Presas de agua: tipos, historia, usos e impactos

  • Las presas de agua son infraestructuras clave para almacenar, derivar y regular caudales, con partes específicas como cortina, aliviaderos, desagües y tomas.
  • Desde Mesopotamia hasta hoy se han desarrollado numerosos tipos de presas (gravedad, arco, bóveda, materiales sueltos), adaptados al terreno y a los materiales disponibles.
  • Casos como Madrid y, sobre todo, Gran Canaria muestran cómo la escasez hídrica ha impulsado redes densas de presas con un fuerte peso social, histórico y toponímico.
  • Las grandes presas permiten generar energía y controlar avenidas, pero implican impactos ambientales severos y el desplazamiento de millones de personas.

presas de agua

Las presas de agua forman parte del paisaje humano desde hace milenios. Son mucho más que muros que detienen ríos: concentran historia, ingeniería, poder, conflictos por el agua y también paisajes espectaculares que, como ocurre estos días en Gran Canaria, se llenan de curiosos cuando los aliviaderos empiezan a desbordar.

En este artículo vamos a hacer un recorrido muy completo por las presas: qué son, cómo se construyen, qué tipos existen, cómo han evolucionado desde Mesopotamia hasta hoy y qué impacto tienen en lugares tan distintos como Canarias, Madrid, Egipto, China o Canadá. También veremos su papel en la producción de energía hidroeléctrica y en la alteración de los ecosistemas y de la vida de millones de personas.

Qué es una presa de agua y cuáles son sus partes principales

infraestructura hidráulica

Una presa es, en esencia, una estructura construida para retener y regular el agua de un cauce, ya sea un río, un barranco o un valle por donde circula el agua de escorrentía. A partir de esta idea sencilla se ha desarrollado todo un universo de soluciones técnicas y terminología específica.

El agua que queda retenida por una presa forma el embalse, es decir, el volumen de agua almacenado. El espacio del valle que se inunda para alojar ese agua se conoce como vaso del embalse, y su forma y tamaño condicionan fuertemente el diseño y la utilidad de la obra.

El punto exacto del terreno donde se decide cerrar el valle se llama cerrada o boquilla. Es un lugar escogido con lupa: tiene que ofrecer estabilidad geológica, una forma del terreno adecuada y permitir que la presa trabaje bien transmitiendo esfuerzos al terreno.

El propio muro que cierra el valle recibe el nombre de presa o cortina. Sus funciones son dos: por un lado, garantizar la estabilidad estructural frente al empuje del agua y otros esfuerzos; por otro, asegurar la impermeabilidad para que el agua no se filtre a través de ella en cantidades peligrosas.

En el cuerpo de la presa se distinguen varios elementos clave: los paramentos o taludes (las caras aguas arriba y aguas abajo), la coronación (la parte superior por donde a menudo discurre una carretera o pasarela), los estribos (laterales que se apoyan en la roca de la cerrada) y la cimentación, que transmite al terreno tanto el peso propio de la estructura como el empuje hidrostático y las cargas de servicio.

Además de la cortina, toda presa operativa lleva una serie de obras auxiliares: el aliviadero o vertedero, por donde rebosa el agua sobrante cuando el embalse está lleno; las compuertas, que regulan el caudal que atraviesa la estructura; el desagüe de fondo, esencial para mantener el caudal ecológico aguas abajo y poder vaciar el embalse en emergencias; las tomas, que son las bocas por donde se extrae agua para consumo, riego o generación eléctrica; las esclusas, cuando se permite la navegación; y la escala de peces o sistemas equivalentes, que intentan facilitar la migración de peces río arriba.

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Funciones de las presas: para qué se construyen

Aunque todas comparten la idea de retener agua, las presas se diseñan para objetivos concretos que condicionan totalmente su tipología y su tamaño. No es lo mismo una pequeña presa de derivación que una obra colosal como las Tres Gargantas.

Muchas presas tienen como objetivo principal el almacenamiento de agua para usos regulados: abastecimiento urbano, riego agrícola, recreo o navegación interior. Estas presas de almacenamiento suelen dar lugar a grandes vasos o lagos artificiales de enorme capacidad, y concentran la mayor parte del volumen embalsado del planeta.

