Nuevo mapa del relieve oculto bajo el hielo de la Antártida

  • Un nuevo mapa reconstruye con gran detalle el relieve subglacial de la Antártida usando observaciones satelitales y física del hielo.
  • La técnica IFPA permite inferir valles, canales y cuencas a partir de pequeñas ondulaciones en la superficie helada.
  • El mapa mejora los modelos de flujo de hielo y del nivel del mar, reduciendo incertidumbres clave en el cambio climático.
  • La cartografía orientará futuras campañas de radar y trabajo de campo en una de las regiones más difíciles de explorar del planeta.

Mapa relieve subglacial Antártida

La Antártida sigue siendo, pese a décadas de investigación, uno de los territorios más desconocidos del planeta. Bajo su manto blanco se esconde un paisaje de montañas, valles y canales que apenas se intuía y que, sin embargo, resulta decisivo para entender cómo se mueve el hielo y cómo puede afectar al nivel del mar en las próximas décadas.

Un consorcio internacional de científicos, con participación destacada de la Universidad de Edimburgo y centros europeos como la Universidad Grenoble Alpes, ha conseguido ahora reconstruir con un nivel de detalle sin precedentes el relieve rocoso que yace bajo la capa helada. El trabajo, publicado en la revista Science, ofrece el que muchos expertos consideran ya el mapa más completo y coherente del lecho antártico hasta la fecha.

Del radar sobre el hielo a «leer» las arrugas desde el espacio

Topografía subglacial bajo el hielo

Durante años, la única forma de mirar bajo la capa helada consistía en arrastrar equipos de radar sobre el hielo o montarlos en aviones y helicópteros. Esas campañas han sido esenciales, pero dejan inevitablemente grandes huecos: el radar solo proporciona información justo bajo la trayectoria recorrida, de modo que entre líneas de vuelo pueden quedar franjas de decenas de kilómetros sin datos.

El nuevo trabajo da un giro al problema: en lugar de intentar atravesar el hielo con más aparatos, se centra en la forma de la superficie helada. La idea es parecida a mirar un edredón sobre una cama: aunque no veamos directamente lo que hay debajo, las pequeñas subidas y bajadas del tejido delatan la presencia de valles, colinas o cañones en el lecho rocoso.

La glacióloga Helen Ockenden, que lidera el estudio, y su equipo han combinado imágenes ópticas y de satélites de radar con modelos físicos del flujo de hielo. A partir de las ondulaciones milimétricas o de pocos metros en la superficie, las ecuaciones permiten deducir cómo debe ser el terreno que sostiene esa masa helada para generar las deformaciones observadas.

Esta aproximación no inventa ninguna física nueva, sino que exprime al máximo leyes conocidas sobre cómo responde el hielo al relieve sobre el que se desliza. El salto cualitativo está en integrar datos satelitales continuos con la teoría del movimiento glaciar para rellenar los enormes vacíos que dejaban las mediciones puntuales de radar.

En la práctica, el resultado es un tejido continuo de información donde antes había un mosaico con huecos. Allí donde el radar nunca ha pasado, el modelo infiere el relieve a partir del comportamiento de la superficie, ofreciendo una visión global de todo el continente blanco.

Qué revela el nuevo mapa: valles, canales y cuencas ocultas

Relieve oculto bajo el hielo antártico

El mapa obtenido, basado en el llamado Análisis de Perturbación del Flujo de Hielo (IFPA, por sus siglas en inglés), captura estructuras de escala media, aproximadamente entre 2 y 30 kilómetros, que hasta ahora aparecían desdibujadas o, sencillamente, no se veían. Entre los rasgos más llamativos figuran profundos valles alpinos, llanuras fuertemente erosionadas y extensos canales fluviales fósiles que se alargan cientos de kilómetros bajo el hielo.

