Movilidad sostenible: claves, tipos, ejemplos y políticas en España

  • La movilidad sostenible prioriza caminar, ir en bici y el transporte público, reduciendo el impacto ambiental y mejorando la calidad de vida.
  • España avanza con leyes, ayudas al transporte público, electrificación y refuerzo de la movilidad peatonal y ciclista.
  • Ciudades como Vitoria, Madrid, Barcelona, Copenhague o Ámsterdam muestran que un modelo urbano menos dependiente del coche es posible.
  • La combinación de políticas públicas, planificación urbana, fiscalidad verde y cambios de hábitos cotidianos resulta esencial para consolidar este modelo.

movilidad sostenible

La movilidad sostenible se ha convertido en una pieza clave para imaginar ciudades y territorios donde moverse no sea un privilegio, sino un derecho real para todo el mundo. No va solo de cambiar de coche o de poner enchufes por todas partes: implica repensar cómo nos desplazamos, cuánto espacio ocupa cada modo de transporte y qué impacto tiene en nuestra salud, en el aire que respiramos y en el clima.

En la práctica, apostar por un modelo de movilidad sostenible significa dar prioridad a caminar, ir en bici y usar el transporte público, reducir la dependencia del vehículo privado y garantizar que cualquier persona, viva donde viva y tenga la renta que tenga, pueda desplazarse de forma segura, asequible y cómoda. A partir de ahí se despliegan leyes, planes, ayudas económicas, infraestructuras y cambios culturales que ya están en marcha en España y en muchas ciudades del mundo.

Qué es realmente la movilidad sostenible

concepto de movilidad sostenible

Cuando hablamos de movilidad sostenible nos referimos al conjunto de desplazamientos de personas y mercancías que se realizan en un tiempo y coste razonables, reduciendo al máximo los impactos negativos sobre el entorno y mejorando la calidad de vida. Es decir, no basta con llegar de A a B: importa cómo llegamos, qué energía usamos, qué espacio ocupamos y qué consecuencias sociales y ambientales se generan.

En España el concepto se ha ido afinando jurídicamente a través de distintas leyes autonómicas y estatales. Cataluña fue pionera en 2003 al definir una movilidad que satisface las necesidades de desplazamiento en condiciones razonables de tiempo y coste, a la vez que minimiza los efectos negativos sobre el entorno y la calidad de vida. Baleares replicó esta idea en 2014, incorporándola a su normativa de transportes terrestres y movilidad sostenible.

Andalucía dio un paso más con su Plan Andaluz de Movilidad Sostenible, que entiende la movilidad sostenible como el conjunto de procesos y acciones que permiten que los movimientos de personas y mercancías se hagan con el menor impacto ambiental posible. Este enfoque pone el foco en la lucha contra el cambio climático, el ahorro y la eficiencia energética, así como en la reducción del ruido y de la contaminación atmosférica.

Castilla y León enriqueció la definición al señalar la movilidad sostenible como un instrumento de ordenación que disminuye la contaminación del aire y el ruido, reduce las emisiones de gases de efecto invernadero y el consumo de energía, y que satisface las necesidades de la ciudadanía fomentando los medios de menor coste social, económico y energético y su intermodalidad.

Asturias, por su parte, reformuló el mensaje en clave más positiva, apostando por una movilidad que, además de minimizar el impacto negativo sobre el entorno, contribuya activamente a mejorar la calidad de vida de las personas. Ya no se trata solo de “hacer menos daño”, sino de generar beneficios tangibles en salud, bienestar y habitabilidad de los espacios urbanos y rurales.

El País Vasco también amplió el enfoque en su Proyecto de Ley de movilidad sostenible, relacionando directamente los desplazamientos con sus consecuencias sociales y ecológicas. De este modo se reconoce que la forma en que nos movemos influye en la cohesión social, en la equidad territorial, en el acceso a oportunidades y en la protección del medio ambiente.

A nivel estatal, la Ley de Economía Sostenible ya introdujo la idea de una movilidad sostenible y segura en términos económicos y ambientales, asociada a proyectos que permitan una reducción real de emisiones y otros daños ecológicos. También reconoce el derecho de la ciudadanía a acceder a bienes y servicios en condiciones de movilidad adecuadas, accesibles, seguras y con el menor impacto ambiental y social posible.

