Olas de calor en el Mediterráneo y el Ártico: qué está pasando

  • Europa es el continente que más rápido se calienta, con temperaturas récord en tierra y mar, menos frío extremo y una ola de calor histórica en la región subártica de Fennoscandia.
  • La rápida pérdida de nieve, glaciares y hielo en Groenlandia y el Ártico, junto al aumento del nivel del mar, incrementa el riesgo de inundaciones costeras y estrés hídrico.
  • El Mediterráneo y otras aguas europeas sufren olas de calor marinas cada vez más intensas, con impactos graves en biodiversidad, pesca, salud humana y fenómenos meteorológicos extremos.
  • Aunque las energías renovables ya generan casi la mitad de la electricidad europea, la magnitud del cambio climático exige acelerar la descarbonización y la adaptación de ecosistemas, ciudades y sectores económicos.

olas de calor en el mediterraneo y el artico

Europa se está calentando a un ritmo vertiginoso y ese calentamiento no se limita solo a los veranos sofocantes en las ciudades: también está transformando el Ártico, el Mediterráneo, los ríos, los bosques y los océanos. Lo que antes parecían fenómenos excepcionales -olas de calor interminables, incendios gigantescos o mares anormalmente cálidos- se han convertido en parte del clima habitual del continente, con efectos directos sobre nuestra salud, la economía y la naturaleza de la que dependemos.

Los últimos análisis recogidos en el informe sobre el Estado del Clima en Europa 2025, coordinado por el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (CEPMPM) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM), pintan un panorama muy preocupante. Este trabajo, en el que colaboran alrededor de un centenar de especialistas, confirma que Europa es el continente que más rápido se calienta del planeta y que el impacto se siente desde el Ártico hasta el Mediterráneo, pasando por glaciares, ríos, mares y ecosistemas terrestres y marinos.

Europa, el continente que más rápido se calienta

Los datos del informe ESOTC 2025 son contundentes: al menos el 95 % de la superficie europea registró temperaturas anuales por encima de la media climática. No se trata de un año aislado, sino de la consolidación de una tendencia de calentamiento continuo que va reduciendo los episodios de frío intenso y alargando y reforzando los periodos de calor.

En términos de extremos, el documento destaca una ola de calor histórica en la región subártica de Fennoscandia (que incluye Noruega, Suecia, Finlandia, parte de Rusia y la península de Kola). Durante 21 días seguidos, las temperaturas superaron los 30 °C, incluso dentro del propio círculo polar ártico, algo que hace pocas décadas habría parecido ciencia ficción. En la localidad noruega de Frosta se llegó a registrar un máximo de 34,9 °C.

Este repunte térmico tiene otra cara menos visible pero igual de grave: el descenso de los días de frío extremo. Alrededor del 90 % de Europa experimentó menos jornadas con estrés por frío, lo que implica inviernos menos rigurosos, menos días por debajo de 0 °C y un cambio profundo en los ciclos naturales, la agricultura y la demanda energética para calefacción.

Desde la Comisión Europea, expertos como Dusan Chrenek, asesor principal para la Transición Verde Digital en la Dirección General de Acción Climática, subrayan que la señal del cambio climático en Europa es “inequívoca” y que estos resultados son un aviso claro para acelerar la adaptación y la mitigación. No se habla ya de un escenario futuro, sino de una realidad plenamente instalada.

calentamiento del mar y del artico

Retroceso de nieve, hielo y glaciares: el Ártico y las zonas frías en el punto de mira

El rápido calentamiento europeo está teniendo consecuencias devastadoras sobre los sistemas criosféricos (nieve, hielo, glaciares y capas de hielo). En 2025, la superficie cubierta de nieve en Europa durante marzo se situó en torno a 1,32 millones de kilómetros cuadrados por debajo de la media, lo que supone una reducción del 31 %. Esa extensión perdida equivale, aproximadamente, a sumar Francia, Italia, Alemania, Suiza y Austria.

Los glaciares de todas las regiones europeas registraron una pérdida neta de masa. Islandia vivió la segunda mayor pérdida de sus glaciares desde que hay registros, lo que confirma una tendencia de adelgazamiento generalizado. En los Alpes, los Pirineos y otros sistemas montañosos, los glaciares siguen retrocediendo, reduciendo los recursos de agua almacenada en forma de hielo y alterando el caudal de ríos y lagos.

