Graves inundaciones en Afganistán agravan la crisis humanitaria

  • Las lluvias torrenciales han provocado inundaciones mortales en buena parte de Afganistán, con decenas de fallecidos y centenares de heridos.
  • Miles de viviendas han quedado destruidas o dañadas, junto con amplias superficies de tierras de cultivo y ganado.
  • Las crecidas han cortado carreteras clave, dificultando el acceso de la ayuda y de los equipos de emergencia a las zonas más aisladas.
  • El desastre se suma a un reciente terremoto y a una situación humanitaria ya límite, con peticiones de mayor apoyo internacional.

Inundaciones en Afganistán

Las intensas lluvias que han caído en las últimas semanas sobre Afganistán han desencadenado una cadena de inundaciones y corrimientos de tierra que se extiende por buena parte del país. Las autoridades afganas, controladas por los talibán, reconocen que la cifra de fallecidos y heridos no deja de aumentar a medida que se actualizan los balances oficiales y se accede a zonas que hasta ahora permanecían aisladas.

Este episodio de tiempo extremo, marcado por lluvias torrenciales casi continuas desde finales de marzo, ha provocado la destrucción de viviendas, daños masivos en infraestructuras clave y pérdidas agrícolas de gran calado. Todo ello impacta de lleno en una población ya muy golpeada por años de conflicto, crisis económica y escasez de recursos básicos, generando una preocupación creciente en la comunidad internacional, incluida Europa, por la evolución de la situación humanitaria.

Balance de víctimas y alcance de las inundaciones

Los distintos informes oficiales publicados en estos días coinciden en que las cifras de víctimas son ya muy elevadas, aunque las actualizaciones muestran variaciones a medida que avanza el recuento. En varios comunicados se habla de alrededor de medio centenar de fallecidos, mientras que otros balances elevan el dato por encima de las 60 muertes e incluso más, siempre con el matiz de que las labores de rescate continúan y podrían destaparse más tragedias en zonas remotas.

En algunos recuentos parciales se mencionan al menos 61 personas muertas y 116 heridas como consecuencia directa de las lluvias torrenciales y las inundaciones repentinas registradas en los últimos días. A estas cifras se suman varios desaparecidos, con equipos locales de emergencia intentando localizarles entre las zonas anegadas y los restos de viviendas derrumbadas.

Otros datos recopilados por la Autoridad Nacional de Preparación y Gestión de Desastres apuntan a balances que alcanzan varias decenas de muertos y más de un centenar de heridos, en un intervalo temporal que abarca desde el 26 de marzo hasta los primeros días de abril. La falta de comunicaciones fiables, los cortes de carreteras y la dispersión de comunidades rurales hacen difícil disponer de un número único y cerrado, pero los organismos locales insisten en que el impacto humano es ya muy severo.

Las autoridades de Kabul también han advertido de la presencia de inundaciones repentinas en numerosos valles y zonas de montaña, donde los cauces se han desbordado en cuestión de minutos tras episodios de lluvia muy concentrada. Estas crecidas han sorprendido a muchas familias en sus casas y en los campos, lo que explica parte del elevado número de heridos y de pérdidas de ganado.

En paralelo a la tragedia humana, los portavoces talibán subrayan que la situación podría empeorar si las lluvias intensas se mantienen. Los departamentos de meteorología nacionales han emitido avisos por la posible continuidad de las precipitaciones fuertes, e incluso por la combinación de lluvias, nevadas y tormentas eléctricas en distintas regiones del país durante los próximos días.

Provincias más afectadas y daños en infraestructuras

Las inundaciones han golpeado a múltiples provincias, desde la capital hasta áreas rurales y fronterizas. Informes oficiales detallan que, solo en uno de los episodios recientes, se registraron once fallecidos y once heridos en las últimas 24 horas en provincias como Kabul, Paruán, Daikundi, Kapisa, Paktia, Paktika, Maidan Wardak, Ghazni, Zabul, Uruzgán, Kandahar, Herat, Badghis, Ghor, Nimroz, Samangan, Tajar, Badajshán, Nangarhar, Laghman y Kunar.

En total, en torno a 20 de las 34 provincias afganas han sufrido algún tipo de impacto derivado de las lluvias torrenciales, ya sea en forma de inundaciones, corrimientos de tierra o daños sobre carreteras, puentes y viviendas. La amplitud geográfica del episodio complica la respuesta, ya que obliga a repartir recursos escasos entre zonas muy dispersas.

