Hábitat climático: bosques, ríos, refugios y cambio global

  • El hábitat climático integra clima, relieve, suelos y vegetación, determinando dónde pueden vivir y regenerarse las especies.
  • En la península ibérica, bosques y ríos muestran ya desplazamientos, decaimientos y fragmentación ligados al cambio climático y a la presión humana.
  • La conectividad ecológica y los refugios climáticos, también en ciudades, son claves para que especies y ecosistemas se adapten.
  • Modelos de nicho ecológico pronostican fuertes reducciones de hábitat para numerosas especies de pinos y otros taxones sensibles.

Hábitat climático y ecosistemas

El concepto de hábitat climático se ha vuelto clave para entender cómo responden los bosques, los ríos y hasta las ciudades al cambio climático. No hablamos solo de temperaturas y lluvias sueltas, sino del conjunto de condiciones ambientales que permiten que una especie, un ecosistema o incluso una comunidad humana pueda vivir, reproducirse y mantenerse en un lugar concreto.

En la península ibérica, en Europa y también en regiones como Michoacán (México), el hábitat climático está cambiando a toda velocidad. Especies forestales, fauna de río y vegetación urbana están viéndose obligadas a desplazarse, adaptarse o desaparecer. Al mismo tiempo, crecen la fragmentación del paisaje, las sequías extremas, la contaminación emergente y la necesidad de crear corredores y refugios climáticos, tanto en áreas naturales como en ciudades.

Clima y paisaje forestal en la España peninsular

El territorio peninsular es un auténtico mosaico donde clima, relieve, suelos y vegetación se combinan de mil maneras. En general, las precipitaciones anuales disminuyen de norte a sur y de oeste a este, con máximos en montes próximos a las Rías Baixas y la Costa da Morte, en los bosques húmedos de Artikutza-Baztán y en las montañas altas de Asón-Miera, y mínimos muy acusados en el sureste árido, con el Cabo de Gata como emblema de la escasez de lluvia.

En invierno destacan zonas especialmente frías como Sobrarbe, Ribagorza, Val d’Aran, Cerdanya, la Montaña palentino-leonesa, Tierra de Pinares soriano-burgalesa, el norte de Gredos, Sanabria o la Serranía de Cuenca. En episodios meteorológicos concretos se alcanzan temperaturas extremas en el Alto Tajo, el valle del Jiloca o las sierras de Gúdar y Javalambre. En el otro extremo, los mayores calores estivales se concentran en los fondos de los valles del Guadalquivir, Guadiana, Tajo y Segura, y en ocasiones en tramos medio-bajos de los valles del Júcar y del Ebro.

Para describir esta diversidad se usan con frecuencia clasificaciones fitoclimáticas como las de Rivas Martínez o Allué Andrade, que relacionan tipos de clima con formaciones vegetales potenciales. El paisaje -el “pago”, el país, el terruño- es la expresión visible del territorio, resultado de la interacción entre geomorfología, suelos, clima, vegetación, fauna y, cada vez más, de la huella humana.

Los bosques densos o los montes aclarados tipo dehesa permiten leer el clima a través de la presencia de determinadas especies, su vigor, capacidad de regeneración y fenología. Sin embargo, la vegetación no solo responde al clima: el tipo de suelo, la disponibilidad de agua en el perfil, la topografía o el sustrato geológico condicionan también qué especies pueden asentarse y cómo lo hacen. La climatología regional, si quiere ser útil para la gestión del territorio, debe apoyarse en estadísticas meteorológicas, pero también en una base geográfica y ecológica sólida.

Especies forestales ibéricas y su gradiente climático

En los bosques ibéricos predominan dos grandes grupos: frondosas planifolias y coníferas. Entre las primeras hay especies caducifolias, perennifolias y marcescentes (que conservan las hojas secas en el árbol durante parte del invierno). Entre las segundas, el género Pinus ocupa un lugar central, junto con otros como Abies, Juniperus o Taxus.