Otro grupo importante son las presas de derivación, cuyo cometido principal no es almacenar grandes volúmenes, sino elevar el nivel del agua lo justo para poder canalizarla hacia acequias, canales o centrales hidroeléctricas. Suelen ser de escasa altura y con embalses relativamente pequeños.

Existen también presas destinadas sobre todo al control de avenidas e inundaciones. Estas estructuras laminan los caudales punta de crecidas torrenciales para proteger campos de cultivo y núcleos urbanos aguas abajo, liberando el agua de forma controlada.

En el ámbito minero se encuentran las presas de relaves o jales, que no almacenan agua de un río, sino lodos y sólidos sueltos procedentes de la explotación minera. Aunque suelen ser más bajas que las grandes presas hidráulicas, a veces contienen volúmenes gigantescos y disponen de cortina, vertedero y sistemas de extracción de líquidos muy similares a los de un embalse convencional.

Por último, hay presas concebidas como estructuras filtrantes, es decir, diques que permiten el paso del agua pero retienen sólidos de distintos tamaños, desde finos hasta grandes bloques, en zonas de torrentes de montaña para controlar erosión y aludes de detritos.

Un repaso histórico: de Mesopotamia a las megapresas modernas

La idea de contener el agua con muros no es precisamente nueva. Las primeras represas documentadas aparecen en Mesopotamia y Oriente Próximo, donde era vital controlar los caprichosos caudales del Tigris y el Éufrates en un clima de grandes contrastes.

Una de las primeras presas conocidas es la Presa de Jawa, en la actual Jordania, unos 100 km al noreste de Amán. Era una presa de gravedad de piedra apoyada en un gran dique de tierra, con unos 9 metros de altura y 1 metro de espesor principal, datada alrededor del 3000 a. C., todo un hito para la época.

En el Antiguo Egipto se levantó la presa de Sadd el-Kafara en Wadi Al-Garawi, al sur de El Cairo, una estructura de más de 100 m de largo que se construyó hacia 2800-2600 a. C. como presa derivadora de control de inundaciones. El proyecto acabó mal: las lluvias torrenciales la destruyeron durante la obra o poco después, dejando bien claro que la naturaleza no da tregua.

Durante la Duodécima Dinastía egipcia, en el siglo XIX a. C., faraones como Senosert III y Amenemhat III abrieron un canal de 16 km que unía el Oasis de Fayún con el Nilo y construyeron dos presas, Ha-Uar, para retener el agua de la crecida y liberarla luego a los campos. De ahí nació el gran lago Mer-wer, el actual Birket Qarun.

En la India antigua, en Dholavira, hacia finales del tercer milenio a. C. se desarrolló un sistema muy sofisticado de gestión y almacenamiento de agua con 16 embalses, presas y canales interconectados, demostrando que el ingenio hidráulico no fue exclusivo de Egipto o Mesopotamia.

Otra obra legendaria es la Gran Presa de Marib, en Yemen, iniciada entre 1750 y 1700 a. C. Construida principalmente en tierra compactada y reforzada con obra de piedra, fue creciendo y mejorándose durante más de un milenio hasta alcanzar unos 14 m de altura, cinco aliviaderos, compuertas, estanques de decantación y un canal de distribución de 1 km que permitió regar unas 25.000 acres, algo brutal para su tiempo.

En Anatolia, el enclave de Eflatun Pınar, cerca de Konya, combina presa y templo de manantial hitita datado entre los siglos XV y XIII a. C., donde el control del agua tenía también un fuerte componente religioso.

Ya en el sur de India, la presa de Kallanai (siglo II d. C.), construida con piedra sin labrar sobre el río Kaveri, es una de las estructuras de derivación más antiguas que siguen en uso. Sus más de 300 m de longitud desvían el agua hacia el fértil delta mediante una red de canales.

En China destaca el sistema de riego de Dujiangyan, terminado en 251 a. C., que incluía obras de derivación y presas para dirigir el flujo del río Min y regar amplias zonas de Sichuan, sin necesidad de una gran presa de cierre al estilo moderno.

Los romanos llevaron este conocimiento a otro nivel. Su ingeniería se caracteriza por la capacidad de organizar proyectos de gran escala, utilizar morteros hidráulicos y hormigón romano y estandarizar varios tipos de presas: de gravedad, de terraplén, de arco, de arco-gravedad, de contrafuertes e incluso puentes-presa como el de Valeriano en la actual Irán.