Todo este marco normativo desemboca en el Proyecto de Ley de Movilidad Sostenible aprobado por el Congreso en 2025, que reconoce el derecho de todas las personas a disfrutar de un sistema de movilidad sostenible y justo. Esta ley se apoya en cuatro grandes pilares: el derecho social a la movilidad, las medidas para una movilidad sana y sostenible, la innovación y digitalización, y el rigor en la toma de decisiones públicas.

Movilidad urbana sostenible: el papel de las ciudades

movilidad urbana sostenible

La movilidad urbana sostenible se centra en cómo nos movemos dentro de las ciudades para acceder a bienes, servicios y relaciones sociales sin disparar el consumo de recursos ni agravar los problemas ambientales y sociales. Apuesta por un uso eficiente del espacio y de la energía, manteniendo la ciudad viva y accesible para todas las personas.

Este enfoque promueve de forma clara la movilidad activa, es decir, los desplazamientos a pie y en bicicleta, incluyendo a quienes tienen discapacidad o movilidad reducida. Son modos de transporte universales, de bajísimo impacto ambiental y con enormes beneficios para la salud física y mental.

Junto a la movilidad activa, el transporte público masivo es el otro gran pilar de la movilidad urbana sostenible. Trenes de cercanías, metro, tranvía, autobuses urbanos y sistemas tipo BRT (Bus de Tránsito Rápido), tren ligero o tren-tram constituyen la columna vertebral de un sistema de desplazamientos capaz de mover a mucha gente ocupando poco espacio y usando menos energía por persona.

La movilidad urbana sostenible también defiende opciones intermedias como el coche compartido entre varias personas (carpooling) o el alquiler por minutos de vehículos (carsharing, motosharing, patinetes, etc.), siempre que se integren bien en la red de transporte, no sustituyan viajes que ya se podrían hacer a pie, en bici o en transporte público, y estén regulados para evitar competencia desleal con el transporte colectivo.

Detrás de este cambio está la crítica al modelo basado en el coche privado que dominó la segunda mitad del siglo XX, asociado a graves problemas de calidad del aire, consumo desmesurado de combustibles fósiles, congestión crónica y efectos negativos sobre la salud. La dependencia del petróleo y la degradación ambiental han impulsado una nueva visión de ciudad sostenible, en la que el uso de recursos no renovables no supere su tasa de regeneración y las emisiones se mantengan dentro de la capacidad de asimilación del entorno.

Las políticas de movilidad urbana sostenible exigen coordinar transporte y urbanismo: planificar el uso del suelo, aplicar la arquitectura y el diseño, ordenar el territorio, restringir el uso indiscriminado del vehículo privado, reforzar sistemas de transporte público eficaces y avanzar hacia energías renovables. Con el tiempo, este enfoque urbano se ha extendido también a redes de trenes interurbanos alimentados con energías limpias y otros modos de transporte de baja huella de carbono para viajar a mayores distancias.

En última instancia, la movilidad sostenible se integra en un sistema global de sostenibilidad que busca garantizar un acceso seguro, saludable y ambientalmente justo a los bienes y servicios urbanos. Entre sus objetivos destacan ofrecer alternativas reales al uso del coche, impulsar viajes no motorizados y crear redes de transporte colectivo que funcionen de forma eficiente, fiable y atractiva para la mayoría de la población.

Objetivos clave de la movilidad sostenible

Los objetivos de la movilidad sostenible abarcan dimensiones ambientales, sociales, económicas y de salud pública. No se trata solo de bajar emisiones, sino de transformar la forma en que entendemos el derecho a movernos y ocupar el espacio público.

Uno de los ejes fundamentales es priorizar la movilidad activa: caminar, ir en bicicleta o usar ayudas técnicas en el caso de personas con movilidad reducida. Este tipo de desplazamiento está en la cúspide de la llamada “pirámide de la movilidad”, porque es universal, barato, saludable y prácticamente neutro en emisiones.

Otro gran objetivo es mejorar la calidad de vida mediante la creación de espacios públicos más agradables, seguros y accesibles, con menos ruido, menos tráfico de paso y aire más limpio. La reducción de la accidentalidad, especialmente la que afecta a peatones y ciclistas, es una prioridad absoluta en cualquier estrategia seria de movilidad sostenible.

