El periodismo ambiental se ha convertido en una pieza clave para entender qué está pasando con el clima, la biodiversidad, la energía o la contaminación, y cómo todo ello afecta a nuestra vida cotidiana. Ya no estamos ante un tema de nicho ni reservado a especialistas: hablamos de información medioambiental que influye en la salud, la economía, la política y hasta en la forma en la que nos movemos o consumimos.
En España y en el resto del mundo hispanohablante, esta especialidad informativa ha ido madurando desde los años setenta hasta hoy, de la mano de periodistas, medios y organizaciones que han apostado por contar con rigor los conflictos ambientales, pero también las soluciones. Al mismo tiempo, se enfrentan a desafíos tan serios como la desinformación, el negacionismo climático o el “greenwashing”, que obligan a afinar todavía más el olfato profesional.
¿Qué es exactamente el periodismo ambiental?
Cuando hablamos de periodismo ambiental nos referimos a la cobertura informativa que realizan periodistas sobre asuntos relacionados con el medio ambiente y el entorno en el que viven las personas y el resto de seres vivos. No se limita solo a catástrofes o desastres, sino que abarca desde las políticas públicas y las decisiones empresariales hasta la ciencia, la cultura o la economía vinculadas al medio natural.
Autores como Fernández-Reyes lo definen como un tipo de periodismo especializado que se ocupa de la información generada por la interacción entre los seres humanos, los demás seres vivos y su entorno, así como de los procesos que afectan a ese entorno. Es decir, no solo cuenta qué ha pasado, sino que busca el contexto, los antecedentes, los impactos sociales y ecológicos, y las posibles salidas al problema.
Otros investigadores han descrito el periodismo ambiental como la rama informativa que se centra en la actualidad relacionada con la naturaleza y el medio ambiente, analizando los procesos en curso y sus consecuencias, especialmente cuando existe algún tipo de degradación ecológica. Esto implica ir más allá del titular fácil y entrar en temas complejos: cambio climático, contaminación, pérdida de biodiversidad, gestión del agua, energía, modelos de producción y consumo, etc.
Muchos profesionales defienden que el periodismo ambiental debe mantener su independencia frente a los movimientos ecologistas y los intereses políticos o empresariales. El periodista ambiental no tiene por qué ser activista, del mismo modo que un redactor de sucesos no es policía ni juez. Eso sí, su trabajo posee una dimensión formativa evidente, porque contribuye a que la sociedad comprenda mejor la realidad e intervenga con mayor criterio.
El periodista uruguayo Víctor L. Bacchetta amplía la mirada al considerar el medio ambiente como el conjunto de sistemas naturales y sociales donde conviven humanidades y resto de especies. Bajo este enfoque, el periodismo ambiental no solo cubre “la naturaleza”, sino también los conflictos sociales, económicos y políticos que atraviesan el territorio y los recursos.

Objetivos y funciones del periodismo ambiental
El periodismo ambiental persigue una serie de metas muy concretas que van mucho más allá de llenar huecos en la sección de sociedad o ciencia. Entre sus grandes objetivos se encuentran informar con rigor, despertar conciencia, fomentar el debate público y acompañar la transición ecológica con datos fiables.
Una de sus funciones básicas es explicar, de forma clara y didáctica, cuáles son las vías hacia un desarrollo sostenible, entendiendo este desarrollo como algo duradero y justo. Se trata de ofrecer información útil que permita a la ciudadanía formarse una opinión propia y tomar decisiones mejor fundamentadas sobre su forma de vida, su voto o sus hábitos de consumo.
El periodismo ambiental también tiene una dimensión educativa evidente: ayuda a que el público comprenda temas complejos relacionados con el clima, la energía, la biodiversidad o los residuos, evitando miradas fragmentadas. En lugar de contar solo “lo último que ha pasado”, trata de poner el foco en los procesos de fondo que explican esos acontecimientos.
