
Durante siglos, el glaciar Trasllambrión fue una rareza helada en pleno corazón de los Picos de Europa leoneses. Encajado entre paredes de caliza y aristas afiladas, resistió inviernos brutales y veranos cada vez más largos. Hoy, ese pequeño tesoro de hielo se ha convertido en poco más que un recuerdo: donde antes había una lengua glacial que sobrevivía todo el año, ahora solo queda un resto mínimo que ya no permite hablar, con propiedad, de glaciar.
La llamada “muerte por calor” de los glaciares de montaña no es un concepto poético, sino un diagnóstico científico. El Trasllambrión ha seguido el mismo camino que los heleros de la Cordillera Cantábrica y el que ahora recorren, a toda velocidad, los últimos glaciares pirenaicos como Aneto, Monte Perdido u Ossoue. En muy pocas décadas hemos pasado de grandes masas de hielo activo a pequeños parches fósiles, prácticamente inmóviles, que se deshacen verano tras verano.
Muerte por calor del glaciar Trasllambrión: el adiós al último glaciar leonés
Lo que antaño ocupaba unas 10 hectáreas de hielo casi permanente en Trasllambrión ha quedado reducido a “manchas” residuales. Los registros históricos, fotografías antiguas y trabajos de campo recientes muestran que el último glaciar leonés se ha extinguido de facto. Hoy solo puede hablarse de un helero terminal, un rastro de lo que fue un glaciar activo alimentado durante siglos por la llamada Pequeña Edad del Hielo.
El geógrafo Javier Santos, profesor de la Universidad de León y especialista en formas glaciares y periglaciares, lleva desde 2004 subiendo casi cada año al entorno del Trasllambrión con el equipo de investigación Geopat (Geomorfología, Paisaje y Territorio). Allí, a unos 2.400 metros de altitud, a los pies de la Torre del Llambrión (2.642 m) y muy cerca de Torre Blanca (2.617 m), han ido midiendo con precisión la evolución del helero.
Según relatan, durante la Pequeña Edad del Hielo (siglos XIV-XIX) el glaciar alcanzó su máxima extensión, con unas 10 hectáreas de hielo que sobrevivían a los veranos. A lo largo del siglo XX se fue encogiendo de forma lenta pero constante. A principios de los años noventa ya se apreciaba un retroceso notable, y a comienzos del siglo XXI la superficie se había reducido a alrededor de 1,5-2 hectáreas, divididas en tres sectores separados.
Entre 2009 y 2020 se vivió un aparente respiro: unos cuantos inviernos con mucha nieve, junto a primaveras y otoños todavía fríos, hicieron que el helero quedara oculto buena parte del año. Sin embargo, esa capa blanca era un espejismo. Los años siguientes trajeron veranos muy calurosos y una notable disminución de la nieve que conseguía mantenerse. El balance entre lo que entraba en forma de nieve y lo que salía como agua líquida, cada vez más inclinado hacia la pérdida, terminó por sentenciarlo.
En 2023, el equipo de Geopat constató que apenas quedaba media hectárea de hielo, repartida en dos pequeñas manchas. Una de ellas, la mayor, medía alrededor de 15×15 metros. En una visita posterior, en octubre y ya en un contexto de temperaturas altas para la época, comprobaron que esa superficie se había reducido todavía más. En 2025, los investigadores hablan directamente de “hielo testimonial”: un pequeño bloque, de unos 15-20 metros de lado, que ya no puede considerarse un glaciar en sentido estricto.
La propia ascensión reciente de Santos y su equipo es muy ilustrativa: tres horas de subida casi en manga corta, en pleno otoño, hasta un paisaje de alta montaña caliza prácticamente desnudo, donde la nieve ya no se aferra a las rocas como antes. El glaciar que una vez alimentó morrenas y modeló valles colgantes ha quedado reducido a un simple vestigio, enterrado en parte bajo derrubios y rodeado de un auténtico “desierto” kárstico.
