Una tarde de calor sofocante en la Costa Atlántica argentina terminó convertida en escenario de tragedia cuando una ola inusualmente rápida y poderosa sorprendió a miles de personas en Santa Clara del Mar, Mar del Plata, Camet y Mar Chiquita. Lo que parecía un día de playa cualquiera derivó en un episodio con un joven fallecido, decenas de heridos y balnearios evacuados de urgencia.
El mar primero se retiró más de lo habitual y, pocos minutos después, regresó con una embestida súbita que arrastró bañistas, objetos de playa y mobiliario costero. Las autoridades y la comunidad científica coinciden en que se trató de un posible meteotsunami, un tipo de «tsunami meteorológico» asociado a cambios bruscos en la atmósfera, aún bajo análisis detallado.
Una ola que cogió a todos a contrapié en la Costa Atlántica

El episodio se registró durante la tarde del 12 de enero, en plena ola de calor, con temperaturas rondando los 38 ºC y playas abarrotadas. Testigos y guardavidas describen que el mar comenzó a retroceder varios metros, obligando a caminar más de lo normal para encontrar profundidad. Muchos interpretaron esa retirada como una simple bajante curiosa, sin imaginar que era la antesala de un fenómeno peligroso.
Instantes después, el agua regresó de golpe. Bañistas relataron que la ola no superaba aproximadamente el metro y medio de altura, pero lo que la hizo devastadora fue su velocidad y la invasión repentina sobre la arena. La lámina de agua se elevó por encima de la línea de playa habitual, avanzó tierra adentro y arrasó con personas, reposeras, heladeras portátiles, sombrillas y juguetes. Lo que a simple vista parecía «solo una ola» actuó como un empuje único, rápido y contundente.
En Santa Clara del Mar y Mar Chiquita se vivieron los momentos más críticos. El joven de 29 años que perdió la vida, identificado como Yair Amir Manno Núñez, fue arrastrado y golpeado contra las rocas tras el impacto de la ola. Además, se contabilizaron al menos 35 heridos, con personas golpeadas, mareadas y agotadas por el esfuerzo de salir del agua, y un hombre que llegó a sufrir un infarto en medio del caos y tuvo que ser reanimado durante más de media hora.
Guardavidas de distintos balnearios coincidieron en que, en cuestión de minutos, la playa pasó de ser un entorno distendido a un escenario de emergencia con gritos, corridas y rescates simultáneos. Se izó la bandera roja, se activaron los protocolos de evacuación y las comunicaciones por radio empezaron a dar cuenta de una invasión de agua anómala con el mar en bajante, algo muy poco habitual en la zona.
El fenómeno no se limitó a las playas. En el puerto de Mar del Plata, testigos observaron un comportamiento igualmente inusual: los barcos bajaron repentinamente varios decímetros y, en pocos minutos, el nivel del agua subió alrededor de un metro o más en la rada interior, generando corrientes fuertes y oscilaciones rápidas. Algunas instalaciones recreativas, como marinas y pilotes de clubes náuticos, sufrieron daños materiales menores, sin consecuencias graves para la flota pesquera.
Qué es un meteotsunami y en qué se diferencia de un tsunami sísmico
Ante la magnitud del suceso, la principal hipótesis manejada por meteorólogos y oceanógrafos es que la Costa Atlántica argentina experimentó un meteotsunami. Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), estos eventos son grandes ondas de larga longitud originadas por perturbaciones atmosféricas, como frentes fríos intensos, líneas de turbonada, tormentas severas o variaciones repentinas de la presión del aire.
A diferencia de los tsunamis sísmicos, que se generan por terremotos submarinos, deslizamientos de tierra bajo el mar o grandes desprendimientos, el meteotsunami tiene un origen puramente meteorológico. Pequeños pero súbitos cambios en la presión atmosférica y en el campo de viento, asociados a sistemas de baja presión que se desplazan con rapidez sobre el océano, ejercen una fuerza sobre la superficie del mar capaz de poner en marcha ondas largas que pueden amplificarse al aproximarse a la costa.
Estas ondas suelen tener periodos de minutos a decenas de minutos y, en mar abierto, pueden pasar inadvertidas. Sin embargo, cuando entran en contacto con plataformas continentales poco profundas, bahías, ensenadas, puertos o golfos con geometría favorable, pueden experimentar diversos tipos de resonancia que hacen aumentar notablemente la oscilación del nivel del mar. En esos casos, se han observado variaciones de hasta dos o incluso cuatro metros en pocos minutos en distintas partes del mundo.