Otra misión clave es contribuir al desarrollo de la propia especialidad, alimentando debates, promoviendo estudios sobre cómo los medios tratan la información ambiental y cuestionando qué considera “noticia” cada redacción. Este cuestionamiento abarca desde la jerarquía de los temas hasta los valores que subyacen a la construcción de las agendas informativas.
El periodismo ambiental busca, además, descubrir y narrar las distintas problemáticas ecológicas que afectan tanto a escala local como global, estimulando la capacidad de la gente para implicarse, participar y decidir. Su vocación es hacer pensar, no dictar lo que hay que pensar, y abrir espacios de discusión pública que normalmente quedarían relegados.
Por último, esta especialidad intenta reforzar los vínculos entre comunicadores y ciencia, investigando la presencia de periodistas especializados en redacciones, analizando los programas formativos existentes y explorando alianzas con instituciones académicas y centros de investigación que trabajan sobre el medio ambiente.
Orígenes del periodismo ambiental en España e Iberoamérica
En España, el periodismo ambiental empezó a tomar forma como tal en los años setenta, en plena transición de la dictadura a la democracia y muy ligado al movimiento antinuclear y al auge del ecologismo. En esa época, parte de la profesión adoptó posiciones claramente militantes, alineándose con las reivindicaciones sociales que cuestionaban el modelo de desarrollo dominante.
Periodistas como Sofía Menéndez, Ángel Muñoz, Arturo Larena, Amanda García o Gustavo Catalán figuran entre los pioneros que impulsaron esta especialidad desde diarios y agencias de noticias. Sus trabajos ayudaron a consolidar una mirada ambiental en medios que hasta entonces apenas dedicaban espacio a estos asuntos.
Un precedente simbólico fueron tres episodios muy sonados que actuaron como catalizadores de una cobertura más profunda: el accidente del avión con carga nuclear en Palomares (1966), el intento de desecar las Tablas de Daimiel —que terminó con su declaración como Parque Nacional en 1973— y la grave contaminación del río Tajo, descrito por la prensa de la época como una auténtica “cloaca al aire libre”.
A estos hitos se sumó la irrupción del programa televisivo “El hombre y la tierra”, de Félix Rodríguez de la Fuente, que despertó un enorme interés social por la naturaleza. Su éxito televisivo favoreció el nacimiento de revistas especializadas como Alfalfa o El Ecologista y animó la creación de las primeras organizaciones ecologistas de ámbito estatal.
En 1977 se constituyó en Barcelona el Colectivo de Periodistas Ecológicos, considerado la primera asociación específicamente vinculada al periodismo ambiental en España. Desde entonces, la presencia de temas ambientales en los medios ha ido creciendo, aunque todavía se percibe muchas veces como una información “complementaria” y no como un eje básico de la agenda diaria.
Desde una perspectiva iberoamericana, el periodismo ambiental también empezó a consolidarse tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la ecología comenzó a ganar relevancia en el llamado Primer Mundo, y especialmente a partir de los años ochenta y de la Conferencia de Río de 1992 en el llamado Tercer Mundo. A partir de entonces surgen cursos universitarios específicos, redes profesionales y medios dedicados casi en exclusiva a temas ecológicos.
EFE, EFEverde y la profesionalización en España
Dentro del ecosistema mediático español, la Agencia EFE ha tenido un papel determinante en la consolidación del periodismo ambiental en castellano. A comienzos de los noventa, desde su sección de Cultura, Ciencia y Medio Ambiente, se crea un área específica dedicada al medio ambiente y se ponen en marcha programas de especialización para periodistas.
Impulsados por profesionales como Arturo Larena desde la Fundación EFE, estos programas contribuyeron durante más de dos décadas a que miles de informaciones ambientales llegaran diariamente a unas 2.500 cabeceras y medios de comunicación. Su impacto en la generación de conciencia ambiental en la sociedad iberoamericana ha sido notable.
En 2009 la agencia refuerza de nuevo su apuesta al incluir la información ambiental entre sus áreas estratégicas y lanzar EFEverde, una plataforma global dedicada al periodismo ambiental en español. Este proyecto pionero incorporó presencia en redes sociales, portales web propios, aplicaciones móviles y campañas de concienciación.
