El posible Súper El Niño previsto para 2026 ha encendido las alertas en la comunidad científica internacional. Aunque se trata de un fenómeno natural recurrente, la combinación entre un Pacífico cada vez más cálido y el calentamiento global de fondo hace que este episodio pueda tener consecuencias muy diferentes a las vividas en décadas pasadas.
Qué es El Niño y cuándo se considera “súper”
El Niño forma parte del ciclo ENSO (El Niño-Oscilación del Sur), un acoplamiento entre el océano y la atmósfera en el Pacífico tropical que altera la circulación habitual del aire y del agua. En condiciones normales, los vientos alisios soplan de este a oeste a lo largo del ecuador, empujando el agua cálida hacia Indonesia y Australia y permitiendo que afloren aguas más frías frente a Sudamérica.
Durante un episodio de El Niño, esos vientos alisios se debilitan o incluso cambian de dirección. El agua cálida se desplaza entonces hacia el Pacífico central y oriental, la termoclina se hunde en el este y la superficie del mar se calienta por encima de lo habitual. Ese calentamiento modifica la convección tropical y desencadena cambios en los patrones de lluvias, temperaturas y tormentas a escala planetaria.
No todos los episodios tienen la misma intensidad. Los climatólogos consideran que se ha formado un El Niño cuando la anomalía de temperatura superficial del mar en la región Niño 3.4 se sitúa por encima de +0,5 ºC durante varios meses. Se habla de evento fuerte cuando esa anomalía supera aproximadamente +1,5 ºC, y de Súper El Niño cuando el desvío alcanza o rebasa los +2 ºC y se mantiene en el tiempo.
Casos como los de 1982-83, 1997-98 o 2015-16 figuran entre los más intensos registrados. En esos episodios, el océano liberó una gran cantidad de calor hacia la atmósfera, contribuyendo a que esos años se situaran entre los más cálidos desde que hay datos fiables. Con un planeta ya recalentado, un nuevo Súper El Niño podría empujar aún más los récords de temperatura global.
La transición desde La Niña y lo que dicen los modelos para 2026
Durante los últimos meses, el Pacífico ecuatorial ha estado dominado por una fase de La Niña relativamente débil, con agua algo más fría de lo normal en el centro del océano y vientos alisios fortalecidos. Sin embargo, las observaciones más recientes muestran que ese patrón está cambiando con rapidez.
Bajo la superficie, a entre 100 y 250 metros de profundidad, se ha detectado una gran masa de agua más cálida de lo habitual desplazándose desde el oeste hacia el este, lo que en la jerga técnica se conoce como ola de Kelvin. A medida que esta burbuja de calor aflora en el Pacífico oriental, erosiona el reservorio frío que sostenía a La Niña y favorece la aparición de anomalías positivas en superficie.
Los índices que se utilizan para monitorizar el estado del ENSO reflejan ya esa transición. Mientras el indicador Niño 3.4 se aproxima a valores neutros, las zonas más orientales (Niño 1+2) muestran anomalías positivas, una señal temprana de que el calentamiento está emergiendo frente a las costas de Sudamérica, región donde suelen arrancar los episodios más intensos.
Con este contexto, la NOAA estima actualmente alrededor de un 62 % de probabilidad de que se forme un episodio de El Niño entre junio y agosto de 2026, porcentaje que aumenta todavía más de cara al final del año. La Organización Meteorológica Mundial habla de una clara tendencia hacia condiciones neutras primero y cálidas después, aunque insiste en la prudencia debido a la conocida “barrera de predicción de primavera”, un periodo en el que los modelos climáticos suelen mostrar más incertidumbre.
Por su parte, el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF) y otros sistemas multimodelo, como el NMME o el conjunto coordinado por el APEC Climate Center, coinciden en que el escenario más probable es el desarrollo de un El Niño de intensidad moderada a fuerte durante la segunda mitad de 2026. Algunos miembros de estos ensambles llegan a simular anomalías por encima de +2 ºC, el umbral típico del Súper El Niño, aunque solo una parte de las proyecciones apuntan a que ese calentamiento se mantenga de forma suficientemente prolongada.
Probabilidades de un auténtico Súper El Niño

La cuestión clave no es solo si habrá El Niño, sino qué magnitud alcanzará el episodio. Los distintos centros de predicción ofrecen cifras ligeramente diferentes, en función de la metodología empleada y del periodo de referencia usado para calcular las anomalías.