La capa de hielo de Groenlandia tampoco se libra: durante 2025 perdió del orden de 139 gigatoneladas de hielo (139.000 millones de toneladas), una cantidad equivalente a una vez y media todo el volumen de hielo presente en los glaciares de los Alpes europeos. Cada centímetro de subida del nivel del mar asociado a estas pérdidas expone a unos 6 millones de personas más al riesgo de inundaciones costeras a escala global.

Organismos como la OMM destacan que la nieve y el hielo desempeñan un papel fundamental gracias al efecto albedo: al reflejar la radiación solar de vuelta al espacio, ayudan a frenar el calentamiento. Cuando esta superficie blanca retrocede, el suelo y el océano oscuros absorben más energía, reforzando el calentamiento en un bucle difícil de frenar, especialmente en el Ártico y las altas montañas.

Investigadoras como María José Sanz, directora del BC3 (Centro Vasco de Investigación sobre Cambio Climático), recuerdan que estas pérdidas de hielo y nieve tienen implicaciones profundas: incrementan el riesgo para la salud por estrés térmico, exponen a la población a más episodios extremos y ponen en jaque sectores económicos clave, incluyendo la generación de energía renovable dependiente del régimen de vientos, radiación solar y caudales de agua.

Calor extremo en la superficie del mar: olas de calor marinas en el Mediterráneo y el Ártico

El océano ha absorbido alrededor del 90 % del exceso de calor generado por las emisiones de gases de efecto invernadero de origen humano. Ese colchón térmico tiene un precio: en 2025, la región oceánica europea registró la temperatura media anual de la superficie del mar más alta jamás observada, encadenando ya cuatro años consecutivos de récord.

Dentro de este contexto, el Mediterráneo destaca como uno de los mares más sensibles. Entre 1982 y 2018, la temperatura media de la superficie del mar Mediterráneo se ha incrementado aproximadamente tres veces por encima de la media mundial, con un ritmo cercano a 0,4 °C por década. Este aumento sostenido ha ido acompañado de un incremento notable en la frecuencia, duración e intensidad de las olas de calor marinas.

Las llamadas olas de calor marinas (OMC) son periodos prolongados en los que la temperatura del mar se sitúa muy por encima de lo habitual para la época del año. Pueden darse en múltiples cuencas oceánicas y su presencia se ha disparado en las últimas dos décadas. En Europa, el Mediterráneo es la región más afectada, aunque también se han documentado episodios intensos en zonas del Atlántico próximas a la costa cantábrica española.

En 2025, cerca del 86 % de las aguas europeas sufrieron olas de calor marinas al menos de categoría “fuerte”, y aproximadamente un 36 % alcanzó niveles severos o extremos. Este calentamiento anómalo del océano no solo afecta al Mediterráneo; también el Ártico y los mares circundantes muestran señales de calentamiento acelerado, con implicaciones para el hielo marino y los ecosistemas boreales.

impacto de olas de calor en mediterraneo y artico

Impacto de las olas de calor marinas en ecosistemas, clima y actividades humanas

El efecto más claro de las olas de calor marinas es el aumento de la mortalidad masiva de organismos marinos. Especies sésiles (que no pueden desplazarse) como corales, esponjas y muchas algas bentónicas son especialmente vulnerables, ya que no tienen margen para “escapar” cuando el agua se calienta por encima de sus umbrales de tolerancia.

El Informe Copernicus sobre el Estado de los Océanos detalla cómo la combinación entre el calentamiento de fondo del Mediterráneo y las OMC ha provocado un cambio importante en la composición de las comunidades marinas. Algunas especies de peces se desplazan hacia zonas más frescas, mientras que aparecen especies procedentes de otras regiones, en ocasiones invasoras, alterando las redes tróficas y los usos pesqueros tradicionales.

Estas olas de calor en el mar también se han relacionado con un incremento en la probabilidad de fenómenos meteorológicos extremos como ciclones mediterráneos, episodios de lluvias torrenciales y tormentas más intensas. Cuando coinciden olas de calor en tierra y en el mar, la atmósfera puede acumular mucha humedad, lo que agrava las noches cálidas y dificulta la recuperación del organismo humano tras el calor diurno.

En España, además de lo que ocurre en el Mediterráneo, en sectores del Cantábrico central se han observado episodios de olas de calor marinas, aunque las tendencias de frecuencia e intensidad son menos claras que en el Mare Nostrum. Aun así, la pesca, el turismo costero y la acuicultura se ven cada vez más condicionados por la variabilidad y el exceso de calor oceánico.

