Los datos científicos recopilados durante el último año dejan poco margen para la duda: en 2025 los océanos han vuelto a marcar un récord de temperatura, acumulando más energía térmica que en cualquier otro momento desde que se dispone de mediciones modernas. El hallazgo refuerza la preocupación de la comunidad científica sobre la velocidad a la que se está transformando el sistema climático.
Este nuevo máximo no se limita a un repunte puntual de la superficie del mar; detrás hay un incremento sostenido del calor almacenado en las capas profundas, que actúan como auténtico “almacén” del exceso de energía generado por los gases de efecto invernadero. Las consecuencias se dejan notar ya en fenómenos extremos, en la subida del nivel del mar y en la salud de los ecosistemas marinos de Europa y del resto del planeta.
Un récord global de calor en los océanos

Un consorcio internacional de más de 50 científicos de 31 instituciones ha concluido que en 2025 el contenido de calor oceánico (OHC, por sus siglas en inglés) alcanzó el valor más alto de toda la serie disponible, que se remonta a mediados del siglo XX. Este indicador mide la energía acumulada en los primeros 2.000 metros de profundidad, una referencia clave para seguir la evolución del calentamiento global a largo plazo.
Según las estimaciones, los mares añadieron en un solo año en torno a 23 zettajulios de energía, una cantidad descomunal que los autores equiparan al consumo energético mundial de unos 37 años, tomando como referencia los niveles de 2023 (en torno a 620 exajulios anuales). Es decir, la cantidad de calor extra que han absorbido los océanos en 2025 equivale a varias décadas de toda la energía que utiliza la humanidad.
El trabajo, publicado en la revista científica Advances in Atmospheric Sciences, confirma también una tendencia de aceleración desde la década de 1990. En los últimos nueve años, cada ejercicio ha marcado un máximo o se ha mantenido muy cerca del límite superior de la serie, lo que indica que el sistema oceánico sigue acumulando energía de manera prácticamente ininterrumpida.
El análisis integra bases de datos de diferentes programas de observación, entre ellos el Instituto de Física Atmosférica de la Academia China de Ciencias, el servicio europeo Copernicus Marine y el NOAA/NCEI estadounidense, además de un metaanálisis oceánico (CIGAR-RT) que combina información de Asia, Europa y América. Esta convergencia de fuentes, que incluye una flota de miles de boyas y robots autónomos, refuerza la robustez de la señal de calentamiento.
Los autores subrayan que el océano absorbe más del 90 % del exceso de calor atrapado por los gases de efecto invernadero, de modo que el OHC se ha consolidado como uno de los mejores indicadores del balance energético del planeta. Mientras la Tierra continúe ganando energía, explican, el contenido de calor marino seguirá marcando nuevas marcas históricas.
Un calentamiento desigual: focos críticos en Atlántico, Mediterráneo y océano Austral

El informe deja claro que el aumento de la temperatura oceánica no se reparte por igual. En 2025, alrededor del 16 % de la superficie oceánica mundial alcanzó valores récord de contenido de calor y aproximadamente un 33 % se situó entre los tres niveles más altos de sus registros. Es decir, en buena parte de los mares del mundo se rozan o superan máximos históricos.
Entre las regiones más afectadas destacan el Atlántico Sur y tropical, el Pacífico Norte, el océano Austral y amplias franjas de los océanos tropicales. En el contexto europeo, el mar Mediterráneo y el norte del Índico se citan entre los focos donde el incremento de calor ha sido especialmente intenso, con impactos directos sobre las costas del sur de Europa, el norte de África y Oriente Medio.
Los científicos apuntan que también se han observado zonas con enfriamientos relativos, como partes del Pacífico ecuatorial o del Índico occidental, vinculados sobre todo a ajustes dinámicos a escala de cuenca y a la transición hacia condiciones de La Niña. Estas variaciones regionales no contradicen el calentamiento global, sino que forman parte de la respuesta del océano a la combinación entre forzamiento humano y variabilidad natural.
En los primeros 2.000 metros de profundidad, la señal es más homogénea: prácticamente todas las cuencas muestran una ganancia constante de energía desde los años noventa, con un ligero aumento de la tasa en el último tramo de la serie. El mensaje de fondo es que el reservorio profundo de calor sigue creciendo, aunque en la superficie el efecto pueda oscilar de un año a otro.
Los autores insisten en que este patrón desigual implica que determinadas regiones concentran riesgos mayores, desde olas de calor marinas más persistentes hasta alteraciones intensas en las corrientes. Para Europa, el foco está en la cuenca atlántica y el Mediterráneo, donde ya se han documentado episodios de temperaturas del agua excepcionalmente altas en los últimos veranos.
Temperatura de la superficie del mar: tercer valor más alto registrado
Aunque el gran salto se da en el calor acumulado en profundidad, la temperatura media global de la superficie del mar (TSM) también se mantuvo en niveles muy elevados. En 2025 fue el tercer registro más cálido desde que existen datos fiables, situándose en torno a 0,5 ºC por encima del promedio de 1981-2010.
Este valor supone un ligero descenso respecto a 2023 y 2024, una diferencia que los investigadores atribuyen principalmente a la transición de un episodio intenso de El Niño a condiciones de La Niña en el Pacífico tropical. Estos fenómenos naturales modulan el calor en la superficie del océano a escala de pocos años, pero no alteran la tendencia ascendente de fondo asociada al cambio climático.
La TSM es un parámetro especialmente sensible para el clima porque condiciona la evaporación y la cantidad de humedad disponible en la atmósfera. Aguas más cálidas dan lugar a un aire más cargado de vapor, lo que se traduce en lluvias más intensas y tormentas más potentes cuando se dan las condiciones adecuadas.
Durante 2025 se observaron episodios destacados de fenómenos meteorológicos extremos vinculados, al menos en parte, a este exceso de energía oceánica: inundaciones de gran escala en zonas del sudeste asiático y de México, episodios de lluvias excepcionales en el noroeste del Pacífico y periodos de sequía severa en Oriente Medio. Aunque estos impactos se concentran fuera de Europa, los mismos mecanismos físicos que los desencadenan influyen en las borrascas atlánticas, las olas de calor y los temporales que afectan al continente.
Los expertos recuerdan que, con un océano más cálido, aumenta también la probabilidad de ciclones tropicales más intensos y de olas de calor marinas prolongadas. Estas situaciones, cuando alcanzan latitudes medias, pueden derivar en lluvias torrenciales, vientos fuertes y episodios de inundación costera en países europeos, especialmente en las riberas del Atlántico y del Mediterráneo.
Impactos: nivel del mar, fenómenos extremos y ecosistemas marinos