Los análisis basados en el Índice Niño 3.4 y el llamado índice oceánico relativo (RONI) sugieren que la probabilidad de un evento moderado rondaría el 60 %, mientras que la de un episodio intenso (en torno o por encima de +1,5 ºC) se situaría entre el 30 % y el 35 %. En cuanto a un posible Súper El Niño extraordinario, las estimaciones más conservadoras hablan de cifras en torno al 10-15 %.
Otros conjuntos de modelos, que no aplican correcciones relativas y utilizan referencias climáticas más frías (por ejemplo, 1981-2010 en lugar de 1991-2020), tienden a mostrar plumas de pronóstico más extremas, con miembros que alcanzan casi +3 ºC de anomalía hacia el invierno 2026-27. No obstante, los expertos recuerdan que algo parecido ya ocurrió con el episodio 2023-24: las simulaciones apuntaban a valores muy altos y, aunque finalmente se registró un El Niño fuerte, no llegó a considerarse un Súper El Niño de larga duración.
En este escenario, los organismos de referencia insisten en que es prematuro “dar por hecho” un Súper El Niño. El mensaje dominante es de cautela: los datos apuntan a un evento cálido muy probable, posiblemente moderado o fuerte, con una franja menos probable pero no descartable en el rango de los episodios extremos.
Además, la propia forma de medir El Niño está en revisión. Investigaciones recientes plantean que, para interpretar correctamente su intensidad en un planeta más cálido, habría que descontar parte del calentamiento global de fondo. Eso implica que un evento catalogado hoy como “moderado” podría equivaler, en términos absolutos de temperatura, a uno que décadas atrás se habría considerado fuerte.
Un planeta ya recalentado: impacto sobre las temperaturas globales

El Niño por sí mismo no crea calor nuevo, sino que redistribuye el que ya está almacenado en el océano. Cuando se activa la fase cálida del ENSO, parte de ese calor se transfiere a la atmósfera, lo que eleva temporalmente la temperatura media de la superficie del planeta. Si sobre ese telón de fondo añadimos el efecto acumulado de los gases de efecto invernadero, la combinación puede ser explosiva.
Datos recientes del ECMWF y otros centros muestran que los últimos once años han sido los más cálidos desde que hay registros, con una desviación respecto a la era preindustrial que ya ronda de forma recurrente los +1,4 ºC. Los escenarios para 2026 sitúan la media anual entre aproximadamente +1,34 y +1,58 ºC, con un valor central cercano a +1,46 ºC.
Aunque estos picos no implican automáticamente que se haya superado el límite del Acuerdo de París —que se refiere a promedios a largo plazo y no a un solo año—, sí indican que el sistema climático acumula calor más rápido de lo que puede liberarlo entre un episodio y otro. De ahí que cada nuevo máximo marque, de facto, un “peldaño” más alto desde el que parte el siguiente evento.
Si El Niño 2026-27 termina siendo intenso, muchos investigadores consideran muy probable que 2027 se convierta en el año más cálido registrado, superando a los máximos observados durante el episodio de 2023-24. Científicos como Zeke Hausfather o equipos de institutos como el NCAR y el Woodwell Climate Research Center apuntan precisamente a ese desfase: el impacto máximo sobre la temperatura global suele manifestarse unos meses después del pico oceánico, cuando la atmósfera ha absorbido buena parte del calor liberado por el Pacífico.
Fenómenos extremos: lluvias, sequías, huracanes y calor

Los efectos de El Niño se notan de forma muy distinta según la región, pero los episodios más intensos suelen tener en común un aumento de la frecuencia y severidad de eventos extremos. A partir de experiencias históricas y de las proyecciones actuales, se barajan varios impactos probables si el episodio previsto para 2026 llegara a ser muy fuerte.
En las costas del Pacífico sudamericano, los episodios de El Niño fuerte han estado asociados a lluvias muy intensas e inundaciones, deslizamientos de tierra y daños en infraestructuras. En contraste, otras zonas como Australia o partes del sudeste asiático tienden a experimentar condiciones más secas de lo normal, con incremento del riesgo de sequías prolongadas e incendios forestales.
El Niño también modifica la actividad de ciclones tropicales. En el Pacífico central y oriental, el calentamiento de la superficie del mar y los cambios en la cizalladura del viento favorecen una mayor formación de tormentas y huracanes, mientras que en el Atlántico suele ocurrir lo contrario: el aumento de los vientos en altura dificulta el desarrollo de huracanes potentes.