Entre las iniciativas promovidas desde EFEverde destaca, por ejemplo, la inclusión de una guía sobre deporte y sostenibilidad en la “mochila olímpica” del equipo español que compitió en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, o la coimpulsión, junto a SEO/BirdLife, del Día Europeo de la Red Natura 2000, finalmente formalizado por las instituciones europeas.
La trayectoria de EFEverde ha sido reconocida con diversos galardones europeos, entre ellos el Premio de Comunicación Ambiental de los Natura 2000 Awards y el premio al mejor proyecto de información ambiental de la Comisión Europea en 2018. Además, Naciones Unidas la designó Media Partner de la COP23 de Fiji-Bonn, consolidando su peso en la comunicación climática internacional.
Arturo Larena, referente del periodismo ambiental y de ciencia, ha relatado cómo 2025 fue un año de claroscuros ambientales: grandes avances, pero también enormes fragilidades en la transición ecológica. Su reflexión, al jubilarse tras décadas de trabajo, subraya la necesidad de información rigurosa, gobernanza sólida y responsabilidad socioambiental para que los cambios profundos sean posibles.
Brasil e Iberoamérica: nombres propios y medios especializados
En Brasil, el “jornalismo ambiental” ha consolidado una comunidad profesional muy dinámica, compuesta por periodistas como André Trigueiro, Ulisses Nenê, Juárez Tosi, Tania Malheiros, Paulo Adario, Vilmar Berna, Roberto Villar Belmonte, Hiram Firmino, Carlos Tautz, André Muggiati, Carlos Matsubara, Dal Marcondes, Silvia Franz Marcuzzo, Luciano Lopes o Vinícius Carvalho, entre otros muchos.
El ámbito académico brasileño también ha sido especialmente activo, con iniciativas como el curso de Jornalismo Ambiental de la Universidade Federal do Rio Grande do Sul, coordinado por Ilza Maria Tourinho Girardi, o las investigaciones y publicaciones de Wilson Bueno en la Universidade Metodista de São Paulo, que han contribuido a cimentar una sólida base teórica y práctica.
En el terreno digital, Brasil cuenta con numerosos portales dedicados al medio ambiente y al periodismo ambiental, como EcoAgência, Meio Ambiente Hoje, Agência Envolverde, Jornal do Meio Ambiente, JB Ecológico, Revista Ecológico, Ambiente JÁ, O Eco, Estação Vida, Revista Eco 21 o Portal Amazônia, que actúan como nodos de información y debate.
En televisión, programas de cadenas como TV Globo han servido de ventana ambiental para amplias audiencias, con espacios como Globo Ecologia, Globo Mar o Cidades e Soluções. Estos formatos audiovisuales han ayudado a acercar cuestiones complejas de forma accesible y visual.
A nivel de redes profesionales, la Rede Brasileira de Jornalismo Ambiental (RBJA) aglutina a periodistas de todo el país, organiza foros de discusión virtual y convoca cada dos años el Congresso Brasileiro de Jornalismo Ambiental, cuyo objetivo central es impulsar la agenda ecológica en la esfera pública.
Evolución reciente: de la marginalidad al centro del debate
Desde los años setenta hasta la actualidad, el periodismo ambiental ha pasado de ocupar un rincón casi anecdótico en los medios a convertirse en un área que atraviesa prácticamente todas las secciones: política, economía, internacional, sociedad, deportes o cultura.
Hoy las noticias sobre cambio climático, transición energética, contaminación de océanos, plásticos, incendios forestales o sequías aparecen cada vez con mayor frecuencia en informativos y portadas. Sin embargo, muchos profesionales siguen denunciando que la información ambiental suele tratarse como un añadido y no como un eje estructural de la agenda diaria.
Organizaciones como la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA) reclaman que se entienda el clima como “la noticia más urgente”, no solo cuando hay un desastre. En sus congresos se insiste en que si los directores y jefes de redacción no asumen la relevancia de estos temas, no habrá la repercusión ni la divulgación que exige la situación ecológica actual.
