La recuperación de la capa de ozono avanza, pero plantea nuevos retos climáticos

  • El agujero de la capa de ozono se reduce y se cierra antes, impulsado por el Protocolo de Montreal.
  • La eliminación de casi el 99 % de sustancias destructoras confirma una recuperación sostenida.
  • La recuperación total podría lograrse a mediados de siglo, con la Antártida retrasada hasta alrededor de 2066.
  • Estudios apuntan a que la propia recuperación del ozono puede intensificar el calentamiento global.

recuperacion de la capa de ozono

La capa de ozono se encuentra en una fase clara de recuperación después de décadas de preocupación por su deterioro. Tras años de seguimiento continuo, la comunidad científica coincide en que los datos más recientes apuntan a una mejora sostenida, con un agujero cada vez más pequeño y menos persistente sobre la Antártida.

Este avance no significa que el problema haya desaparecido, pero sí que las políticas internacionales de control de sustancias dañinas han surtido efecto. El comportamiento observado en 2025, con un cierre más temprano del agujero y una extensión más contenida respecto a los picos de las últimas décadas, se interpreta como una señal de que el rumbo adoptado por la comunidad internacional es el adecuado.

Por qué la capa de ozono es tan importante

capa de ozono y recuperacion

La capa de ozono forma una barrera natural que filtra gran parte de la radiación ultravioleta (UV) procedente del Sol. Cuando esta protección se debilita, aumenta la cantidad de rayos UV que llega a la superficie terrestre, con efectos directos sobre la salud humana, los ecosistemas y la agricultura.

Un agujero más grande o más persistente implica mayor exposición a la radiación ultravioleta, lo que está asociado a un incremento de casos de cáncer de piel, cataratas y otros problemas oculares. Además, también puede afectar al crecimiento de cultivos sensibles y dañar organismos marinos, especialmente en las primeras fases de la cadena trófica, como el fitoplancton.

Por todo ello, la comunidad científica llevaba décadas alertando de que una destrucción continuada de esta capa podría poner en riesgo la vida en la Tierra tal y como la conocemos. El agujero de la capa de ozono se convirtió, así, en uno de los primeros grandes símbolos de la crisis ambiental global.

En su origen, gran parte del problema se debía al uso masivo de compuestos químicos presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos industriales. Estas sustancias, muy estables, permanecían años en la atmósfera hasta alcanzar la estratosfera, donde liberaban compuestos capaces de destruir moléculas de ozono de forma muy eficiente.

Entre las zonas más vulnerables se encuentra la región antártica, donde las condiciones atmosféricas y las bajas temperaturas favorecen la formación anual del llamado “agujero de ozono”. Aunque este fenómeno sigue apareciendo cada año, su extensión e intensidad están disminuyendo en comparación con las décadas de 1990 y principios de los 2000.

El papel clave del Protocolo de Montreal

El punto de inflexión llegó con el Protocolo de Montreal, firmado en 1987, un acuerdo internacional que obligó a ir retirando del mercado las sustancias que agotaban la capa de ozono, como los clorofluorocarbonos (CFC) y los halones, muy empleados en refrigeración y aerosoles.

Desde su entrada en vigor, los países firmantes han ido aplicando de forma progresiva restricciones y prohibiciones a estos compuestos. Según las evaluaciones más recientes, se ha eliminado de forma gradual en torno al 99 % de las sustancias con mayor potencial de destrucción de ozono. Este resultado se considera uno de los mayores éxitos de la diplomacia ambiental moderna.

Los controles establecidos por este acuerdo han permitido que las concentraciones de químicos destructores del ozono en la atmósfera desciendan de manera sostenida. Como consecuencia directa, la capa de ozono ha empezado a regenerarse de forma progresiva, reduciendo tanto el tamaño como la duración del agujero antártico.

La experiencia del Protocolo de Montreal se utiliza a menudo como ejemplo de cooperación internacional eficaz. Demuestra que, cuando existe consenso científico y voluntad política, es posible revertir tendencias ambientales muy preocupantes. Sin embargo, los expertos insisten en que relajarse ahora sería un error, ya que la recuperación aún no es completa.

En la actualidad, muchos países siguen adaptando sus normativas a las enmiendas posteriores del Protocolo, como la de Kigali, que busca eliminar también gases refrigerantes con alto impacto climático, reforzando así la protección de la capa de ozono y contribuyendo al mismo tiempo a la lucha contra el calentamiento global.

Cómo se está comportando el agujero de ozono en 2025

Los datos recopilados durante 2025 muestran un cambio positivo en el comportamiento del agujero de ozono. Este año se ha observado uno de los cierres más tempranos de las últimas temporadas, el más avanzado desde 2019, y su tamaño ha vuelto a situarse por debajo de los máximos registrados entre 2020 y 2023.

Durante el mes de septiembre, la superficie afectada alcanzó un máximo en torno a los 20 millones de kilómetros cuadrados, manteniéndose con esa extensión hasta octubre. Pese a tratarse de una magnitud considerable, se considera relativamente contenida si se compara con los grandes agujeros de años anteriores.

Agencias como la NASA y la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) han indicado que el agujero de 2025 se sitúa entre los más pequeños desde principios de los años noventa, periodo en el que empezaron a aplicarse de manera efectiva las restricciones del Protocolo de Montreal.

Los equipos de observación señalan que el comportamiento reciente confirma que los controles sobre las sustancias que agotan el ozono están impulsando una recuperación gradual en la estratosfera. Aunque el agujero sigue apareciendo cada primavera austral, su duración y persistencia han ido reduciéndose poco a poco.

