Producción de cereales en condiciones de sequía: impacto, adaptación y futuro

  • La sequía recurrente reduce drásticamente el rendimiento del cereal de secano y obliga a aumentar las importaciones de grano.
  • Variedades adaptadas, mejora genética y manejo del suelo son claves para sostener la producción bajo estrés hídrico.
  • El cambio climático intensifica la frecuencia e intensidad de las sequías, afectando a cultivos, ganadería y recursos hídricos.
  • Seguros agrarios, modernización de regadíos y planificación del uso del agua son pilares para la resiliencia del sector.

Campo de cereales en sequía

En los últimos años, distintos informes de organizaciones agrarias, centros de investigación y aseguradoras coinciden en el mismo diagnóstico: la situación de la sequía en España ya no es un episodio puntual, sino un problema estructural que golpea con dureza al cereal de invierno, al maíz de regadío, al girasol, a los leñosos (viña, olivar, frutales) y a la ganadería extensiva. A partir de toda esa información, se puede trazar una radiografía muy completa de lo que está ocurriendo y de cómo el sector intenta adaptarse.

Sequía y desplome de las cosechas de cereal en España

Cultivo de cereal afectado por estrés hídrico

En amplias zonas del país, el cereal de secano atraviesa una situación calificada como crítica o directamente catastrófica. Organizaciones como COAG y ASAJA han llegado a estimar que hasta el 80 % del campo español se ve afectado por la falta de agua, con daños irreversibles en más de 5 millones de hectáreas de cereales de secano en algunas campañas especialmente secas.

El problema es especialmente agudo en provincias con gran superficie cerealista de secano, donde cultivos como la cebada y el trigo dependen exclusivamente de la climatología. En la provincia de Cuenca, por ejemplo, se han señalado datos de unas 285.000 hectáreas de cebada y más de 36.000 de trigo. En campañas con ausencia de lluvias en marzo y abril, las primeras evaluaciones han situado las pérdidas por encima del 25 %, y si la sequía se prolonga, los recortes de producción pueden dispararse hasta el 80 %.

En otras zonas tradicionalmente cerealistas, como Castilla y León, Aragón o parte de Castilla-La Mancha, los técnicos hablan de cultivos “en estado crítico” o “al límite”. En la mitad sur de Castilla y León se han dado por perdidas cosechas enteras, mientras que en la zona norte se aguarda a las lluvias con la esperanza de salvar al menos una parte del rendimiento. En Aragón, en el valle del Ebro, se han señalado pérdidas irreversibles cercanas al 80 % en el cereal de secano.

Todo ello se traduce en una reducción notable de la disponibilidad de grano. En un año medio, España puede rondar los 20 millones de toneladas de cereales, pero campañas con sequía en los meses clave han tirado esa cifra hacia abajo, bajando por ejemplo a unos 18 millones de toneladas cuando aún llovió algo en primavera. Cuando prácticamente no llueve en esas fechas, las cooperativas temen caídas históricas de la producción, agravadas por la reducción de superficie de cultivos como el maíz por falta de agua de riego.

Impacto específico en trigo, cebada, avena, maíz y otros cereales

Los cultivos de secano como trigo, cebada y avena son especialmente sensibles al estrés hídrico, sobre todo en fases determinantes como el encañado, la espigación, la floración y el llenado del grano. Cuando la sequía se prolonga en esos momentos, las mermas de producción pueden ir desde un 30 hasta un 60 %, e incluso convertirse en pérdida total de la cosecha.

La falta de agua provoca que las plantas tengan menos ahijamiento (menos tallos por planta), menor densidad de espigas por metro cuadrado, menos flores fértiles y granos mal llenos. En trigo blando, por debajo de unas 400-500 espigas por metro cuadrado el rendimiento se ve seriamente comprometido. En campañas secas se observan cultivos muy bajos, espigas pequeñas y un aspecto general “quemado” o amarillento.

En el sur (Andalucía, Extremadura) se han descrito cereales que llegan a encañar apenas a un palmo del suelo, con tallos raquíticos y casi sin grano. En algunas comarcas andaluzas, las organizaciones agrarias señalan que el cereal de secano está prácticamente perdido salvo en pequeñas zonas más frescas, donde a duras penas se podría alcanzar entre el 20 y el 30 % de una cosecha normal.

El maíz, aunque es un cultivo de regadío, también sufre. En años de escasez de agua embalsada, se reduce la superficie sembrada porque no hay garantía de dotaciones suficientes para todo el ciclo. De este modo, las cooperativas hablan de una caída doble: menos maíz porque se siembra menos, y menos cereal de invierno por la sequía en secano, lo que aumenta todavía más la dependencia de las importaciones y la presión sobre los precios.

