Peligros de la geoingeniería: riesgos, debates y falsas soluciones

  • La geoingeniería busca manipular el clima a gran escala, principalmente reduciendo la radiación solar o retirando CO2, pero con impactos muy inciertos.
  • Modelos climáticos señalan fuertes riesgos: cambios en las precipitaciones, choque de terminación, daños a ecosistemas y agravamiento de desigualdades globales.
  • Amplios sectores científicos y sociales reclaman moratorias y acuerdos de no uso, alertando de que la geoingeniería distrae de la descarbonización urgente.
  • Algunos estudios apuntan a posibles beneficios en vidas salvadas, pero admiten grandes limitaciones y no resuelven los problemas éticos y de gobernanza.

peligros de la geoingenieria

El avance del calentamiento global y la falta de acción climática contundente están empujando a gobiernos, empresas y parte de la comunidad científica a mirar hacia una idea que hace unos años sonaba casi a ciencia ficción: la geoingeniería. Mientras las emisiones de gases de efecto invernadero siguen aumentando y la transición energética avanza más despacio de lo que sería deseable, gana terreno la tentación de recurrir a tecnologías capaces de manipular el clima a gran escala para frenar el aumento de temperatura.

Qué es la geoingeniería y por qué está sobre la mesa

Según el IPCC, la geoingeniería, también llamada ingeniería climática, es el conjunto de métodos y tecnologías destinados a alterar de forma deliberada el sistema climático con el objetivo de aliviar los impactos del cambio climático. No estamos hablando de acciones locales como la siembra puntual de nubes para provocar lluvia en una región concreta, sino de intervenciones con vocación planetaria.

En su Sexto Informe de Evaluación (AR6, 2021), el IPCC menciona estas técnicas sobre todo como una respuesta forzada por la inacción climática acumulada. Es decir, se reconocen como posibilidades técnicas, pero también se subraya la enorme incertidumbre sobre sus efectos a gran escala, su gobernanza y sus implicaciones sociales y éticas. De hecho, el propio IPCC insiste en que ninguna de estas opciones sustituye a la reducción drástica de emisiones.

En líneas generales, la geoingeniería se suele dividir en dos grandes bloques de actuación, que responden a lógicas muy distintas pero que comparten el mismo espíritu de intervenir de forma masiva sobre el clima:

  • Modificación de la radiación solar o geoingeniería solar: tecnologías que buscan reducir la cantidad de energía solar que llega o permanece en el sistema climático.
  • Remoción de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero: intervenciones para extraer CO2 de la atmósfera y reforzar los sumideros de carbono.

El problema de fondo es que todas estas propuestas se plantean para compatibilizar un modelo de desarrollo basado en un crecimiento económico altamente dependiente de los combustibles fósiles con un calentamiento “tolerable”. En lugar de transformar de raíz los sistemas energéticos, productivos y de consumo, se propone ajustar el termostato planetario desde arriba con soluciones tecnológicas de enorme complejidad y riesgo.

Principales técnicas de geoingeniería solar

Dentro de la geoingeniería solar, el objetivo es reducir el flujo neto de energía radiante procedente del Sol que calienta la superficie y la atmósfera terrestre. Esto se podría lograr incrementando la reflectividad ( albedo ) del planeta o introduciendo barreras físicas y químicas a la entrada de radiación solar.

Una de las propuestas más conocidas consiste en aumentar la reflectividad de la Tierra modificando la cobertura nubosa. Técnicamente, se habla de “brillo de nubes marinas”: inyectar partículas finas (como aerosoles de sal) en nubes bajas sobre los océanos para que reflejen más luz solar al espacio. Esta idea se ha planteado para regiones concretas, pero su extensión a gran escala entraña enormes incertidumbres sobre los patrones de lluvia, las corrientes atmosféricas y los ciclos regionales del agua.

Otra vía muy discutida es la inyección de aerosoles en la estratosfera, en particular dióxido de azufre (SO2). La idea imita los efectos de grandes erupciones volcánicas, que expulsan a la estratosfera partículas que forman un velo que dispersa y refleja parte de la radiación solar, provocando un enfriamiento temporal del clima global. Se trataría de reproducir ese “paraguas volcánico” mediante flotas de aviones, globos o incluso cañones capaces de transportar millones de toneladas de SO2 a gran altura de manera continuada.