La NOAA advierte que la identificación de un meteotsunami no es sencilla porque sus efectos pueden confundirse con marejadas por viento, seiches (oscilaciones internas en cuencas cerradas) o incluso con tsunamis clásicos. Los especialistas evalúan la firma temporal del fenómeno (cómo cambia el nivel del mar en minutos), su extensión geográfica y la asociación con perturbaciones atmosféricas en movimiento para poder clasificarlo con precisión.
En el caso de la Costa Atlántica argentina, la clave está en la combinación de factores: una atmósfera muy inestable con cambios bruscos de presión, un frente o sistema de baja presión de rápido desplazamiento, una costa con batimetría relativamente somera y la presencia de estructuras portuarias y ensenadas que pueden favorecer resonancias adicionales. En este contexto, el fenómeno encaja bien en la categoría de onda larga forzada atmosféricamente, compatible con un meteotsunami.
Lo que dicen los expertos: de la hipótesis a la verificación científica

Varios especialistas han intervenido públicamente para aportar contexto y cautela. El meteorólogo y matemático Eduardo Piacentini, exdirector del Departamento de Cambio Global del Servicio Meteorológico Nacional argentino, subraya que el evento sigue en estudio. Según explicó, una primera aproximación apunta a que la ola no se debió a un movimiento tectónico, sino a un cambio violento y de muy corta duración en la diferencia de presión entre el aire y la superficie del mar. En sus palabras, podría llamarse «meteotsunami», pero la denominación aún no está confirmada científicamente.
El director de Defensa Civil bonaerense, Fabián García, lo describe como un evento imprevisible, al que se refiere como «olas vagabundas» o mini tsunamis. García recuerda un episodio similar ocurrido en Mar del Plata hace dos o tres años, durante la noche, que pasó casi desapercibido porque no hubo heridos ni gran impacto mediático. En esta ocasión, se activaron dispositivos para monitorizar a los heridos en centros de salud y seguir la situación en toda la franja costera.
El oceanógrafo Walter Dragani coincide en que lo ocurrido es «aparentemente un meteotsunami», un «tsunami meteorológico» cuya energía proviene de la atmósfera. Detalla que un sistema de baja presión habría transitado frente a la provincia de Buenos Aires, perturbando el nivel del mar y generando una onda que se propagó hasta la costa, donde se amplificó alrededor de un metro por encima de la marea. Sobre esa oscilación de fondo se montó el oleaje habitual, de modo que el bañista percibió una irrupción repentina de agua por encima de lo esperado.
Dragani explica además que primero habría llegado el «valle» de la onda, lo que se manifiesta como un retirada anómala del mar, y luego la «cresta», que se traduce en la ola que invade la playa con rapidez. Este patrón —el mar que se va de forma llamativa para después volver con fuerza— fue descrito por numerosos testigos y guardavidas en Santa Clara del Mar y otras localidades cercanas.
En el plano internacional, la NOAA y otros organismos científicos resaltan que, aunque los meteotsunamis suelen ser menos destructivos que los tsunamis sísmicos, pueden causar daños materiales importantes y riesgo para la vida humana, sobre todo en entornos muy concurridos o urbanizados. Su baja frecuencia y la dificultad para detectarlos con antelación añaden un plus de incertidumbre que obliga a mejorar los sistemas de vigilancia y alerta.
Antecedentes en Mar del Plata, la Costa Atlántica y otros lugares del mundo

El episodio reciente no es el primer caso que se investiga en la costa argentina. La madrugada del 8 de diciembre de 2022, algunas playas del sur de Mar del Plata sufrieron el impacto de olas inusuales tras el paso de un frente frío con tormentas intensas en el sudeste bonaerense. El Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP) analizó entonces los registros y concluyó que las condiciones atmosféricas eran compatibles con un meteotsunami.
Aquel informe oficial destacó que las ondas oceánicas se amplificaron sobre la plataforma continental, generando subidas de varias decenas de centímetros al llegar a la orilla. Los investigadores subrayaron que los daños habrían sido mayores si el evento hubiera coincidido con la pleamar, prevista en 1,49 metros de altura según el Servicio de Hidrografía Naval. Ese caso se considera hoy un antecedente clave para el seguimiento de fenómenos extremos en la región.
Si se retrocede más en el tiempo, los archivos históricos de Mar del Plata recogen otros episodios llamativos. El 21 de enero de 1954, la ciudad fue sacudida por una ola de «extraordinaria altura y violencia» que sorprendió a miles de bañistas en la popular Playa Bristol durante una jornada calurosa y aparentemente tranquila. Crónicas de la época hablan de una ola gigante seguida de otras dos, que se extendieron con fuerza aluvional sobre la arena, arrastrando a su paso personas y objetos.
