El telescopio Hubble podría estrellarse contra la Tierra: qué se sabe

  • El Hubble lleva más de tres décadas en órbita y su trayectoria se degrada poco a poco.
  • Un estudio de la NASA alerta de una futura reentrada no controlada con posible riesgo para la población.
  • Los cálculos sitúan la caída probable alrededor de 2033, con una ventana entre 2029 y 2040.
  • El riesgo de víctimas supera por ahora el umbral aceptable de la NASA, que pide más estudios y medidas.

Telescopio espacial Hubble en órbita

El Telescopio Espacial Hubble, uno de los instrumentos científicos más emblemáticos de las últimas décadas, afronta un final de vida que podría ser bastante más incómodo de lo que se pensaba al principio. Diversos análisis técnicos apuntan a que el observatorio, que lleva desde 1990 dando vueltas alrededor del planeta, terminará entrando de nuevo en la atmósfera en una reentrada no controlada, con un riesgo nada despreciable para bienes y personas en la superficie.

Lejos de tratarse de un simple trámite orbital, esta fase final se ha convertido en un asunto delicado para las agencias espaciales. De acuerdo con un informe reciente del Centro de Ingeniería y Seguridad de la NASA (NESC), disponible en el propio servidor de informes técnicos de la agencia, la actual trayectoria de caída del Hubble no cumple por ahora los criterios de seguridad habituales. El problema es que el telescopio nunca se diseñó para dejarlo caer a su aire, sino para ser recuperado o desorbitado de forma controlada.

Un veterano de la órbita baja con fecha de caducidad

Desde su puesta en órbita, el Hubble ha estado viajando alrededor de la Tierra a unos 28.000 kilómetros por hora, inicialmente a una altitud de unos 550 kilómetros y en la actualidad en torno a 480-500 kilómetros, dentro de la llamada órbita terrestre baja. Aunque pueda parecer que ahí arriba está «libre» de la atmósfera, todavía queda una tenue capa de aire que ejerce un arrastre constante y va frenando muy lentamente al telescopio.

Durante las primeras décadas de su vida útil, la NASA pudo corregir ese descenso gracias a varias misiones de mantenimiento del programa del transbordador espacial, entre 1993 y 2009. En cada visita, además de cambiar instrumentos y realizar reparaciones, los astronautas utilizaban los propulsores de la nave para empujar el Hubble a una órbita algo más alta y así prolongar su funcionamiento unos años más.

Cuando se lanzó, la expectativa oficial era que el observatorio funcionara en torno a 15 años. Sin embargo, el telescopio ha aguantado mucho más de lo previsto, con más de 1,3 millones de observaciones científicas que han servido para estudiar la expansión del universo, confirmar la presencia de agujeros negros en el centro de galaxias o detectar nuevas lunas en el Sistema Solar exterior. Esa longevidad, que desde el punto de vista científico es una bendición, se ha convertido ahora en un quebradero de cabeza para planificar su retirada.

El gran giro se produjo con el final del programa del transbordador espacial, cuyo último vuelo tuvo lugar en 2011 con el Atlantis. El plan original de la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA) preveía utilizar el transbordador para recuperar el Hubble al final de su vida útil o bien dirigirlo hacia una reentrada controlada. Al desaparecer esa capacidad, el observatorio quedó en una situación híbrida: sigue operativo, pero sin un sistema propio que permita llevarlo a una órbita segura o desorbitarlo de forma precisa.

En los últimos años, algunos de sus componentes clave, como los giroscopios que permiten apuntar con gran precisión, han mostrado un deterioro cada vez más evidente. Aunque el telescopio continúa funcionando y enviando datos, su margen operativo se va estrechando y, con él, las posibilidades de planear maniobras complejas.

Un telescopio diseñado para ser recuperado, no para caer sin control

Riesgo de reentrada del telescopio Hubble

El estudio del NESC subraya un aspecto clave: el Hubble nunca se concibió para afrontar una reentrada descontrolada. Su diseño estaba pensado para que, al terminar su misión, una nave tripulada se acoplara a él y posibilitara su rescate o una desorbitación cuidadosamente dirigida hacia una zona remota del océano. Esa opción prácticamente desapareció con la retirada de los transbordadores y, hasta la fecha, no se ha puesto en marcha una alternativa equivalente.

