Los océanos del planeta están viviendo un episodio de calentamiento sin precedentes. Según los datos del Servicio de Cambio Climático de Copernicus, la temperatura superficial del mar alcanzó en agosto un valor medio de 21,1 grados Celsius, un récord que ha encendido todas las alarmas. El climatólogo Ryan Katz-Rosene, de la Universidad de Ottawa, va más allá: cree que podría tratarse de la temperatura más alta en los últimos 125.000 años, algo que no se veía desde el último periodo interglacial.
Pero este calor extremo no se queda en el agua. Un estudio publicado en Nature Sustainability advierte de que las olas de calor marinas también afectan directamente a la salud humana, a través de la comida, el bienestar psicológico e incluso los fenómenos meteorológicos extremos. La investigadora Laura Falkenberg, de la Universidad de Adelaide, lidera este trabajo que pide integrar las previsiones oceánicas en las estrategias de salud pública.
Un récord que preocupa a los científicos

El dato de Copernicus no es un caso aislado. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) calcula que el 42% de los océanos del mundo está bajo condiciones de ola de calor marina, muy cerca del máximo del 46% registrado en 2024. Esta situación se debe a la combinación del fenómeno de El Niño con el calentamiento provocado por las emisiones humanas, como explica Samantha Burgess, investigadora de Copernicus: «El Niño añade calor, pero lo hace sobre décadas de calentamiento antropogénico».
Las consecuencias ecológicas son evidentes: blanqueamiento de corales, mortandad de peces y proliferación de algas nocivas. Pero hay más. Un océano más cálido absorbe menos dióxido de carbono, lo que agrava el cambio climático. Además, el calor acumulado puede intensificar tormentas y huracanes, como ocurrió con el huracán Otis en México o el tifón Doksuri en Asia, ambos en 2023.
Del mar a la mesa: consecuencias para la salud

El estudio de Nature Sustainability señala que las olas de calor marinas pueden contaminar los productos del mar con toxinas de algas, reduciendo la disponibilidad de grandes peces oceánicos y marisco y generando riesgos para quien los consume. En Australia Meridional, una proliferación de algas tóxicas en 2025 provocó problemas respiratorios y asma en comunidades costeras, además de un aumento de la «ecoansiedad» entre los pescadores.
La salud mental también se ve afectada. Para muchas comunidades, el mar es parte de su identidad y sustento. Ver cómo se degrada su entorno genera frustración, depresión y sensación de pérdida. Por eso, los investigadores proponen que los sistemas de alerta por calor marino se integren en la planificación sanitaria, igual que se hace con las olas de calor terrestres.
El océano está enviando una señal clara: su calentamiento no es solo un problema ambiental, sino también de salud pública. Reducir las emisiones de combustibles fósiles y proteger los ecosistemas marinos son dos acciones clave, como recuerda Brian O’Donnell, de Campaign for Nature. Mientras tanto, los científicos insisten en que hay que estar preparados para un futuro con océanos más calientes y con efectos que llegarán mucho más lejos de la costa.