En el género Quercus se suceden, de ambientes más fríos y húmedos a más cálidos y secos: roble carballo (Q. robur), roble albar (Q. petraea), roble pubescente (Q. humilis), melojo (Q. pyrenaica), quejigo (Q. faginea), quejigo andaluz (Q. canariensis), alcornoque (Q. suber), encina litoral (Q. ilex subsp. ilex), encina continental (Q. ilex subsp. ballota) y coscoja (Q. coccifera). Este gradiente psicrohigrófilo-termoxerófilo resume bien cómo cambia el hábitat climático de unas especies a otras.

En el caso de los pinos, el eje va desde las coníferas de alta montaña fría y húmeda, como P. uncinata y P. sylvestris, pasando por P. nigra y P. pinaster, hasta especies mediterráneas más térmicas y tolerantes a la sequía como el pino piñonero (P. pinea) o el pino carrasco (P. halepensis). A su alrededor conviven otras frondosas: hayas (Fagus), castaños (Castanea), abedules (Betula), fresnos (Fraxinus), avellanos (Corylus), olmos (Ulmus), chopos y álamos (Populus), abetos (Abies), sabinas y enebros (Juniperus), olivos silvestres (Olea), algarrobos (Ceratonia), tejos (Taxus), acebos (Ilex), alisos (Alnus), adelfas (Nerium) o rododendros (Rhododendron).

Las planocaducifolias son típicas de ambientes frescos y húmedos, sin sequía estival marcada, mientras que las planoperennifolias se asocian a bioclimas con un periodo de sequía en verano. Las marcescentes, por su parte, marcan la transición entre lo atlántico fresco-húmedo y lo mediterráneo cálido-seco, muy presentes en regiones subatlánticas y submediterráneas. Las especies de ribera -sauces, chopos, alisos, adelfas, muchos fresnos y olmos- están tan condicionadas por la humedad del suelo y el nivel freático que resultan peores indicadores directos del clima general.

Podemos imaginar un gradiente que va desde especies muy termoxerófilas, como algarrobo, coscoja u olivo silvestre, hasta especies claramente psicrohigrófilas, como abeto y haya. Entre medias se sitúan especies de climas continentales fríos submediterráneos (pino silvestre, melojo, quejigo), mediterráneos típicos (encina, alcornoque, pino piñonero y carrasco) o templado-húmedos atlánticos (roble carballo).

Catena altitudinal y contrastes atlántico-mediterráneos

En las zonas de clima atlántico y montañoso de la península predominan bosques caducifolios y coníferas de ambientes húmedos. Galicia, la cornisa cantábrica, Pirineos y algunas sierras interiores acogen hayedos, abedulares, robledales de carballo y roble albar, castañares, arces y tilos, junto a masas de abeto, pino silvestre, pino negro o tejo, estos últimos ausentes de gran parte de la cordillera Cantábrica salvo pequeños relictos (Lillo, Velilla del Río Carrión).

En cambio, en la “Iberia Parda” de clima claramente mediterráneo domina un paisaje de vegetación esclerófila de hojas duras: encinas, alcornoques, coscojas, acebuches, algarrobos, acompañados por pinares de piñonero y carrasco de requerimientos ecológicos semejantes. Entre el mundo atlántico y el mediterráneo surge una franja de transición subatlántica o submediterránea, con bosques marcescentes de melojo y quejigo y pinares de laricio y resinero, que reflejan condiciones intermedias de temperatura y humedad.

Al subir por una montaña, la vegetación aparece organizada en pisos altitudinales cada vez más fríos y húmedos. En el Moncayo aragonés, por ejemplo, se suceden encinar, melojar, hayedo, pinar de pino silvestre y, finalmente, matorrales y pastizales de cumbres sometidos a frío y viento (ambientes psicroxerófilos “alpinizados”). A veces la catena se invierte localmente por inversiones térmicas, aunque lo habitual es que esa inversión aparente obedezca a suelos pedregosos o fuertes pendientes que limitan ciertas especies.

