
El verano de 2026 ha dejado en España un balance provisional de 275.722 hectÔreas forestales afectadas y 45 grandes incendios hasta el 20 de septiembre, según los datos del Ministerio para la Transición Ecológica. Esos fuegos concentraron casi el 88 % de la superficie quemada. En el conjunto de Europa, las llamas han recorrido mÔs de 670.000 hectÔreas en lo que va de año, una cifra que confirma que el problema ya no es solo mediterrÔneo.
Pero la extensión es solo una parte del problema. Un incendio puede ser devastador por las vidas perdidas, los pueblos evacuados o los ecosistemas daƱados, no Ćŗnicamente por las hectĆ”reas arrasadas. Los Gallardos, en AlmerĆa, dejó 14 fallecidos y unas 5.400 hectĆ”reas calcinadas, mientras que Burgohondo, en Ćvila, obligó a evacuar a cerca de 35.000 personas y a confinar a mĆ”s de 10.000. Niebla, en Huelva, se convirtió en el mayor fuego de EspaƱa en 2026 al alcanzar 39.821 hectĆ”reas forestales.
QuƩ convierte un incendio en devastador
El término gran incendio forestal se aplica a los fuegos que superan las 500 hectÔreas, pero esa etiqueta no mide por sà sola la gravedad real. Para valorar el daño hay que mirar el impacto humano, social, ecológico, rural y económico, ademÔs del comportamiento del fuego. También importa si afecta a varias provincias o comunidades y cuÔnto tiempo necesitarÔ el territorio para recuperarse.
- Impacto humano: fallecidos, heridos, personas atrapadas y riesgos para los equipos de extinción.
- Impacto social: evacuaciones, confinamientos, viviendas destruidas, carreteras y suministros daƱados.
- Impacto ecológico: espacios protegidos, biodiversidad, hÔbitats, erosión del suelo y capacidad de regeneración.
- Impacto rural y económico: pĆ©rdidas en agricultura, ganaderĆa, montes, cultivos, pastos y turismo.
La virulencia también cuenta. Hay fuegos que generan sus propias condiciones meteorológicas, crean pirocúmulos o tormentas de fuego y resisten a los medios de extinción. Ese tipo de comportamiento, cada vez mÔs frecuente, explica por qué algunos incendios de sexta generación escapan a los modelos tradicionales y obligan a cambiar la forma de combatirlos.
Europa apuesta por gestionar el riesgo todo el aƱo
La Comisión de Recursos Naturales del Comité Europeo de las Regiones debatió en Toledo y Castilla-La Mancha un dictamen sobre la gestión integrada del riesgo de incendios forestales. La consejera Mercedes Gómez defendió que Europa impulse una nueva visión frente a los megaincendios y advirtió de que el cambio climÔtico no es el único factor: las transformaciones sociales y económicas del medio rural han aumentado la continuidad de la vegetación.
El dictamen pide adaptar la gestión a las condiciones locales y dar a los entes locales y regionales un papel central en prevención, preparación, respuesta y recuperación. La región francesa de Provenza-Alpes-Costa Azul propuso una coalición europea de regiones resistentes al fuego. El ponente Dimitrios Kafantaris resumió la idea: el éxito no debe medirse solo por medios o cifras, sino por las catÔstrofes evitadas y las vidas protegidas.
En el Ômbito europeo, las instituciones manejan datos que refuerzan esa urgencia: la actividad humana estÔ detrÔs de hasta el 96 % de los incendios forestales en la UE, el perjuicio económico anual se estima en 2.500 millones de euros y en 2026 el fuego ha arrasado mÔs de 670.000 hectÔreas. Por eso se insiste en pasar de apagar fuegos a gestionar el peligro durante todo el año.
Prevención, paisaje y cooperación transfronteriza
Castilla-La Mancha ha puesto como ejemplo su dispositivo Infocam, activo los 365 dĆas del aƱo y basado en integrar prevención, extinción y restauración. La comunidad ha realizado gestión forestal sostenible en 96.406 hectĆ”reas durante la Ćŗltima dĆ©cada, con 360 millones de euros invertidos, y ha elevado el presupuesto de extinción desde 73,8 millones en 2016 hasta 126 millones. TambiĆ©n impulsa un mercado voluntario de crĆ©ditos de prevención de incendios.
En Canarias, el Cabildo de Gran Canaria recordó que el fin de la Ć©poca de peligro alto no elimina el riesgo. Desde el 1 de octubre la isla entra en peligro medio, lo que permite quemas agrĆcolas con autorización, aviso al CECOPIN con 24 horas de antelación y medidas preventivas. La estrategia Gran Canaria Mosaico busca recuperar paisajes diversos y cultivos que actĆŗen como cortafuegos productivos.
