Historia de la astronomía: de los mitos al universo moderno

  • La astronomía nació en Egipto y Mesopotamia como herramienta práctica para calendarios agrícolas y predicciones astrológicas, y fue heredada y reinterpretada por los griegos.
  • Platón, Aristóteles y Ptolomeo consolidaron una cosmología geocéntrica geométrica que dominó durante siglos, hasta la revolución heliocéntrica y las leyes de Kepler y Newton.
  • En los siglos XIX y XX la astronomía se transformó gracias a la espectroscopía, la radioastronomía y los telescopios espaciales, que permitieron estudiar el universo en todo el espectro electromagnético.
  • La astronomía contemporánea, con ejemplos como los grandes proyectos mexicanos y las colaboraciones internacionales, combina instrumentación avanzada y modelos teóricos para reconstruir la evolución del universo y de sus objetos.

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Desde que los primeros humanos levantaron la vista al cielo nocturno, la curiosidad por las estrellas, el Sol y la Luna ha acompañado a nuestra especie. Imagina un firmamento totalmente oscuro, sin luces de ciudades ni contaminación lumínica: la Vía Láctea cruzando el cielo como una banda luminosa, miles de estrellas visibles, los planetas moviéndose lentamente, eclipses que debían de resultar tan bellos como aterradores. De esa mezcla de fascinación, miedo y necesidad práctica nació lo que hoy llamamos astronomía.

Con el tiempo hemos pasado de interpretar el cielo como la morada de los dioses a verlo como un laboratorio cósmico que puede estudiarse con rigor científico. En este viaje histórico caben sacerdotes mesopotámicos que anotaban eclipses en tablillas de arcilla, filósofos griegos que intentaban encajar el universo en figuras geométricas perfectas, astrónomos islámicos construyendo observatorios punteros, y científicos modernos manejando telescopios espaciales o radiotelescopios gigantes. Vamos a recorrer, con calma pero a fondo, esa larguísima historia de la astronomía, desde sus raíces más antiguas hasta la astronomía profesional actual, incluida la que se hace hoy en centros punteros como los de México y España.

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Los primeros pasos: astronomía en Mesopotamia y Egipto

La astronomía apareció por pura necesidad: en las grandes civilizaciones agrícolas del Nilo, el Tigris y el Éufrates, era vital predecir las estaciones, las crecidas de los ríos y los ciclos de siembra y cosecha. Para ello, sacerdotes y funcionarios comenzaron a registrar de forma sistemática la salida y puesta de determinadas estrellas, las fases de la Luna y los movimientos aparentes de los planetas.

En Mesopotamia, los sumerios y, más tarde, los babilonios, se hicieron expertos en esa observación del cielo. Elaboraron tablas muy detalladas con posiciones de planetas y estrellas, registraron eclipses solares y lunares y fueron construyendo un calendario basado en ciclos astronómicos. Aunque su interpretación seguía siendo mitológica y astrológica (relacionaban los fenómenos celestes con presagios para el rey y el imperio), su capacidad de cálculo y su precisión aritmética eran extraordinarias para la época.

En Egipto, la situación no era tan diferente. Los egipcios dependían de la inundación anual del Nilo, y descubrieron que la aparición heliaca de Sirio (Sothis), es decir, su primera salida visible al amanecer tras un periodo de invisibilidad, coincidía con el solsticio de verano y con el inicio de las crecidas. A partir de ahí construyeron un calendario solar muy afinado, ligada su vida agrícola y religiosa a los ritmos del cielo.

Además, las grandes construcciones egipcias nos hablan de un fino conocimiento práctico del firmamento. La orientación de pirámides y templos revela que manejaban con soltura los puntos cardinales y las posiciones de determinadas estrellas. Aunque no elaboraron teorías astronómicas al estilo griego, sí desarrollaron una astronomía técnica muy útil, integrada en su sistema religioso y político.