Del esplendor helado a un manchón residual: historia climática en la roca
El Trasllambrión es mucho más que un caso aislado; es un testigo directo de cómo ha cambiado el clima en la Cordillera Cantábrica. Para comprender por qué su desaparición tiene tanta carga simbólica hay que dar un salto atrás en el tiempo, miles de años hacia la última glaciación.
Durante el último máximo glacial, enormes lenguas de hielo se extendieron por la Montaña de León. El glaciar del Sil, por ejemplo, llegó a abarcar cerca de 450 km², con espesores de hasta 300 metros en algunos puntos, formando una de las mayores masas heladas de la Península Ibérica. Valles como los del Sil o Villablino fueron excavados y pulidos por auténticas “rutas” de hielo en movimiento.
Con la llegada del Holoceno, hace unos 11.700 años, el clima se fue suavizando y aquellos glaciares gigantes se retiraron progresivamente. Muchos desaparecieron por completo hace unos 6.000 años, en un periodo claramente más cálido. La historia parecía cerrada, hasta que un giro climático devolvió el hielo a escena: la Pequeña Edad del Hielo.
Entre los siglos XIV y XIX, coincidiendo con un enfriamiento global apreciable, surgieron de nuevo glaciares en cordilleras de media y alta latitud. En la Cordillera Cantábrica renacieron pequeñas masas heladas, entre ellas el Trasllambrión, que se alimentaba de las nevadas invernales y de la sombra proyectada por las grandes paredes calizas que lo rodean. En otras cadenas montañosas europeas, como los Alpes, algunos glaciares alcanzaron tal tamaño que llegaron a destruir aldeas enteras.
En el caso leonés, el glaciar llegó a tener unos 500 metros de espesor y una lengua de seis kilómetros de largo, con un ancho de casi kilómetro y medio en su máximo desarrollo. Las morrenas que hoy se distinguen como lomas de bloques sueltos frente a las paredes calizas son las cicatrices de ese avance. Pero, tras aquel periodo frío relativo, el calentamiento volvió a imponerse.
Los estudios de Santos y otros investigadores indican que, en los últimos siglos, la zona ha sufrido un incremento térmico claro, con una aceleración evidente desde finales del siglo XX y, sobre todo, desde los años 80. Las nevadas que antes lograban mantener el hielo todo el año se han vuelto más irregulares y menos persistentes. El resultado: los heleros cantábricos se han ido apagando uno tras otro. El de La Palanca y La Forcadona ya desaparecieron, y el Jou Negro, en la frontera con Asturias, está prácticamente moribundo, con el hielo enterrado bajo pedreras y rocas que se desprenden de las laderas.
El Trasllambrión, que ya hacía tiempo se había quedado en la categoría de helero inmóvil, ha sido la última reliquia glaciar de León. Lo que hoy se ve allí, más que un glaciar, es un archivo natural donde leer capas de historia climática: las morrenas, las formas kársticas, los valles en artesa, los circos glaciares… todo ello habla de un pasado mucho más frío del que estamos dejando atrás a gran velocidad.
Glaciares como termómetro del planeta: del Trasllambrión al Aneto
Los científicos insisten una y otra vez en la misma idea: los glaciares de montaña son excelentes indicadores del cambio climático. Responden muy rápido a los cambios de temperatura y de precipitación, mucho más que otros componentes del sistema climático. Por eso casos como el de Trasllambrión se leen como señales de algo que va mucho más allá de un valle concreto de León.
En España, la atención se centra ahora en los últimos glaciares pirenaicos. El glaciar del Aneto, el mayor de España y de todo el sur de Europa, está viviendo una fase de colapso acelerado.
En solo una temporada, las masas de hielo pirenaicas han perdido de media más de un metro de espesor, con pérdidas puntuales de hasta cuatro metros en algunas zonas. Es decir, un edificio de planta y media se habría “fundido” en cuestión de meses. Y lo más inquietante es que este desplome no coincide con un año extremo en cuanto a olas de calor o falta de nieve; simplemente, el sistema ya está tan debilitado que no soporta ni siquiera años “normales”.
