La gran tormenta solar que ha teñido de auroras el cielo de Europa y España

  • Tormenta solar severa con niveles S4 y G4, la más intensa desde 2003
  • Auroras boreales visibles en gran parte de Europa, incluida buena parte de España
  • Riesgos controlados para satélites, aviación y redes eléctricas, sin daños graves
  • La actividad solar entra en una fase muy activa del ciclo de 11 años

Tormenta solar y auroras

Durante la noche del lunes al martes, una tormenta solar de intensidad inusual ha impactado el entorno de la Tierra y ha dejado un espectáculo pocas veces visto: auroras boreales visibles en buena parte de Europa, incluida España, al mismo tiempo que las agencias espaciales vigilaban muy de cerca sus efectos sobre la tecnología.

Los organismos de referencia en meteorología espacial, como la NOAA estadounidense, la NASA y distintos servicios europeos, coinciden en que se trata de el episodio solar más fuerte en más de dos décadas, comparable e incluso superior en algunos parámetros a las conocidas “tormentas de Halloween” de 2003. Aun así, hasta el momento los impactos en infraestructuras han sido contenidos gracias a los protocolos de prevención y a la monitorización constante.

Una tormenta solar severa: qué ha ocurrido realmente

La tormenta de radiación se desató tras una llamarada solar de clase X1.9, la categoría más energética dentro de la clasificación de llamaradas. Este destello, registrado en la atmósfera exterior del Sol, expulsó grandes cantidades de protones y otras partículas de alta energía que recorrieron el camino Sol-Tierra en menos de media hora, alcanzando valores que la NOAA no registraba desde octubre de 2003.

De forma paralela, el mismo episodio generó una eyección de masa coronal (CME), es decir, una enorme nube de plasma y campos magnéticos lanzada al espacio interplanetario. La CME asociada a esta tormenta viajó de forma especialmente rápida, con velocidades estimadas entre 1.000 y 1.400 kilómetros por segundo, aproximadamente el triple de lo habitual, y alcanzó la Tierra en apenas unas 25 horas.

Cuando esa nube de plasma llegó al entorno terrestre, interactuó con la magnetosfera, el escudo magnético que rodea el planeta, y dio lugar a la tormenta geomagnética G4. Este nivel, el segundo más alto de la escala, implica perturbaciones considerables del campo magnético y abre la puerta a que las auroras se desplacen hacia latitudes donde normalmente no se ven.

Actividad solar intensa

Por qué esta tormenta es la más fuerte en más de 20 años

Los servicios meteorológicos espaciales de Estados Unidos confirmaron que la tormenta de radiación solar alcanzó el nivel S4, calificado como “severo” y muy poco frecuente. De hecho, el propio SWPC subrayó que es la mayor tormenta de radiación solar en más de 20 años, igualando o superando los episodios de 2003 que afectaron a decenas de satélites y provocaron cortes de energía en países como Suecia.

En cuanto a la actividad geomagnética, los datos sitúan el episodio en un rango entre G3 (fuerte) y G4 (severo), con picos claros de tormenta G4. Este nivel se asocia con índices Kp cercanos a 7 u 8, valores que indican una perturbación global importante del campo magnético terrestre. Es en este contexto cuando las auroras pueden desplazarse muy por debajo del círculo polar, llegando a latitudes medias como las de la península ibérica.

La clave para entender la intensidad real de la tormenta está en la orientación del campo magnético de la nube solar al llegar a la Tierra. Cuando ese campo se orienta hacia el sur, la interacción con la magnetosfera es mucho más eficaz y la energía penetra con mayor facilidad; si la orientación es hacia el norte, el sistema terrestre consigue desviar buena parte del impacto. En este episodio, la configuración ha sido lo bastante favorable (o desfavorable, según se mire) como para desencadenar una respuesta geomagnética global muy marcada.

Además, este evento se enmarca en una fase de máxima actividad del ciclo solar de unos 11 años, en la que el Sol muestra más manchas, más llamaradas y más eyecciones de masa coronal. Los expertos señalan que el actual pico de actividad podría prolongarse y que la frecuencia de tormentas intensas puede mantenerse elevada durante los próximos años.

Auroras boreales inéditas sobre Europa y la península ibérica

Auroras boreales en Europa

Uno de los efectos más visibles de esta tormenta solar ha sido el espectáculo de auroras boreales que se ha extendido por gran parte de Europa. Lo que habitualmente queda restringido a zonas cercanas al Círculo Polar Ártico se ha podido observar esta vez en países como Francia, Polonia, Italia, Irlanda, Escocia, Países Bajos y buena parte del continente, con cielos teñidos de tonos verdes, rosados y rojizos.

En España, el fenómeno ha sido especialmente llamativo. La combinación de la tormenta geomagnética G4 con unas condiciones de nubosidad relativamente favorables en varias regiones permitió que se registraran auroras boreales en amplias zonas del norte y centro peninsular, e incluso se han recogido testimonios desde áreas más meridionales, como partes de Andalucía.

Astrónomos y observatorios españoles confirmaron la observación de auroras durante la madrugada. El Complejo Astronómico La Hita, en La Puebla de Almoradiel (Toledo), registró un resplandor rojizo sobre el horizonte, mientras que ciudadanos y aficionados a la astronomía compartían imágenes del cielo iluminado desde distintos puntos del país. Aunque en muchos casos el fenómeno no fue tan definido como en las auroras nórdicas clásicas, el simple hecho de ver ese resplandor en España ya es algo muy poco habitual.