En 2022, Elon Musk llegó a plantear públicamente la posibilidad de una misión de SpaceX con la cápsula Crew Dragon para elevar de nuevo la órbita del Hubble y darle unos cuantos años más de vida. Aquella idea se estudió de forma preliminar, pero no ha avanzado ni se ha traducido en un plan formal, de modo que hoy por hoy se considera, en la práctica, aparcada.

Mientras tanto, la órbita del telescopio se degrada poco a poco. El Hubble es una estructura de grandes dimensiones, con unos 13,2 metros de longitud, un diámetro aproximado de 4,2 metros y una masa en torno a las 12 toneladas sin contar paneles solares y espejos. Este tamaño hace que, a diferencia de otros satélites más pequeños, exista una probabilidad significativa de que ciertos fragmentos masivos sobrevivan al paso por la atmósfera.

El análisis del NESC recalca que la reentrada no sólo es inevitable si no se actúa, sino que además requiere un seguimiento cada vez más fino conforme el observatorio vaya perdiendo altitud. La combinación de su masa, su geometría y la densidad variable de la alta atmósfera implica que predecir con precisión el momento y el lugar de la caída es extremadamente complejo, especialmente con muchos años de antelación.

Por si fuera poco, factores como las tormentas geomagnéticas y la actividad solar pueden alterar la densidad de las capas más altas de la atmósfera, incrementando el arrastre sobre la órbita del Hubble. En periodos de alta actividad solar, ese freno atmosférico puede ser notable y acelerar el descenso, mientras que en fases de calma el proceso resulta algo más lento.

Fechas probables para la reentrada: 2029, 2033 o 2040

Los cálculos más recientes manejan una ventana temporal de unos 11 años para el regreso incontrolado del Hubble a las capas densas de la atmósfera. Considerando una actividad solar «media» y un área superficial efectiva acorde con la configuración actual del telescopio, el escenario que los expertos consideran más plausible sitúa la reentrada alrededor de 2033.

El análisis técnico, citado también por la Sociedad Astronómica Americana, no descarta sin embargo otras posibilidades. En el escenario más optimista, con condiciones más favorables, el telescopio podría mantenerse en órbita hasta aproximadamente 2040. En el peor de los casos, y siempre hablando de estimaciones preliminares, la caída podría adelantarse significativamente y ocurrir ya hacia 2029.

Los modelos de reentrada señalan, además, que el Hubble dejaría tras de sí una huella de escombros que podría extenderse entre 350 y 800 kilómetros a lo largo de la trayectoria sobre la superficie. Esto no significa que toda esa franja quede arrasada, sino que los fragmentos que sobrevivan al fuego atmosférico podrían dispersarse a lo largo de ese corredor.

Es importante subrayar que, a día de hoy, no es posible saber con exactitud dónde acabará cayendo. La órbita del telescopio cruza una amplia banda de latitudes, de modo que, desde un punto de vista puramente teórico, la reentrada podría producirse sobre el océano, sobre zonas poco habitadas o sobre regiones densamente pobladas, tanto en Asia como en América, África o Europa.

A medida que se acerque la fecha real de reentrada, las predicciones se irán refinando. Los autores del informe recomiendan actualizar de forma periódica los modelos, integrar mejor el efecto de las variaciones de la actividad solar y evaluar el margen de maniobra que aún pueda quedar para reducir el riesgo mediante pequeños ajustes orbitales, si es que el estado del telescopio lo permite.

Qué riesgo real existe para la población

El gran interrogante, más allá de la pura curiosidad científica, es hasta qué punto esa caída puede suponer un peligro para la gente en tierra. El estudio del NESC ha abordado esta cuestión utilizando distintas metodologías de simulación, que consideran tanto la trayectoria del observatorio como el comportamiento de sus componentes durante la reentrada y la distribución de población en la superficie.

Según estos modelos, una parte sustancial de la estructura del Hubble se desintegraría a causa de las altísimas temperaturas y fuerzas mecánicas que se generan al atravesar la atmósfera a gran velocidad. Sin embargo, se espera que algunos elementos más robustos —por ejemplo, ciertas secciones del cuerpo principal o piezas densas de los instrumentos— puedan llegar como fragmentos hasta el suelo o el mar.

Los investigadores cuantifican el riesgo en términos de probabilidad de víctimas individuales a nivel global a lo largo de toda la zona de paso del telescopio. En el escenario medio, el estudio calcula una probabilidad aproximada de 1 entre 330 de que se produzca al menos una víctima en la franja de latitudes que cruza la órbita del Hubble. En áreas remotas, como la región menos poblada del Pacífico Sur, esa probabilidad se reduce de manera muy notable, hasta en torno a 1 entre 31.000.

