Santa Cruz de La Palma. La erupción del Tajogaite marcó a la isla durante 85 días y cambió su día a día: más de 7.000 evacuados, 1.345 viviendas destruidas, 370 hectáreas de cultivos arrasadas y 74 kilómetros de carreteras afectados. Hoy, con los focos apagados, el debate se centra en cómo ha impactado esa exposición en la salud de quienes estuvieron más cerca del fenómeno.
Un amplio trabajo científico, Isvolcan, ofrece ya resultados preliminares sobre la exposición a contaminantes y síntomas persistentes, mientras la Asociación de Tropa y Marinería Española (ATME) pide seguimiento médico para los militares desplegados. En paralelo, otro estudio independiente confirma que el consumo de plátanos de la isla es seguro. El panorama se completa con nuevas tomas de muestras que buscarán afinar causas y medidas de protección.
El estudio que mide el alcance real de la exposición

Isvolcan es una investigación epidemiológica del sistema público de salud de Canarias y universidades del archipiélago con una cohorte prevista de diez años y más de 2.600 personas, de las que 1.002 ya han sido analizadas en una primera fase. El objetivo es poner cifras a la exposición de la población a compuestos asociados a la actividad volcánica.
Los participantes han pasado por analíticas de sangre para detectar contaminantes orgánicos e inorgánicos, incluidos hidrocarburos aromáticos policíclicos y metales como plomo, mercurio, arsénico, níquel o cobalto. Los investigadores subrayan que la mayoría de quienes retiraron ceniza en interiores y exteriores presentan trazas de estos compuestos.
Los datos apuntan a que alrededor del 92% de quienes colaboraron en la limpieza (dentro y fuera de casa) concentran niveles más elevados de contaminantes que el resto. Sin embargo, los autores insisten en que faltan fases del estudio para esclarecer el peso de cada fuente de exposición.
Vías de exposición y qué riesgos se conocen

Durante la emergencia, miles de vecinos y personal de apoyo retiraron material con escobas, palas y sopladores, herramientas que proyectan partículas finas al aire y pueden aumentar la inhalación. Aunque más del 85% declaró haber usado mascarillas FFP2, los expertos recuerdan que la protección básica reduce pero no elimina el riesgo.
La exposición no solo depende de los equipos de protección: factores como el viento (que mantiene ceniza en suspensión) o el tiempo al aire libre incrementan la dosis inhalada; de hecho, quienes pasaron muchas horas en exteriores presentaron más plomo en sangre que los menos expuestos.
Además de la inhalación, hay otras rutas plausibles: la lluvia arrastra partículas hacia el suelo y los acuíferos, con posible entrada en la cadena alimentaria. A esto se suma que el volcán emitió en 86 días cerca del doble de CO2 que todo el archipiélago en 2020, un contexto que ilustra la magnitud del episodio. Más sobre procesos volcánicos en la región.
Los especialistas puntualizan que no existe un umbral único y universal para estimar la toxicidad de cada metal en sangre, y que muchos elementos se eliminan por orina. Sin embargo, mantener la monitorización permite anticipar y atajar problemas en colectivos vulnerables.
Síntomas más frecuentes y la huella psicológica

Las molestias más reportadas incluyen la irritación ocular (45,9%) y problemas del tracto respiratorio inferior (36,4%). También se describen episodios de insomnio (44,9%) y síntomas compatibles con ansiedad o depresión (44,7%), especialmente en áreas próximas al cráter.
El impacto emocional fue notable: evacuaciones, incertidumbre habitacional y económica, y una sismicidad constante generaron estrés sostenido en buena parte de la población. La exposición, además, actúa como un factor de riesgo añadido para estas patologías, que rara vez tienen una sola causa.
Desde la gerencia sanitaria insular, se considera esta situación como una oportunidad para comprender efectos a medio y largo plazo en una población muy expuesta. La evidencia recopilada será fundamental para mejorar la protección en futuras erupciones y ajustar las recomendaciones de salud pública.
En los próximos meses, el equipo prevé repetir cuestionarios y analíticas para comprobar si los síntomas persisten o remiten, y en qué medida influyen la distancia al foco, el tiempo de exposición y las tareas realizadas durante y tras la emergencia.
Militares desplegados: ATME pide control médico específico

La Asociación de Tropa y Marinería Española (ATME) ha solicitado al Ministerio de Defensa un seguimiento sanitario para el personal desplegado entre septiembre y diciembre de 2021, que participó en evacuaciones, mediciones de gases tóxicos y limpieza de cenizas. .
La entidad pide aclarar si existe un registro médico de los intervinientes, si se realiza control periódico y si se han detectado patologías similares a las descritas en la población civil por Isvolcan, con comparativas frente a compañeros no desplegados.
ATME también pregunta si Defensa ha puesto en marcha o prevé un estudio interno en coordinación con los investigadores, y si se han actualizado los protocolos de prevención y EPIs a la luz de las lecciones aprendidas en La Palma.
La asociación insiste en actuar sin demora para evitar un problema a largo plazo —con el amianto como precedente— y reclama un control exhaustivo que priorice el bienestar del personal que prestó servicio en la emergencia.
Seguridad alimentaria: qué pasa con los plátanos

Un estudio publicado en PLOS One analizó con espectrometría de masas (ICP-MS) hasta 55 elementos inorgánicos en plátanos y cáscaras, comparando zonas próximas y alejadas del volcán, así como periodos antes y después de la erupción.
Los resultados muestran que la ingesta máxima estimada para elementos potencialmente tóxicos se situó, en la mayoría de los casos, por debajo del 1% de la ingesta diaria tolerable, y nunca superó el 3%, tanto para consumidores medios como para quienes comen más plátanos de lo habitual. .
El trabajo incluye elementos poco estudiados en contextos volcánicos, como tierras raras, y confirma que, aunque durante el episodio se observaron incrementos puntuales de algunos elementos en cultivos, el riesgo por consumo del fruto fue mínimo y compatible con una alimentación segura.
Los autores recomiendan mantener la monitorización en el tiempo para entender cómo influyen la lluvia, el tipo de suelo o el riego en la transferencia de elementos a la cadena trófica, algo fundamental en una isla con producción bananera estratégica.
El mensaje es claro: el plátano palmero ha sido y sigue siendo un alimento seguro, sin perjuicio de continuar con controles periódicos para seguir vigilando. Se han aprendido lecciones que ya están siendo incorporadas en ciencia y gestión, incluyendo un seguimiento a largo plazo para descifrar la exposición real a contaminantes y protocolos de protección más finos para trabajos de limpieza.