En zonas como la cuenca subglacial de Maud se ha identificado un canal muy profundo excavado en el basamento rocoso, acompañado de decenas de miles de colinas y crestas. Estas formas encajadas condicionan la manera en que el hielo se encauza hacia el océano, actuando como auténticas autopistas o barreras subterráneas.

Según los autores, parte de estas estructuras podrían ser vestigios de paisajes que existían antes de que la Antártida se cubriera de hielo de forma permanente. Eso significa que el mapa no solo ayuda a entender el presente, sino que también ofrece pistas sobre la historia geológica y climática del continente.

El glaciólogo Robert Bingham, de la Universidad de Edimburgo, recalca que resulta llamativo que detalles como valles, colinas o cañones queden registrados en la superficie del hielo pese a encontrarse a kilómetros de profundidad. Cuando una masa helada de tres kilómetros de espesor pasa sobre un surco de unos 100 metros, la superficie apenas se hunde unos pocos metros, variaciones casi invisibles a simple vista pero detectables mediante satélites.

Este grado de definición supone un cambio de escala respecto a mapas previos como Bedmap3 o BedMachine Antarctica, que se basaban en millones de mediciones geofísicas recopiladas durante décadas, pero que seguían arrastrando grandes lagunas entre trayectorias de vuelo y estaciones terrestres.

Cómo funciona la técnica IFPA y qué aporta frente a mapas anteriores

Mapa del lecho rocoso antártico

La clave del método IFPA está en conectar de forma rigurosa la física del flujo de hielo con las observaciones satelitales. El equipo trabaja con dos versiones del modelo: una enfocada en capturar la topografía de tamaño medio y otra ajustada para coincidir con las mediciones directas de radar y otros datos geofísicos existentes.

Al introducir en las ecuaciones el espesor estimado del hielo, la gravedad y la resistencia al deslizamiento sobre el lecho, las pequeñas variaciones de altura de la superficie se traducen en un esquema del relieve subyacente. De esta forma se rellena, con continuidad, el espacio entre los puntos donde sí se dispone de información directa.

Frente a los mapas anteriores, que se veían obligados a interpolar en grandes zonas oscuras, este enfoque proporciona una cartografía mucho más homogénea a escala continental. No descubre cadenas montañosas desconocidas de cientos de kilómetros, pero sí refina la forma de valles, umbrales y cuencas entre las trayectorias cubiertas por el radar.

Los expertos comparan el avance con pasar de una foto granulada a una imagen digital nítida. La propia Helen Ockenden lo explicaba en una entrevista: es como cambiar de una cámara antigua, donde todo aparece borroso, a un zoom capaz de distinguir relieves finos bajo lo que parecía una superficie plana.

Este nivel de detalle es precisamente el que reclamaba desde hace años el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), que señalaba la falta de información en la base de los mantos de hielo como una de las mayores fuentes de incertidumbre en las proyecciones del nivel del mar.

Impacto en las proyecciones del nivel del mar y el clima global

La importancia de este mapa va mucho más allá del interés cartográfico. La topografía subglacial determina factores críticos como la fricción que encuentra el hielo al desplazarse, la aparición de zonas donde se acelera el flujo o la facilidad con la que el agua marina puede penetrar por la base y favorecer el deshielo.

En regiones costeras vulnerables, pequeños cambios en el relieve del lecho pueden decidir si un glaciar se mantiene relativamente estable o si entra en una fase de retroceso rápido que aporte grandes volúmenes de hielo al océano. Los modelos numéricos que simulan estas dinámicas necesitan representaciones realistas del terreno para no confiar en suposiciones excesivamente suavizadas.

Al reducir la incertidumbre sobre el relieve oculto, el nuevo mapa permite afinar las proyecciones de subida del nivel del mar a escala global. En el escenario extremo de colapso completo de la capa helada antártica, el mar podría elevarse decenas de metros, pero incluso variaciones de unos pocos centímetros adicionales durante este siglo son críticas para zonas costeras bajas de Europa, como deltas, marismas y grandes ciudades portuarias.