En ambas culturas, la astronomía iba cogida de la mano de otras innovaciones: escritura, matemáticas, técnicas artesanales avanzadas (metalurgia, tejidos, vidrio). Todo ello favoreció la aparición de una clase especializada de escribas y sacerdotes-astrónomos, con gran peso social y enormes recursos gestionados desde los templos. Como necesitaban llevar cuenta de tierras, tributos y bienes, la escritura se volvió imprescindible, y al mismo tiempo servía para conservar los registros astronómicos durante generaciones.

Transferencias culturales y nacimiento de la astronomía griega

La astronomía griega no surgió en el vacío. Según sabemos por autores como Heródoto, hubo un intenso flujo de conocimientos desde Egipto y Mesopotamia hacia el mundo griego. Filósofos como Tales de Mileto viajaron al valle del Nilo y a Babilonia, de donde trajeron ideas, técnicas de observación e incluso instrumentos.

Tales es famoso por haber predicho un eclipse de Sol y por sus habilidades de ingeniero, hasta el punto de que se le atribuyen obras hidráulicas como la desviación de un río. Su cosmología, basada en que todo procede del agua, recuerda mucho a ciertos mitos egipcios, pero ya está formulada en términos más físicos que míticos. Aquí se empieza a notar una diferencia clave: en Grecia, poco a poco se deja de explicar el cielo sólo con dioses y se pasa a usar elementos materiales (agua, aire, tierra, fuego) y argumentos racionales.

Otro ejemplo es Anaximandro, al que algunos textos le atribuyen la construcción de un gnomon (un tipo de reloj de sol). Hoy se sabe que ese instrumento ya existía en Mesopotamia, pero el dato muestra bien cómo los griegos asimilaron herramientas técnicas babilonias y las integraron en su propio pensamiento. Según Anaximandro, la Tierra y los cuerpos celestes se habrían separado de una esfera de fuego en rotación, y el mundo flotaría sin necesidad de apoyos materiales, una idea sorprendentemente audaz para la época.

En este caldo de cultivo, Pitágoras y su escuela dieron un giro radical: afirmaron que el cosmos estaba regido por una armonía matemática de carácter casi musical. Consideraron la esfera y el círculo como las formas perfectas, y por eso imaginaron los cuerpos celestes como esferas en movimiento alrededor de un fuego central, generando la célebre “música de las esferas”. Aunque su modelo no encajaba bien con todas las observaciones, marcó el inicio de una visión muy influyente: el universo como estructura geométrica ordenada.

De este modo, la astronomía griega empezó siendo, en gran parte, una relectura teórica y simbólica de saberes técnicos heredados de egipcios y mesopotámicos. Los griegos destacaron menos en la observación prolongada del cielo y más en la construcción de modelos conceptuales, apoyándose en la geometría que tanto valoraban.

De Platón y Eudoxo a Aristóteles y Aristarco

Con Platón, el proyecto de matematizar el cielo dio un salto importante. En diálogos como el Timeo, plantea un cosmos ordenado por proporciones y figuras geométricas, aunque insiste en que sólo hay ciencia estricta de las Ideas, no de los fenómenos sensibles. Eso relegaba, filosóficamente, a la astronomía (como práctica observacional) a un peldaño inferior respecto de la geometría pura.

Eudoxo de Cnido, discípulo de Platón, recogió este reto y construyó un sistema de esferas homocéntricas que giraban alrededor de la Tierra. Cada planeta contaba con varias esferas combinadas para reproducir su movimiento aparente. Se trataba de una astronomía puramente geométrica: no interesaba tanto qué eran físicamente esas esferas como que sus giros permitieran “salvar los fenómenos” observados. Con Eudoxo comienza de verdad la astronomía matemática griega, que se apoya en técnicas babilonias pero les da una interpretación geométrica nueva.

Aristóteles llevó esa construcción un paso más allá. Partiendo en parte del sistema de esferas, formuló una cosmología completa basada en dos regiones separadas: el mundo sublunar (donde reinan los cuatro elementos clásicos, con generación y corrupción) y el mundo supralunar (donde impera un quinto elemento, el éter, incorruptible). En el centro de todo, la Tierra inmóvil; alrededor, las esferas celestes con movimiento circular perfecto, impulsadas en última instancia por el Primer Motor Inmóvil, puro pensamiento. Esta visión, recogida sobre todo en su obra “Acerca del cielo” y en la “Metafísica”, se convirtió en el paradigma dominante durante toda la Edad Media.

