El año 2025 se está consolidando, según los principales servicios de vigilancia climática, como uno de los años más calurosos jamás medidos a escala planetaria, un ejemplo del calentamiento global. Los análisis provisionales apuntan a que acabará disputándose el segundo puesto del podio con 2023, solo por detrás del récord absoluto registrado en 2024.
Este nuevo salto térmico no se entiende como un episodio aislado, sino como parte de una racha ininterrumpida de años extremadamente cálidos que está llevando al planeta al límite. El conjunto de observaciones elaboradas desde Europa y respaldadas por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) indica que el mundo se acerca peligrosamente al umbral de 1,5 ºC de calentamiento fijado como referencia en el Acuerdo de París.
Los datos que confirman que 2025 será uno de los años más cálidos
Los informes del Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S), el programa de observación de la Unión Europea, indican que es “virtualmente seguro” que 2025 termine como el segundo o tercer año más cálido documentado. Entre enero y noviembre, la temperatura media global se situó unos 1,48 ºC por encima de los niveles preindustriales, una anomalía muy similar a la de 2023.
Si se observa el periodo 2023-2025, los técnicos de Copernicus señalan que el promedio trienal va camino de sobrepasar por primera vez los 1,5 ºC. No significa que el Acuerdo de París esté oficialmente incumplido -ese objetivo se evalúa sobre series de 20 o 30 años-, pero sí que el planeta está entrando en terreno climático inexplorado.
La OMM respalda este diagnóstico al subrayar que cada uno de los años comprendidos entre 2015 y 2025 figura entre los once más cálidos desde que hay registros instrumentales, que se remontan a mediados del siglo XIX. Los tres últimos ejercicios constituyen, de hecho, el trío más sofocante del que se tiene constancia en la era moderna.
En lo que va de año, la temperatura media cerca de la superficie entre enero y agosto se ha mantenido en torno a 1,42 ºC ± 0,12 ºC por encima del periodo preindustrial. Son cifras que los organismos científicos consideran sin precedentes y que refuerzan la idea de que, salvo giro brusco, la década actual quedará marcada por calor extraordinario prácticamente continuo.
El mes de noviembre ilustra bien la situación: noviembre de 2025 fue el tercer noviembre más cálido jamás registrado, con una temperatura media del aire en superficie de 14,02 ºC y un calentamiento de aproximadamente 1,54 ºC sobre la era preindustrial. Aunque estos incrementos puedan parecer pequeños sobre el papel, los expertos recuerdan que son suficientes para alterar de arriba abajo el clima del planeta.
Océanos recalentados y deshielo: señales claras de un sistema al límite

Más allá del aire, los océanos están enviando una señal inequívoca. Las temperaturas superficiales del mar se han mantenido anormalmente altas también en noviembre, con una media cercana a 20,4 ºC entre las latitudes 60º sur y 60º norte, uno de los valores más elevados medidos para este mes.
Este recalentamiento explica buena parte de la energía extra que alimenta olas de calor marinas prolongadas, ciclones más intensos y lluvias torrenciales. Además, los registros de la OMM muestran que el contenido de calor de los océanos alcanzó máximos históricos en 2024 y continuó incrementándose en 2025, reflejando la enorme cantidad de energía atrapada por el sistema climático.
En los polos, la situación no es más alentadora. Según las últimas observaciones, la extensión del hielo marino en el Ártico tras el invierno fue la más baja observada, mientras que en la Antártida el hielo marino se mantuvo muy por debajo de la media prácticamente durante todo el año.
Durante el mes de noviembre, el hielo ártico se situó alrededor de un 12 % por debajo del promedio, la segunda cifra más reducida para ese mes, mientras que en el entorno antártico la anomalía negativa fue de en torno al 7 %, una de las más bajas del registro. Estas reducciones no solo son un síntoma directo del calentamiento, sino que refuerzan el problema al dejar al descubierto superficies oscuras de agua y suelo que absorben más radiación solar.
En paralelo, la OMM constata que el nivel medio del mar sigue una tendencia al alza. Aunque se produzcan pequeños descensos temporales vinculados a fenómenos naturales, la línea general es un aumento sostenido, impulsado por el deshielo de glaciares y capas de hielo, y por la dilatación térmica del agua al calentarse.
Gases de efecto invernadero: el motor del récord térmico

La base física del calentamiento no ofrece demasiadas dudas. Las concentraciones de gases de efecto invernadero que retienen calor en la atmósfera no han dejado de crecer desde la Revolución Industrial, impulsadas por la quema masiva de carbón, petróleo y gas natural, además de otros procesos como la deforestación o la agricultura intensiva.
En 2024 se alcanzaron niveles récord de dióxido de carbono (CO₂), metano (CH₄) y óxido nitroso (N₂O), y el incremento ha continuado en 2025. El CO₂, responsable de alrededor de dos tercios del calentamiento actual, se sitúa ya más de un 50 % por encima de los valores preindustriales, mientras que el metano y el óxido nitroso han experimentado aumentos aún más acusados en términos relativos.