Entre sus logros figuran la presa del Lago Homs y la de Harbaqa en Siria, así como la presa de Subiaco, cerca de Roma, que alcanzó unos 50 m de altura, un récord que no se superó hasta después de su destrucción accidental en 1305.

En la Edad Media y la Edad Moderna, en lugares como los Países Bajos, las presas servían para bloquear ríos, controlar el nivel del agua y evitar que el mar invadiera zonas pantanosas. Este uso dio origen a topónimos tan conocidos como Ámsterdam (Amstelredam) o Róterdam, nucleados en torno a la presa original.

Ya en el siglo XIX se construyen las primeras presas de arco modernas a gran escala. En 1804, Henry Russel dirige la presa de Mir Alam en Hyderabad (India), aún en servicio. En Canadá, en el canal Rideau, el coronel John By y el contratista John Redpath levantan en 1832 la presa de Jones Falls, entonces la más grande de Norteamérica.

El salto a la era de las grandes presas llega con obras como la primera presa de Asuán en el Nilo, terminada en 1902, una gigantesca presa de mampostería de gravedad y contrafuertes diseñada por ingenieros británicos. En su momento fue la mayor presa de fábrica del mundo.

Poco después, entre 1931 y 1936, se construye la presa Hoover en el Cañón Negro del río Colorado, en la frontera entre Arizona y Nevada. Es una colosal presa de arco-gravedad de hormigón levantada en plena Gran Depresión, con retos técnicos inéditos y un entorno extremadamente hostil por el calor.

En las últimas décadas, el paradigma lo encarna la presa de las Tres Gargantas en el río Yangtsé (China), concluida hacia 2009. Es la central hidroeléctrica y estructura de control de inundaciones más grande del planeta y generó un embalse de unos 600 km de longitud, obligando a desplazar a más de un millón y medio de personas y a inundar ciudades y pueblos enteros.

Se calcula que hacia 1997 había en torno a 800.000 presas en todo el mundo, de las cuales unas 40.000 superaban los 15 m de altura. Estudios posteriores, como el publicado por la Universidad de Oxford en 2014, han puesto en cuestión la rentabilidad real de muchas grandes presas por sus sobrecostes sistemáticos y sus impactos sociales y ambientales.

Tipos de presas según su forma estructural

La tipología de una presa viene marcada por cómo resiste el empuje del agua y cómo transmite las cargas al terreno. A partir de ahí se diferencia entre presas de gravedad, de arco, de bóveda, de contrafuertes, de arco-gravedad, presas-puente y otras variantes más específicas.

La presa de gravedad es la más clásica: su propio peso es el que compensa el empuje del agua. El empuje hidrostático se transmite siempre hacia la cimentación, por lo que el terreno debe ser especialmente estable. Suelen tener sección similar a un triángulo isósceles, con una base muy ancha que se reduce a medida que se asciende, porque la presión del agua es mayor en el fondo que en la superficie.

Dentro de las presas de gravedad hay dos grandes familias: las de materiales sueltos o escollera (tierra, gravas, enrocado, etc.) y las de hormigón (hormigón convencional u hormigón compactado con rodillo, HCR). Estas últimas son las dominantes en muchos países desarrollados por su durabilidad y cálculo fiable.

La presa de arco trabaja de forma distinta: utiliza su forma curva para transmitir el empuje del agua hacia las laderas rocosas de la cerrada. Es decir, parte de la carga se deriva a los estribos, permitiendo secciones mucho más delgadas y un ahorro notable de hormigón, pero exige que la roca sea de gran calidad y resistencia.

Una variante sofisticada es la presa de bóveda o de doble curvatura, que se curva tanto en el plano horizontal como en el vertical. Estas estructuras, construidas siempre en hormigón, requieren una precisión de diseño y una experiencia constructiva de alto nivel, pero a cambio consiguen secciones muy esbeltas y un uso extremadamente eficiente del material.

Cuando las orillas están muy separadas o resulta prohibitivo excavar roca de calidad, se recurre a las presas de contrafuertes. En ellas, una pantalla relativamente delgada se apoya en una serie de pilares o contrafuertes, lo que reduce drásticamente el volumen de hormigón. Un ejemplo icónico es la presa Daniel-Johnson en Quebec, con 214 m de altura, 1312 m de longitud y tan solo unos 2,2 millones de m³ de hormigón, cinco veces menos que una presa maciza equivalente.