En paralelo, otros astrónomos griegos seguían explorando caminos distintos. Aristarco de Samos propuso que era el Sol, y no la Tierra, el centro del universo conocido. Intentó medir las distancias relativas entre la Tierra, el Sol y la Luna, y dedujo correctamente que el Sol se encuentra mucho más lejos de nosotros que la Luna. Además, ideó un tipo de reloj solar cóncavo. Sus ideas heliocéntricas no triunfaron en su tiempo, pero anticipaban la revolución copernicana por muchos siglos.

En esta etapa se consolidó también la trigonometría aplicada a la astronomía, de la mano de figuras como Hiparco, que elaboró catálogos estelares y tablas trigonométricas para calcular posiciones con bastante exactitud. Toda esta tradición culminaría más tarde en la obra de Claudio Ptolomeo, el “Almagesto”, que sistematizó el modelo geocéntrico con epiciclos y deferentes y se convirtió en referencia indiscutible durante más de mil años.

Al mismo tiempo, en el plano social e intelectual se estaba produciendo otra estabilización muy potente: la de la superioridad del saber teórico frente a la técnica. Platón y Aristóteles despreciaban, en mayor o menor medida, el trabajo manual y las artes mecánicas, en contraste con los presocráticos y los sofistas, que reivindicaban el valor del saber práctico y defendían que podía enseñarse a cualquiera, incluidos artesanos y ciudadanos corrientes. Este prejuicio contra la técnica tuvo consecuencias de largo alcance en la valoración de la astronomía observacional frente a la teórica.

Astronomía, mito y política en la Antigüedad

En las civilizaciones del Nilo y de Mesopotamia, la astronomía estaba profundamente imbricada con la religión y el poder. Los sacerdotes-astrólogos eran piezas clave en la organización del Estado, porque sus predicciones sobre eclipses, helíacas de estrellas o malas conjunciones eran tomadas como mensajes de los dioses. Los templos concentraban enormes riquezas, tierras y rebaños, y la necesidad de llevar un control escrupuloso de esos recursos impulsó la invención y perfeccionamiento de la escritura.

Los mitos de creación, como el Enuma Elish mesopotámico, reflejan esta conexión: el dios Marduk ordena el cosmos sometiendo a las fuerzas del caos, de forma muy parecida a como un monarca imperial imponía orden sobre territorios y pueblos sometidos. El cielo, en definitiva, funcionaba como espejo del orden político: jerárquico, centralizado y sustentado en la autoridad absoluta.

En Grecia, en cambio, se pasó poco a poco de explicaciones míticas puras a interpretaciones de tipo físico y geométrico. Los jonios se inspiraban en su entorno técnico inmediato (agricultura, pesca, metalurgia) para proponer modelos del cosmos basados en agua, tierra, aire y, más tarde, fuego. La propia formación política de la polis y la experiencia de la democracia influyeron en la manera de concebir la naturaleza y las relaciones entre sus partes.

Durante un tiempo, científicos y técnicos gozaron de buena reputación social, y no era raro que figuras con conocimientos prácticos intervinieran en asuntos públicos. Sin embargo, con la consolidación de la filosofía platónico-aristotélica, se impuso la idea de que la vida contemplativa, dedicada al pensamiento puro, era la más elevada, y que la política debía quedar en manos de quienes se dedicaban a ese saber teórico. Los sofistas, que defendían que la virtud política podía enseñarse y que los artesanos debían tener voz en la polis, salieron perdiendo en esa pugna ideológica.

La astronomía quedó atrapada en medio de ese conflicto. Para Platón, sólo la geometría ofrecía un conocimiento verdaderamente científico; la astronomía, al tratar con el mundo sensible cambiante, se quedaba en un nivel inferior, aunque se intentase “limpiarla” mediante modelos matemáticos cada vez más abstractos. Esta jerarquía entre teoría y técnica marcó durante siglos la manera en que se valoraban la observación empírica y la invención de instrumentos.