Desde un punto de vista puramente físico, ese tipo de velo estratosférico podría lograr un cierto enfriamiento, pero los riesgos asociados son amplios: alteración de los regímenes de precipitación, posible debilitamiento del monzón, afecciones a la capa de ozono, cambios en la distribución de temperaturas regionales y, muy especialmente, la dependencia permanente de la tecnología. Si se interrumpe bruscamente un despliegue masivo de aerosoles tras años de uso, la temperatura global podría dispararse de golpe, fenómeno conocido como “choque de terminación”.

En el extremo más futurista se sitúa la propuesta de colocar espejos o reflectores gigantes en el espacio, en órbita o en puntos de equilibrio gravitatorio (como el punto L1 entre la Tierra y el Sol), para desviar una fracción de la radiación solar. Aunque de momento está lejos de ser factible técnica y económicamente, sirve para ilustrar hasta qué punto la geoingeniería está dispuesta a intervenir en el sistema Tierra-Sol para modificar el clima.

Remoción de CO2 y manipulación de sumideros

El otro gran bloque de la geoingeniería se centra en aumentar los sumideros netos de carbono para compensar parte de las emisiones relacionadas con la actividad humana. Aquí el abanico va desde medidas relativamente alineadas con la conservación de la naturaleza hasta intervenciones muy especulativas y llenas de incógnitas.

En el extremo que suele considerarse más benigno aparecen las propuestas de reforestación y restauración de ecosistemas. Recuperar bosques en zonas donde no los hay, restaurar humedales o regenerar suelos degradados puede incrementar la capacidad de almacenamiento de carbono y, además, aportar beneficios de biodiversidad y resiliencia. El problema no es tanto la técnica en sí como su uso como coartada para no reducir emisiones de origen fósil.

Más polémica es la fertilización del océano a gran escala con nutrientes como el hierro, con la intención de estimular el crecimiento masivo de fitoplancton. En teoría, al proliferar estas microalgas capturarían más CO2 de la atmósfera y una parte se hundiría al fondo marino al morir, secuestrando carbono a largo plazo. Sin embargo, los ecosistemas marinos son sistemas extremadamente complejos y un crecimiento descontrolado de determinados organismos puede provocar desequilibrios ecológicos graves, zonas muertas por falta de oxígeno, cambios en las cadenas tróficas y efectos imprevistos en la química oceánica.

También se están desarrollando tecnologías industriales de captura directa de CO2 del aire (DAC) y de bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECCS). Estas técnicas pretenden absorber CO2 de la atmósfera y almacenarlo en formaciones geológicas o en productos estables. Aunque en algunos escenarios del IPCC aparecen como herramientas adicionales, en la práctica están todavía en fase temprana, tienen un consumo energético notable, ocupan grandes extensiones de terreno (en el caso de BECCS) y presentan riesgos de fuga, impactos sobre ecosistemas y conflictos con otros usos del suelo, como la producción de alimentos.

Peligros ambientales y climáticos de la geoingeniería

Buena parte de la oposición a la geoingeniería procede de los riesgos físicos y ambientales que conlleva. Los modelos climáticos más avanzados muestran que, incluso si se consigue reducir la temperatura media global, el clima resultante sería distinto a cualquier estado pasado conocido, con patrones de lluvia, circulación atmosférica y distribución regional de temperaturas alterados.

Un estudio europeo financiado por la UE (proyecto Implicc) analizó distintos escenarios de ingeniería de la radiación solar utilizando modelos climáticos de última generación. Los investigadores simularon un planeta con concentraciones de CO2 cuatro veces superiores a las preindustriales, en el que el calentamiento extra se “compensa” reduciendo la radiación solar entrante. De este modo pudieron aislar cómo responde el sistema climático a la geoingeniería sin necesidad de suponer implementaciones concretas.

Los resultados apuntan a una caída significativa de las precipitaciones tanto a nivel global como en regiones clave. En grandes extensiones de Norteamérica y el norte de Eurasia se observó una disminución de la pluviosidad de alrededor de 100 mm anuales (en torno a un 15 % con respecto a los niveles preindustriales). Para partes de la Amazonia, las reducciones superaban el 20 %. De media mundial, todos los modelos coincidían en una bajada aproximada del 5 % de la lluvia.

Estas modificaciones, aunque puedan parecer moderadas en términos de porcentaje, pueden traducirse en impactos enormes en la agricultura, los recursos hídricos y los ecosistemas. Menos lluvia en regiones agrícolas clave, alteración de los monzones que sostienen a cientos de millones de personas o cambios en las estaciones de lluvias y sequías pueden generar inestabilidad alimentaria y conflictos. Además, el clima bajo geoingeniería sería distinto de cualquier referencia histórica, lo que complica la planificación y la adaptación.