La inclusión social es también un componente esencial. Un sistema de movilidad sostenible garantiza que cualquier persona, con independencia de su edad, renta, género, condición física o lugar de residencia, pueda acceder a medios de transporte eficientes. Tener coche no debería ser un requisito para participar plenamente en la vida económica y social.

Desde el punto de vista ambiental, la reducción de emisiones es un objetivo innegociable. Se busca disminuir la contaminación atmosférica local (NOx, partículas, ozono troposférico, etc.) y las emisiones de CO₂, para frenar el cambio climático, gestionando episodios como la fase 1 de contingencia ambiental. Esto pasa por adoptar tecnologías limpias, electrificar buena parte del transporte y reducir, directamente, el número de kilómetros recorridos por vehículos de combustión.

La eficiencia energética completa el cuadro. La idea es mover más personas y más mercancías con menos energía, apostando por modos de alta ocupación, sistemas de transporte compartido y flotas energéticamente eficientes. La movilidad compartida bien organizada, por ejemplo, permite disminuir el número de vehículos en circulación y optimizar su uso.

Tipos de movilidad sostenible y jerarquía de modos

La movilidad sostenible adopta matices distintos en entornos urbanos y rurales, pero suele organizarse en una jerarquía de modos que prioriza aquellos con menor impacto y mayor beneficio social.

En la parte alta de esa jerarquía está la movilidad activa, que agrupa todos los desplazamientos a pie o en bicicleta, además de los realizados por personas con discapacidad o movilidad reducida mediante ayudas técnicas. Es el modo más universal, el que menos recursos consume y el que más beneficios aporta a la salud y a la cohesión del espacio público.

En un segundo escalón se sitúa el transporte público colectivo: autobuses, trenes, cercanías, tranvías y otros sistemas guiados con bajas emisiones. Su papel es clave para reducir el volumen de vehículos privados, aliviar atascos y recortar emisiones. Cuando las redes están bien diseñadas y coordinadas, se convierten en la columna vertebral de la movilidad diaria.

Por debajo encontramos la movilidad de alta ocupación en vehículo privado, como el carsharing o el motosharing, donde se alquilan coches o motos sin conductor por periodos cortos, y el carpooling, en el que varias personas comparten un coche para un trayecto común. Estos servicios permiten reducir el número total de vehículos necesarios y mejorar la eficiencia por kilómetro recorrido.

El último peldaño lo ocupa el vehículo privado de uso individual. En un esquema de movilidad sostenible, su uso se relega a los casos en que no hay alternativas viables, y se promueve que, cuando se utilice, sea preferentemente con tecnologías de bajas emisiones (eléctrico, híbrido enchufable, etc.) y con criterios de uso racional del espacio público.

Por qué merece la pena apostar por un modelo de movilidad sostenible

Sumarse a un modelo de movilidad sostenible aporta ventajas muy concretas tanto para las personas como para las ciudades y el planeta. No es una moda, sino una manera distinta de entender el día a día y ganar calidad de vida.

El transporte público, por ejemplo, ofrece claros beneficios: en muchos casos reduce el tiempo total de viaje frente al coche en hora punta, ahorra dinero (combustible, mantenimiento, aparcamiento, peajes), mejora la seguridad y facilita la accesibilidad para personas mayores, jóvenes o con discapacidad. Además, baja de golpe las emisiones por persona desplazada.

Usar cercanías, metro, autobús o tranvía también ayuda a reducir el estrés. Evitar atascos, no tener que buscar aparcamiento y poder aprovechar el trayecto para leer, informarse, trabajar con el móvil o, simplemente, desconectar y charlar, cambia mucho la experiencia del viaje diario. Al mismo tiempo, los sistemas colectivos tienen tasas de siniestralidad muy inferiores al vehículo privado.

Desplazarse a pie o en bici multiplica los beneficios para la salud. No emite gases contaminantes y, al tratarse de actividad física moderada pero constante, reduce el riesgo de enfermedades asociadas al sedentarismo (obesidad, problemas cardiovasculares, diabetes tipo 2) y mejora la salud mental, al ayudarnos a gestionar mejor el estrés y conectar con el entorno.

En un contexto de subida de precios de los combustibles, la movilidad sostenible es también una respuesta económica sensata. Compartir coche, usar más el transporte público, moverse en bici o caminar rebaja el gasto mensual en desplazamientos y protege a los hogares más vulnerables frente a la volatilidad del precio de la gasolina o el diésel.