Edad Media, mundo islámico y Renacimiento

Tras la Antigüedad clásica, gran parte del saber astronómico griego fue traducido, comentado y ampliado en el mundo islámico medieval. Desde Bagdad a Córdoba, florecieron observatorios, se perfeccionaron los instrumentos (astrolabios, cuadrantes, esferas armilares) y se realizaron observaciones sistemáticas de gran calidad, muchas de ellas destinadas tanto a la determinación del calendario como a cuestiones religiosas (como la dirección de la Meca) y astrológicas.

Mientras tanto, en la Europa occidental cristiana de la Alta Edad Media se preservaba sobre todo la cosmología aristotélica-ptolemaica, acorde con la visión teológica dominante. El universo era finito, esférico, con la Tierra inmóvil en el centro y los cielos perfectos e incorruptibles girando a su alrededor. El objetivo principal no era tanto cuestionar ese orden como armonizarlo con la doctrina religiosa.

A partir del Renacimiento, con la recuperación de textos clásicos y el contacto más fluido con el saber islámico, la astronomía europea empezó a sacudirse esa rigidez. Nicolás Copérnico, en el siglo XVI, rescató la idea heliocéntrica y propuso que la Tierra se mueve alrededor del Sol, y no al revés. Aunque su modelo aún empleaba órbitas circulares y epiciclos, el cambio conceptual fue enorme: el lugar de la humanidad en el cosmos quedaba radicalmente replanteado.

Junto a Copérnico, la construcción de nuevos instrumentos y la mejora de las técnicas de observación anunciaban una época de transformaciones profundas. El cielo dejaba de ser un dominio inalcanzable e inmutable para convertirse, poco a poco, en un campo de estudio empírico sometido a las mismas leyes físicas que la Tierra.

La gran revolución astronómica de los siglos XVII y XVIII

El siglo XVII fue testigo de una revolución sin precedentes en la forma de estudiar el universo. La innovación clave fue el telescopio, que permitió a astrónomos como Galileo Galilei asomarse literalmente a un cielo completamente nuevo. Con sus observaciones mostró que la Luna tenía montañas y cráteres, que el Sol presentaba manchas cambiantes, que Venus mostraba fases como la Luna y que Júpiter estaba acompañado de satélites propios.

Estos descubrimientos eran dinamita para la cosmología aristotélica: si la Luna y el Sol no eran esferas perfectas e inmutables, y si un planeta como Júpiter tenía sus propios “satélites”, la idea de la Tierra como centro necesario de todos los movimientos celestes se tambaleaba. Galileo se convirtió en uno de los grandes defensores del sistema heliocéntrico copernicano, lo que le acarreó problemas serios con las autoridades eclesiásticas.

Casi al mismo tiempo, Johannes Kepler aprovechó las observaciones meticulosas de Tycho Brahe para formular sus tres leyes del movimiento planetario. Al sustituir las órbitas circulares por elipses y describir cómo varía la velocidad de los planetas a lo largo de su trayectoria, Kepler proporcionó un modelo matemático mucho más preciso del sistema solar. Sus leyes encajaban a la perfección con los datos disponibles y preparaban el terreno para una síntesis aún mayor.

Esa síntesis llegó con Isaac Newton. A finales del siglo XVII, Newton unificó los trabajos de Galileo y Kepler formulando la ley de la gravitación universal y las leyes del movimiento. Por primera vez se demostró, con gran poder explicativo, que los mismos principios físicos que rigen la caída de una manzana describen también las órbitas de la Luna, los planetas y los cometas. El universo aparecía como un sistema regido por leyes generales, verificables, que podían expresarse con una precisión matemática impresionante.

En los siglos posteriores, la astronomía siguió avanzando de la mano de instrumentos cada vez más grandes y precisos. William Herschel construyó uno de los telescopios más potentes de su tiempo y descubrió el planeta Urano, ampliando por primera vez en la historia el listado de planetas conocidos desde la Antigüedad. Además, elaboró catálogos de nebulosas y cúmulos estelares que serían fundamentales para entender la estructura de la Vía Láctea.

