La supernova más antigua detectada por el James Webb abre una ventana al universo temprano

  • El James Webb ha confirmado la supernova más antigua conocida, originada hace 13.000 millones de años.
  • El evento se asocia a un estallido de rayos gamma GRB 250314A, detectado primero por el satélite SVOM.
  • Se ha identificado también la galaxia anfitriona, visible como un tenue punto rojo en los datos del Webb.
  • Observatorios de Europa, con destaque para el Telescopio Óptico Nórdico en Canarias, fueron clave en la confirmación.

supernova antigua observada por el telescopio James Webb

Cuando el universo apenas empezaba a desperezarse, una estrella gigantesca terminó su vida en una explosión colosal. La luz de ese estallido viajó durante unos 13.000 millones de años hasta ser registrada por nuestros instrumentos actuales, convirtiéndose en la supernova más temprana jamás identificada y en una pieza clave para entender los primeros pasos del cosmos.

Este hito ha sido posible gracias a una compleja cadena de observaciones internacionales que culminó con el Telescopio Espacial James Webb, desarrollado por la NASA junto a la Agencia Espacial Europea (ESA) y la agencia espacial canadiense. El observatorio ha confirmado que un brillante estallido de rayos gamma detectado en marzo de 2025 procedía de la muerte explosiva de una estrella masiva y ha logrado, además, identificar la diminuta galaxia anfitriona donde ocurrió el fenómeno.

Una señal lejana que disparó una carrera contrarreloj

El 14 de marzo de 2025, el satélite franco-chino SVOM, especializado en fenómenos breves y energéticos, lanzó una alerta tras registrar un estallido de rayos gamma inusualmente intenso procedente de una región muy remota del cielo. A partir de ese aviso, se activó una auténtica carrera científica a escala mundial para estudiar el suceso antes de que se desvaneciera.

En apenas hora y media, el Observatorio Neil Gehrels Swift de la NASA refinó la posición de la fuente en rayos X, acotando el punto exacto desde el que llegaba el destello. Ese primer paso fue crucial para coordinar al resto de telescopios y permitió, en cuestión de pocas horas, planificar observaciones en distintas longitudes de onda.

Once horas después del estallido inicial, el Telescopio Óptico Nórdico, situado en las Islas Canarias, detectó un débil resplandor en el infrarrojo asociado a la misma zona. Ese brillo tan tenue y desplazado hacia el rojo encajaba con un objeto extremadamente lejano, potencialmente ubicado en el universo temprano, lo que disparó el interés de varios equipos europeos.

Solo unas horas más tarde, el Very Large Telescope (VLT) del Observatorio Europeo Austral, en Chile, midió el corrimiento al rojo y estimó que el evento se había producido cuando el universo tenía unos 730 millones de años, es decir, menos del 5 % de su edad actual. Con esa cifra sobre la mesa, los astrónomos supieron que estaban ante un candidato firme a récord de antigüedad.

La rapidez con la que se encadenaron estas observaciones —todas ellas completadas en menos de 17 horas— dejó claro que se trataba de un fenómeno excepcionalmente raro y valioso. En medio siglo, solo se han detectado unos pocos estallidos de rayos gamma procedentes de los primeros mil millones de años del cosmos.

Del estallido GRB 250314A a la supernova más temprana conocida

El evento quedó catalogado como GRB 250314A, en referencia a la fecha de su detección y a su naturaleza de estallido de rayos gamma (GRB, por sus siglas en inglés). A diferencia de otros destellos brevísimos, este se prolongó durante algo más de diez segundos, un rasgo típico de los GRB asociados al colapso y muerte de estrellas masivas y no a la fusión de objetos compactos como estrellas de neutrones.

El comportamiento de la luz posterior al estallido también llamó la atención. En lugar de alcanzar rápidamente un máximo y desvanecerse en cuestión de semanas, la curva de brillo se fue estirando durante meses. Este efecto no se debe a que la explosión durara más, sino a la propia expansión del universo, que no solo estira la longitud de onda de la luz, sino también el tiempo aparente en el que observamos el fenómeno.