Uno de los efectos más directos del aumento del calor marino es la subida del nivel del mar. A medida que el agua se calienta, se expande, un proceso conocido como expansión térmica. A esto se suma el aporte de agua procedente del deshielo de glaciares y capas de hielo, de modo que el incremento del OHC se traduce en una elevación gradual pero persistente de los mares.
Para las zonas costeras europeas, desde el litoral atlántico hasta el Mediterráneo y el mar del Norte, esta subida supone un riesgo añadido a la erosión natural y a las marejadas asociadas a temporales. Organismos como la Agencia Federal Marítima e Hidrográfica de Alemania ya han alertado de temperaturas inusualmente altas en el mar del Norte y el Báltico, lo que refuerza las llamadas a reforzar las defensas y la planificación costera a largo plazo.
El calor adicional en el océano también prolonga las olas de calor marinas, episodios en los que la temperatura del agua se mantiene muy por encima de lo normal durante semanas o meses. Estas situaciones pueden provocar mortandades masivas de especies marinas, desde corales y praderas de posidonia hasta peces y moluscos de interés pesquero, con impactos económicos directos para las comunidades costeras.
El estudio señala que, en 2025, se han intensificado procesos como el blanqueamiento de los arrecifes de coral, un síntoma claro del estrés térmico y de la acidificación provocada por la absorción de dióxido de carbono. Aunque los grandes arrecifes tropicales se encuentran lejos de Europa, su deterioro es un indicador de la vulnerabilidad general de los ecosistemas marinos ante el calentamiento.
Además, el aumento del contenido de calor oceánico incrementa la humedad y la energía disponible en la atmósfera, algo que tiende a acentuar la intensidad de las precipitaciones extremas y de los temporales. Las inundaciones, los deslizamientos de tierra y los daños en infraestructuras se vuelven más probables cuando coinciden suelos saturados, mareas vivas y tormentas alimentadas por un océano más cálido.
La ciencia del calor oceánico y el papel de Europa
El avance en el conocimiento del OHC ha sido posible gracias a la combinación de observaciones in situ, sensores satelitales y modelos de reanálisis. Los miles de robots flotantes que forman parte de la red internacional Argo, capaces de descender hasta 2.000 metros de profundidad y medir temperatura y salinidad, se han convertido en una herramienta esencial para seguir la evolución del calor marino.
Europa juega un papel central en esta vigilancia mediante programas como Copernicus Marine, que integra datos de satélites, boyas, barcos y modelos numéricos para ofrecer una imagen actualizada de los océanos. Esta información es clave para servicios meteorológicos, gestión pesquera, planificación costera y evaluación de riesgos climáticos en los países de la Unión Europea y su entorno.
La nueva colección especial de Advances in Atmospheric Sciences dedicada a los cambios en el contenido de calor oceánico abordará también estudios regionales en mares cercanos, como los mares de China, el Pacífico Sur o el Índico, pero incluye análisis con implicaciones directas para el Atlántico Norte y el Mediterráneo. El objetivo es afinar la comprensión de los mecanismos que redistribuyen el calor entre cuencas y profundidades.
Investigadores como Kevin Trenberth o Lijing Cheng subrayan la naturaleza evolutiva de la ciencia climática: cada año se incorporan mejores datos y métodos, lo que permite ajustar las estimaciones y reducir las incertidumbres físicas. Sin embargo, el panorama general que se desprende de los últimos informes es coherente: el océano continúa calentándose y actuando como amortiguador del calentamiento global, a costa de acumular tensiones en el sistema climático.
Para Europa, esta realidad se traduce en la necesidad de integrar la información oceánica en las políticas de adaptación y mitigación, desde los planes de protección de costas y puertos hasta la ordenación de actividades marítimas y energías renovables marinas. Entender cómo y dónde se calientan los océanos es un requisito previo para anticipar los impactos y preparar respuestas eficaces.
Los autores del estudio coinciden en que la principal incógnita ya no reside tanto en la física del sistema climático como en las decisiones que adopte la sociedad en las próximas décadas. El océano seguirá absorbiendo calor mientras las concentraciones de gases de efecto invernadero continúen aumentando; la cuestión es hasta qué punto se logrará reducir rápidamente las emisiones y reforzar la adaptación para limitar los daños sobre ecosistemas, infraestructuras y formas de vida ligadas al mar.