En esa misma línea, Charles Messier compiló un famoso catálogo de objetos difusos: cúmulos, nebulosas y galaxias que resultaban molestos para los cazadores de cometas, pero que hoy siguen siendo el menú básico de cualquier astrónomo aficionado con un telescopio mediano. Sin saberlo, estaba abriendo la puerta a la exploración de otros sistemas estelares más allá de nuestra galaxia.

La astronomía moderna: espectros, ondas de radio y telescopios espaciales

Durante el siglo XX, la astronomía dio otro salto colosal, no tanto por aumentar el tamaño de los telescopios ópticos, sino por aprender a “leer” mejor la luz y a observar el universo en todas las longitudes de onda. Una de las técnicas clave fue la espectroscopía: al descomponer la luz de una estrella o una galaxia en su espectro, se pueden identificar líneas de absorción o emisión que revelan su composición química, temperatura, velocidad radial y otros parámetros físicos.

Gracias a la espectroscopía se descubrió, por ejemplo, que las estrellas están hechas en gran medida de hidrógeno y helio, y que los elementos más pesados se forjan en el interior estelar y en explosiones de supernovas. También permitió medir el corrimiento al rojo de galaxias lejanas y sustentar la idea de un universo en expansión, base del modelo del Big Bang.

Otra revolución vino de la mano de la radioastronomía. A mediados del siglo XX se construyeron los primeros radiotelescopios capaces de captar ondas de radio provenientes de regiones invisibles en el óptico. De repente aparecieron en escena nuevos actores cósmicos: púlsares (estrellas de neutrones en rápida rotación), restos de supernovas, galaxias con núcleos activos, chorros relativistas y un largo etcétera. La radioastronomía abrió una “ventana” completamente nueva sobre fenómenos muy energéticos y, a menudo, ocultos tras nubes de polvo opacas a la luz visible.

La tercera pata de esta transformación fue situar los instrumentos fuera de la atmósfera terrestre. La turbulencia del aire y la absorción atmosférica limitan mucho la calidad y el rango de longitudes de onda que se pueden observar desde tierra. Con el lanzamiento de telescopios espaciales, como el Hubble en 1990, se obtuvieron imágenes y espectros con una nitidez desconocida hasta entonces, abarcando desde el ultravioleta hasta el cercano infrarrojo.

El Hubble ha permitido estudiar la formación y evolución de galaxias, cartografiar nebulosas con un detalle espectacular y medir con gran precisión la velocidad de expansión del universo. A su estela han llegado otros observatorios espaciales en rayos X, rayos gamma o infrarrojo, conformando una red global de instrumentos que cubren prácticamente todo el espectro electromagnético.

Actualmente, la astronomía combina observaciones en rayos gamma, rayos X, ultravioleta, visible, infrarrojo, ondas milimétricas y radio para construir modelos evolutivos del universo y de los objetos que lo pueblan: desde nubes moleculares donde nacen las estrellas, pasando por discos protoplanetarios y formación de planetas, hasta la muerte estelar (enanas blancas, estrellas de neutrones, agujeros negros) y el comportamiento de galaxias y cúmulos galácticos a gran escala.

La astronomía en México y la investigación actual

En el panorama contemporáneo, la astronomía es una ciencia global, coordinada en buena parte a través de organismos como la Unión Astronómica Internacional (UAI), fundada en 1919 para agrupar a los astrónomos profesionales de todo el mundo. México se incorporó muy pronto, en 1920, y lleva más de un siglo participando activamente en esa comunidad, incluidas iniciativas históricas como el Catálogo Astrográfico derivado del antiguo proyecto de la Carta del Cielo.

Hoy en día, México cuenta con una comunidad de alrededor de 150 doctores en astronomía distribuidos en distintas universidades e institutos. El Instituto de Astronomía de la UNAM, con sedes en Ciudad de México y Ensenada (Baja California), es uno de los centros más importantes. Dispone de dos observatorios principales: el de San Pedro Mártir, en la sierra de Baja California, y el histórico observatorio de Tonantzintla, en Puebla.