Entre las conclusiones de estos encuentros se repiten varias ideas: la importancia de cubrir de forma continuada la información ambiental local, la necesidad de evitar un enfoque únicamente catastrofista —apostando más por la denuncia fundamentada y el rigor— y la conveniencia de narrar los fenómenos globales, como el cambio climático, con una perspectiva que conecte escalas locales y planetarias.
La irrupción de internet, las redes sociales, los pódcast y las plataformas de vídeo ha multiplicado los canales para contar historias ambientales. Existen blogs, documentales, series, canales de YouTube y cuentas especializadas que acercan la sostenibilidad a públicos muy diversos. Pero este escenario también ha abierto la puerta a una avalancha de desinformación, lecturas superficiales y estrategias de marketing verde que complican el trabajo de los periodistas.
El año 2025: un termómetro ambiental y comunicativo
El balance ambiental de 2025 dibuja un año de contrastes intensos. Por un lado se han consolidado avances esperados durante mucho tiempo; por otro, se han hecho visibles con crudeza las debilidades técnicas, políticas y sociales de la transición ecológica, tanto a escala española como europea e internacional.
La crisis climática se ha sentido ya como algo cotidiano. Olas de calor prolongadas, lluvias torrenciales concentradas en pocos días, tensiones sobre la demanda energética y problemas en los ecosistemas han puesto a prueba la resiliencia de ciudades, infraestructuras y servicios de emergencia.
Especialmente alarmante ha sido el repunte de los grandes incendios forestales en España, con incendios de sexta generación que han afectado de forma intensa a regiones como Galicia o Castilla y León. Con alrededor de 380.000 hectáreas quemadas, 2025 se sitúa entre los peores años de las últimas décadas, muy por encima de la media histórica.
Estos fuegos han evidenciado la fragilidad estructural de nuestros montes, agravada por el calentamiento global y por el abandono del territorio. Refuerzan la necesidad de políticas que prioricen la prevención, la gestión activa del paisaje rural y forestal y la coordinación entre las políticas ambientales, agrarias y de desarrollo rural.
En respuesta a este contexto, la Presidencia del Gobierno impulsó una propuesta de Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática, concebido como un marco estable que supere los vaivenes electorales. Tras un proceso de consulta con administraciones, expertos y sociedad civil, el documento incorpora medidas sobre prevención de riesgos, adaptación territorial, gestión del agua y los bosques, biodiversidad, refuerzo de emergencias, lucha contra la desinformación y evaluación sistemática del riesgo climático en todas las políticas públicas.
Al mismo tiempo, el décimo aniversario del Acuerdo de París ha servido como recordatorio de la brecha que todavía existe entre los objetivos fijados por la comunidad internacional y la trayectoria real de las emisiones. El anuncio de un nuevo abandono de Estados Unidos del acuerdo en 2026 subraya la fragilidad de la gobernanza climática multilateral y la necesidad de que otros actores mantengan el liderazgo.
Transición energética, economía circular y señales desde Europa
La transición energética siguió avanzando con fuerza durante 2025, con un aumento notable de las energías renovables, el autoconsumo y la electrificación de algunos usos finales. El cambio de modelo energético parece ya imparable, pero no exento de tensiones.
Un apagón significativo registrado en primavera, que dejó durante horas sin suministro a amplias zonas y sectores económicos, puso sobre la mesa la urgencia de reforzar redes, almacenamiento y planificación para garantizar la estabilidad del sistema eléctrico en un contexto de alta penetración renovable.
Al mismo tiempo, el despliegue acelerado de grandes parques eólicos y fotovoltaicos ha generado conflictos con comunidades locales que consideran ciertos proyectos sobredimensionados o mal ubicados. El caso del macroparque Caramonte, en el entorno de Esteras de Medinaceli y Benamira (Soria), es ilustrativo: vecinos y colectivos han denunciado impactos paisajísticos, ambientales y sociales, así como la falta de alternativas consensuadas.