Efectos de la sequía sobre otras producciones agrícolas y ganaderas

La sequía no solo castiga al cereal. Otros cultivos extensivos, leñosos y la propia ganadería extensiva están sufriendo una cadena de efectos colaterales que repercuten en la renta agraria y en la disponibilidad de alimentos.

El girasol, que se ha expandido en los últimos años en parte por la guerra de Ucrania y su rentabilidad relativa, también depende de unas mínimas reservas de agua en el suelo. Se han registrado campañas con unas 150.000 hectáreas de girasol en determinadas provincias y cerca de 800.000 a nivel nacional, pero la falta de humedad provoca plantas de porte muy bajo y una producción muy limitada, incluso cuando logran florecer.

Los cultivos leñosos como la viña, el olivar, los almendros o los frutales dependen de tener reservas de agua en el suelo para sostener los niveles habituales de producción y calidad. En años muy secos, se teme no solo por la cosecha sino por el propio arbolado, especialmente en zonas de secano y con dotaciones mínimas o inexistentes de riego de apoyo. En Jaén, por ejemplo, se ha hablado de campañas de olivar en torno al 20 % de lo habitual, y en almendro se han descrito pérdidas totales de la producción en algunas zonas, con hasta un 30 % de merma en otras provincias.

En la ganadería extensiva (vacuno, ovino, caprino), la ausencia de pastos está obligando a suplementar con piensos y forrajes desde la primavera, cuando lo normal sería aprovechar la hierba natural. La primavera “se da por perdida” en muchos montes de dehesa y zonas de montaña cuando no llueve, de modo que la mayoría de explotaciones extensivas llevan meses comprando alimento. A esto se suma el encarecimiento de la paja, la alfalfa y otros forrajes, que han llegado prácticamente a doblar su precio en algunos casos.

La falta de agua en charcas y abrevaderos también obliga a transportar agua con cubas a las explotaciones, algo que suele ser más propio del verano y que ahora se está adelantando. En ciertas comarcas se alerta de manantiales y balsas casi vacíos, al tiempo que aumenta el riesgo de incendios en zonas forestales con potencial pastable que, paradójicamente, se quedan sin uso ganadero por la escasez de hierba.

Adaptaciones fisiológicas del cereal al estrés hídrico

Desde el punto de vista agronómico, las plantas de cereal no son meras víctimas pasivas: a lo largo del tiempo han desarrollado mecanismos de adaptación a la sequía que les permiten sobrevivir, aunque no siempre asegurar altos rendimientos.

Entre las adaptaciones más destacadas se encuentran los sistemas radiculares profundos, capaces de explorar capas más hondas del suelo en busca de agua. Algunas variedades de trigo, cebada o sorgo muestran raíces más vigorosas, lo que les permite aprovechar reservas subterráneas de humedad cuando las capas superficiales están secas.

Otra estrategia clave es la eficiencia en el uso del agua. A través de mecanismos fisiológicos que regulan la apertura y cierre de los estomas, las plantas pueden reducir la transpiración para limitar la pérdida de agua. Este ajuste, sin embargo, tiene un coste: disminuye la fotosíntesis y el crecimiento, de modo que se trata de un equilibrio delicado entre sobrevivir y producir.

También existen respuestas de tolerancia a la deshidratación, mediante acumulación de solutos compatibles y cambios en la estructura celular, que permiten a la planta soportar una pérdida de agua sin sufrir daños irreversibles. En paralelo, muchas variedades adaptadas a zonas áridas presentan un ciclo de vida más corto, completando su desarrollo en menos tiempo para aprovechar ventanas breves de humedad.

Estos caracteres fisiológicos son esenciales para los programas de mejora genética y para seleccionar variedades que rindan mejor bajo condiciones de estrés hídrico recurrente, como las que se están volviendo habituales en gran parte de la península ibérica.

Variedades de cereal más resistentes a la sequía

La elección de la semilla es una de las decisiones más importantes cuando se cultivan cereales en zonas con baja pluviometría y alta incertidumbre climática. Diferentes estudios y experiencias de campo señalan varias especies y tipos de cereal con mejor comportamiento frente a la sequía.

En el caso del trigo, ciertas variedades de trigo duro y algunas de trigo blando harinero muestran una buena adaptación al secano, con raíces profundas y buena capacidad de aprovechar las lluvias otoñales e invernales. No se trata solo de soportar la falta de agua, sino de mantener un rendimiento aceptable año tras año.