La presa de arco-gravedad combina ambos conceptos: su curvatura transmite buena parte de las cargas a las laderas, pero también confía en su peso propio para estabilizarse. De este modo se logra un compromiso entre seguridad, consumo de hormigón y adaptación al terreno.

Existe incluso la idea de presa-puente, donde la coronación se integra como un puente elevado de gran envergadura. Este concepto se ha llegado a plantear en proyectos megalómanos, como los que imaginaban unir Europa y África a través del Estrecho de Gibraltar usando estructuras mixtas de presa y viaducto, aunque sin materializarse.

Tipos de presas según los materiales empleados

Más allá de la forma, otra clasificación fundamental es la que se basa en los materiales con los que se construye la presa, ya que cada uno tiene ventajas, limitaciones y costes muy distintos.

Las presas de hormigón dominan el panorama en países industrializados. Permiten diseños muy estables y duraderos, con un comportamiento predecible frente a cargas estáticas y dinámicas. En España, por ejemplo, alrededor del 67 % de las presas son de gravedad de hormigón, con o sin armadura de acero, e incluyen presas de arco, de contrafuertes y mixtas.

Las presas de materiales sueltos (tierra, gravas, enrocado, limos, arcillas) son las más numerosas a escala global, representando aproximadamente el 77 % del total. Se apoyan en el peso propio del relleno para resistir, pero al ser muy permeables requieren incorporar un elemento impermeabilizante como un núcleo de arcilla o una pantalla de hormigón o asfalto, situada en el centro del relleno o en el paramento de aguas arriba.

Dentro de este grupo se distinguen variantes como presas de escollera con núcleo de arcilla, con pantalla asfáltica, con pantalla de hormigón o presas homogéneas de tierra compactada. Su principal problema es que, si se ven rebasadas por el agua durante una crecida, pueden erosionarse rápidamente y llegar a colapsar, como ocurrió en el conocido fallo de la presa de Tous en España.

Una tipología que a veces se considera aparte son las presas CFRD (enrocado con losa de hormigón). En ellas el enrocado proporciona el volumen resistente, mientras que el agua se contiene mediante una losa de hormigón en la cara de aguas arriba, apoyada en un plinto de transición en la cimentación. Fueron muy populares entre 1940 y 1950 para alturas intermedias y han resurgido en las últimas décadas gracias a mejoras en métodos constructivos y maquinaria pesada.

Las presas de sillería o mampostería, construidas con bloques colocados manualmente o con ayuda de grúas, fueron habituales antes de la generalización del hormigón moderno. Aún subsisten muchas, sobre todo en Europa, desempeñando funciones de riego, abastecimiento y regulación.

En los primeros tiempos de la revolución industrial se utilizaron ampliamente presas de madera, especialmente en zonas fronterizas o donde el cemento era caro o difícil de transportar. Requerían mantenerse siempre húmedas para no deteriorarse y estaban limitadas en altura y vida útil, por lo que prácticamente han desaparecido o han sido sustituidas.

También hubo intentos de desarrollar presas de acero a principios del siglo XX, usando chapas y vigas metálicas como estructura resistente. Se planteaban como alternativa más barata que el hormigón o la mampostería, pero más robusta que la madera. El experimento no cuajó y apenas quedan ejemplos.

Presas en España: ejemplos en Madrid y Gran Canaria

En España, la historia de las presas está íntimamente ligada a la gestión del agua para riego, abastecimiento urbano y generación de energía. El caso de Madrid y, sobre todo, el singular sistema de presas de Gran Canaria, son dos ejemplos muy ilustrativos.

En la Comunidad de Madrid, la primera gran presa relevante fue el Pontón de la Oliva, de mampostería, cuyo rendimiento resultó decepcionante. Mucho mejor suerte tuvo la presa de El Villar, terminada en 1882, que sigue en servicio casi siglo y medio después. Actualmente, Canal de Isabel II gestiona más de una decena de presas de gran tamaño (más de 15 m de altura).