En el caso concreto del Aneto, lo que era una masa continua que fluía ladera abajo se ha roto ya en tres cuerpos separados. La parte inferior desapareció hace tiempo; posteriormente, el glaciar se partió en dos secciones principales y, ahora, uno de esos fragmentos —el situado bajo el Collado de Coronas— ha perdido las características para ser considerado glaciar y ha pasado a catalogarse como helero. Ese cambio de etiqueta implica que el hielo ya no tiene suficiente espesor ni movimiento interno para fluir cuesta abajo: es hielo muerto.
Otros glaciares pirenaicos siguen un guion parecido. El glaciar de Ossoue, en la frontera entre España y Francia, ha registrado pérdidas medias de 3,5 metros de espesor en una sola temporada, con máximos cercanos a los seis metros. Allí, la comparación histórica es especialmente gráfica: en 1882, el conde Henry Russell mandó excavar cuevas a ras del hielo para organizar veladas en pleno glaciar. Hoy esas cuevas cuelgan decenas de metros por encima de la superficie actual, como balcones imposibles en una pared de roca que revela cuánto ha retrocedido el hielo.
El Monte Perdido, segundo mayor glaciar pirenaico, muestra datos de pérdida de espesor comparables al Aneto. Los glaciares de Llardana (junto al Posets) y del Infiernos también han registrado descensos de hasta cuatro metros en un solo año. El equipo de Cryopyr, que los monitoriza anualmente, considera que el glaciar del Infiernos ha pasado este mismo año de la categoría de glaciar vivo a la de glaciar muerto o helero residual.
En el conjunto de los Pirineos, el panorama ha cambiado de forma dramática en poco más de un siglo. A finales del XIX se contaban 52 glaciares en la cordillera. En 2020 solo quedaban 24. En la actualidad rondan los 14, y varios de ellos están tan mermados que podrían desaparecer en muy pocos años. Los modelos manejados por los especialistas apuntan a que, si se repiten temporadas tan negativas como las de la última década, el hielo pirenaico que queda podría fundirse casi por completo en menos de diez años.
La tecnología que desvela la agonía del hielo
Una de las diferencias clave entre lo que se sabía de los glaciares hace décadas y lo que sabemos ahora es la precisión de las mediciones modernas. Frente a las observaciones clásicas basadas en fotografías generales y estacas clavadas en la nieve, hoy se combinan satélites, drones, escáneres láser y modelos digitales de alta resolución.
En el Pirineo, el grupo Cryopyr (vinculado al Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC) ha sido pionero en el uso de tecnología LiDAR y fotogrametría con drones para levantar modelos 3D del terreno y del hielo. Estos sistemas permiten medir con un margen de error mínimo cómo cambia el espesor de un glaciar de un año a otro, dónde se abre una grieta, qué parte se ha desconectado o cuánto volumen de hielo se ha perdido.
Los datos recopilados entre 1981 y 2022 muestran, para el Aneto y otros glaciares vecinos, una tendencia clara: la aceleración del retroceso a partir de la década de 1980, con una intensificación a partir del año 2000. A la vez, el análisis de la topografía basal —el relieve que hay bajo el hielo— permite anticipar cómo se comportará el glaciar cuando pierda espesor: si se romperá en trozos, si se formarán lagos, si quedarán cubetas colgadas, etc.
Los resultados han sido tan sólidos que han dado lugar a publicaciones en revistas científicas de referencia como The Cryosphere o Nature. En ellas se concluye que muchos de los glaciares analizados han pasado ya el punto de no retorno: aun si las temperaturas se estabilizaran, la masa de hielo remanente es tan escasa que no podría recuperar un comportamiento dinámico normal. El hielo ya no fluye; simplemente se derrite in situ año tras año.
En la Cordillera Cantábrica, el equipo Geopat también ha recurrido a imágenes de satélite y cámaras automáticas para seguir la evolución de la cubierta de nieve y los heleros. Una tesis doctoral que se defenderá en la Universidad de León profundiza precisamente en estos cambios: las amplias extensiones de nieve casi continua que se veían durante buena parte del año hace unas décadas se han fragmentado en manchas cada vez más aisladas y efímeras. La montaña, como resume Santos, “está perdiendo su memoria de invierno”.