Otro factor crítico es la irreversibilidad y el ya mencionado “choque de terminación”. Si se pone en marcha un programa global de inyección de aerosoles estratosféricos y, por la razón que sea (conflictos, fallos técnicos, crisis económica o decisión política), se detiene abruptamente tras décadas de uso, el sistema climático experimentaría un incremento rápido de temperatura al aflorar el calentamiento que se había estado enmascarando. Este salto brusco podría ser todavía más dañino que un aumento gradual, tanto para ecosistemas como para sociedades humanas.

Impactos sociales, éticos y geopolíticos

Más allá de los aspectos físicos, la geoingeniería abre una caja de Pandora de problemas sociales, éticos y geopolíticos. La primera cuestión es quién decide cuánto enfriar el planeta, con qué tecnologías y bajo qué criterios. Unas regiones pueden beneficiarse de un ligero descenso de temperatura, mientras que otras podrían quedar expuestas a sequías más severas o a alteraciones del régimen de monzones del que dependen sus cosechas.

Esto genera el riesgo de que la geoingeniería se convierta en una herramienta de poder, dominada por los países ricos con mayor capacidad tecnológica y financiera. Actores con recursos podrían impulsar proyectos que favorezcan sus intereses a costa de terceros, o incluso amenazar con usarlos como arma de presión diplomática. El desequilibrio entre quienes controlan la tecnología y quienes sufren sus efectos se percibe como profundamente injusto por numerosos movimientos sociales, comunidades indígenas y países del Sur Global.

Además, hay un claro problema de justicia intergeneracional. Las decisiones tomadas hoy sobre experimentos y despliegues a gran escala condicionarán el clima que heredarán futuras generaciones, sin que estas puedan participar en la toma de decisiones. Muchas organizaciones denuncian que se está intentando normalizar la geoingeniería a través de comisiones y grupos de expertos poco representativos, con escasa participación democrática real.

Un ejemplo ilustrativo es la llamada Climate Overshoot Commission, una comisión integrada principalmente por políticos retirados, impulsada por sectores afines a la geoingeniería. Diversos miembros juveniles designados para acompañar sus trabajos terminaron dimitiendo, criticando el verticalismo interno, la falta de representatividad y el uso simbólico de su presencia para “rejuvenecer” la imagen de la comisión sin que sus opiniones fueran tomadas en serio.

Incluso dentro del propio mundo científico se reconoce que la geoingeniería solar, en particular, tiene tantos efectos secundarios potenciales que sus promotores se ven obligados a admitir públicamente numerosos problemas. Entre ellos: la imposibilidad de realizar experimentos “pequeños” que sean representativos del impacto global, la dificultad de gobernanza internacional, la inequidad de los impactos y el riesgo de convertir regiones y pueblos enteros en campos de prueba sin su consentimiento.

Moratoria internacional y oposición de la sociedad civil

Ante estos riesgos, muchas organizaciones ecologistas, de agricultores, de mujeres, de pueblos indígenas y colectivos por la justicia climática llevan años reclamando la prohibición o moratoria estricta de la geoingeniería, especialmente de su variante solar. Consideran que se trata de una falsa solución que distrae de la necesidad urgente de recortar emisiones y proteger ecosistemas.

En 2010, el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) de Naciones Unidas adoptó una decisión que se interpreta como una moratoria de facto sobre la geoingeniería, pidiendo que no se desplieguen estas tecnologías a gran escala mientras no se comprendan adecuadamente sus impactos y sin un marco de gobernanza global legítimo. Este llamado sigue completamente vigente y se menciona de forma reiterada por quienes reclaman prudencia.

Más de 400 científicos de todo el mundo han respaldado un Acuerdo de No Uso de la Geoingeniería Solar, planteando que estas tecnologías son demasiado arriesgadas, que no pueden gobernarse de forma justa y democrática, y que son susceptibles de ser instrumentalizadas por actores poderosos o Estados que dominen la tecnología. La idea central es clara: no comenzar un camino que, una vez iniciado, puede ser imposible de revertir sin daños mayores.