Con estas pistas, un equipo internacional solicitó una observación de emergencia al Telescopio James Webb. El objetivo era cazar a la supernova en el momento en que, por efecto de ese estiramiento temporal, se esperaba que alcanzara su máximo brillo observable desde la Tierra.

Tres meses y medio después del estallido inicial, el Webb apuntó hacia la posición exacta de GRB 250314A utilizando su cámara de infrarrojo cercano. Las imágenes y espectros obtenidos permitieron confirmar que el resplandor correspondía claramente a la explosión final de una estrella masiva, no a otro tipo de fenómeno. Así se verificó que el destello de marzo de 2025 era, en realidad, la firma de la supernova más antigua detectada hasta la fecha.

Según explicó el astrofísico Andrew Levan, uno de los investigadores principales, “solo Webb podía mostrar de manera directa que esa luz pertenece al colapso de una estrella”. El resultado desplaza el récord anterior, también del propio Webb, que había localizado una supernova cuando el universo tenía ya alrededor de 1.800 millones de años, mucho más tarde que este nuevo hallazgo.

imagen del universo temprano y supernova lejana

Un universo muy joven, pero con explosiones familiares

Si algo ha sorprendido a los científicos es que esta supernova tan antigua resultó ser, en muchos aspectos, muy parecida a las que observamos en el entorno cercano. A pesar de que las primeras estrellas se formaron en condiciones muy distintas, el análisis espectral muestra un comportamiento inesperadamente familiar.

En el universo primitivo, se supone que las estrellas contenían menos elementos pesados, eran, en general, más masivas y vivían más deprisa. Todo ello en un contexto dominado por la llamada época de reionización, cuando el gas intergaláctico aún bloqueaba buena parte de la radiación de alta energía. Con este panorama, muchos investigadores esperaban encontrar diferencias marcadas entre estas explosiones y las supernovas modernas.

Sin embargo, al comparar los datos de GRB 250314A con los de supernovas relativamente cercanas, el equipo comprobó que el espectro y la evolución temporal del brillo eran extraordinariamente similares. Como reconoció el astrofísico Nial Tanvir, entraron “con la mente abierta” y el Webb les mostró una supernova que “se ve exactamente igual que las actuales”.

Esta coincidencia sugiere que los procesos físicos básicos que gobiernan la muerte explosiva de las estrellas ya estaban plenamente operativos cuando el universo apenas tenía el 5 % de su edad actual. Lejos de resolver el misterio, el hallazgo plantea nuevas preguntas sobre cómo se formaron y evolucionaron las primeras generaciones estelares.

En los próximos años, los astrónomos esperan detectar más eventos similares gracias a programas de observación rápida del Webb y de otros telescopios. Al acumular varios casos, será posible buscar matices y diferencias sutiles entre supernovas antiguas y modernas que ahora mismo quedan ocultas por la escasez de datos.

La galaxia anfitriona: un tímido borrón que lo cambia todo

Además de confirmar la naturaleza del estallido, el James Webb logró algo que hasta hace muy poco se consideraba prácticamente inalcanzable: detectar la galaxia en la que explotó la estrella. A esa distancia tan extrema, la luz de la galaxia se condensó en apenas unos pocos píxeles rojizos en las imágenes del telescopio, como un diminuto borrón en el fondo del cosmos.

Esa pequeña mancha roja, enrojecida por el fuerte corrimiento al rojo debido a la expansión del universo, aporta información de enorme valor. Según explica el investigador Emeric Le Floc’h, las propiedades de este tenue sistema encajan con otras galaxias muy jóvenes observadas en la misma era cósmica, lo que ayuda a encajar las piezas del puzle sobre cómo se ensamblaron las primeras estructuras del universo.

Que el Webb sea capaz de identificar no solo la supernova sino también su entorno inmediato demuestra que ya podemos estudiar estrellas individuales y sus galaxias cuando el cosmos estaba en su infancia. El resplandor posterior al estallido actúa como una especie de “faro cósmico” que ilumina la materia que lo rodea y deja una auténtica “huella digital” en el espectro recogido por los instrumentos.

Gracias a esa huella, los astrónomos pueden analizar la composición química, la densidad del gas y otras características de la galaxia anfitriona. Estos datos permiten reconstruir cómo las primeras supernovas fueron enriqueciendo el medio con elementos pesados, impulsando la formación de nuevas generaciones de estrellas y, con el tiempo, de planetas.