Consecuencias de la desaparición de los glaciares: agua, paisaje y patrimonio
Podría parecer que la pérdida de un glaciar pequeño como el Trasllambrión es un detalle menor si lo comparamos con los grandes colosos de hielo de los Andes o el Himalaya, de los que dependen millones de personas para su suministro de agua. Es cierto que León no bebe directamente de sus glaciares, pero eso no significa que su desaparición sea irrelevante.
En primer lugar, los glaciares actúan como reguladores del ciclo hidrológico en muchas cuencas de montaña: acumulan nieve y hielo en invierno y liberan agua de forma más o menos constante en verano. Cuando esa hucha desaparece, los ríos pasan a depender casi por completo de la nieve estacional y de las lluvias, que suelen ser más irregulares. Esto puede traducirse en más crecidas bruscas tras episodios intensos de precipitación y en caudales muy reducidos en periodos secos.
En segundo lugar, el retroceso glaciar cambia a marchas forzadas los ecosistemas de alta montaña. Donde antes había hielo o nieve tardía aparecen suelos inestables, laderas de bloques sueltos y, más tarde, vegetación pionera que va colonizando esos espacios. Este proceso es natural, pero la velocidad actual de cambio es tan rápida que muchas especies no tienen tiempo de adaptarse ni de migrar. Las comunidades de flora y fauna ligadas al frío extremo quedan arrinconadas o condenadas a desaparecer localmente.
En tercer lugar, está el componente de patrimonio natural y paisaje. Los glaciares han esculpido las montañas tal y como las conocemos: circos, valles en U, aristas afiladas, lagos colgados… Su huella persiste miles de años después de que el hielo se haya ido, pero la presencia de glaciares activos añade un valor estético, científico y turístico que desaparece cuando el hielo se extingue. En Picos de Europa, la muerte del Trasllambrión ha supuesto un auténtico “golpe” simbólico para el parque y para la memoria colectiva de la montaña leonesa.
Además, a medida que el hielo se retira, aumentan ciertos riesgos geológicos: desprendimientos de bloques, deslizamientos, inestabilidad de laderas que antes estaban congeladas buena parte del año, formación y posible vaciado brusco de lagos glaciares retenidos por diques de hielo o morrena. El caso del lago Innominato, en el Pirineo, es un buen ejemplo: formado en 2015 a unos 3.150 metros de altitud, fue el lago más alto de la cordillera. Hoy prácticamente ha desaparecido porque el hielo que hacía de represa se ha fundido.
Finalmente, desde el punto de vista social y emocional, muchos investigadores hablan abiertamente de nostalgia y duelo paisajístico. Quienes llevan décadas estudiando glaciares, como Santos en León o los miembros de Cryopyr en el Pirineo, reconocen una cierta tristeza al constatar que lo que ven hoy en sus campañas de campo ya no se parece en nada a lo que conocieron de jóvenes. Saben que, en pocos años, no quedará hielo al que volver.
La historia del Trasllambrión y de los glaciares pirenaicos deja claro que el calentamiento global no es un concepto abstracto reservado a informes internacionales. Se manifiesta en lugares muy concretos, con nombres y apellidos, que desaparecen delante de nuestros ojos en cuestión de décadas. Los glaciares españoles, los más meridionales de Europa, son especialmente sensibles a este cambio y por eso se han convertido en uno de los ejemplos más contundentes de la “muerte por calor” del hielo en alta montaña.
Todo este proceso, desde las grandes lenguas glaciares de la última glaciación hasta el pequeño bloque de hielo que agoniza hoy bajo la Torre del Llambrión, compone una misma historia: la de un clima que ha ido oscilando de forma natural durante milenios y que, en las últimas décadas, está siendo empujado a toda velocidad por la acción humana. Cada morrena, cada lago colgado y cada helero que se deshace contribuyen a escribir el capítulo actual, en el que el planeta está perdiendo algunas de sus huellas heladas más singulares a una velocidad nunca vista en tiempos históricos.