Las organizaciones también recuerdan que diversos intentos recientes de experimentos han sido frenados por la movilización social. El Consejo Sami (o Saami), representante de pueblos indígenas del norte de Europa, junto con ONG ambientales, consiguió detener en 2021 un ensayo del proyecto SCoPEx de Harvard en Kiruna (Suecia), destinado a probar aspectos técnicos de la geoingeniería solar. El Consejo no solo se opuso a ese experimento concreto, sino que rechazó la geoingeniería solar en cualquier lugar del mundo, subrayando sus impactos transfronterizos inevitables.

Casos como el de la empresa estadounidense Make Sunsets, que realizó experimentos ilegales en México lanzando globos con dióxido de azufre a la atmósfera y vendiendo “créditos de enfriamiento”, refuerzan la percepción de que hay intereses comerciales dispuestos a lucrarse con tecnologías peligrosas, usando a ciertos territorios como banco de pruebas sin permisos ni evaluación adecuada.

El papel de la investigación y el riesgo de la “pantalla de humo”

Una de las polémicas más intensas gira en torno a qué tipo de investigación sobre geoingeniería debería permitirse. Determinados científicos y comisiones piden crear marcos normativos para autorizar experimentos de campo “a pequeña escala” que, según ellos, servirían para entender mejor los riesgos y beneficios de estas tecnologías antes de cualquier despliegue masivo.

Sin embargo, muchas organizaciones y expertos críticos señalan que, en realidad, este tipo de experimentos no permitiría obtener información fiable sobre sus efectos climáticos globales. Para diferenciar el impacto de la geoingeniería de la variabilidad natural del clima se necesitarían despliegues de gran duración (décadas) y alcance global, lo que ya no puede considerarse prueba controlada, sino aplicación irreversible. En otras palabras, los ensayos “piloto” no responderían a las preguntas cruciales, pero sí servirían para ir normalizando la tecnología, justificar más financiación y consolidar intereses industriales y académicos en torno a ella.

El Grupo ETC y otras entidades advierten de que crear un marco legal específico para “facilitar” estos experimentos significaría abrir una puerta difícil de cerrar. Además, recuerdan que ninguna de las tecnologías de geoingeniería (incluidas las de remoción de carbono promovidas por ciertos sectores) está lista para su despliegue. Gran parte de ellas son poco más que hipótesis o proyectos en fase muy preliminar, con serias dudas sobre su efectividad real para secuestrar carbono de forma permanente.

Un ejemplo citado por estos grupos es el cultivo industrial de algas marinas a gran escala, defendido por parte de la industria como herramienta de captura de carbono. Informes recientes argumentan que esta práctica, lejos de absorber CO2 neto de manera significativa, podría dañar ecosistemas marinos existentes que ya actúan como sumideros naturales, generando un efecto contraproducente.

La crítica se centra también en el peligro de integrar estas tecnologías en los mercados de carbono y en esquemas de compensación. Si las empresas pueden comprar créditos vinculados a supuestos proyectos de geoingeniería para “neutralizar” sus emisiones, se corre el riesgo de desviar inversión pública y privada de las verdaderas soluciones: reducción drástica de emisiones, transformación del modelo energético, cambios en el transporte, la agroindustria y los patrones de consumo.

¿Puede la geoingeniería salvar vidas o agravar el problema?

Frente a la oposición frontal de una parte de la comunidad científica y social, otros investigadores argumentan que sería irresponsable no estudiar los posibles beneficios de la geoingeniería, dada la gravedad de la crisis climática y el riesgo de sobrepasar puntos de no retorno. Entre los trabajos recientes destaca un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) y liderado por la Georgia Tech School of Public Policy.

Este trabajo analiza una estrategia concreta de geoingeniería solar: la inyección de aerosoles estratosféricos (SAI), similar a las propuestas de SO2 comentadas antes. Utilizando modelos numéricos y datos históricos sobre cómo la temperatura influye en las tasas de mortalidad, los autores comparan los riesgos de salud ligados a la geoingeniería (contaminación del aire, impacto en la capa de ozono) con los beneficios potenciales de reducir las muertes por calor en un escenario de calentamiento de 2,5 ºC respecto a la era preindustrial.

Sus resultados sugieren que enfriar la temperatura global en 1 ºC mediante geoingeniería solar podría evitar unas 400.000 muertes al año asociadas al calor extremo, una cifra 13 veces superior al número estimado de fallecimientos por los riesgos directos de salud atribuibles a la propia geoingeniería (principalmente contaminación y ozono). Gran parte de las vidas salvadas corresponderían a regiones más cálidas y empobrecidas, mientras que en zonas frías y ricas podrían aumentar ligeramente las muertes por frío.

