Las pérdidas aseguradas por catástrofes naturales volvieron a situarse en niveles muy elevados en 2025, hasta alcanzar una estimación de 107.000 millones de dólares a escala mundial. Es ya el sexto año consecutivo en el que el coste asegurado de desastres climáticos y geológicos supera con claridad la barrera de los 100.000 millones, lo que confirma que no estamos ante una racha puntual, sino ante una tendencia estructural.
Aunque la cifra queda por debajo del máximo histórico de 141.000 millones registrado en 2024, el informe del Swiss Re Institute subraya que el problema de fondo se mantiene: más población y más valor económico expuestos en zonas de riesgo, eventos meteorológicos extremos más frecuentes y costosos, y una necesidad creciente de reforzar la prevención, la protección y la resiliencia tanto en el sector asegurador como en las políticas públicas.
Un balance global marcado por incendios y tormentas severas

De los 107.000 millones de dólares estimados en pérdidas aseguradas por catástrofes naturales en 2025, Estados Unidos concentra alrededor del 83 %, con unos 89.000 millones. El grueso de este impacto se explica por dos grandes motores de pérdidas: incendios forestales de magnitud inédita y tormentas convectivas severas, que se han consolidado como un riesgo recurrente y muy costoso.
En particular, los incendios forestales registrados en el área de Los Ángeles durante el primer trimestre del año se han convertido en el siniestro de este tipo más caro jamás visto a nivel global, con pérdidas aseguradas cercanas a los 40.000 millones de dólares. La combinación de sequías prolongadas y calor extremo, sumada a la expansión de urbanizaciones y viviendas de alto valor en zonas de interfaz urbano-forestal, ha aumentado de forma notable la exposición y ha amplificado el daño.
Este escenario ilustra cómo el cambio en los patrones de ocupación del territorio y el crecimiento del valor de los activos, más que el número de eventos en sí, disparan las facturas aseguradoras. Incluso cuando el número de siniestros no crece de forma llamativa, el coste unitario y agregado sí lo hace, lo que preocupa tanto a aseguradoras como a reaseguradoras.
Desde el Swiss Re Institute se insiste en que el sector cumple una doble función clave: por un lado, actuar como amortiguador financiero cuando se produce un desastre; por otro, impulsar inversiones y políticas basadas en el riesgo que permitan reducir las pérdidas futuras, algo que afecta de lleno a la planificación urbana en zonas de costa, áreas forestales o llanuras inundables, también en Europa.
Pérdidas persistentes por tormentas convectivas severas

Las tormentas convectivas severas (episodios de tormenta con granizo, vientos muy fuertes y, en ocasiones, tornados) volvieron a destacar en 2025 como uno de los peligros más caros para el mercado asegurador, vinculadas al cambio climático. Según los datos disponibles, estas tormentas generaron alrededor de 50.000 millones de dólares en pérdidas aseguradas, lo que sitúa a 2025 como el tercer año más costoso para este tipo de riesgo, por detrás de 2023 y 2024.
En Estados Unidos, la primera mitad del año estuvo marcada por varios brotes importantes de tornados en marzo y mayo, con rachas de viento e informes de daños muy por encima de los promedios históricos, mientras que la actividad de granizo se mantuvo algo más alineada con la media a largo plazo. En la segunda parte del año, la intensidad de estas tormentas se moderó, con impactos de granizo y tormentas eléctricas severas algo por debajo de los patrones estacionales.
Una de las particularidades de las tormentas convectivas severas es que, a diferencia de un gran huracán o un terremoto de gran magnitud, rara vez generan un único evento con un coste extremo. En cambio, son episodios frecuentes, de impacto individual moderado, cuyo efecto acumulado termina siendo muy abultado en las cuentas de las aseguradoras, sobre todo cuando afectan a áreas densamente pobladas y con infraestructuras costosas.
Factores como el incremento del valor de las viviendas, el encarecimiento de la construcción y la antigüedad de muchas cubiertas y edificios hacen que daños que antes podían ser menores se conviertan ahora en siniestros de mayor cuantía. De ahí que expertos del sector, como Balz Grollimund (responsable de Riesgos de Catástrofes en Swiss Re), reclamen una visión más integral del riesgo y modelos de suscripción que tengan en cuenta tanto el aumento del valor de los activos como el encadenamiento de múltiples eventos.
En Europa, 2025 también dejó tormentas de granizo significativas, especialmente en los meses de mayo y junio. Sin embargo, el impacto asegurado fue más limitado que en Estados Unidos, en parte porque las zonas afectadas contaban con una menor concentración de activos de alto valor. Aun así, estos episodios recuerdan a los aseguradores europeos que el riesgo de tormentas severas en el continente está lejos de ser marginal.
Huracanes: temporada activa, pero con daños asegurados moderados