Junto a ellos destaca el Centro de Radioastronomía y Astrofísica de la UNAM, ubicado en el campus de Morelia, que nació a partir de una unidad del propio Instituto de Astronomía. El Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE) tiene también una sede en Tonantzintla y gestiona varios observatorios: el Guillermo Haro en Cananea, otro en Tonantzintla y uno más en el Cerro de La Negra, todos en territorio mexicano.

Además de estos grandes pilares, existe un tejido creciente de grupos de investigación en universidades como la de Guanajuato (con un grupo consolidado de astrónomos), Guadalajara, Sonora, Veracruz, la Iberoamericana, la Universidad de Monterrey o el Instituto Politécnico Nacional. Esta red permite abordar una enorme variedad de temas: estructura galáctica, formación y muerte estelar, cúmulos, núcleos activos, cuásares e incluso cosmología y formación de elementos ligeros en los primeros minutos tras el Big Bang.

El énfasis actual de la astronomía mexicana está muy puesto en construir y refinar modelos evolutivos de “todo lo que se deja observar y también de lo que no”: medio interestelar, regiones H II ionizadas por estrellas jóvenes, nubes moleculares frías, discos protoplanetarios y formación de planetas, nebulosas planetarias, transición a enanas blancas, formación de agujeros negros y púlsares, dinámica de estrellas múltiples y cúmulos estelares, así como la evolución de galaxias y del universo a gran escala.

Para ello se requieren datos obtenidos en todas las bandas del espectro electromagnético. Y ahí entran en juego los grandes proyectos de instrumentación. Uno de los más ambiciosos es el Gran Telescopio Milimétrico, construido precisamente en el Cerro de La Negra. Este radiotelescopio milimétrico, fruto de una colaboración entre el Gobierno de México (que aporta aproximadamente un 75 % del coste) y la Universidad de Massachusetts (responsable del 25 % restante), está diseñado para estudiar polvo frío, nubes moleculares y galaxias en formación, entre otros objetivos.

En el dominio óptico e infrarrojo, el Instituto de Astronomía de la UNAM impulsa desde los años noventa un proyecto para instalar un telescopio de nueva generación en San Pedro Mártir, un lugar considerado entre los cuatro mejores del mundo para este tipo de observaciones (junto con Hawaii, Canarias y Chile). Hasta ahora se ha conseguido financiación para los estudios de diseño y viabilidad, pero la construcción del telescopio requiere aún de socios internacionales adicionales.

Al mismo tiempo, México participa como socio minoritario en proyectos clave instalados en otros países. Por ejemplo, contribuye con un 5 % al coste y mantenimiento del Gran Telescopio Canarias (GTC), uno de los mayores telescopios ópticos del mundo, lo que garantiza tiempo de observación para la comunidad mexicana. También, con apoyo de CONACYT, se ha asegurado acceso al Gran Arreglo Milimétrico de Atacama (ALMA), un conjunto de antenas en Chile que es hoy por hoy la instalación más potente del mundo para observar el universo en ondas milimétricas.

Así, la astronomía mexicana combina infraestructuras propias en territorio nacional con colaboraciones internacionales estratégicas, lo que permite a sus investigadores estar en la primera línea de la exploración del cosmos, desde el estudio detallado de regiones de formación estelar en nuestra galaxia hasta el análisis de galaxias muy distantes que vemos tal como eran cuando el universo apenas tenía unos cientos de millones de años.

Mirando en conjunto toda esta trayectoria, se puede apreciar cómo la astronomía ha evolucionado desde un saber fuertemente ligado al mito y al poder político hasta convertirse en una ciencia global, apoyada en tecnologías sofisticadas y en redes internacionales de colaboración. Los registros de eclipses en tablillas de arcilla, las mediciones con gnomones y astrolabios, los modelos de esferas y epiciclos, los telescopios de Galileo, las leyes de Kepler y la gravitación de Newton, la espectroscopía, la radioastronomía y los telescopios espaciales forman un hilo continuo de innovación y transmisión cultural entre pueblos y épocas distintas. En ese hilo, centros actuales de investigación, desde los observatorios de México hasta instalaciones como el Hubble o ALMA, prolongan la misma pasión ancestral de quienes, hace miles de años, alzaron la vista al cielo y decidieron que valía la pena intentar comprenderlo.