Las diferencias entre solana y umbría son muy claras: en las umbrías los pisos de vegetación aparecen a menor altitud que en las solanas. Y en las sierras expuestas a los vientos húmedos del océano los hayedos, abetales o robledales ocupan cotas más bajas que en las laderas protegidas. En la cordillera Cantábrica, los hayedos se sitúan entre unos 800 y 1600 m en la vertiente norte (ocupando incluso cotas cercanas al nivel del mar en algunos bosques mixtos litorales), mientras que en la vertiente sur suben hasta los 1400-1700 m, e incluso 1900 m.

Estos contrastes también se observan en otros macizos: en sierras del centro y sur, la encina domina en solanas, mientras que el alcornoque o el rebollo ganan terreno en umbrías; en Cuenca y Cazorla, el pino silvestre se refugia en umbrías y el laricio en solanas; en el valle del Irati (Pirineos), la umbría está ocupada por haya y la solana por roble albar; en Ordesa, la umbría acoge un hayedo-abetal denso y la solana pinares de pino silvestre con hayas dispersas y bojes.

Árboles como termómetros y fenología como lupa climática

Cada individuo arbóreo puede ofrecer pistas sobre su entorno. Copas achaparradas, troncos retorcidos o copas abanderadas delatan la exposición prolongada a vientos secos, sobre todo en collados y crestas. Por el contrario, árboles bien conformados, con buena salud y crecimiento vigoroso, son indicio de una estación forestal favorable, es decir, de un hábitat climático cercano al óptimo para la especie.

La fenología -fechas de brotación, floración, fructificación, caída de hojas- es un indicador fino de microclima. Las acumulaciones de grados-día necesarias para los eventos primaverales se alcanzan antes en solanas y cotas bajas, por lo que allí la primavera “llega” visualmente antes. Las umbrías y zonas altas retrasan estos eventos, pero adelantan los de otoño e invierno, como la senescencia y caída de hoja. A la misma altitud, las exposiciones suroeste suelen ser las más cálidas, con fenología primaveral temprana y otoñal tardía.

Cuando aparecen “anomalías” fenológicas locales -árboles adelantados o retrasados respecto al entorno-, con frecuencia se explican por condiciones de humedad del suelo distintas: un pequeño valle con más retención de agua, un manantial subterráneo, un suelo más profundo… En ese cruce entre clima y suelo se define un microhábitat que puede marcar diferencias decisivas para la supervivencia.

En la web del Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO) se encuentran mapas de distribución de especies forestales y sus regiones de procedencia, que reflejan diferentes ecotipos adaptados a condiciones concretas. Para la identificación y la geobotánica básica de muchos árboles ibéricos, páginas especializadas como “árboles ibéricos” son una herramienta divulgativa muy útil.

Frondosas y coníferas: una dialéctica histórica

A lo largo del Cuaternario, el manto vegetal ibérico ha estado dominado por fagáceas (robles, hayas, castaños) y coníferas (pinos, abetos, sabinas, enebros, tejos). La teoría más aceptada es que el paisaje forestal nunca fue un bloque uniforme, sino un mosaico de masas de frondosas, coníferas y bosques mixtos, modulados por la topografía, la geología, los suelos y el clima local.

En amplias escalas temporales se han dado alternancias cíclicas entre bosques de coníferas y de frondosas, como abetales-hayedos, pinares de piñonero-encinares o pinares resineros-rebollares. Hoy día se considera superada la idea de que casi todos los pinares sean etapas meramente transitorias en una sucesión cuyo clímax tendría que ser siempre un bosque de frondosas. Muchos pinares pueden funcionar como vegetación potencial estable, aunque en otros casos sí proceden de degradaciones de robledales, encinares o quejigares.

La repoblación forestal histórica en España, especialmente entre finales del siglo XIX y buena parte del XX, se realizó casi exclusivamente con coníferas, por su rapidez de crecimiento, menor exigencia de suelo y sombra, y facilidad de manejo. Desde mediados de los años ochenta se ha tendido a utilizar más especies de Quercus en repoblaciones, buscando una mayor “naturalidad” y resiliencia a largo plazo.