A pesar de haber sido una temporada de huracanes del Atlántico Norte muy activa, con 13 tormentas nombradas, 5 huracanes y 4 huracanes mayores, el impacto asegurado de este tipo de ciclones tropicales en 2025 ha resultado relativamente contenido. Un dato llamativo es que, por primera vez en diez años, ningún huracán tocó tierra en la costa continental de Estados Unidos, uno de los mercados con mayor penetración de seguros del mundo.
El evento más destacado fue el huracán Melissa, que llegó a tierra en el suroeste de Jamaica como un huracán de categoría 5, con vientos estimados próximos a los 298 km/h. Este sistema se ha convertido en el huracán más intenso jamás registrado en Jamaica y en uno de los ciclones atlánticos más potentes documentados en el momento de tocar tierra, causando daños devastadores por viento, inundaciones y deslizamientos en la isla y afectando también a Haití y Cuba.
Aun así, desde el punto de vista asegurador global, Melissa generó unas pérdidas relativamente acotadas, en el entorno de los 2.500 millones de dólares, una cifra muy inferior a la que pueden provocar huracanes que impactan zonas costeras densamente urbanizadas de Estados Unidos o Europa. Este contraste subraya la importancia de la penetración del seguro y del nivel de exposición económica, más allá de la intensidad puramente meteorológica del fenómeno.
El hecho de que los grandes huracanes de la temporada no hayan golpeado directamente territorios con alta concentración de activos asegurados explica que, pese a la actividad ciclónica, las pérdidas por huracanes hayan sido relativamente bajas en el conjunto del año si se comparan con las registradas por incendios forestales o tormentas convectivas severas.
Inundaciones en Asia, granizo en Europa y otros eventos de 2025
Más allá de América, el año ha estado marcado por episodios extremos de lluvia e inundaciones en el sudeste asiático. En noviembre, países como Vietnam, Tailandia e Indonesia sufrieron inundaciones fluviales y repentinas muy severas, producto de la interacción de varios sistemas ciclónicos y de un monzón intensificado bajo condiciones de La Niña. La combinación de lluvias torrenciales, deslizamientos de tierra e inundaciones súbitas provocó una devastación generalizada, con un impacto humano muy elevado y daños materiales significativos. (casos similares en otras regiones).
En el caso europeo, además de las tormentas de granizo antes mencionadas, el informe recuerda que el continente no es ajeno a este tipo de episodios extremos. Aunque en 2025 el volumen de pérdidas aseguradas por catástrofes naturales en Europa haya sido menor que en Estados Unidos, la región sigue expuesta a fenómenos como DANAs, crecidas de ríos, temporales de viento y olas de calor que, combinados con una alta densidad de población, pueden disparar los costes en cuestión de horas.
En paralelo, 2025 ha dejado también un ejemplo contundente de cómo una buena preparación y sistemas de alerta temprana pueden cambiar por completo el balance de un desastre. En julio, un terremoto de magnitud 8,8 frente a la península de Kamchatka, en Rusia, generó olas de tsunami que llegaron hasta Hawái y la costa oeste de Estados Unidos. A pesar de la enorme energía liberada, el número de víctimas y los daños fueron relativamente contenidos en comparación con otros grandes seísmos históricos. (Ver más sobre prevención y formación en terremotos).
El papel clave de la prevención y de los sistemas de alerta temprana
La experiencia del terremoto de Kamchatka y el posterior riesgo de tsunami se considera un caso de éxito en sistemas de alerta temprana. La rápida activación del Sistema de Alerta de Tsunamis del Pacífico permitió evacuar zonas costeras vulnerables y emitir avisos precisos, lo que ayudó a evitar una tragedia humana mucho mayor. Además, las reformas en planificación urbana acometidas en la costa oriental rusa tras eventos anteriores contribuyeron a limitar la destrucción material.
Este ejemplo pone de relieve que, aunque las pérdidas aseguradas superen año tras año los 100.000 millones de dólares, existe un margen considerable para reducir tanto el impacto humano como el económico mediante una combinación de infraestructuras adaptadas, educación, tecnología y buenas prácticas urbanísticas. En Europa y España, donde la exposición a inundaciones, olas de calor y temporales marítimos es significativa, la generalización de este tipo de sistemas se perfila como un elemento central de las estrategias de adaptación al cambio climático.
Para voces como la de Jérôme Jean Haegeli, economista jefe del Grupo Swiss Re, la clave está en reforzar de forma simultánea la prevención, la protección y la preparación. Es decir, invertir en infraestructuras resilientes, mejorar los códigos de construcción, impulsar una planificación territorial más rigurosa en zonas de riesgo y promover coberturas aseguradoras que reflejen de forma realista la exposición, sin dejar fuera a los hogares y empresas más vulnerables.
El hecho de que las pérdidas aseguradas por catástrofes naturales encadenen seis años por encima de los 100.000 millones de dólares confirma que el impacto económico del clima extremo y de otros peligros naturales ha dejado de ser un asunto excepcional. Para el sector asegurador, para las instituciones europeas y para los propios ciudadanos, el reto pasa por combinar mejor cobertura financiera, planificación basada en el riesgo y medidas de adaptación que permitan contener, en la medida de lo posible, tanto los costes presentes como los que están por venir.