Este cóctel de gases explica que, pese a las oscilaciones naturales del clima, la tendencia de fondo sea un aumento sostenido de las temperaturas globales. Los científicos recalcan que los altibajos asociados a fenómenos como El Niño o La Niña solo modulan el ruido de corto plazo sobre una señal ascendente muy clara.
La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, ha sido contundente al advertir de que resulta muy difícil ya mantener el calentamiento por debajo de 1,5 ºC sin un rebasamiento temporal de ese umbral. Sin embargo, subraya que la ciencia también indica que es técnicamente posible reducir de nuevo las temperaturas hacia final de siglo si se aplican recortes drásticos y rápidos en las emisiones.
Desde Copernicus, la climatóloga Samantha Burgess insiste en la misma idea: “Estos hitos no son abstractos; muestran el ritmo al que se está transformando el clima”. Para ella, la única vía realista para frenar la escalada térmica pasa por recortar con rapidez las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel global.
Fenómenos extremos en aumento y sus efectos en Europa y España
El calentamiento registrado en 2025 no se queda en los gráficos: se traduce en una sucesión de episodios meteorológicos extremos que afectan a prácticamente todas las regiones del planeta. Copernicus y la OMM destacan ciclones tropicales muy destructivos en el sudeste asiático, inundaciones masivas en varios países y olas de calor excepcionales.
El tifón Kalmaegi es uno de los ejemplos más dramáticos. Este sistema tropical dejó más de 200 víctimas mortales en Filipinas en el tramo final del año, en un contexto de mares inusualmente cálidos que favorecen tormentas más intensas. Otros episodios de lluvias extremas han provocado deslizamientos de tierra y crecidas repentinas en Indonesia, Malasia o Tailandia.
En Europa también se percibe el impacto de un clima más cálido. Según los análisis citados por los servicios comunitarios, España ha sufrido en los últimos años algunos de sus peores incendios forestales en décadas, agravados por periodos prolongados de sequía, temperaturas elevadas y olas de calor más intensas y frecuentes.
Los expertos señalan que la combinación de veranos muy cálidos, inviernos menos fríos y suelos más resecos crea un terreno propicio para grandes incendios, especialmente en zonas mediterráneas, como muestra el plan calor de Barcelona. Paralelamente, se han observado episodios de lluvias torrenciales que causan inundaciones repentinas, como las conocidas danas, potenciadas por un Mediterráneo cada vez más cálido al final del verano.
Las instituciones internacionales advierten de que estos fenómenos extremos tienen efectos en cadena: dañan infraestructuras, impactan en la agricultura y la disponibilidad de agua, comprometen sistemas alimentarios y fuerzan desplazamientos de población. En Europa, la factura económica por desastres meteorológicos se ha disparado en los últimos años, y España no es una excepción. Además, hay un notable impacto en las ciudades por olas de calor y eventos extremos.
La Niña, El Niño y otros factores que influyen en el año 2025
El comportamiento del año 2025 no se explica solo por el aumento de gases de efecto invernadero; también entran en juego los grandes patrones naturales de variabilidad climática. Tras un episodio de El Niño muy marcado, el Pacífico ha ido derivando hacia una fase de La Niña de intensidad débil.
La Niña es la fase fría del ciclo ENSO (El Niño-Oscilación del Sur) y se caracteriza por un enfriamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial. Este cambio en la temperatura del mar altera la circulación atmosférica global, desplaza el chorro polar y reorganiza la distribución de borrascas, masas de aire y precipitaciones en buena parte del planeta.
Aunque en teoría La Niña tiende a “enfriar” ligeramente la temperatura media global, la señal del calentamiento antropogénico es tan intensa que 2025 se mantiene igualmente entre los años más cálidos. Es decir, la variabilidad natural ya no compensa el exceso de calor acumulado, sino que únicamente introduce diferencias regionales y temporales.
En el hemisferio norte, estas oscilaciones se combinan con otros patrones como la Oscilación del Atlántico Norte (NAO) o la Oscilación Madden-Julian (MJO), que pueden dar lugar a inviernos muy contrastados, con alternancia de periodos templados y episodios fríos puntualmente intensos.
Los científicos destacan además el papel de las olas de calor marinas en el Pacífico Norte y otros océanos, grandes bolsas de agua anormalmente caliente que modifican las trayectorias de las borrascas y alteran la distribución de frentes, con repercusiones que se notan tanto en América como en Europa.
Cómo puede influir este contexto en el clima de Europa y de España
En Europa, la influencia de La Niña es más indirecta que en América, pero el conjunto de factores descrito para 2025 apunta a un invierno y unas estaciones de transición con fuertes contrastes. Los escenarios más probables contemplan entradas de aire frío hacia el norte y centro del continente, mientras que el sur tendería a registrar periodos más suaves y estables.