Aunque en aquel suceso no se registraron víctimas mortales, sí se atendió a varios bañistas por principios de asfixia y golpes, y fue necesaria una intensa actuación de guardavidas y personal sanitario. Nueve años antes, en 1945, ya se había reportado una serie de cuatro olas enormes en la Escollera Norte, con numerosos heridos y escenas de pánico. Hoy estos antecedentes se vuelven a revisar a la luz del concepto de meteotsunami.
Fuera de Argentina, hay casos bien documentados que ayudan a entender el fenómeno. En Estados Unidos, por ejemplo, un meteotsunami en el Lago Michigan, en junio de 2024, provocó subidas de agua de hasta 60 centímetros en cuestión de minutos durante una tormenta severa. En Europa, las Islas Baleares (España) son uno de los escenarios más estudiados: allí los meteotsunamis se conocen como rissagas y, en junio de 2006, se registraron oscilaciones del nivel del mar de hasta cuatro metros en algunos puertos, con importantes daños en embarcaciones y muelles.
Estos episodios, tanto en el Atlántico Sur como en el Mediterráneo y en grandes lagos de Norteamérica, refuerzan la idea de que el acoplamiento entre atmósfera y océano puede dar lugar, de forma ocasional, a ondas largas muy energéticas incluso en zonas lejanas a grandes fallas sísmicas. En España y otros países europeos, este tipo de fenómenos se vigilan como parte de los protocolos de gestión de riesgos costeros.
El papel del cambio climático y los riesgos futuros en costas de Argentina y Europa

Además del análisis puntual del episodio, varios expertos empiezan a mirar más lejos. Especialistas en dinámica costera y cambio global señalan que, a medida que el clima se vuelve más extremo, podrían aumentar las condiciones favorables para la formación de meteotsunamis tanto en la costa argentina como en regiones europeas como el Mediterráneo occidental.
Investigadores citados en estudios recientes apuntan a que el incremento de la frecuencia e intensidad de tormentas severas, así como las alteraciones en los patrones de viento y presión atmosférica, podrían favorecer más episodios de ondas largas forzadas atmosféricamente. A esto se suma el aumento del nivel medio del mar, que eleva la línea base sobre la que se montan las oscilaciones, amplificando el potencial de inundación costera.
Según estos análisis, las comunidades costeras del Mediterráneo, como las Baleares, o sectores del Atlántico europeo, ya sensibles a las rissagas y a otros eventos extremos, podrían verse aún más expuestas. Algo similar podría ocurrir en la costa bonaerense argentina, que, aunque no está en una zona de alta sismicidad como el Pacífico, sí puede experimentar meteotsunamis recurrentes de pequeña magnitud, muchos de ellos casi imperceptibles en el día a día.
Oceanógrafos que operan en la costa bonaerense señalan que oscilaciones menores del orden de 20 a 30 centímetros vinculadas a ondas de este tipo podrían darse con cierta frecuencia, incluso cada pocas semanas, sin que usuarios y autoridades las perciban como un problema. Lo excepcional del episodio reciente fue la altura alcanzada y el contexto de playas llenas y calor extremo, factores que multiplican las consecuencias humanas.
En este escenario, cobra peso la necesidad de reforzar las redes de observación marina y atmosférica, incorporar boyas, mareógrafos y sensores costeros y mejorar los modelos numéricos capaces de detectar patrones de resonancia tipo Proudman, en los que la velocidad del sistema atmosférico coincide con la de propagación de las ondas en el mar. Tanto en Europa como en Sudamérica, estas herramientas son clave para poder emitir avisos tempranos que minimicen el impacto de eventos similares.
Más allá de las capacidades tecnológicas, los expertos insisten en la importancia de la educación y la cultura de prevención en zonas de playa. Reconocer señales como una retirada inusual y rápida del mar o una subida súbita del nivel del agua debería ser motivo suficiente para alejarse de la línea de rompiente y de rocas y escolleras, sin esperar a una confirmación oficial sobre la naturaleza exacta del fenómeno.
Lo ocurrido en la Costa Atlántica argentina ha puesto sobre la mesa la realidad de los meteotsunamis como amenaza poco conocida pero potencialmente peligrosa, tanto en el Atlántico Sur como en áreas del Mediterráneo y otras cuencas. Aunque se trata de episodios raros y difíciles de pronosticar, la combinación de mejor monitoreo, análisis científico riguroso y protocolos de seguridad claros puede marcar la diferencia para que, la próxima vez que el mar «respire al revés» y se retire de forma extraña antes de volver con fuerza, la sorpresa no se traduzca en nuevas víctimas.