Cambio climático, geobotánica y desplazamiento de hábitats

Ante un cambio ambiental intenso como el actual calentamiento global, las especies tienen tres grandes opciones: adaptarse, desplazarse o extinguirse. La adaptación puede ser genética (evolutiva), morfofisiológica (cambios en fenología, hoja, raíces, etc.) o biogeográfica (cambios en el área de distribución). Las más amenazadas son las que viven cerca del límite de su rango latitudinal o altitudinal, o en enclaves muy marginales.

Formaciones de alta montaña y comunidades relictas de otros periodos climáticos se encuentran en una situación delicada. Especies boreoalpinas aisladas en montañas de clima mediterráneo dependen de pequeños refugios fríos-húmedos cuya extensión puede reducirse todavía más. En la península, ejemplos sensibles son el hayedo de Montejo, los pinsapares de Grazalema o los pinares de pino negro de Gúdar, Javalambre y Cameros (sierra de Cebollera).

El desplazamiento del hábitat climático suele traducirse en un movimiento hacia altitudes mayores o latitudes más altas (en el hemisferio norte). Las especies psicrohigrófilas, por ejemplo, ascienden a zonas más frías y húmedas, donde la regeneración, la fecundidad y la productividad mejoran, mientras que en los límites inferiores de su área se observan problemas de reclutamiento y decaimiento.

Esta dinámica obliga a replantear criterios de repoblación forestal. Es crucial elegir especies y regiones de procedencia compatibles con el clima futuro probable, apoyándose en la acción de la autoridad ambiental y anticipar posibles cambios en plagas, enfermedades y comportamiento frente al fuego. Se prevé que los ecosistemas forestales del norte y del interior, hoy limitados por el frío y la baja radiación invernal, puedan incrementar su productividad, mientras que los mediterráneos, ya tensionados por la falta de agua y el calor estival, la vean reducida.

En la sierra de Guadarrama, por ejemplo, el rebollo está regenerando mejor en cotas bajas del pinar de pino silvestre, un pinar que de por sí fue favorecido por la gestión humana. Se espera que el pino resinero vaya colonizando áreas hoy ocupadas por piñonero, y este último, a su vez, avance sobre territorios del pino carrasco. Al mismo tiempo, problemas como la “seca” que afecta a encinares y alcornocales al sur del Sistema Central, la mortalidad en abetales pirenaicos y prepirenaicos o el aumento de procesionaria en pinares relictos de Sierra Nevada parecen estar relacionados, al menos en parte, con tendencias hacia climas más mediterráneos.

Nicho ecológico, hábitat y valencia ecológica

El nicho ecológico de una especie se puede imaginar como un espacio multidimensional de condiciones ambientales en el que puede sobrevivir y reproducirse. El hábitat es el escenario físico donde ese nicho se materializa. En la naturaleza, la competencia con otras especies y las limitaciones dispersivas hacen que el área de distribución real sea solo una fracción del hábitat potencial.

Algunas especies son estenoicas, con un rango muy estrecho de tolerancia a ciertas variables (temperatura, humedad, tipo de suelo), y solo prosperan en biotopos muy concretos. Otras son eurioicas, generalistas y tolerantes, capaces de colonizar una gran diversidad de ambientes y de actuar como pioneras tras perturbaciones como incendios, aludes o talas a matarrasa. Muchas coníferas usadas en repoblación se encuadran en este segundo grupo.

Además, dentro de una misma especie pueden distinguirse ecotipos, es decir, poblaciones genéticamente diferenciadas y especialmente adaptadas a una región climática o geográfica concreta. De ahí la importancia de manejar bien el origen del material forestal de reproducción en los proyectos de restauración y repoblación.

El “monte” -terreno rústico no agrícola, con vegetación leñosa o pastos naturales- no siempre coincide con el bosque denso, pero es el espacio clave para definir un óptimo forestal: una comunidad vegetal relativamente estable, dependiente de la acción humana, pero coherente con el clima local, que equilibre producción, biodiversidad, riesgo de incendios y erosión. Ese óptimo no debería alejarse mucho de la vegetación natural potencial.