La mayoría de estas presas madrileñas son de fábrica (hormigón o mampostería) y se organizan en tres grandes grupos estructurales: presas de gravedad, presas de arco-gravedad y presas bóveda gruesa, cada una adaptada a la morfología del valle en que se asientan.

Las presas de gravedad son las más frecuentes. Su sección triangular, muy ancha en la base y más estrecha en la coronación, permite repartir las cargas hacia el cimiento. En Madrid son buenos ejemplos Pinilla, Riosequillo, El Vado, La Jarosa, Navalmedio, Navacerrada, El Villar o Puentes Viejas, algunas de ellas con planta curva.

Las presas de arco-gravedad representan un paso evolutivo respecto a las anteriores, al combinar el peso propio con la curvatura del paramento para dirigir los esfuerzos hacia los estribos rocosos. La presa de La Aceña, en la cuenca del Alberche, es el caso emblemático en la región, con una sección de base más estrecha y un aspecto más esbelto que una presa de gravedad clásica.

En cuanto a presas de bóveda, Madrid cuenta con dos joyas: El Atazar y Pedrezuela. Ambas presentan doble curvatura y se ejecutaron en hormigón, siguiendo métodos constructivos más complejos, pero muy eficientes en términos de material utilizado y comportamiento estructural.

Al margen de las presas de fábrica, en la región también hay presas de materiales sueltos o escollera, como la de Valmayor, en el río Aulencia. En este caso, los bloques de roca se vierten por capas siguiendo la geometría de la sección y se compactan hasta formar una auténtica “montaña” artificial, rematada aguas arriba por una pantalla de hormigón asfáltico que garantiza la impermeabilidad.

En Gran Canaria la realidad es distinta, pero igualmente fascinante. La isla se ha visto obligada, desde finales del siglo XIX, a desarrollar un modelo intensivo de almacenamiento de agua por su relieve abrupto, barrancos profundos, lluvias irregulares y crónica escasez hídrica. El resultado es uno de los territorios con mayor densidad de presas por kilómetro cuadrado del planeta.

Aquí no se habla tanto de embalses como de presas, poniendo el foco en la obra de ingeniería más que en el agua. En apenas 1500 km² se concentran al menos 69 grandes presas y un sinfín de pequeñas infraestructuras, muchas de ellas con un fuerte arraigo histórico y social.

Las lluvias extraordinarias asociadas a la borrasca Therese han puesto de nuevo este sistema en el escaparate, junto a medidas extraordinarias como el bombardeo de nubes. En apenas una semana se recogieron hasta 410 litros/m² en Gran Canaria, con registros como los 409,6 l/m² en el Corral de los Juncos o cerca de 400 l/m² en estaciones de San Bartolomé de Tirajana, cerca de las cuencas que alimentan la presa de La Sorrueda.

Estas precipitaciones, que en algunos casos han llegado a duplicar viejos récords mensuales en solo siete días, han permitido que unas 35 presas de la isla se llenaran hasta el punto de aliviar agua, cuando a finales de enero apenas estaban al 8,3 % de su capacidad media. Entre las más llamativas se encuentran Ayagaures, Gambuesa y La Sorrueda, cuyos aliviaderos llevaban décadas sin verter.

La presa de La Sorrueda, en pleno barranco de Tirajana, es una de las infraestructuras hidráulicas más emblemáticas de la isla. Construida en 1972, comparte paisaje con hitos como La Fortaleza y el macizo de Amurga y, además de su uso agrícola, se ha convertido en enclave paisajístico y natural de primer orden, con su característico peñón central que ha pasado de quedar seco a aparecer rodeado por un lago de aguas aún pardas.

La presa de Ayagaures, construida en 1962 con capacidad cercana a 1,7 hm³, y su compañera aguas arriba, la presa de Gambuesa (finalizada en 1969), actúan en tándem, regulando los aportes y generando imágenes muy espectaculares cuando ambas se colman.

La borrasca Therese no solo ha impactado en Gran Canaria. En La Palma, por ejemplo, el Roque de los Muchachos registró más de 615 l/m² entre el 19 y el 25 de marzo, con un día de 242 l/m², doblando de largo el antiguo récord mensual del aeropuerto de la isla. En Tenerife, estaciones como el Parador de Las Cañadas del Teide o Izaña recogieron entre 217 y 272 l/m², valores comparables a máximos históricos en Santa Cruz o el aeropuerto del sur.