Organismos europeos dedicados al clima y al litoral, desde servicios meteorológicos nacionales hasta agencias de gestión de costas, dependen de estos modelos para planificar defensas, infraestructuras y planes de adaptación. Un relieve subglacial mejor definido se traduce, a medio plazo, en planes de protección más ajustados para países como España, Francia, Italia, Países Bajos o Alemania.

Además, el mapa contribuye a comprender mejor cómo interactúan los mantos de hielo con el sistema climático en su conjunto, incluyendo el papel de la Antártida en la circulación oceánica y en el intercambio de calor entre océano y atmósfera.

Herramienta para planificar campañas científicas en la Antártida

La comunidad científica insiste en que la nueva cartografía no sustituye al trabajo de campo, pero sí lo hace mucho más eficiente. Las campañas con radar aerotransportado o instrumentos terrestres son caras, complejas y muy limitadas por la logística y el clima extremo del continente.

Con el mapa IFPA en la mano, los equipos pueden priorizar áreas donde el terreno parece especialmente rugoso o donde se intuyen canales y cuencas profundas que podrían influir en el comportamiento del hielo. De este modo, los vuelos y travesías se planifican con más criterio, concentrando recursos allí donde hay más que ganar en términos científicos.

Expertos como el glaciólogo Duncan Young, de la Universidad de Texas en Austin, subrayan que el nuevo mapa debe verse como una guía: indica dónde merece la pena acercar la «lupa» del radar de alta resolución y dónde es razonable seguir dependiendo de la inferencia satelital.

Para Europa y para países con programas antárticos consolidados, como el Comité Polar Español o las agencias polares de Reino Unido, Francia, Italia o Alemania, disponer de una base cartográfica uniforme ayuda a diseñar campañas conjuntas, decidir la ubicación de futuras bases o planificar proyectos centrados en glaciares especialmente sensibles.

En términos de cooperación internacional, esta herramienta ofrece un lenguaje común: un mapa de referencia sobre el que distintos grupos de investigación pueden superponer sus propios datos geofísicos, climáticos o oceanográficos.

Limitaciones y próximos pasos de la investigación

Los propios autores y especialistas independientes insisten en que el mapa no es la «última palabra» sobre el lecho antártico. La técnica se apoya en supuestos sobre la deformación del hielo y sobre el rozamiento en la base que, aunque se basan en décadas de estudios, siguen siendo aproximaciones que habrá que seguir puliendo.

La resolución alcanzada permite distinguir rasgos de unos pocos kilómetros, pero no detalles muy finos de escala métrica que pueden ser cruciales para entender la fricción local o la presencia de agua líquida en pequeñas cavidades. Para estos aspectos, el radar profundo y otras técnicas geofísicas siguen siendo insustituibles.

Aun con estas limitaciones, la investigación marca un antes y un después en la representación del paisaje subglacial. La combinación de datos satelitales globales y modelos físicos abre la puerta a aplicar métodos similares en Groenlandia u otros mantos de hielo, y a actualizar periódicamente los mapas a medida que mejoran las observaciones.

Se espera que nuevas misiones espaciales y sensores más precisos permitan seguir refinando la imagen del continente oculto bajo el hielo. En paralelo, el cruce sistemático de este mapa con modelos de clima y océano irá aportando información sobre qué regiones antárticas pueden volverse inestables antes y cuáles ofrecen, de momento, mayor resistencia al calentamiento.

En conjunto, el nuevo mapa convierte a la Antártida en un escenario algo menos misterioso: la superficie sigue siendo blanca y aparentemente uniforme, pero bajo ella emergen cordilleras, valles y antiguos cauces que empiezan por fin a dibujarse con claridad, aportando piezas esenciales para entender el futuro del hielo y del nivel del mar a escala planetaria.

efectos de la erupción de volcanes en la Antártida
Artículo relacionado:
La activación de volcanes en la Antártida: efectos y consecuencias