Aunque el Ministerio para la Transición Ecológica ha impuesto medidas correctoras para proteger la microrreserva del Jalón y la fauna esteparia, el episodio evidencia que el llamado “permiso social” no se puede imponer a posteriori. Las comunidades deben ser parte de la solución desde el inicio del proceso, o el rechazo y la fractura territorial están casi garantizados.
En economía circular, 2025 consolidó nuevas obligaciones en gestión de residuos, como la recogida separada de biorresiduos, y los datos mostraron un ligero descenso en la generación de basura municipal. Aun así, la mayoría de los esfuerzos continúa centrada en el tratamiento del residuo ya generado; la prevención en origen, el ecodiseño y la reducción del consumo siguen avanzando demasiado despacio.
En el plano europeo, el discurso de la “simplificación administrativa” se ha utilizado para frenar, posponer o rebajar normas socioambientales relevantes. La Directiva de Deforestación, el paquete Ómnibus o la regulación sobre diligencia debida de empresas en materia ambiental y de derechos humanos han evidenciado el riesgo de convertir la simplificación en excusa para reducir ambición ecológica.
Información, polarización y el papel del buen periodismo ambiental
En paralelo a estos procesos, 2025 ha estado marcado por una fuerte polarización social alrededor de las políticas ambientales, con un fortalecimiento de discursos negacionistas y simplificaciones extremas que chocan frontalmente con el consenso científico.
La combinación de redes sociales, algoritmos y campañas de desinformación ha alimentado narrativas que minimizan o niegan la crisis climática, mientras que, paradójicamente, la conciencia ciudadana sobre el problema es cada vez mayor. Este choque convierte la transición ecológica en un desafío no solo técnico, sino profundamente cultural y comunicativo.
En este contexto, la educación ambiental, la divulgación científica rigurosa y el periodismo ambiental de calidad se convierten en herramientas estratégicas. Sin buena información es muy difícil sostener políticas valientes a largo plazo, pues cualquier avance puede ser revertido por oleadas de bulos o por campañas de miedo.
Ejemplos como el trabajo de EFEverde o de la APIA muestran la importancia de contar con equipos especializados, capaces de traducir datos complejos en relatos comprensibles sin perder matices. Cada artículo, reportaje o entrevista bien documentados contribuye a reforzar la resiliencia democrática frente a la desinformación.
Diez años después del Acuerdo de París, la COP30 celebrada en Belém ha dejado claro que el multilateralismo climático sigue vivo, apoyado por buena parte de la ciudadanía, las empresas y los gobiernos. Pero su eficacia dependerá también de que exista un relato público solvente, que haga inteligible para la gente de a pie lo que se decide en estas cumbres.
Competencias, ética y formación en periodismo ambiental
El periodismo ambiental exige una mezcla muy particular de habilidades: curiosidad, capacidad de análisis, comprensión de conceptos científicos, dominio del lenguaje y soltura en formatos digitales diversos. No vale con “gustar de la naturaleza”; hay que entender cómo funcionan los ecosistemas, interpretar informes técnicos y convertir todo eso en historias que conecten con la experiencia de la audiencia.
Entre las competencias fundamentales destaca el rigor informativo. En un momento en el que recibimos información a todas horas, contrastar fuentes, verificar datos y contextualizar afirmaciones es más importante que nunca. Un dato mal explicado sobre emisiones, por ejemplo, puede alimentar narrativas equivocadas durante años.
Otra destreza clave es la capacidad de simplificar sin trivializar. El periodista ambiental tiene que encontrar el equilibrio entre claridad y precisión: ni abrumar con tecnicismos, ni caer en mensajes tan simplificados que se vuelvan falsos o engañosos.
Además, esta especialidad obliga a comprender el impacto humano detrás de cada historia. No se trata solo de hablar de glaciares que se derriten o especies que desaparecen, sino de cómo esos cambios afectan a la salud, al empleo, a la alimentación o a la seguridad de las personas, especialmente de las más vulnerables.