La región de Kandahar también ha sido escenario de fuertes inundaciones y deslizamientos provocados por las lluvias recientes, con decenas de muertos y heridos reportados desde allí. Estas condiciones han arrastrado casas construidas con materiales poco resistentes y han dañado caminos de tierra, frecuentes en un país con infraestructuras limitadas.

Uno de los elementos que más preocupa a las autoridades es el estado de la red viaria. Se calcula que al menos centenares de kilómetros de carreteras han sufrido daños importantes, con tramos completamente cortados. Esto no solo impide el paso de vehículos de emergencia y camiones con ayuda humanitaria, sino que también dificulta que la población pueda desplazarse a zonas más seguras o acceder a servicios sanitarios.

Los cortes en las vías de comunicación también tienen un impacto directo en el suministro de bienes esenciales, como alimentos, medicinas y combustible, lo que a medio plazo puede agravar la emergencia. Algunas comunidades de montaña y valles alejados han quedado virtualmente aisladas, a la espera de que se restablezca el acceso por carretera o de que lleguen equipos de rescate especializados.

Viviendas destruidas y desplazamiento de familias

Los datos recopilados por las autoridades de gestión de desastres dibujan un escenario de destrucción generalizada en el parque de viviendas. Según diversos informes oficiales y comunicados del gobierno talibán, las inundaciones han arrasado miles de casas, dejando a decenas de miles de personas sin alojamiento estable.

En uno de los balances más detallados se indica que más de 2.400 viviendas han quedado total o parcialmente destruidas. En otros recuentos se habla de alrededor de 2.500 casas afectadas, lo que pone de manifiesto la magnitud del daño en un país donde muchas construcciones son de adobe o materiales frágiles ante lluvias intensas y crecidas repentinas.

Solo en un período de 24 horas, se han documentado más de 130 viviendas completamente destruidas y cerca de 390 con daños parciales, en un contexto en el que más de 1.000 familias se han visto afectadas de manera directa. Una parte de ellas se ha visto obligada a abandonar sus hogares a toda prisa, buscando refugio en casas de familiares, edificios públicos o campamentos improvisados en zonas más altas.

Los desplazamientos internos derivados de estas inundaciones se suman a los que ya existían por otras causas, como la inseguridad y la crisis económica. Distintos portavoces talibán han hablado de cientos de familias desplazadas sólo en algunos de los episodios más recientes, aunque sin un censo cerrado dado que muchas personas intentan regresar a sus viviendas en cuanto el agua baja lo suficiente como para evaluar los daños.

La falta de refugios formales y de materiales de construcción resistentes plantea un reto adicional de cara a la reconstrucción. Varias organizaciones humanitarias han alertado de que, sin un apoyo sostenido, muchas de estas familias corren el riesgo de permanecer en condiciones precarias durante meses, expuestas al frío, la humedad y posibles nuevas inundaciones cuando se repitan las lluvias estacionales.

Impacto en la agricultura y en la seguridad alimentaria

El campo afgano, principal sostén de buena parte de la población, también está sufriendo consecuencias muy graves. Las inundaciones han afectado a miles de hectáreas de tierras cultivables, anegando campos, arrastrando capas de suelo fértil y destruyendo cosechas que estaban a punto de recogerse o en pleno crecimiento.

En uno de los informes difundidos por los portavoces talibán se cifra el daño agrícola en alrededor de 11.000 hectáreas de cultivos afectadas, mientras que otros balances hablan de más de 5.300 hectáreas seriamente dañadas. Aunque los números varían según la fuente y el momento del recuento, el denominador común es la pérdida de una parte sustancial de la producción local.

Además de los cultivos, se han reportado pérdidas importantes de ganado, con más de mil cabezas muertas en algunas zonas rurales. En un contexto de economía de subsistencia, donde muchas familias dependen de unos pocos animales y de pequeñas parcelas, estas pérdidas suponen un golpe directo a su capacidad de alimentarse y generar ingresos.

La destrucción de infraestructuras de riego y de pequeñas obras de contención también tendrá consecuencias a medio plazo. Canales, acequias y sistemas de drenaje rudimentarios han quedado llenos de sedimentos o han sido arrasados por las crecidas, lo que podría dificultar las próximas campañas agrícolas si no se reparan con rapidez.

Todo ello se produce en un país donde, según estimaciones recientes de Naciones Unidas, alrededor de 22 millones de personas necesitan algún tipo de ayuda humanitaria, y más de 17 millones sufren una inseguridad alimentaria severa. La pérdida de cosechas y ganado por las inundaciones agrava este escenario, aumentando el riesgo de hambre y malnutrición, especialmente entre mujeres, niños y personas mayores.