Los servicios proporcionados por el Servicio Marino de Copernicus resultan esenciales para el seguimiento de estas olas de calor marinas. A través de datos y productos específicos, se ayuda a evaluar su impacto en zonas marinas protegidas y a apoyar compromisos internacionales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas, la Directiva Hábitats o las redes de áreas marinas protegidas regionales.

Sequía, ríos bajo mínimos y estrés hídrico creciente

El cambio climático en Europa no solo se expresa en forma de olas de calor y récords de temperatura: también está detrás de un deterioro preocupante de los recursos hídricos. Durante 2025, los ríos europeos registraron caudales por debajo de la media en 11 de los 12 meses del año, y alrededor del 70 % de los cursos fluviales mostró niveles anuales inferiores a lo habitual.

El propio informe señala que 2025 fue uno de los años con humedad del suelo más baja desde 1992, y que en mayo más de la mitad de Europa (en torno a un 53 %) se encontraba bajo condiciones de sequía. Esta combinación de falta de lluvia, temperaturas elevadas y suelos resecos repercute directamente en la agricultura, la ganadería, la industria y el abastecimiento urbano.

En el caso de España, el panorama es especialmente delicado en el sur y el este de la península, donde se llegaron a registrar hasta 50 días adicionales de estrés térmico fuerte, con sensaciones térmicas superiores a los 32 °C. Esta realidad complica el trabajo al aire libre, aumenta la demanda de agua de riego y refuerza la presión sobre embalses y acuíferos ya muy tensionados.

La disminución de nieve en las montañas europeas y el retroceso de los glaciares también alteran el régimen de caudales de los ríos, reduciendo el aporte de deshielo en verano y cambiando los patrones de disponibilidad hídrica. Todo ello se traduce en mayor competencia entre usos (agricultura, consumo urbano, producción hidroeléctrica, conservación de ecosistemas, navegación fluvial) y la necesidad de planificar mejor la gestión del agua.

Aunque el informe ESOTC 2025 indica que las lluvias extremas y las inundaciones fueron, en conjunto, menos generalizadas que en años recientes, este tipo de episodios siguió afectando a miles de personas en diferentes países europeos. Es decir, conviven periodos prolongados de sequía con episodios de lluvia muy intensa en cortos periodos, aumentando el riesgo tanto de escasez como de inundaciones repentinas.

Incendios forestales, estrés térmico y salud

Las condiciones de calor extremo y sequía prolongada han alimentado una actividad de incendios forestales sin precedentes en Europa. En 2025 se quemaron alrededor de 1.034.550 hectáreas, la mayor superficie registrada hasta la fecha en el continente, con impactos ecológicos, económicos y sociales de gran calado.

España fue uno de los países más afectados, llegando a concentrar aproximadamente la mitad de las emisiones asociadas a los incendios registrados en Europa ese año. Países del centro y norte de Europa, tradicionalmente menos expuestos a grandes incendios, como Alemania, Reino Unido o Países Bajos, también registraron episodios inusualmente intensos.

Las olas de calor prolongadas, tanto en tierra como en el mar, aumentan el estrés térmico sobre las personas y multiplican los riesgos para la salud. No solo se incrementa la mortalidad durante los días más cálidos, sino que también empeoran patologías respiratorias y cardiovasculares, y se ven afectadas las condiciones laborales de quienes trabajan al aire libre o en espacios sin climatización adecuada.

Además, cuando las olas de calor marinas coinciden con episodios de calor en superficie, se incrementan las temperaturas nocturnas y la humedad relativa, lo que dificulta el descanso y la recuperación fisiológica. Esta combinación puede derivar en más golpes de calor, mayor fatiga y presión sobre los sistemas sanitarios, especialmente en grupos vulnerables como personas mayores, niños, enfermos crónicos o quienes viven en viviendas mal acondicionadas.

El informe ESOTC 2025 subraya que el cambio climático está alterando la frecuencia, intensidad y duración de los fenómenos meteorológicos extremos (olas de calor, sequías, incendios, tormentas), lo que obliga a reforzar los sistemas de alerta temprana, los planes de protección civil y las estrategias urbanas de adaptación (sombra, zonas verdes, ventilación urbana, refugios climáticos, etc.).

Biodiversidad en jaque: ecosistemas terrestres y marinos bajo presión

La biodiversidad es un pilar esencial para un futuro sostenible y, sin embargo, el cambio climático se ha convertido en uno de sus principales motores de degradación en Europa. Sequías continuadas, incendios forestales más intensos, calor extremo en tierra y mar y cambios en el régimen de precipitaciones están provocando la pérdida de hábitats, la alteración de ciclos biológicos y el desplazamiento o desaparición de numerosas especies.