Galicia y el norte de Portugal refuerzan su colaboración con el proyecto Interlumes. La base aĆ©rea de VerĆn-OĆmbra, primera fronteriza entre ambos paĆses, supuso una inversión de 5,5 millones de euros y cuenta con depósitos de agua, carga de combustible, torre de control, zona de descanso, estacionamiento para seis aeronaves de carga en tierra, helipuerto para cuatro helicópteros y una pista de 1.200 metros.
Ayudas para el medio rural y respuesta tras el fuego
La Junta de Castilla y León ha aprobado una concesión directa de 170.500 euros para 31 agricultores, ganaderos y apicultores afectados por los grandes incendios del verano de 2026. Cada beneficiario recibirÔ al menos 5.500 euros por explotación, una cifra que podrÔ subir hasta 25.000 euros según la valoración definitiva de los daños.
Las subvenciones compensan pĆ©rdidas de producción agrĆcola y ganadera, muerte o desaparición de animales y destrucción de colmenas. El objetivo es mantener la viabilidad de las explotaciones, el empleo y la actividad económica en los municipios afectados. AndalucĆa tambiĆ©n declaró desastre natural la zona de Niebla por sus efectos sobre el potencial agrario y forestal.
Los grandes incendios que han marcado EspaƱa
Desde comienzos de siglo, varios fuegos han dejado una huella profunda. Minas de Riotinto, en Huelva y Sevilla, calcinó mÔs de 34.000 hectÔreas en 2004 y causó dos muertos. Riba de Saelices, en Guadalajara, quemó mÔs de 12.000 hectÔreas en 2005 y provocó 11 fallecidos, lo que impulsó la creación de la Unidad Militar de Emergencias.
La Sierra Bermeja, en MÔlaga, recorrió 8.401 hectÔreas en 2021 y dejó un bombero forestal fallecido. La Sierra de la Culebra y Losacio, en Zamora, sumaron mÔs de 50.000 hectÔreas y cuatro muertos en 2022. Arafo-Candelaria, en Tenerife, afectó a 14.751 hectÔreas y obligó a evacuar a mÔs de 13.000 personas en 2023.
En 2025, Larouco-Quiroga-Oencia se extendió por Ourense, Lugo y León y quemó aproximadamente 37.700 hectĆ”reas. En 2026, Burgohondo superó provisionalmente las 33.000 hectĆ”reas forestales y Niebla alcanzó 39.821 hectĆ”reas. Los Gallardos, con 14 vĆctimas, se convirtió en el incendio mĆ”s mortĆfero del siglo XXI en EspaƱa.
Si se mira la historia completa, Lloret de Mar, en Girona, sigue siendo el mÔs letal con 21 fallecidos en 1979. En La Gomera, un cambio repentino del fuego mató a 20 personas en 1984. En daño ecológico, el incendio de La Gomera de 2012 afectó a 3.962 hectÔreas, de las que 741,7 estaban dentro del Parque Nacional de Garajonay, y Las Peñuelas, en Huelva, dañó hÔbitats próximos a Doñana en 2017.
Proyecciones climƔticas y retos de futuro
Un estudio del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto ClimĆ”tico y la Sociedad Senckenberg, publicado en Global Change Biology, advierte de que Europa podrĆa registrar un aumento del 39 % en la superficie quemada a finales de siglo incluso si el calentamiento se limita a 1,5 °C. Con 3,6 °C, la superficie arrasada podrĆa triplicarse.
El anÔlisis compara el periodo 2070-2100 con el de 2000-2030 y anticipa temporadas de incendios mÔs largas, condiciones meteorológicas mÔs extremas y un comportamiento mÔs volÔtil. Los autores subrayan que las estrategias actuales serÔn insuficientes y que harÔn falta medidas de adaptación sustanciales, como ampliar la reducción de combustible y preparar a las comunidades para convivir con el fuego.
Los incendios de sexta generación representan la cara mĆ”s extrema de este fenómeno. No son una categorĆa oficial ni dependen de un nĆŗmero concreto de hectĆ”reas, pero describen fuegos capaces de interactuar con la atmósfera y alterar la meteorologĆa de su entorno. El reto no es solo apagar mĆ”s rĆ”pido, sino recuperar actividad agraria y ganadera, gestionar la biomasa, reducir la continuidad forestal y adaptar los nĆŗcleos situados en la interfaz urbano-forestal.
España y Europa afrontan un escenario en el que los grandes incendios son cada vez mÔs complejos, rÔpidos e intensos. La prevención, la gestión del paisaje, la cooperación entre regiones, las ayudas al medio rural y la adaptación climÔtica aparecen como piezas inseparables. La lección que dejan los últimos veranos es clara: medir el peligro solo en hectÔreas deja fuera lo que de verdad estÔ en juego.