No obstante, los propios autores son prudentes: advierten de que su análisis es un “primer paso” y que no contempla todos los riesgos de la geoingeniería solar. El estudio se apoya en supuestos idealizados sobre la distribución de aerosoles, el crecimiento demográfico, los ingresos y otros factores socioeconómicos, y no puede capturar la complejidad del mundo real, ni las posibles repercusiones políticas o ecológicas a largo plazo.

Es importante subrayar que este tipo de estudios no aborda cuestiones clave como el impacto sobre los ecosistemas, la gobernanza global, el riesgo de desplazar o retrasar la reducción de emisiones, o la posibilidad de que los Estados se vuelvan dependientes de una tecnología que exige una aplicación mantenida de forma indefinida. Los autores, en cualquier caso, concluyen que, para muchas regiones, la geoingeniería solar podría ser más efectiva para salvar vidas que la mera mitigación, y sostienen que debería permanecer “sobre la mesa” mientras se buscan estrategias óptimas para enfriar el planeta.

Un debate filosófico y ético sobre nuestra relación con la naturaleza

El debate sobre la geoingeniería también toca fibras filosóficas profundas: ¿hasta qué punto es “natural” que la humanidad intervenga a escala planetaria? Quienes se oponen argumentan que el origen de la crisis ecológica reside precisamente en haber forzado demasiado las dinámicas de la naturaleza, rompiendo equilibrios que, de otro modo, tenderían a autorregularse de forma favorable para los ecosistemas.

Esta posición suele asumir que existe algo así como una “naturaleza inalterada” o una armonía preestablecida que solo el ser humano ha perturbado. Sin embargo, teorías como la hipótesis Gaia, en su versión más radical, consideran que el planeta funciona como un sistema vivo en el que la propia biota (microorganismos, plantas, animales) ha modificado desde siempre variables geofísicas clave, como la composición de la atmósfera, la salinidad de los océanos o la temperatura.

Desde ese punto de vista, nosotros también somos biota. La especie humana forma parte de la naturaleza y sus acciones, por desmesuradas que sean, son una prolongación de procesos evolutivos anteriores. Lo que cambia es la escala y la velocidad de la intervención, así como su efecto destructivo sobre otros seres vivos y sobre nuestra propia base de vida. Esto lleva a preguntarse si nuestras actuaciones, aunque ecológicamente desastrosas, son realmente “antinaturales” o si constituyen una expresión extrema de las capacidades de una especie particular.

Para algunos filósofos y bioeticistas, la cuestión clave no es si la geoingeniería es natural o no, sino si ayuda o no a abordar las causas y consecuencias del cambio climático de una manera justa y sostenible. Podría suceder que determinadas técnicas, aunque sean un paso más en la tecnificación del planeta, contribuyan a evitar catástrofes mayores y resulten, paradójicamente, beneficiosas para los ecosistemas a largo plazo. O podría ocurrir justo lo contrario: que agraven las desigualdades y aceleren la degradación ambiental.

El problema es que, en gran medida, “no lo sabemos”. Los sistemas terrestres son profundamente sistémicos: alterar un elemento desencadena cadenas de retroalimentaciones difíciles de anticipar. Cada intervención de geoingeniería es una apuesta de alto riesgo, y los errores pueden tener consecuencias irreversibles a escala planetaria. De ahí que tantos científicos insistan en que jugar a ser aprendices de brujo con el clima exige un nivel de prudencia y de consulta democrática muy superior al que se está viendo.

En este contexto, cada vez más voces sostienen que la prioridad absoluta no puede ser otra que una descarbonización rápida y profunda de la economía, acompañada de cambios estructurales en la forma en que producimos, consumimos y nos relacionamos con los ecosistemas. La tecnología, incluida la geoingeniería, puede contribuir en ciertos márgenes, pero no debe convertirse en una excusa para seguir quemando combustibles fósiles y expandiendo un modelo de crecimiento material sin límites.

El debate sobre los peligros de la geoingeniería, en última instancia, nos obliga a mirarnos al espejo como especie: nos confronta con la tentación de resolver un problema creado por una intervención excesiva sobre la naturaleza con una intervención todavía mayor. Mientras tanto, millones de personas y comunidades vulnerables ya están sufriendo las consecuencias del calentamiento global sin haberlo provocado. Que las posibles respuestas a esta crisis se decidan de manera transparente, participativa y centrada en la justicia climática será tan importante como cualquier avance técnico que pueda ofrecer la ciencia.

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