Advertencias meteorológicas y vulnerabilidad estructural

El Departamento de Meteorología del Ministerio de Transportes y Aviación afgano ha lanzado en los últimos días diversos avisos por lluvias intensas, nevadas y tormentas eléctricas para amplias zonas del país. Las previsiones apuntan a que las precipitaciones podrían mantenerse en regiones orientales, septentrionales, occidentales y centrales, con episodios de lluvia fuerte en cuencas ya saturadas de agua.

Estas alertas tratan de anticipar nuevos episodios de inundaciones repentinas, un fenómeno al que Afganistán es especialmente propenso por su orografía y por la situación de muchas localidades asentadas en valles estrechos o cauces secos que se convierten rápidamente en torrentes cuando llueve con intensidad. Sin embargo, la capacidad de difundir estas advertencias y de que la población pueda reaccionar a tiempo sigue siendo limitada.

Funcionarios de gestión de desastres llevan años insistiendo en la vulnerabilidad estructural del país ante este tipo de fenómenos extremos. La debilidad de las infraestructuras, la pobreza generalizada y la escasez de sistemas de drenaje modernos agravan los efectos de las lluvias estacionales, que cada vez son más erráticas e intensas según señalan distintas agencias internacionales.

En muchas ciudades y pueblos, las canalizaciones son insuficientes o inexistentes, lo que provoca que el agua se acumule con rapidez en calles y viviendas. Los barrios informales, levantados con materiales precarios y sin un diseño urbanístico planificado, son especialmente vulnerables a las crecidas y a los desprendimientos de ladera.

Varias organizaciones humanitarias y expertos en clima han advertido de que esta situación no es un episodio aislado, sino parte de una tendencia en la que los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez más frecuentes y destructivos en Afganistán. Reclaman inversiones en infraestructuras de drenaje, sistemas de alerta temprana y planes de ordenación territorial que reduzcan la exposición de la población a las inundaciones.

Un desastre que se suma a un reciente terremoto

La crisis actual no se entiende sin tener en cuenta que Afganistán acaba de sufrir también un terremoto de magnitud 5,8 en el noreste del país. Este seísmo, que llegó a sentirse en Kabul y en varias provincias del norte y del este, causó al menos ocho o nueve fallecidos, según distintos recuentos, todos ellos de una misma familia, además de daños materiales en edificios ya debilitados.

La concatenación de desastres naturales —inundaciones y terremoto en un corto espacio de tiempo— ha incrementado la presión sobre un sistema de emergencia con recursos muy limitados. Equipos de rescate, servicios sanitarios y organismos de gestión de desastres han tenido que repartir sus esfuerzos entre distintas emergencias simultáneas, lo que retrasa la atención a algunas comunidades.

Las infraestructuras ya tocadas por el seísmo, como viviendas, escuelas o centros de salud, han sufrido un nuevo golpe con las lluvias torrenciales, lo que aumenta el riesgo de derrumbes posteriores. En zonas urbanas, algunos edificios con grietas y daños estructurales previos han quedado en situación crítica tras los episodios de lluvias persistentes.

Esta doble emergencia pone de relieve la alta exposición de Afganistán a fenómenos extremos de origen tanto meteorológico como sísmico. La falta de normas de construcción resistentes a seísmos, de sistemas de drenaje modernos y de planes de evacuación bien ensayados aumenta el impacto de cada nuevo episodio, dejando poco margen para la recuperación antes de que llegue la siguiente crisis.

Organismos internacionales y oenegés presentes sobre el terreno han reiterado sus llamamientos a reforzar la ayuda humanitaria y el apoyo técnico al país, advirtiendo de que, sin una intervención sostenida, estos desastres podrían tener efectos duraderos sobre millones de personas y favorecer nuevos desplazamientos internos y hacia países vecinos.

El panorama que dejan las inundaciones recientes en Afganistán es el de un país exhausto, con decenas de víctimas mortales, centenares de heridos, miles de viviendas destruidas y amplias zonas agrícolas anegadas, mientras las carreteras dañadas complican la llegada de ayuda y las previsiones anuncian más lluvias. En un contexto de crisis humanitaria crónica, la respuesta internacional y la mejora de las infraestructuras y de la preparación frente a desastres se antojan claves para evitar que cada nuevo episodio de lluvias torrenciales vuelva a desencadenar una tragedia de proporciones similares.

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