Qué se está haciendo en España para impulsar la movilidad sostenible

En los últimos años, España ha puesto en marcha un amplio paquete de medidas desde la Administración General del Estado y las comunidades autónomas, con el objetivo de avanzar hacia un sistema de movilidad más limpio, seguro e inclusivo.

Una de las líneas prioritarias es el refuerzo del transporte público mediante la modernización de infraestructuras ferroviarias y de autobuses, la renovación de flotas con vehículos más eficientes y menos contaminantes, y la digitalización de servicios. Parte de esta inversión se ha financiado a través de los fondos europeos NextGenerationEU vinculados al Plan de Recuperación.

También se han aprobado ayudas directas muy relevantes al transporte colectivo: gratuidad en los servicios de cercanías y media distancia de Renfe, y en determinadas líneas de autobús interurbano de titularidad estatal, bonificaciones de al menos el 50 % en los abonos multiviaje de muchos sistemas urbanos, gratuidad del transporte público en Canarias y Baleares, o la campaña Verano Joven, con fuertes descuentos para que las personas de 18 a 30 años viajen en tren o autobús por España y Europa.

El Proyecto de Ley de Movilidad Sostenible se ha configurado como la gran pieza normativa que ordena este nuevo modelo. Incluye soluciones innovadoras como el transporte a demanda en zonas rurales, la regulación del carsharing, el marco básico para el vehículo autónomo y un conjunto de disposiciones para garantizar el derecho social a la movilidad, impulsar la digitalización, asegurar que las decisiones se basen en datos y promover una movilidad más saludable y baja en emisiones.

En paralelo se potencia la movilidad a pie y en bicicleta. La Estrategia de Movilidad Sostenible, Segura y Conectada promueve la creación de entornos peatonales accesibles, cómodos y seguros, mientras que la Estrategia Estatal por la Bicicleta, aprobada en 2021, contempla ayudas a ayuntamientos y comunidades autónomas para construir y mejorar infraestructuras ciclistas, así como para impulsar servicios de bicicleta pública.

Para facilitar el diseño de estas infraestructuras ciclistas, en 2023 se publicó un manual técnico con recomendaciones de planificación y diseño de vías ciclistas, que busca homogeneizar criterios y elevar el nivel de seguridad y confort de los carriles y redes para bicicletas.

Otro frente importante es la electrificación del parque móvil. Se han articulado incentivos fiscales y subvenciones a la compra de vehículos eléctricos e híbridos enchufables, tanto para particulares como para empresas, y se está desplegando una red cada vez más amplia de puntos de recarga rápida y semi rápida en todo el territorio.

En el ámbito tarifario, se están explorando modelos de abono integrados que simplifiquen el uso del transporte público. Un ejemplo es el Abono Único sobre la red estatal, una tarifa plana que permite desplazarse durante 30 días en servicios de Cercanías, Rodalies, Media Distancia y autobuses interregionales de titularidad estatal, con precios diferenciados para adultos y para menores y jóvenes hasta 26 años. Este tipo de soluciones facilita el cambio modal desde el coche a los sistemas colectivos.

Ejemplos de buenas prácticas en movilidad sostenible

Más allá del marco legal y las estrategias nacionales, hay ciudades que se han convertido en referentes de movilidad sostenible gracias a proyectos muy concretos y visibles para la ciudadanía.

Vitoria-Gasteiz destaca a nivel estatal por su fuerte apuesta por la movilidad peatonal y ciclista. Su plan de movilidad urbana, basado en una cuidadosa planificación y en el concepto de “supermanzanas”, reorganiza el tráfico para pacificar calles residenciales, reducir el protagonismo del coche y reservar más espacio para peatones, bicicletas y transporte público.

Madrid ha impulsado cambios normativos y de gestión del tráfico a través de su Ordenanza de Movilidad Sostenible y proyectos de restricción de vehículos contaminantes en el centro. Estas zonas de bajas emisiones buscan combatir la contaminación y la congestión, apoyándose en mejoras progresivas del transporte público y la red ciclista.

Barcelona lleva años transformando su modelo urbano con la implantación de supermanzanas, la creación de ejes verdes y la recuperación de plazas para usos ciudadanos. Esta estrategia prioriza la movilidad activa, reduce la intensidad del tráfico en muchas calles y genera nuevos espacios de encuentro que mejoran la salud y la vida social del vecindario.