El escenario más desfavorable se daría si los restos del telescopio cayeran sobre zonas metropolitanas muy densamente pobladas, como ciertas regiones de India o el Sudeste Asiático. En simulaciones con condiciones especialmente adversas, el informe llega a estimar probabilidades cercanas a 1 entre 22 de que se registren víctimas en un caso extremo, con ciudades como Macao, Hong Kong o Singapur como ejemplos de áreas donde podrían esperarse entre una y hasta cuatro víctimas potenciales.

Estas cifras deben interpretarse con cautela, pero sirven para ilustrar por qué el asunto preocupa a las agencias espaciales. La normativa de la propia NASA, concretamente el estándar NASA-STD-8719.14C, establece que el riesgo aceptable para el público en reentradas de este tipo debe ser igual o inferior a 1 entre 10.000. Dicho de otro modo, los valores calculados para el Hubble exceden el umbral de seguridad que la agencia considera admisible, lo que obliga a estudiar soluciones adicionales.

En el contexto europeo y español, los posibles riesgos se evalúan también en clave de coordinación internacional. España, al igual que otros Estados miembros de la Unión Europea y de la Agencia Espacial Europea, participa en programas de vigilancia y seguimiento espacial que permiten monitorizar la posición de grandes objetos en órbita y anticipar con cierta antelación los escenarios de reentrada. En caso de que las predicciones apunten a una posible trayectoria de escombros sobre territorio europeo, los mecanismos de protección civil y gestión de emergencias se activarían de forma coordinada.

Medidas en estudio y margen de actuación

Ante este panorama, el informe del NESC no se limita a cuantificar el problema, sino que también plantea una serie de recomendaciones. Una de las principales es continuar refinando los modelos de decaimiento orbital y reentrada, incorporando nuevos datos sobre la estructura del telescopio, el comportamiento de sus materiales a altas temperaturas y la evolución de la atmósfera superior.

Otra línea de trabajo pasa por analizar de nuevo las opciones de intervención antes de que la órbita descienda demasiado. Aunque la propuesta inicial de SpaceX y la cápsula Crew Dragon parezca hoy descartada, la tecnología espacial cambia rápido, y no se descarta que en los próximos años surjan nuevas soluciones comerciales o institucionales que permitan, al menos, elevar la órbita unos cuantos kilómetros para ganar tiempo o incluso planear una desorbitación dirigida hacia una zona oceánica menos crítica.

Las posibles misiones de este tipo no son triviales: exigirían vehículos capaces de acoplarse de forma segura a una estructura grande y relativamente antigua, con un sistema eléctrico y mecánico muy específico. Además, habría que valorar costes, riesgos y prioridades científicas, comparando el esfuerzo que supondría «salvar» parcialmente al Hubble con otras misiones en marcha, como el Telescopio Espacial James Webb o futuros observatorios europeos y estadounidenses.

Mientras no haya una decisión clara sobre una operación de salvamento o desorbitación dirigida, todo apunta a que la estrategia principal será vigilar muy de cerca la evolución orbital del Hubble. Esto implica campañas de seguimiento desde estaciones terrestres, telescopios de espacio profundo y sistemas de radar especializados, muchos de ellos integrados en redes de vigilancia espacial en las que participa Europa.

De cara a la población, incluidas las ciudades y zonas rurales de España, los expertos insisten en que el riesgo absoluto de resultar afectado por restos del telescopio es muy bajo. La mayor parte de la superficie del planeta está cubierta por océanos o áreas poco habitadas, y la probabilidad de que un fragmento concreto impacte en un lugar concreto es extremadamente reducida. No obstante, el hecho de que los cálculos excedan los umbrales oficiales de la NASA obliga a mantener el tema en la agenda de seguridad espacial.

Tras más de tres décadas en servicio y con un legado científico difícil de igualar, el futuro del Hubble entra en una fase en la que las cuestiones técnicas, de seguridad y de cooperación internacional pesan tanto como las puramente científicas. Lo que ocurra en los próximos años —si se aprueba o no una misión para elevar su órbita, si se opta por una desorbitación controlada o si se asume la reentrada no guiada con medidas de mitigación— determinará no sólo cómo terminará la vida de este telescopio histórico, sino también la forma en que las grandes potencias espaciales gestionan, a partir de ahora, el final de vida de las grandes infraestructuras en órbita.

Telescopio espacial Hubble
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