Toponimia, historia social del agua y “presas con nombre propio” en Gran Canaria

Un aspecto muy curioso del sistema canario es que las presas no solo guardan agua, sino también historias y palabras. En Gran Canaria, la toponimia de las presas es casi un relato colectivo, donde el paisaje, la memoria y el poder sobre el agua se mezclan con expresiones populares.

Hay presas cuyos nombres describen casi a golpe de intuición la forma del terreno: La Angostura, El Embudo, Las Hoyas… Son términos nacidos de la observación diaria del barranco y de sus curvas, sin intención de poesía, pero con mucha carga visual.

Otras denominaciones suenan a cuento o a tradición oral. La repetición del motivo de “la niña” en casos como Cuevas de las Niñas o Caidero de la Niña deja entrever viejas historias transmitidas de generación en generación, aunque a día de hoy se hayan difuminado.

También hay nombres que parecen más bien expresiones coloquiales, como Excusabarajas, que rompen cualquier lógica aparente. En ellos se cuelan el humor, la ironía o simples deformaciones del habla popular, convertidas en referencias oficiales con el paso del tiempo.

No faltan presas bautizadas con nombres de personas o títulos: La Marquesa, El Conde, Don Paco, Los Vicentillos o Mister Pilcher. Estos nombres dejan claro que el agua ha sido, y en buena medida sigue siendo, un símbolo de poder y propiedad, reflejando quién financió, impulsó o controló determinadas infraestructuras.

Para complicar un poco más el mapa, muchas presas tienen más de un nombre según quién hable, la época o el documento consultado. La presa de las Cuevas de las Niñas puede aparecer también como Presa de las Niñas o Presa de Majada Alta, resaltando ya sea las cuevas, la denominación popular abreviada o el paraje concreto.

Algo similar pasa con la Presa de la Angostura, a menudo identificada como Presa de Ayagaures, donde una denominación enfatiza la forma estrecha del barranco y la otra el valle más conocido. Cada nombre ilumina una faceta distinta del mismo lugar.

Hay pequeñas variaciones ortográficas que cuentan su propia historia: Excusabarajas se ve a veces como Escusabarajas; Salvia India aparece en documentos como Salvaindia. Son huellas de un origen oral que, al pasar al papel, se fijó de maneras distintas.

En otros casos, la distancia entre el lenguaje técnico y el popular es abismal. Las presas de Tenoya pueden figurar en inventarios como Lezcano I y II, mientras que las presas del Pinto se registran como Pinto I y II. Para el vecino son unas; para el ingeniero, otras; el lugar físico es el mismo, pero la forma de nombrarlo cambia mucho.

La historia del agua en Gran Canaria se remonta, a nivel documental, al menos a finales del siglo XV. Una Real Cédula de 1480 de los Reyes Católicos ordenaba al gobernador Pedro de Vera repartir tierras y aguas entre la población “según sus merecimientos”. Ya en 1531 se dictan las primeras disposiciones sobre manejo y vigilancia del agua y conservación de infraestructuras, con la figura del Alcalde de Aguas y las ordenanzas de Melgarejo, consolidando las Heredades de Aguas como titulares del agua superficial a distribuir entre herederos.

El resultado fue un sistema de concesiones donde el caudal autorizado a derivar supera con creces la propia escorrentía, hasta cifras tan simbólicas como los 1.123.139 l/s, equivalentes a un 7.500 % de la precipitación media, lo que da idea de la presión histórica sobre el recurso.

La intercuenca entre los barrancos de Azuaje y Tenoya, con más de 632.000 l/s autorizados, la zona entre Agaete y Moya, o el propio barranco del Guiniguada son ejemplos claros de esa demanda intensa de agua para cultivos y población, que impulsó tanto la captación de aguas subterráneas como la construcción de presas para almacenar la escorrentía.

Hasta 1957, año en que se levanta la presa de Caidero de la Niña en el barranco de Tejeda para el riego de La Aldea, casi todas las grandes presas se concentran en el norte de la isla (Arucas, Guía, Moya, Artenara, Firgas, Las Palmas de Gran Canaria, San Mateo, Santa Brígida), allí donde estaba la principal franja de regadío y población desde la conquista hasta bien entrado el siglo XX.