A nivel internacional, Copenhague se ha consolidado como una de las capitales ciclistas del mundo gracias a una extensa red de carriles bici protegidos, aparcamientos seguros y políticas que desincentivan el uso del coche en el centro. Como resultado, una gran parte de los desplazamientos diarios se realizan en bicicleta, con beneficios claros en emisiones, salud y calidad urbana.

Ámsterdam combina un transporte público muy eficiente con una infraestructura ciclista ejemplar y medidas firmes de gestión del aparcamiento y del tráfico motorizado. Esta combinación ha permitido que la bici y los modos colectivos dominen buena parte de la movilidad cotidiana.

París ha apostado por el concepto de “ciudad de los 15 minutos”, donde las personas puedan encontrar la mayoría de los servicios esenciales (trabajo, comercio, educación, ocio, salud) a una distancia corta desde su casa. Este enfoque impulsa desplazamientos activos, reduce la necesidad de grandes trayectos diarios y replantea la distribución de equipamientos y servicios en la ciudad.

Herramientas y políticas para avanzar hacia una movilidad más sostenible

Alcanzar una movilidad urbana y territorial sostenible requiere un amplio catálogo de políticas públicas que van desde el urbanismo hasta la fiscalidad, pasando por la gestión del tráfico, la financiación del transporte y la gobernanza institucional.

En primer lugar, la planificación urbana debe favorecer la movilidad sostenible. Diseñar ciudades compactas, con mezcla de usos y servicios cercanos, acorta desplazamientos y facilita que mucha gente pueda ir andando o en bicicleta. El caso de Vitoria y su plan de movilidad se suele citar como ejemplo de un enfoque integral que combina ordenación urbanística y reconfiguración de la red viaria.

La fiscalidad también puede inclinar la balanza. Resulta clave establecer ventajas fiscales para los modos más sostenibles (transporte público, bicicleta, coche compartido en modalidades de carpool y carsharing), a la vez que se limitan las ayudas implícitas a los combustibles fósiles. De igual modo, las subvenciones a la compra de vehículos eléctricos o híbridos, incluidas las bicicletas eléctricas, ayudan a acelerar la transición tecnológica.

Otra herramienta es la reforma de los modelos tarifarios del transporte público. Los sistemas de abonos con tarifa plana mensual, trimestral o anual fomentan un uso intensivo del transporte colectivo al ofrecer previsibilidad y ahorro. El objetivo es que la mayor parte de los viajes se realice con estos abonos, incluso a escala de comunidad autónoma, integrando distintos operadores y modos de transporte bajo un mismo título.

En el ámbito interurbano, se plantea un cambio de prioridades en la inversión. Dado que España ya tiene una de las redes de carreteras de alta capacidad más extensas de Europa, muchos expertos defienden que la nueva inversión se centre en mejorar los ferrocarriles de cercanías, los servicios regionales, los ferrocarriles de vía estrecha, los carriles bus y los sistemas de autobuses de tránsito rápido de acceso a las ciudades, en lugar de seguir ampliando autopistas.

Dentro de las ciudades, la gestión y pacificación del tráfico es fundamental. Reducir los límites de velocidad (por ejemplo, de 50 a 30 km/h en muchas calles), implantar medidas físicas que obliguen a respetar esos límites y desviar el tráfico de paso hacia vías principales contribuye a rebajar la siniestralidad, reducir el ruido y hacer más atractivos los desplazamientos a pie y en bicicleta.

Se propone igualmente avanzar en la electrificación del transporte público urbano, mediante la construcción de nuevas líneas de tranvía donde sea viable y la sustitución progresiva de autobuses de motor de combustión por flotas híbridas o totalmente eléctricas. Esto reduce las emisiones locales de contaminantes y mejora de forma notable el confort acústico en las calles.

En el plano regulatorio, se considera necesaria una ley básica estatal de movilidad que establezca un marco homogéneo, defina la financiación del transporte público, coordine competencias entre administraciones y fije objetivos claros de reducción de emisiones y mejora de la accesibilidad. Sin un sistema estable de financiación, el crecimiento del transporte público que exige la transición energética resulta difícil de sostener, y conviene articular respuestas integradas con propuestas como la nueva ley de cambio climático.