En el medio marino, el Mediterráneo actúa como un laboratorio de lo que podría ocurrir en otros mares: el aumento de temperatura y las olas de calor marinas han favorecido la llegada y expansión de especies exóticas e invasoras, que compiten con las especies nativas, modifican las cadenas alimentarias y alteran los servicios ecosistémicos que estos ecosistemas prestan (pesca, protección costera, captura de carbono, turismo, etc.).

En tierra, los incendios de gran intensidad pueden llegar a cambiar el tipo de vegetación dominante, transformando bosques en matorrales o pastizales degradados si las perturbaciones se repiten a intervalos demasiado cortos. El calor excesivo y la falta de agua afectan a la capacidad de los bosques para actuar como sumideros de carbono y aumentan su vulnerabilidad ante plagas, enfermedades y tormentas.

Consciente de esta situación, la Unión Europea ha adoptado objetivos vinculantes para restaurar al menos el 20 % de los ecosistemas terrestres y marinos de aquí a 2030, con la vista puesta en recuperar todos los ecosistemas degradados antes de 2050. Estas metas se integran en los marcos de política climática y de biodiversidad, buscando sinergias entre mitigación, adaptación y conservación de la naturaleza.

Responsables de la OMM y del CEPMPM destacan que el informe Estado del Clima en Europa muestra, con datos y análisis robustos, cómo el cambio climático está impactando sobre la biodiversidad, la economía y la salud pública. También remarcan la importancia de seguir reforzando la observación de la Tierra mediante satélites, redes de medición y superordenadores de predicción numérica para disponer de información fiable que oriente las decisiones políticas.

Olas de calor, transición energética y necesidad de adaptación urgente

Frente a este escenario, la buena noticia es que Europa avanza en la descarbonización de su sistema energético. En 2025, las energías renovables aportaron aproximadamente el 46,4 % de la electricidad generada en el continente, con un protagonismo creciente de la energía solar, que alcanzó un récord del 12,5 % del mix eléctrico.

Este progreso, sin embargo, no es suficiente para compensar por sí solo el ritmo de calentamiento observado. Expertas como Samantha Burgess, responsable estratégica de clima del CEPMPM, insisten en que el panorama que presenta el informe ESOTC 2025 es “desolador” si no se aceleran las medidas. La transición hacia las energías limpias tiene que ir acompasada con una adaptación rápida y basada en la ciencia en todos los sectores: urbano, agrícola, industrial, costero y de salud pública.

La climatología cambiante también afecta a la propia producción de energía renovable. La variabilidad del viento, los cambios en la radiación solar o las alteraciones en los caudales de los ríos modifican el rendimiento esperado de parques eólicos, instalaciones fotovoltaicas e infraestructuras hidroeléctricas, por lo que los sistemas energéticos deben volverse más flexibles y resilientes.

Iniciativas como el programa Copernicus, coordinado por la Comisión Europea, proporcionan datos de alta calidad sobre cambio climático, composición atmosférica, inundaciones e incendios. El Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio, que gestiona el Servicio de Cambio Climático de Copernicus y el Servicio de Vigilancia Atmosférica, opera supercomputadores punteros y uno de los mayores archivos de datos meteorológicos del mundo, lo que permite avanzar hacia “gemelos digitales de la Tierra” dentro de la iniciativa Destino Tierra de la UE.

Todos estos instrumentos tienen un objetivo común: ayudar a gobiernos, empresas y ciudadanía a tomar decisiones informadas ante un clima que ya ha cambiado. En el caso concreto de las olas de calor en el Mediterráneo y en el Ártico, esto se traduce en reforzar los sistemas de alerta temprana, adaptar infraestructuras costeras a la subida del nivel del mar, rediseñar los planes de ordenación territorial y proteger los ecosistemas marinos y terrestres que aún pueden actuar como barrera natural frente a los impactos.

El mosaico de evidencias recogidas por la OMM, el CEPMPM y numerosos centros de investigación europeos deja claro que las olas de calor en el Mediterráneo y el Ártico, el récord de temperaturas en tierra y mar, la pérdida acelerada de nieve y hielo, la degradación de los ríos, la expansión de las sequías y los megaincendios no son anomalías pasajeras, sino señales de un nuevo estado climático. La respuesta, según coinciden los expertos, pasa por reducir con rapidez las emisiones, acelerar la transición energética, blindar nuestra adaptación y apostar por la restauración de la biodiversidad como mejor aliada para convivir con un clima que ya ha dejado de ser el de antes.

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