Este patrón refuerza la idea de que el esfuerzo regulador a largo plazo está dando resultados tangibles. De acuerdo con las proyecciones actuales, la mayoría de las regiones del planeta podrían recuperar niveles de ozono similares a los anteriores a la era de los CFC hacia mediados de este siglo, siempre que se mantengan las políticas vigentes.

Perspectivas de recuperación total y plazos estimados

Los modelos climáticos y químicos utilizados por la comunidad científica coinciden en que la recuperación de la capa de ozono será desigual según la región. En latitudes medias, donde se sitúan la mayor parte de los territorios europeos, se espera alcanzar valores cercanos a los de referencia histórica en las próximas décadas.

En el caso de la Antártida, el proceso será bastante más lento. Las proyecciones actuales sitúan la recuperación completa del ozono sobre este continente en torno al año 2066, siempre que no se produzcan nuevos episodios de emisiones ilegales de sustancias prohibidas o cambios drásticos en la dinámica atmosférica.

Este horizonte temporal relativamente largo se debe a que los compuestos destructores de ozono tienen una vida muy prolongada en la atmósfera. Aunque su emisión se haya reducido casi por completo, los restos que ya están presentes seguirán ejerciendo efectos durante años hasta ir degradándose gradualmente.

Además, entran en juego otros factores, como las variaciones naturales en la circulación estratosférica y en las temperaturas polares, que pueden acelerar o ralentizar ligeramente la recuperación. Por eso, los expertos insisten en la necesidad de mantener una vigilancia constante a través de satélites, globos y redes de observación en superficie.

En cualquier caso, el consenso científico es que la capa de ozono está en camino de volver a niveles considerados seguros a escala global a lo largo de este siglo. No obstante, ello no implica que el problema de la radiación ultravioleta desaparezca por completo, ya que seguirá siendo necesario cuidar la exposición al sol y continuar con campañas de prevención sanitaria.

Una consecuencia inesperada: más calor en el planeta

La evolución positiva de la capa de ozono no está exenta de matices. Un estudio liderado por la Universidad de Reading, en el Reino Unido, ha generado debate al apuntar que la propia recuperación del ozono podría contribuir a que el planeta se caliente más de lo previsto inicialmente.

El trabajo plantea que, si bien la prohibición de gases como los CFC ha favorecido la reparación de la capa de ozono, su combinación con el aumento de la contaminación atmosférica podría intensificar el efecto invernadero. Según sus estimaciones, este proceso podría llegar a calentar la Tierra hasta un 40 % más de lo calculado en algunos escenarios climáticos.

El profesor Bill Collins, autor principal de la investigación, sostiene que los países están actuando correctamente al seguir prohibiendo los compuestos que dañan el ozono. Sin embargo, advierte de que esta recuperación tiene un efecto añadido: al reforzar la capacidad de la atmósfera para retener calor, puede incrementar el calentamiento global si no se reducen al mismo tiempo otras formas de contaminación.

El estudio recuerda que la contaminación procedente de vehículos, fábricas y centrales eléctricas también contribuye a generar ozono a nivel del suelo, un tipo de ozono distinto al estratosférico. Este ozono troposférico es perjudicial para la salud, agrava problemas respiratorios y, además, actúa como gas de efecto invernadero.

Por ello, los autores insisten en que, aunque proteger la capa de ozono siga siendo fundamental para reducir la radiación ultravioleta y prevenir enfermedades como el cáncer de piel, resulta imprescindible actualizar las políticas climáticas para tener en cuenta su impacto en el balance térmico del planeta. De lo contrario, se corre el riesgo de infravalorar parte del calentamiento futuro.

El reto de compatibilizar salud, clima y políticas futuras

La experiencia acumulada en los últimos años demuestra que la protección de la capa de ozono y la lucha contra el cambio climático están estrechamente conectadas. Las decisiones sobre qué sustancias se permiten o se prohíben repercuten tanto en la radiación ultravioleta como en la temperatura global.

En el plano sanitario, mantener una capa de ozono sólida significa reducir el riesgo de cáncer de piel, cataratas y otros daños asociados a la sobreexposición solar. También ayuda a preservar la productividad agrícola y la estabilidad de ecosistemas sensibles, incluidos los marinos, que dependen de un nivel de radiación relativamente estable.

Al mismo tiempo, los estudios que apuntan a un posible incremento adicional del calentamiento por la recuperación del ozono obligan a ajustar las estrategias climáticas a medio y largo plazo. La clave está en reforzar la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero tradicionales, como el dióxido de carbono o el metano, y en limitar la contaminación que genera ozono a nivel del suelo.

Las instituciones internacionales y los gobiernos nacionales se ven, por tanto, ante la tarea de coordinar políticas ambientales que integren tanto la protección del ozono como la mitigación del cambio climático. El objetivo es evitar soluciones parciales que resuelvan un problema mientras agravan otro.

Aunque la situación actual es mucho más favorable que hace tres o cuatro décadas, los expertos subrayan que no basta con celebrar la mejora: es necesario consolidarla con controles continuos, actualización de normativas y apoyo a la investigación científica, que permita anticipar posibles cambios en la atmósfera.

La trayectoria de las últimas décadas muestra que el deterioro de la capa de ozono no era irreversible y que, con acuerdos amplios y seguimiento riguroso, es posible revertir tendencias muy preocupantes; ahora, el desafío pasa por mantener ese esfuerzo, culminar la recuperación prevista para las próximas décadas y, al mismo tiempo, integrar este éxito en una estrategia climática más amplia que tenga en cuenta tanto la salud de las personas como la estabilidad del sistema climático global.

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