Papel de las presas en la energía hidroeléctrica

Las presas han sido una pieza clave en el desarrollo de la energía hidroeléctrica, que sigue siendo la principal fuente de electricidad renovable del planeta. A mediados de la década de 2000, la hidroelectricidad aportaba en torno al 19 % de la electricidad mundial y más del 63 % de toda la energía renovable, con China como gran protagonista, tanto en grandes como en pequeñas centrales.

La mayor parte de esta energía se obtiene aprovechando la energía potencial del agua embalsada, que se conduce por tuberías de carga hacia turbinas hidráulicas. Estas transforman la energía del agua en energía mecánica de rotación, que a su vez acciona generadores eléctricos.

Para reducir pérdidas, las tuberías forzadas se diseñan con cuidado, evitando cambios bruscos de sección o dirección. En muchas presas modernas se han implementado también centrales reversibles o de bombeo, donde el agua se eleva de nuevo al embalse en horas de baja demanda eléctrica mediante bombas (a veces las propias turbinas operando en modo inverso), para turbinarlas después cuando el precio y la necesidad de energía son mayores.

Este sistema de “batería hidráulica” convierte a algunas presas en almacenes de energía extremadamente valiosos para integrar renovables variables como la eólica o la solar, aunque implica un impacto adicional sobre los ríos implicados.

Impactos ambientales y sociales de las grandes presas

Ninguna gran obra hidráulica viene gratis. Las presas tienen efectos profundos sobre los ecosistemas y las comunidades humanas, desde la alteración del régimen de caudales hasta el desplazamiento de pueblos enteros.

Al crear un embalse, la presa inunda una extensa superficie aguas arriba, modificando radicalmente los hábitats terrestres y acuáticos. Cambia la capa freática, se interrumpe el transporte natural de sedimentos y se alteran los ciclos térmicos y químicos del agua, con consecuencias en cadena para la flora y la fauna.

Aguas abajo, el caudal regulado suele perder su variabilidad estacional natural, lo que afecta a especies adaptadas a crecidas periódicas. La retención de sedimentos puede generar erosión de cauces y deltas, salinización de estuarios y pérdida de playas.

Muchas presas antiguas carecen de escalas o ascensores para peces, por lo que interrumpen por completo las rutas migratorias hacia las zonas de desove, provocando el declive de especies que necesitan remontar el río para reproducirse.

En el plano social, las grandes presas han implicado desplazar a entre 40 y 80 millones de personas en todo el mundo. En demasiados casos, las poblaciones afectadas no han sido consultadas adecuadamente ni compensadas de forma justa, algo especialmente grave en el caso de pueblos indígenas.

Organizaciones como Survival International han denunciado el impacto de proyectos hidroeléctricos y de regadío sobre comunidades indígenas, señalando pérdidas de territorios, culturas y medios de vida, a menudo sin procesos de participación reales.

No hay que olvidar tampoco el riesgo de fallo de presa, que aunque estadísticamente bajo en países con normativa estricta, conlleva consecuencias potencialmente catastróficas. La ingeniería moderna se afana en reducir esta probabilidad mediante análisis de estabilidad ante terremotos, crecidas extremas y otros escenarios, además de normas específicas de diseño, construcción y explotación.

La seguridad de presas se apoya en legislación y organismos específicos, como el Organismo Regulador de Seguridad de Presas en algunos países o entidades como la Sociedad Española de Presas y Embalses, que elaboran guías técnicas y recomendaciones para inspección, mantenimiento y gestión de emergencias.

Además, en las últimas décadas ha ganado peso el debate sobre la demolición de presas obsoletas, especialmente en Europa y Norteamérica, como forma de restaurar ríos y recuperar ecosistemas y conectividad fluvial, siempre tras evaluar los impactos positivos y negativos de mantener o retirar cada estructura.

Mirando todo este recorrido, desde las primeras represas de piedra en Mesopotamia hasta las complejas bóvedas de hormigón y los sistemas de presas de islas como Gran Canaria, queda claro que las presas son una mezcla de necesidad, ambición técnica y huella ambiental; permiten almacenar agua, producir energía limpia y proteger frente a inundaciones, pero también transforman paisajes, desplazan comunidades y fuerzan a repensar, una y otra vez, cómo convivir con el agua en un planeta de clima cambiante y recursos finitos.