La cebada es uno de los cereales que mejor aguanta la sequía. Su fisiología le permite soportar periodos prolongados con escasas precipitaciones, por lo que se cultiva con éxito en muchas zonas áridas y semiáridas. En España, buena parte de la superficie cerealista de secano está ocupada precisamente por cebada, aunque incluso este cultivo sufre cuando la sequía es extrema y se concentra en los meses clave.

El sorgo destaca por su altísima tolerancia tanto a la falta de agua como al calor. Su sistema radicular profundo, su capacidad de entrar en “modo ahorro” y su eficiencia en el uso del agua lo convierten en una alternativa interesante en regiones con recursos hídricos muy limitados. Lo mismo ocurre con algunos tipos de mijo, ampliamente cultivados en otras partes del mundo en condiciones de aridez severa.

Cada vez más, las empresas de semillas y los centros de investigación trabajan en identificar líneas genéticas con mejor respuesta a la sequía. Institutos como el IRTA, por ejemplo, disponen de plataformas experimentales con miles de parcelas de trigo, cebada, avena, habas y guisantes sometidas a limitación de agua, precisamente para seleccionar las variedades que mejor combinan rendimiento, estabilidad y adaptación tanto a años secos como a campañas con lluvias más abundantes.

Estrategias de manejo del suelo y del cultivo en zonas áridas

Además de escoger variedades adaptadas, la gestión del suelo y las labores agrícolas puede marcar una gran diferencia en la capacidad del terreno para retener agua y sostener el cultivo durante los periodos secos.

Una de las prácticas más recomendadas es la labranza de conservación, que reduce el trabajo del suelo al mínimo imprescindible. Con sistemas de mínimo laboreo o siembra directa, se mantiene una mayor cantidad de rastrojo en superficie, lo que protege el suelo de la radiación directa, reduce la evaporación y mejora la infiltración cuando llueve.

Los cultivos de cobertura también juegan un papel relevante. Implantar especies específicas entre campañas o en rotación contribuye a mejorar la estructura del suelo, incrementar la materia orgánica y aumentar la capacidad de retención de agua. Además, ayudan a reducir la erosión, algo especialmente importante en episodios de lluvias torrenciales cada vez más frecuentes.

La rotación de cultivos, combinando cereales con leguminosas y otras especies, es otra estrategia clásica que cobra aún más sentido. Las rotaciones adecuadas permiten mantener la fertilidad del suelo, reducir la presión de plagas y enfermedades y gestionar mejor la demanda de agua a lo largo del tiempo, adaptando cada parcela a lo que el clima permite cada año.

Cuando se dispone de riego, la clave está en optimizar al máximo el uso del agua. Sistemas de riego localizado, como el goteo, combinados con sensores de humedad y una programación ajustada a las necesidades reales del cultivo, permiten ahorrar agua sin desplomar la producción. No obstante, en muchos regadíos españoles se están estableciendo fuertes restricciones de dotaciones, lo que obliga a priorizar cultivos y reducir superficies de maíz u otros que exigen grandes volúmenes de agua.

Investigación, mejora genética y plataformas de ensayo

Frente a un escenario de sequías más frecuentes e intensas, la comunidad científica está volcada en desarrollar nuevas herramientas para la adaptación del cereal y de otros cultivos extensivos. La mejora genética es uno de los pilares de esta estrategia.

Programas de investigación como el de Cultivos extensivos sostenibles de diversos institutos agroalimentarios trabajan con miles de líneas de trigo, cebada y otras especies en condiciones controladas de déficit hídrico. En plataformas experimentales se simulan sequías invernales y primaverales para analizar el comportamiento de cada variedad en distintas fases del ciclo del cultivo.

En estas parcelas se evalúan caracteres como la profundidad y arquitectura de las raíces, la eficiencia en el uso del agua, la capacidad de mantener rendimiento en años secos, el número de espigas por metro cuadrado, el número de granos por espiga y el peso del grano. La información obtenida se utiliza para seleccionar líneas con potencial de registro que luego se transferirán al sector productor.

La idea es que el agricultor disponga de variedades que, sin dejar de responder bien en campañas normales, consigan minimizar las pérdidas en condiciones de sequía. En paralelo, los centros de investigación también ensayan combinaciones de fecha de siembra, manejo de la fertilización y densidades de siembra para afinar aún más la adaptación al nuevo clima.

Por otra parte, se están promoviendo proyectos de modernización de regadíos y estudios sobre el impacto del cambio climático en los recursos hídricos, ya que las proyecciones climáticas apuntan a un aumento de la frecuencia de las sequías, de los episodios cálidos y del estrés hídrico en cultivos de secano y regadío.