Las auroras se producen cuando las partículas energéticas procedentes del Sol canalizadas por el campo magnético terrestre penetran en las capas superiores de la atmósfera y colisionan con gases como el oxígeno o el nitrógeno. El oxígeno a menor altitud suele dar lugar a luces verdosas, mientras que a mayores alturas puede producir tonalidades rojizas; el nitrógeno, por su parte, contribuye a gamas azuladas y púrpuras. El resultado es ese “cortinaje” luminoso que muchas veces parece moverse y cambiar de forma en cuestión de segundos.

Los especialistas recuerdan que las auroras no son estáticas. Suelen concentrarse en ráfagas breves de actividad de unos 20 minutos, conocidas como subtormentas, durante las cuales las luces se intensifican y se desplazan hacia latitudes más bajas. En este episodio, esas subtormentas han sido lo bastante potentes como para que la zona de visibilidad alcanzara gran parte de Europa y regiones poco habituales del continente.

Efectos de una tormenta solar

Riesgos para satélites, aviación y redes eléctricas

Más allá del espectáculo visual, una tormenta solar de este calibre obliga a extremar la precaución en sectores tecnológicos clave. Tanto la NOAA como la NASA, la Administración Federal de Aviación (FAA), la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA), operadores de redes eléctricas y compañías de satélites han recibido avisos y actualizaciones constantes a medida que evolucionaba el evento.

En el espacio, la principal preocupación se centra en el aumento de la radiación para astronautas y satélites. Los tripulantes de la Estación Espacial Internacional cuentan con protocolos específicos que contemplan trasladarse temporalmente a módulos mejor protegidos en caso de tormentas de radiación severas. Episodios como el actual, clasificado en nivel S4, se consideran especialmente delicados para actividades extravehiculares (paseos espaciales) y para misiones situadas fuera de la órbita baja terrestre.

Los satélites, especialmente aquellos en órbita geoestacionaria o en trayectorias expuestas a las regiones polares, pueden sufrir carga superficial, alteraciones en sus componentes electrónicos e incrementos de la resistencia atmosférica, lo que obliga a realizar correcciones de orientación y órbita. En tormentas como esta, los operadores suelen modificar maniobras, apagar temporalmente sistemas sensibles o ajustar sus planes de actuación para reducir riesgos.

En la aviación, la combinación de tormenta de radiación S4 y tormenta geomagnética G4 afecta sobre todo a los vuelos en rutas polares, donde la atmósfera es más delgada y el campo magnético canaliza mejor las partículas energéticas. En esos trayectos puede aumentar ligeramente la dosis de radiación que reciben tripulaciones y pasajeros, y se pueden producir interferencias en las comunicaciones por radio de alta frecuencia, por lo que las aerolíneas valoran desvíos de ruta o cambios de altitud.

La experiencia de las tormentas de 2003, que provocaron apagones en Suecia y daños en transformadores de Sudáfrica, o la tormenta geomagnética extrema de mayo de 2024, que causó incidencias en sistemas de GPS y agricultura de precisión, sirve como referencia para dimensionar los riesgos. En el episodio actual, los expertos no esperan fallos generalizados para la población, pero insisten en que la vigilancia debe mantenerse mientras dure la fase de alta actividad.

Un Sol en plena fase de máxima actividad

La intensidad de esta tormenta solar no es un fenómeno aislado, sino parte de una tendencia de aumento de la actividad solar que se viene observando desde finales del año pasado. El Sol atraviesa ciclos de aproximadamente 11 años en los que alterna periodos tranquilos con fases de mayor agitación, en las que se multiplican las manchas solares, llamaradas y eyecciones de masa coronal.

Durante los máximos del ciclo, la corona solar muestra regiones donde el campo magnético se abre al espacio, conocidas como agujeros coronales, que dan lugar a vientos solares especialmente intensos. Esos vientos pueden alcanzar velocidades de varios cientos de kilómetros por segundo, y en la fase conocida coloquialmente como “zona de batalla” del ciclo, los expertos anticipan un aumento significativo de la actividad geomagnética en la atmósfera superior terrestre.

Las proyecciones apuntan a que, de aquí a final de década, la frecuencia y la intensidad de las tormentas geomagnéticas podrían incrementarse de forma notable, lo que supone un reto añadido para redes eléctricas, sistemas de navegación, comunicaciones por radio y constelaciones de satélites. No se trata de un escenario apocalíptico, pero sí de una situación que exige planificación y adaptación por parte de los sectores implicados.

En Europa y España, la actividad reciente refuerza esta tendencia. En los últimos años ya se han observado auroras boreales desde latitudes tan meridionales como Andalucía o el levante peninsular en distintos episodios, algo que hace unas décadas era mucho más raro. Cada nueva tormenta sirve, por un lado, para afinar los modelos de predicción y, por otro, para recordar la vulnerabilidad de una sociedad muy dependiente de la tecnología frente a fenómenos de origen solar.

La región activa de manchas solares que ha originado la llamarada de clase X responsable de este episodio sigue orientada hacia la Tierra. Eso significa que, en los próximos días, no se descartan nuevas erupciones y eyecciones de masa coronal dirigidas a nuestro planeta. Los centros de meteorología espacial continuarán monitorizando en tiempo real la situación para emitir alertas si se detectan señales de otro evento significativo.

En conjunto, esta tormenta solar severa ha dejado algo más que imágenes espectaculares del cielo nocturno europeo: ha puesto de manifiesto, una vez más, cómo la actividad del Sol influye de forma directa en la vida cotidiana, desde la estabilidad de las redes eléctricas y los satélites de los que dependen las comunicaciones y el GPS, hasta las rutas aéreas y la seguridad de los astronautas. Al mismo tiempo, ha brindado a millones de personas la oportunidad poco frecuente de contemplar auroras boreales desde lugares donde casi nunca aparecen, un recordatorio visible de que seguimos estrechamente conectados a nuestra estrella.

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