observaría en aislamiento, sino sobre un clima global ya muy alterado por las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto tiene consecuencias directas para la temporada mundial de incendios forestales, que en los primeros meses de 2026 ya se ha mostrado inusualmente activa.
Investigadores especializados en fenómenos extremos han documentado que, en lo que va de año, la superficie quemada a nivel global supera con claridad los registros anteriores. África Occidental y el Sahel han batido récords, con decenas de millones de hectáreas arrasadas, mientras que en Latinoamérica se han observado fuegos muy intensos en el centro-sur de Chile, la Patagonia argentina, Costa Rica o México. Europa tampoco ha quedado al margen: España y Portugal figuran entre los países más afectados.
Curiosamente, una parte importante de este problema se explica por lo que algunos científicos llaman “latigazo hidroclimático”: periodos de lluvias inusualmente abundantes que hacen crecer la vegetación, seguidos de fases de sequía y calor intenso que convierten esa biomasa en combustible extremadamente inflamable.
Si a ese patrón se suma un episodio de El Niño de gran magnitud, el riesgo de que la próxima temporada de incendios sea especialmente severa aumenta todavía más. Algunos estudios sugieren que, de materializarse un Súper Niño, la probabilidad de incendios extremos podría situarse entre las más altas vistas en la historia reciente de los registros.
Las consecuencias no son solo ambientales o económicas. El humo de los incendios forestales contiene partículas finas especialmente dañinas para la salud, potencialmente más peligrosas que la contaminación asociada al tráfico. Análisis recientes publicados en revistas médicas apuntan a que alrededor de 1,5 millones de muertes anuales están relacionadas con la mala calidad del aire, y proyectan un incremento de esa cifra si el cambio climático sigue propiciando fuegos más frecuentes e intensos.
Modelos, predicciones y el papel de la incertidumbre
Uno de los mensajes que más repiten los científicos del clima cuando se habla de Súper Niño 2026 es que, pese al avance de los modelos numéricos, las predicciones no son infalibles. Existen precedentes de años en los que todo apuntaba al desarrollo de un El Niño que finalmente no llegó a consolidarse, dando paso en su lugar a una fase de La Niña.
Las denominadas “predicciones fallidas” son poco frecuentes, pero ilustran la complejidad del sistema climático. Incluso cuando varios modelos independientes coinciden en un escenario de alta probabilidad, eso no significa que el resultado esté garantizado. La historia climatológica enseña que algunos pronósticos elaborados en primavera han tenido que revisarse de forma sustancial a medida que avanzaba el año.
Científicas como Kimberley Reid subrayan que centrarse solo en El Niño puede dar una imagen incompleta de lo que está ocurriendo en la atmósfera. Otros patrones de variabilidad, tanto en los océanos como en la circulación de vientos, y por supuesto el forzamiento del cambio climático, influyen también en los impactos finales que se observan en una región concreta.
De ahí que muchos especialistas pidan cautela con expresiones llamativas como “Súper Niño” o “Niño Godzilla”. Aunque son términos eficaces para captar la atención del público, pueden generar una sensación de inevitabilidad o de catástrofe asegurada que no se corresponde con la realidad científica. La clave está en entender qué partes de la predicción cuentan con mayor respaldo estadístico y dónde reside la incertidumbre.
Preparación, adaptación y oportunidades de reducir riesgos
Si algo ha cambiado desde el siglo XIX hasta hoy es la capacidad para anticipar y gestionar este tipo de fenómenos. La OMM ha documentado que, aunque los desastres relacionados con el clima y el agua se han multiplicado por cinco desde los años 70, el número de víctimas mortales por estos eventos ha disminuido de forma muy notable.
En las décadas de 1970 y 1980 se registraban de media decenas de miles de muertes al año vinculadas a fenómenos meteorológicos extremos. Sin embargo, en las últimas décadas, a pesar de que se contabilizan más sucesos gracias a mejores sistemas de observación y registro, las víctimas se han reducido hasta varios órdenes de magnitud menos, con medias diarias muy inferiores a las de hace cuarenta o cincuenta años.
La explicación reside en una combinación de mejores sistemas de alerta temprana, infraestructuras más resistentes, mayor coordinación internacional y avances en la planificación de emergencias. Esto no elimina el riesgo —ni mucho menos—, pero sí demuestra que la gestión y la preparación pueden marcar una gran diferencia frente a un mismo impulso climático.
De cara a un posible Súper Niño 2026, muchos expertos coinciden en que todavía hay tiempo para reforzar estrategias de gestión del agua, revisar planes de prevención de incendios, adaptar la agricultura a escenarios de sequía o de lluvias extremas, y mejorar la comunicación con la población para que sepa cómo actuar ante ondas de calor u otros eventos.
En Europa y España, donde los indicadores de calentamiento y estrés hídrico ya vienen mostrando una tendencia preocupante, el potencial Súper Niño funciona como un recordatorio de la necesidad de acelerar las medidas de adaptación y de seguir reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero. El fenómeno en sí forma parte de un ciclo natural, pero ahora se manifiesta sobre un planeta más caliente y con muchos ecosistemas al límite.
La combinación de un océano Pacífico muy cálido, un clima global desajustado y sociedades cada vez más expuestas a fenómenos extremos dibuja un escenario exigente, pero no necesariamente inevitablemente catastrófico. La evolución del posible Súper Niño 2026 seguirá bajo la lupa de los servicios meteorológicos, mientras gobiernos, sectores productivos y ciudadanía tienen en su mano aprovechar la ventaja que da el conocimiento científico para minimizar daños y reforzar la resiliencia.