El ecosistema mediático actual demanda, igualmente, manejo de múltiples formatos: textos, reportajes multimedia, pódcast, vídeos cortos para redes, infografías interactivas, etc. Adaptar el mensaje a cada canal, sin perder el rigor, es ya parte del oficio.
En el plano ético, los retos no son menores. La presión de intereses económicos, la dependencia de fuentes institucionales o el riesgo de confundir comunicación corporativa con información periodística obligan a mantener una independencia férrea, transparencia sobre posibles conflictos de interés y una clara separación entre periodismo y propaganda.
La formación especializada resulta cada vez más relevante. Másteres en periodismo o comunicación con módulos dedicados al medio ambiente, como los ofrecidos por distintas escuelas y universidades, permiten desarrollar estas habilidades en contacto directo con profesionales en activo y experiencias reales de redacción.
Iniciativas como las becas de periodismo ambiental autonómico de la Fundación Biodiversidad y Fundación EFE también han sido claves para incorporar jóvenes periodistas a la información ambiental desde las delegaciones regionales de la Agencia EFE. Estas becas buscan cubrir el vacío de especialistas en las comunidades autónomas, donde la proximidad a los problemas y soluciones locales es mayor.
Fuentes, redes y recursos para el periodista ambiental
Como en otras ramas de la profesión, las fuentes del periodismo ambiental son variadas y se pueden agrupar en grandes categorías: protagonistas, autoridades, especialistas y ciudadanía. Cada grupo aporta una parte de la realidad que el periodista debe tejer con criterio propio.
Entre los protagonistas se encuentran los movimientos ecologistas y ambientalistas, así como las entidades responsables de delitos ambientales. Suelen ser quienes dan la voz de alarma, presentan denuncias o impulsan campañas que luego se convierten en noticia.
Las autoridades, por su parte, incluyen ministerios, consejerías, secretarías, organismos reguladores e instituciones internacionales. Sus decisiones fijan marcos legales, presupuestos y planes de acción que condicionan la evolución de los conflictos ambientales.
En el ámbito de los especialistas, el periodista recurre a investigadores y científicas de disciplinas como la biología, la zoología, la botánica, la agronomía, la climatología, la sociología o la economía ecológica. La comunidad científica y académica aporta evidencia, matiza titulares exagerados y ayuda a interpretar tendencias a largo plazo.
La ciudadanía también es una fuente esencial. Vecinos de zonas afectadas, comunidades rurales, colectivos de pescadores, asociaciones vecinales o agricultores ofrecen testimonios directos sobre los impactos reales de un incendio, una sequía, una presa o un parque eólico.
Entre los recursos externos destacan organizaciones ecologistas y redes internacionales como WWF, SEO/BirdLife, Oceana, Amigos de la Tierra u otras ONG ambientales; también plataformas de periodismo especializado en distintos idiomas, como EFEverde y la Unión de Periodistas Ambientales de Latinoamérica en español, o diversos proyectos brasileños en portugués dedicados al jornalismo ambiental.
La bibliografía sobre periodismo ambiental ha crecido de manera notable con libros, tesis doctorales y guías prácticas. Trabajos de autores como Rogelio Fernández-Reyes, Ilza Girardi, Wilson Bueno, André Trigueiro, José María Montero o Herly Quiñónez, entre otros, ofrecen marcos teóricos, análisis de coberturas emblemáticas (como el vertido de Aznalcóllar) y recomendaciones sobre cómo informar de manera responsable sobre cambio climático o biodiversidad.
El periodismo ambiental se mueve hoy entre la urgencia de una crisis ecológica sin precedentes y la oportunidad de construir sociedades más informadas, críticas y comprometidas con su entorno. Desde las primeras coberturas de Palomares o las Tablas de Daimiel hasta las grandes plataformas digitales actuales, esta especialidad ha demostrado que contar bien el medio ambiente no es un lujo, sino una necesidad democrática: sin periodistas capaces de explicar qué está en juego, la transición ecológica corre el riesgo de quedarse en titulares vacíos o en campañas de imagen, en lugar de traducirse en cambios reales y compartidos.