Islandia ha elevado a prioridad de Estado el riesgo de un colapso de la Circulación Meridional de Retorno del Atlántico (AMOC, por sus siglas en inglés). El Ministerio de Medio Ambiente, Energía y Clima trasladó al Consejo de Seguridad Nacional que la ralentización de esta corriente oceánica supone una amenaza existencial y de seguridad, una medida inédita que, según adelantó Reuters, permitirá coordinar a todos los ministerios ante este escenario.
La decisión llega tras nuevas evidencias de debilitamiento de la AMOC y advertencias de la comunidad científica. Informes recientes sostienen que la probabilidad de colapso ha aumentado y ya no puede tratarse como un evento improbable, aunque los expertos subrayan que no existe consenso sobre su inminencia, su carácter irreversible o su naturaleza transitoria.
Qué es la AMOC y por qué sostiene el clima europeo
La AMOC es una gran maquinaria oceánica que transporta aguas cálidas hacia el Atlántico Norte en superficie y devuelve aguas más frías y densas a profundidad hacia el sur. Este intercambio regula el clima del hemisferio norte y explica, en buena medida, los inviernos más suaves de Europa respecto a otras regiones a la misma latitud.
El calentamiento del océano y el aporte de agua dulce por el deshielo de Groenlandia y el incremento de precipitaciones en el Ártico reducen la salinidad y la densidad del agua superficial, dificultando el hundimiento que alimenta el sistema. Como señalaba el oceanógrafo Cheng Lijing, cuando la superficie se calienta, el calor penetra en capas más profundas y las corrientes se alteran.
Esta circulación no es un detalle menor del clima: diversos trabajos han ligado fases frías en el Atlántico Norte con una AMOC más lenta, y una carta abierta firmada por especialistas en 2024 alertó de que el sistema podría acercarse a un punto de inflexión. Aun así, investigadoras como Dorthe Dahl-Jensen piden cautela y más tiempo de observación antes de sacar conclusiones definitivas.
Señales de debilitamiento y lo que dice la ciencia
Observaciones desde mediados del siglo XX apuntan a una ralentización de alrededor del 15% respecto a niveles previos, un patrón compatible con el calentamiento global. Análisis recientes han identificado una posible “huella digital” del freno de la AMOC, incluido un calentamiento anómalo en profundidades del Atlántico ecuatorial, que refuerza el diagnóstico de debilitamiento.
Un estudio publicado en 2025 en Environmental Research Letters concluye que la probabilidad de colapso ha aumentado y ya no debería considerarse remota. Otros trabajos han planteado márgenes temporales amplios para un posible apagado, desde las próximas décadas hasta finales de siglo, pero varios expertos —como Carlos Duarte— recalcan que no hay evidencia robusta de impactos climáticos inmediatos atribuibles a un colapso ya en curso.
La comunidad científica coincide en un punto: el sistema se está debilitando, aunque persisten incertidumbres relevantes sobre el cuándo y el cómo. Esta combinación de señales y dudas es la que ha llevado a gobiernos del Atlántico Norte a priorizar vigilancia, investigación y preparación.
Posibles impactos en Europa y España
Un mayor enfriamiento local en el Atlántico Norte podría traducirse en cambios en la trayectoria e intensidad de las tormentas invernales que llegan a Europa, con episodios más extremos según apunta la literatura científica. En paralelo, el reajuste térmico global ocasionado por una AMOC más lenta puede alterar patrones de lluvia en distintas regiones del planeta.
Para el continente europeo, varias líneas de investigación contemplan el riesgo de inviernos más duros en el norte y un aumento de la variabilidad climática. En el suroeste europeo, incluida la Península Ibérica, los expertos estudian posibles efectos sobre precipitaciones, sequías y la estacionalidad, con implicaciones para sectores como la agricultura, la energía o la pesca, sin que pueda detallarse aún una cuantificación precisa.
El nivel de riesgo exige prudencia. Científicos como Stefan Rahmstorf advierten de que el punto de no retorno podría estar más cerca de lo esperado si continúan las emisiones, mientras que otros equipos, como los liderados por Dahl-Jensen, reclaman series de observación más largas antes de proyectar escenarios drásticos. La incertidumbre no es sinónimo de seguridad: es una llamada a reforzar la preparación.
La respuesta política: de Islandia al resto de Europa
Islandia ha sido el primer país en clasificar el riesgo de la AMOC como asunto de seguridad nacional. Esta decisión faculta la coordinación interministerial, la activación de planes de emergencia y la evaluación de medidas como reservas estratégicas de alimentos y combustibles, modernización de infraestructuras críticas y refuerzo logístico ante eventos extremos.
En octubre, Reikiavik acogió a más de 60 expertos para evaluar impactos sociales de un potencial colapso. Paralelamente, países como el Reino Unido y Noruega han aumentado la financiación para investigar puntos de no retorno y mejorar los sistemas de alerta temprana. En el ámbito nórdico, el debate ha entrado de lleno en las agendas de los consejos de ministros, elevando el listón de la preparación climática.
Qué vigilar a partir de ahora
Las prioridades pasan por mejorar el seguimiento de la salinidad y la densidad en el Atlántico Norte, reforzar las redes de boyas y observatorios, y desarrollar modelos que integren señales tempranas de cambio en la formación de aguas profundas. Además, Europa estudia cómo adaptar planes de energía, agricultura y gestión del agua a un clima más variable.
Con la AMOC perdiendo fuelle y un abanico de escenarios abiertos, la región europea —incluida España— encara el reto de prepararse sin alarmismo, acelerar la reducción de emisiones y robustecer la resiliencia. La evidencia disponible sugiere que el riesgo va en aumento, mientras que el calendario y la magnitud exacta siguen sujetos a incertidumbre, un equilibrio que demanda prudencia, ciencia y planificación.