En España, la superficie forestal total ha aumentado gracias a repoblaciones y abandono de usos agrícolas y ganaderos, aunque al mismo tiempo se han perdido bosques maduros de alta calidad ecológica. El contraste entre mapas de vegetación potencial, vegetación real y sucesivos inventarios forestales permite evaluar hasta qué punto nos acercamos o nos alejamos de ese óptimo forestal y de las necesidades sociales actuales.

Tipos de hábitat climático para especies forestales ibéricas

En estudios recientes se ha descrito el hábitat climático de las principales especies forestales ibéricas mediante parámetros como temperatura media anual (TA), temperatura media de mínimas de enero (TmE), temperatura media de máximas de julio (TMJ), precipitación media anual (PA), precipitación estival (PV: junio-agosto) y número de días al año con precipitación ≥ 1 mm (dP1). Estos valores se obtienen combinando mapas climáticos (AEMET) con mapas de distribución y regiones de procedencia (MITECO).

Con los valores extremos de cada especie dentro de la península (máximos y mínimos de esos parámetros) se puede clasificar su hábitat climático en grandes tipos. Las especies claramente higrófilas necesitan que la precipitación media anual mínima en todo su rango supere unos 600 mm. Dentro de ellas, el pinsapo, por ejemplo, combina altas precipitaciones con sequía estival marcada y temperaturas medias anuales moderadas, representando un caso de especie termohigrófila con verano seco, típica de montañas mediterráneas lluviosas del sur peninsular.

Las especies psicrohigrófilas (frío-húmedas) como pino negro, abeto blanco, pino silvestre y haya, se caracterizan por encontrarse en biotopos cuya temperatura media anual en los enclaves más cálidos no supera aproximadamente los 13 ºC. Se concentran en Pirineos, la cordillera Cantábrica y altas montañas interiores de clima mediterráneo.

Las especies mesohigrófilas se mueven en ambientes templados y húmedos, donde en las zonas más cálidas la TA no suele superar los 16 ºC, y en las más frías desciende por debajo de 10 ºC. Aquí se sitúan roble carballo, castaño, abedules, roble albar y roble pubescente, especies típicas de climas atlánticos o subatlánticos, tanto montanos como basales. En las áreas más húmedas pueden llegar a contabilizarse hasta 220 días anuales con precipitación ≥ 1 mm.

Por otro lado, los hábitats más secos incluyen especies xerófilas y de transición. Las xerófilas, con PA mínima por debajo de 600 mm y precipitación estival muy baja (PV mínima inferior a unos 10 mm), se subdividen en mesoxerófilas y termoxerófilas según la suavidad de los inviernos. Entre las mesoxerófilas encontramos pino piñonero, pino carrasco, alcornoque y encina; entre las termoxerófilas, coscoja y acebuche, capaces de soportar incluso veranos con menos de 10 mm de lluvia efectiva.

Las especies de transición en cuanto a humedad, como pino resinero, pino laricio, sabina albar, melojo y quejigo, toleran precipitaciones anuales relativamente bajas, pero requieren algo más de lluvia estival que las xerófilas más extremas. Muchos de estos taxones marcescentes son, precisamente, excelentes indicadores de ecotonos climáticos entre lo atlántico y lo mediterráneo.

Ríos, cambio climático y pérdida de hábitat acuático

Los ríos son otro gran termómetro del cambio climático y del deterioro ambiental. Son ecosistemas fundamentales para la vida, que suministran agua dulce, se ven afectados por la sobreexplotación del agua y albergan una enorme biodiversidad y actúan como corredores biológicos que conectan hábitats muy diversos. Sin embargo, se enfrentan a barreras artificiales, contaminación y cambios hidrológicos asociados al calentamiento global.