A escala continental, se esperan también episodios de calor extremo más frecuentes y prolongados, alternados con periodos de lluvias torrenciales en determinadas áreas. Zonas que ya arrastran déficits hídricos podrían ver cómo se agrava la tensión sobre sus recursos de agua, mientras que regiones que hoy padecen sequía pueden recibir precipitaciones abundantes en poco tiempo, con riesgo de anegamientos y desbordamientos de ríos.
Todo ello se produce sobre un contexto de calentamiento global que intensifica muchos de estos impactos. La combinación de un océano Pacífico muy cálido con una atmósfera cargada de humedad incrementa la probabilidad de que algunos eventos de lluvia, olas de calor o incendios forestales alcancen niveles poco habituales en la climatología reciente.
Cómo puede influir un Súper El Niño en Europa y España

A diferencia de lo que ocurre en el Pacífico americano o en Asia, en Europa los vínculos entre El Niño y el tiempo diario son más débiles y, sobre todo, más indirectos. La señal del ENSO llega modulada por otras oscilaciones, como la Oscilación del Atlántico Norte (NAO), el comportamiento de la corriente en chorro y la distribución de temperaturas en el propio Atlántico.
La literatura científica indica que, durante el verano, la huella de El Niño en el clima europeo suele ser tenue y poco lineal. Muchos de los episodios de calor extremo vividos en los últimos años en el continente se han relacionado principalmente con bloqueos atmosféricos y acumulación de calor en el Atlántico Norte, más que con una fase concreta del ENSO.
En invierno y otoño, la influencia del Pacífico puede ser algo mayor, aunque sigue estando filtrada por la variabilidad interna del sistema atmosférico. Algunos estudios apuntan a una ligera tendencia hacia inviernos más suaves y con determinados patrones de precipitaciones alterados en el área euro-mediterránea bajo El Niño fuerte, pero el grado de confianza es menor que en otras regiones del mundo.
Para España y el resto del sur de Europa, esto implica que no se puede trazar una relación simple del tipo “Súper El Niño = invierno más lluvioso o más seco” sin tener en cuenta otros factores. La respuesta real dependerá en buena medida de cómo se configure la NAO, la posición del chorro polar y la evolución térmica del Atlántico en paralelo al episodio del Pacífico.
En cualquier caso, en un contexto donde las olas de calor son ya más frecuentes y las precipitaciones tienden a concentrarse en episodios intensos, un El Niño fuerte puede actuar como “amplificador” de ciertas situaciones extremas. Por ello, los organismos de predicción europeos vigilan muy de cerca la evolución del Pacífico, aunque insisten en que trasladar sus señales directamente al pronóstico para España requiere mucha prudencia.
Retos para la predicción y la gestión del riesgo
El seguimiento de un posible Súper El Niño pone de manifiesto las limitaciones actuales de la predicción estacional. La llamada barrera de predictibilidad de primavera sigue siendo un quebradero de cabeza: durante estos meses, la dinámica interna del sistema ENSO reduce la fiabilidad de los modelos, que pueden sobreestimar o subestimar la intensidad final del evento.
De ahí que los centros de referencia insistan en actualizar los pronósticos con frecuencia, a medida que se incorporan nuevas observaciones del océano y la atmósfera. El comportamiento de las anomalías subsuperficiales, la respuesta de los vientos alisios y la evolución de la convección en el Pacífico central serán piezas decisivas para afinar el diagnóstico en los próximos trimestres.
Para Europa y, en particular, para España, disponer de información fiable sobre el estado del ENSO es importante no tanto porque determine el tiempo de forma directa, sino porque ayuda a contextualizar los escenarios globales de temperatura y precipitación. Sectores como la gestión del agua, la agricultura, la energía o la planificación de infraestructuras se benefician de conocer si el sistema climático global se encamina hacia un periodo potencialmente más extremo.
En paralelo, el posible Súper El Niño refuerza la necesidad de apostar por sistemas de alerta temprana y planes de adaptación. Aunque en Europa los impactos directos no sean tan marcados como en otras regiones, el aumento previsto de récords de calor, la presión sobre ecosistemas marinos y la mayor variabilidad de las lluvias son factores que conviene integrar en la gestión del riesgo.
Todo apunta a que 2026 y 2027 serán años clave para entender mejor cómo interactúan los grandes patrones naturales de variabilidad climática con un planeta sometido a un calentamiento sin precedentes. Si el episodio finalmente se queda en un El Niño moderado o si cruza el umbral hacia un auténtico Súper El Niño marcará en buena medida la intensidad de los fenómenos extremos de los próximos años, tanto a escala global como en el entorno europeo.