La movilidad sostenible también pasa por revisar los incentivos al transporte aéreo. Una de las propuestas recurrentes es equiparar progresivamente la fiscalidad del combustible de la aviación a la de los carburantes de carretera, de modo que el precio refleje mejor su impacto ambiental y se eviten distorsiones competitivas con el ferrocarril, especialmente en distancias donde el tren de alta velocidad es una alternativa realista.

En cuanto a la gobernanza, se reclaman cambios institucionales profundos. Por ejemplo, transformar los tradicionales ministerios de obras públicas centrados en infraestructuras en ministerios de movilidad y transportes, o incluso de transportes y energía, que integren la planificación de la demanda, la gestión de la energía y el diseño de redes de transporte de forma conjunta.

Otra línea de trabajo es la promoción del uso compartido del automóvil, regulando claramente las plataformas y redes sociales que conectan a personas para compartir viaje y gastos. La clave es garantizar transparencia, eficiencia energética y evitar la competencia desleal con taxis o servicios de transporte público. Cuando se trata de vehículos privados en los que simplemente se reparten los costes variables, no hay una remuneración al conductor y, por tanto, no se asimila a un servicio profesional.

Por último, las estrategias para una movilidad urbana sostenible deben apoyarse en el conocimiento: disponer de datos fiables, sistemas de análisis avanzados y mecanismos de participación ciudadana. Solo así se pueden diseñar marcos normativos adecuados, infraestructuras para modos no motorizados, sistemas de gestión del tráfico y modelos de financiación que funcionen a largo plazo.

Movilidad sostenible en la vida cotidiana y dimensión social

A nivel individual, cada persona puede contribuir a la movilidad sostenible con gestos muy concretos en su día a día. Cambiar algunos hábitos de desplazamiento suele ser más fácil de lo que parece y, además, suele traer beneficios directos para el bolsillo y la salud.

Utilizar el transporte público para los trayectos habituales (ir al trabajo, estudiar, hacer recados) es una de las decisiones más eficaces. Autobuses, metros y trenes evitan los atascos, reducen la necesidad de buscar aparcamiento y, en muchas ocasiones, resultan más rápidos que el coche en zonas con tráfico intenso.

La bicicleta es otra gran aliada, especialmente en ciudades con carriles bici crecientes. Es ligera, rápida en distancias cortas y medias, fácil de aparcar y, si no se dispone de una propia, cada vez hay más sistemas de préstamo público. Además, pedalear introduce actividad física en la rutina diaria de forma natural.

Compartir coche es una alternativa cuando el vehículo resulta imprescindible. Coordinarse con vecinos, compañeros de trabajo o usar aplicaciones especializadas permite reducir el número de coches en circulación y repartir gastos. Si se conduce, conviene aplicar técnicas de conducción eficiente (velocidades estables, evitar acelerones y frenazos bruscos, uso moderado del aire acondicionado) para rebajar el consumo de combustible.

Caminar es, probablemente, la forma más simple y potente de movilidad sostenible. Ir a pie al trabajo si está cerca, a la compra o al gimnasio, no solo no contamina, sino que mejora la salud cardiovascular, fortalece músculos y huesos y ayuda a despejar la mente. También hace las calles más vivas y seguras, con más gente utilizando el espacio público.

La movilidad sostenible tiene además una vertiente social muy importante. Organizaciones como Cruz Roja, en colaboración con empresas privadas, han puesto en marcha iniciativas para apoyar a personas con dificultades económicas y sociales en el ámbito de la movilidad. Entre otras medidas, se ofrecen precios más asequibles en determinados servicios y productos relacionados con la seguridad vial, así como la donación de bicicletas para uso en proyectos de voluntariado y desarrollo local.

Dentro de programas como el Plan Reacciona, se conceden ayudas económicas específicas para cubrir gastos de transporte de las personas más vulnerables. Miles de apoyos individuales de pequeño importe pueden marcar una gran diferencia para que alguien pueda acudir a una entrevista de trabajo, seguir una formación o acceder a servicios básicos.

En un escenario de cambio climático y crisis energética, un modelo de movilidad sostenible, segura y accesible se perfila como una pieza imprescindible de cualquier estrategia de futuro. Reordenar el espacio público, reforzar el transporte colectivo, apoyar la movilidad activa y garantizar que nadie se quede atrás en su derecho a moverse conforman un reto ambicioso, pero también una oportunidad para construir ciudades y territorios más habitables, saludables y justos para las próximas décadas.

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