Las presas, azudes y otros obstáculos fragmentan la continuidad longitudinal del río, una de sus propiedades ecológicas clave. Esa fragmentación destruye hábitats de especies migradoras como la anguila europea o el salmón atlántico, impide movimientos tróficos y altera la dinámica de sedimentos. En España se calcula que pueden existir varios miles de estas barreras; desde el año 2000 se han retirado cientos, pero el proceso va más lento de lo deseable.

La Estrategia Nacional de Restauración de Ríos, alineada con los objetivos europeos de restauración de la naturaleza, pretende recuperar miles de kilómetros de cauces mediante la eliminación de infraestructuras obsoletas y la renaturalización de riberas. No se trata de una cuestión estética, sino de seguridad: conservar llanuras de inundación y espacios inundables reduce el impacto de avenidas extremas, cuya frecuencia aumenta con el cambio climático.

Las sequías, por su parte, son un problema recurrente en España. La crisis hídrica reciente ha llevado varios grandes ríos -Guadalquivir, Ebro, Guadiana, cuencas internas catalanas- a mínimos históricos de caudal. El calentamiento global altera el patrón hidrológico y reduce la capacidad de los ríos para soportar periodos largos de escasez de lluvia, especialmente cuando se han ocupado y urbanizado sus espacios naturales de inundación.

Además, el aumento de la temperatura del agua reduce el hábitat disponible para especies muy sensibles al calor, como la trucha común, que por encima de unos 20 ºC puede entrar en estrés severo o morir. En paralelo, aunque la “contaminación clásica” por materia orgánica ha disminuido gracias a las depuradoras, crece la llamada contaminación emergente, compuesta por fármacos, biocidas, microplásticos y otros compuestos sintéticos de degradación muy lenta.

Refugios climáticos: de los bosques a las ciudades

En este contexto, cobra importancia la idea de refugio climático: un lugar, natural o urbano, que ofrece condiciones ambientales benignas frente a un entorno hostil, ya sea por exceso de calor, escasez de agua o pérdida de hábitat. Un parque con arbolado denso y fuentes, un paseo fluvial con sombra, una rambla con vegetación, un tramo de río o una playa pueden funcionar como refugios para personas, fauna y flora.

La calidad de un refugio climático se puede evaluar mediante indicadores como el porcentaje de sombra natural (árboles y arbustos), la proporción de superficie natural frente a pavimentos, la presencia de puntos de agua (fuentes para personas, balsas para fauna), la diversidad topográfica que genera microhábitats (lomas, vaguadas), el tipo de vegetación (hoja caduca que da sol en invierno y sombra en verano, hojas anchas que generan sombras densas, especies autóctonas bien adaptadas al clima y al régimen de lluvias) y la existencia de refugios de descanso y escondrijos seguros.

En áreas urbanas, uno de los problemas es la interacción conflictiva entre fauna salvaje y animales domésticos, como perros sin atar o colonias de gatos, que pueden limitar el uso de estos refugios por parte de aves, pequeños mamíferos o invertebrados. La heterogeneidad natural del medio rural suele generar, de forma espontánea, una gran variedad de microambientes conectados, mientras que en las ciudades los refugios climáticos suelen ser islas aisladas rodeadas de asfalto y hormigón.

Por eso, proyectos de bosques urbanos, renaturalización de patios escolares o creación de corredores verdes cobran relevancia. No solo reducen el efecto de isla de calor urbano, que incrementa el riesgo de golpes de calor en personas y otros seres vivos, sino que también ofrecen pasos intermedios entre grandes espacios verdes, mejorando la conectividad ecológica.

Entre la población humana, ciertos colectivos obtienen un beneficio especial de los refugios climáticos: personas mayores, menores, enfermos crónicos o quienes viven en barrios con menos zonas verdes y peores condiciones socioeconómicas. En regiones como el Mediterráneo, donde se prevén olas de calor más intensas, sequías prolongadas y lluvias torrenciales más frecuentes, estos espacios pueden marcar la diferencia entre una crisis de salud pública y una adaptación razonable.

