El calendario meteorológico se prepara para el inicio de la actividad ciclónica en el océano Atlántico, que comienza oficialmente el 1 de junio y se extiende hasta finales de noviembre. Tras los últimos análisis de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), los datos sugieren que nos espera un periodo menos agitado de lo habitual, alejándose de la intensidad vista en años anteriores.
A pesar de que las previsiones apuntan a una calma relativa, los especialistas recomiendan no bajar la guardia. En el clima no hay certezas absolutas y solo hace falta un sistema para que el balance de la temporada de huracanes del Atlántico cambie drásticamente, especialmente si se llega a formar algún ciclón de gran intensidad que afecte a zonas pobladas.
El papel determinante de El Niño

La clave de este pronóstico reside en el fenómeno de El Niño, un patrón natural que implica el calentamiento de las aguas en el Pacífico ecuatorial. Este proceso provoca cambios en la atmósfera global que, en el Atlántico, se traducen en una mayor cizalladura del viento. Básicamente, estos vientos fuertes en las capas altas de la atmósfera actúan como una barrera que desestabiliza y «rompe» las tormentas antes de que puedan organizarse.
Para que nos entendamos, mientras que El Niño suele frenar la actividad en nuestra zona, ocurre lo contrario en el Pacífico, donde se espera un año bastante movido. No obstante, hay un matiz importante: que el océano Atlántico esté ligeramente más cálido que lo normal podría compensar parte de este efecto, ya que el agua caliente es el combustible básico para que cualquier tormenta gane fuerza.
Cifras y probabilidades del ciclo ciclónico

Si miramos los números, la NOAA estima que hay un 55% de probabilidades de que la temporada sea inferior a la media, frente a un 35% de que sea normal y un escaso 10% de que sea muy activa. En términos concretos, se calcula que se formen entre ocho y catorce tormentas con nombre, de las cuales entre tres y seis podrían alcanzar la categoría de huracán.
Dentro de ese grupo, se prevé que entre uno y tres se conviertan en huracanes mayores (categoría 3 o superior). Para poner esto en perspectiva, una temporada estándar suele traer siete huracanes y tres de gran intensidad. Esta tendencia a la baja es compartida por otras instituciones, como la Universidad Estatal de Colorado, que también vislumbra una actividad moderada o baja.
Apuesta tecnológica y nuevos métodos de seguimiento

Para compensar las incertidumbres, se han puesto en marcha herramientas punteras. Por primera vez, se integrarán datos de drones aéreos (sUAS) en los modelos de pronóstico, lo que podría mejorar la precisión sobre la intensidad de los vientos en un 10%. Además, se están utilizando modelos de inteligencia artificial, algunos desarrollados junto a Google DeepMind, para predecir mejor las trayectorias de los ciclones.
Otras mejoras incluyen:
- Conos de pronóstico optimizados que ahora abarcan alertas para zonas más profundas del interior continental.
- Sistemas de análisis de inundaciones de alta resolución que permiten ver exactamente qué calles podrían quedar bajo el agua.
- El uso de aprendizaje automático para limpiar y mejorar los datos recogidos por los radares de los aviones cazahuracanes.
Nombres y calendario previsto

La Organización Meteorológica Mundial ya tiene lista la nomenclatura para este año. Los sistemas tropicales serán bautizados siguiendo un orden alfabético que comienza con Arthur y Bertha, siguiendo la guía completa de nombres de ciclones en el Atlántico, hasta llegar a Wilfred. Es habitual que los primeros sistemas aparezcan hacia finales de junio, mientras que el pico de peligro suele concentrarse entre mediados de agosto y octubre.

En definitiva, aunque los modelos indican que el Atlántico tendrá un respiro gracias a la influencia de El Niño y a una menor formación de tormentas, la vigilancia debe mantenerse. La combinación de tecnología de IA y monitoreo satelital será fundamental para emitir alertas precisas y evitar que cualquier evento aislado se convierta en una catástrofe económica o humana.