Esto se traduce en una posible alternancia entre fases anticiclónicas templadas y descargas de aire frío relativamente repentinas, capaces de dejar episodios de nieve y viento en buena parte de Europa central y septentrional. La configuración concreta dependerá, en gran medida, de la fase de la NAO y del estado del vórtice polar estratosférico.
En el caso de España, los estudios climatológicos recuerdan que la influencia de La Niña es siempre indirecta. El tiempo atmosférico peninsular depende sobre todo de la posición del anticiclón de las Azores, de la actividad de las borrascas atlánticas y de eventuales bloqueos de altas presiones en latitudes altas.
Con todo, algunas previsiones estacionales sugieren que el periodo invernal y la primera parte de 2025-2026 podrían caracterizarse por episodios de bloqueo anticiclónico en el entorno mediterráneo. Ese patrón favorecería situaciones más secas y estables en el este peninsular, Baleares y el sur, con riesgo de encadenar otro invierno más seco de lo normal en zonas ya muy castigadas por la sequía.
En el norte y noroeste, por el contrario, podrían ser más frecuentes la llegada de frentes atlánticos y las irrupciones de aire frío, con temporales de lluvia abundante y nieve en montaña en Galicia, la cornisa Cantábrica y los Pirineos. No se descartan, según los expertos, invasiones de aire polar o ártico si se producen episodios de calentamiento súbito de la estratosfera que debiliten el vórtice polar.
El Acuerdo de París bajo presión y la respuesta internacional
El contexto de un 2025 entre los años más calurosos llega, además, en un momento delicado para la política climática internacional. El Acuerdo de París, que cumple una década, atraviesa su fase más difícil desde que fue adoptado por casi 200 países en 2015.
La meta central de París es mantener el aumento de la temperatura global claramente por debajo de 2 ºC respecto a los niveles preindustriales, y esforzarse por limitarlo a 1,5 ºC. Sin embargo, la brecha entre lo que se ha prometido y lo que se está haciendo sobre el terreno sigue siendo muy amplia.
Las conocidas Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC), los planes de recorte de emisiones presentados por cada país a la ONU, deberían haberse reforzado de cara a 2025. Aun así, muchos gobiernos han llegado tarde o con metas poco ambiciosas, y las estimaciones actuales señalan que, incluso cumpliendo todos esos compromisos, el mundo se encaminaría hacia un calentamiento de en torno a 2,5 ºC.
Las últimas cumbres del clima reflejan esas tensiones. En la COP28 de Dubái, los países acordaron avanzar en el abandono de los combustibles fósiles, pero sin fijar plazos ni obligaciones estrictas. Y en la reciente COP30 en Belém, las negociaciones terminaron sin un llamamiento claro a la eliminación gradual del petróleo, el gas y el carbón, obstaculizado por la resistencia de grandes productores.
Mientras tanto, el secretario general de la ONU, António Guterres, ha avisado de que cada año en el que se rebase el umbral de 1,5 ºC aumenta el riesgo de daños irreversibles, agrava las desigualdades y complica la estabilidad económica global. De ahí su insistencia en acelerar la transición energética y reducir de forma rápida y profunda las emisiones de CO₂ y de otros gases, como el metano.
Un futuro inmediato marcado por decisiones y riesgos crecientes
Los informes climáticos más recientes coinciden en que el límite de 1,5 ºC se superará de forma estable a partir de la próxima década si no se producen cambios muy significativos. Desde que se firmó el Acuerdo de París, ese umbral ya se ha rebasado durante varios meses y, por primera vez, durante un año completo, pero todavía no de forma mantenida durante décadas.
Para tratar de contener el calentamiento a final de siglo, los escenarios más optimistas contemplan una combinación de reducciones drásticas de emisiones y, potencialmente, técnicas de eliminación de CO₂ de la atmósfera a gran escala, todavía sujetas a muchas incertidumbres. La alternativa es un mundo que se adentra en rangos de 2 ºC o más, donde cada décima adicional implica fenómenos extremos más intensos y frecuentes.
En este panorama, organismos internacionales y comunidad científica señalan que la expansión de las energías renovables y la movilidad eléctrica es una de las pocas notas relativamente positivas. El abaratamiento de la solar, la eólica y las baterías está permitiendo que algunas economías, entre ellas las de varios países europeos como España, comiencen a desacoplar crecimiento económico y emisiones.
Aun así, las cifras globales muestran que las emisiones totales de gases de efecto invernadero siguen en niveles muy altos, y que la ventana para evitar los peores escenarios se va estrechando año tras año. El hecho de que 2025 se sitúe de nuevo entre los años más cálidos subraya hasta qué punto el margen de maniobra se está reduciendo rápidamente.
Con un planeta que encadena récord tras récord y un Mediterráneo especialmente sensible al calor y la sequía, Europa y España afrontan una década clave en la que las decisiones sobre energía, transporte, industria y uso del territorio serán determinantes para limitar los riesgos de un clima cada vez más extremo.