Conectividad ecológica y “autopistas salvajes”

La capacidad de las especies para seguir a su hábitat climático cambiante depende en buena medida de la conectividad del paisaje. No basta con tener áreas protegidas aisladas: hay que unirlas mediante corredores ecológicos que permitan el movimiento de individuos, genes y comunidades a lo largo del territorio.

Organismos internacionales como el IPCC subrayan la necesidad de redes de conectividad como medida de adaptación al cambio climático. En Europa, la Directiva Hábitats, a través de su artículo 10, llama a mejorar la “coherencia ecológica” de la Red Natura 2000, precisamente mediante la conexión funcional entre espacios protegidos.

La Comisión Europea promueve el uso de infraestructuras verdes -setos, bosquetes, corredores fluviales, pasos de fauna, humedales restaurados- para coser el territorio. En España, aunque alrededor del 28 % de la superficie terrestre y cerca del 10 % de la marina gozan de alguna figura de protección asociada a Natura 2000, esa red sigue estando muy fragmentada por usos del suelo intensivos y grandes infraestructuras.

Informes como “Autopistas salvajes” insisten en la urgencia de definir, conservar y restaurar una red de corredores ecológicos mediante cartografía como herramienta clave, que se integre en estrategias nacionales de infraestructura verde, conectividad y restauración ecológica. Desde la perspectiva del hábitat climático, estos corredores no son un lujo, sino la vía principal para que especies desplazadas por el calentamiento puedan encontrar nuevos enclaves donde seguir cumpliendo su ciclo vital.

Escenarios de cambio climático y hábitat de pinos en Michoacán

Más allá de la península ibérica, el concepto de hábitat climático se está utilizando para evaluar la vulnerabilidad de especies concretas. En el estado de Michoacán (México), por ejemplo, se ha analizado cómo podrían cambiar las áreas climáticamente adecuadas para 14 especies de pinos bajo escenarios de cambio climático a mediados de siglo.

Utilizando 19 variables bioclimáticas actuales (1970-2000) y futuras (2041-2060) obtenidas de modelos de circulación global (HADGEM3_ES y MPI_ESM_LR, con un escenario socioeconómico compartido determinado), se construyeron modelos de distribución potencial con Maxent. En estos modelos, el 75 % de los registros de presencia se empleó para entrenar el algoritmo y el 25 % para validarlo, obteniendo valores de AUC superiores a 0,88 y resultados estadísticos robustos.

Las variables más influyentes para definir el hábitat climático de estos pinos fueron la temperatura máxima media del periodo más cálido (Bio5), la precipitación del trimestre más cálido (Bio18), la precipitación anual acumulada (Bio12) y la temperatura mínima media del periodo más frío (Bio6). Es decir, los extremos térmicos y de precipitación estacional son determinantes para acotar dónde pueden vivir y regenerarse estas especies.

Los resultados indican reducciones importantes del hábitat climático para 13 de las 14 especies estudiadas. Algunas, como P. hartwegii, P. leiophylla, P. devoniana, P. herrerae y P. martinezii, presentan pérdidas proyectadas de entre un 40 y más de un 60 % de su espacio climáticamente adecuado. En la práctica, esto significa que, si no se facilita la migración o no se reduce la velocidad del cambio climático, una parte significativa de sus poblaciones podría quedar atrapada en ambientes que ya no se ajustan a sus requerimientos fisiológicos.

Este tipo de estudios, que combinan modelización de nicho ecológico y escenarios climáticos, son cada vez más habituales y resultan muy útiles para orientar estrategias de conservación, selección de zonas prioritarias para la protección o planificación de repoblaciones asistidas (por ejemplo, trasladando material genético a zonas que serán climáticamente adecuadas en el futuro).

En conjunto, todos estos enfoques geobotánicos, hidrológicos y de modelización climática muestran que el hábitat climático de especies forestales, de ríos y de ecosistemas urbanos está en plena reconfiguración, y que herramientas como la restauración ecológica, la conectividad, los refugios climáticos y la gestión adaptativa son esenciales si queremos que bosques, ríos y ciudades sigan siendo lugares habitables para la mayor parte de la vida, incluida la nuestra.

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