El papel del cambio climático y los seguros agrarios

Los meteorólogos y especialistas en clima coinciden en que muchos de los fenómenos que hoy se observan en el campo español no son nuevos, pero sí más frecuentes, más intensos y más concentrados en el tiempo. Sequías que antes eran cíclicas, espaciadas en el tiempo, se repiten ahora con mayor frecuencia, siendo consecuencia de las principales causas del calentamiento global, dejando menos margen de recuperación a los suelos y a las explotaciones.

En apenas uno o dos meses, una combinación de ausencia de precipitaciones y temperaturas anómalamente altas puede provocar una rápida pérdida de humedad del suelo, con daños muy severos para los cereales de secano, tal como se ha visto en diversas primaveras recientes. Este patrón se encuadra de lleno en las tendencias asociadas al cambio climático, con veranos más largos y secos y primaveras muy irregulares.

Ante este panorama, los seguros agrarios se presentan como una herramienta fundamental para amortiguar las pérdidas económicas. El sistema español de seguros incluye la cobertura de sequía para los cultivos herbáceos de secano, y en campañas especialmente secas se han estimado indemnizaciones históricas, del orden de cientos de millones de euros.

Sin embargo, una parte del sector considera que la protección actual es insuficiente. Algunos agricultores señalan que las coberturas son bajas y las primas elevadas para lo que realmente se compensa, especialmente en cereal de secano y producción ecológica. Se reclama una actualización de las pólizas, precios más ajustados a la realidad del mercado y líneas específicas para determinados modelos productivos.

Las organizaciones agrarias también demandan un pacto de Estado por la sequía y planes a largo plazo que incluyan ayudas directas en situaciones extremas, incentivos a la modernización de regadíos, mejora de infraestructuras hidráulicas y una gestión más racional de los recursos hídricos, evitando nuevas conversiones masivas de secano a regadío sin disponer de agua suficiente.

Situación por comunidades: un problema generalizado con matices locales

Aunque las cifras exactas varían de una campaña a otra, la información recopilada por organizaciones agrarias muestra que la sequía se extiende prácticamente por todo el país, con diferencias de intensidad según la región y el tipo de cultivo dominante.

En Castilla y León, la mayor comunidad cerealista, el cereal de invierno se ha visto gravemente afectado en la mitad sur, mientras que en otras comarcas aún se mantiene la esperanza de salvar parte de la cosecha si llueve en un plazo corto. Los embalses en sistemas como Pisuerga o Bajo Duero están lejos de sus medias históricas y se han impuesto limitaciones de riego y dotaciones máximas por hectárea.

Andalucía presenta un panorama muy duro, con un año hidrometeorológico calificado como muy seco y precipitaciones que no alcanzan ni el 20 % de lo normal en algunas zonas. Numerosas comarcas se encuentran en situaciones de sequía severa o excepcional, lo que afecta a cereales, hortícolas, arroz, olivar, almendro y subtropicales. En el Bajo Guadalquivir se han reducido o cancelado siembras de cultivos tan importantes como el tomate de industria, y se da por perdida la campaña de arroz por falta de dotaciones.

Castilla-La Mancha sufre una sequía muy grave, con especial preocupación por los cultivos herbáceos y un descenso progresivo en la cantidad de agua embalsada. Cataluña afronta una de las peores sequías de su historia reciente, con embalses muy por debajo de lo habitual, restricciones de riego, dotaciones por cultivo y cierre directo de algunos regadíos, lo que pone en peligro tanto cereales como frutales.

Aragón registra un escenario catastrófico en el cereal de secano en zonas como el valle del Ebro, con pérdidas cercanas al 80 %. La ganadería extensiva se ve muy afectada por la falta de pastos, al igual que las explotaciones apícolas, que encadenan varias campañas malas por la escasez de floraciones y la mala calidad del polen y el néctar en años secos.

Otras comunidades, como Navarra, La Rioja, la Comunidad de Madrid, la Comunidad Valenciana, Murcia o el País Vasco (especialmente Álava), comparten también una fuerte preocupación por la reducción de reservas en embalses, las restricciones de riego, el deterioro del cereal de secano y los problemas para el ganado extensivo. Incluso en zonas tradicionalmente más húmedas, el adelanto de las altas temperaturas y la falta de nieve acumulada complican la regeneración de pastos y el mantenimiento de los cultivos en condiciones normales.

Todo este mosaico de situaciones regionales deja clara la magnitud del reto: mantener la producción de cereales y otros cultivos en un contexto de sequía recurrente exige cambiar variedades, ajustar manejos, invertir en riego eficiente, reforzar los seguros agrarios y planificar a largo plazo el uso del agua. El campo se ve obligado a adaptarse rápidamente a un clima que ya no se parece al de hace unas décadas y que seguirá poniendo a prueba, campaña tras campaña, la capacidad del sector para seguir produciendo alimentos.

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