Este tipo de observaciones abre la puerta a usar cada estallido de rayos gamma lejano como una herramienta para explorar las galaxias del universo temprano. Cada destello se convierte así en una ventana puntual que, bien aprovechada, revela detalles que de otro modo quedarían fuera de nuestro alcance.

El papel central de Europa y de los observatorios en Canarias

La detección de la supernova más antigua conocida no ha sido obra de un solo instrumento, sino el resultado de una colaboración internacional muy estrecha en la que Europa ha tenido un protagonismo evidente. Desde el diseño del propio James Webb hasta la participación de telescopios terrestres clave, el esfuerzo coordinado ha sido determinante.

Por un lado, la ESA es socia esencial del programa del Webb, aportando tanto componentes del telescopio como parte del tiempo de observación científico. Por otro, instalaciones europeas como el Very Large Telescope en Chile han sido cruciales para medir con precisión la edad del evento y su distancia, fijando que la explosión ocurrió tan solo 730 millones de años después del Big Bang.

En el caso de España, el Telescopio Óptico Nórdico, ubicado en el Observatorio del Roque de los Muchachos (La Palma, Islas Canarias), jugó un papel decisivo al detectar el débil resplandor infrarrojo del estallido. Esa observación temprana apuntó a que se trataba de un objeto muy lejano, lo que justificó dedicarle tiempo en telescopios de mayor tamaño y, finalmente, en el propio Webb.

También han contribuido otros centros y equipos europeos dedicados al análisis de datos de rayos gamma y a la planificación de campañas de seguimiento. Este tipo de trabajos requiere una coordinación casi milimétrica entre instituciones de distintos países para reaccionar en cuestión de horas cuando aparece un estallido prometedor en el cielo.

El resultado no solo es un récord científico, sino un ejemplo de cómo la astronomía moderna se apoya en redes globales que combinan observatorios espaciales y terrestres, desde Canarias hasta Chile, pasando por satélites en órbita dedicados a vigilar el cielo en alta energía.

Un telescopio diseñado para mirar al pasado remoto

El Telescopio Espacial James Webb fue lanzado a finales de 2021 y opera a unos 1,5 millones de kilómetros de la Tierra, en el llamado punto de Lagrange L2. Desde esa ubicación estable, protegido del calor directo del Sol y de la Tierra, el observatorio puede mantener sus instrumentos extremadamente fríos y dedicarse a cazar señales de luz casi imperceptibles.

A diferencia de su predecesor, el Hubble, que trabaja sobre todo en luz visible y ultravioleta, el Webb está optimizado para la observación en el infrarrojo. Esta elección no es casual: la expansión del universo ha estirado la luz emitida en el pasado remoto, desplazándola hacia longitudes de onda más largas que solo se pueden captar eficazmente en ese rango.

Gracias a esta capacidad, el Webb puede observar objetos formados cuando el universo tenía apenas una fracción de su edad actual. Galaxias recién nacidas, cúmulos de estrellas primitivos y, como en este caso, supernovas que explotan en plena infancia cósmica quedan al alcance de sus espejos segmentados de 6,5 metros de diámetro.

La detección de esta supernova de 13.000 millones de años es un ejemplo claro de hasta dónde llega esa sensibilidad. El telescopio no solo ha registrado el estallido en sí, sino que ha permitido estudiar el entorno y la galaxia que lo alberga, algo que hace apenas una década se veía como un objetivo casi imposible.

Para muchos astrónomos, este resultado confirma que el Webb no solo está cumpliendo las expectativas, sino que está superando con creces las previsiones sobre su capacidad para explorar el pasado profundo del cosmos. Y todo apunta a que este tipo de hallazgos serán cada vez más frecuentes a medida que se prolonguen las campañas de observación.

Con todo lo aprendido de este evento —desde la señal inicial captada por SVOM hasta la imagen final del Webb—, los científicos disponen ahora de una guía práctica para reaccionar ante los próximos estallidos lejanos y exprimir al máximo cada destello de luz que nos llegue desde aquellos primeros tiempos del universo.

Telescopio James Webb
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