Cuando pensamos en Venus, lo primero que nos viene a la cabeza es un lugar infernal, un auténtico horno con nubes de ácido sulfúrico y una presión que te aplastaría en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, más allá de su atmósfera irrespirable, este planeta esconde unos secretos geológicos que nos están dejando con la boca abierta, especialmente unas formaciones llamadas coronae, que parecen sacadas de una película de ciencia ficción.
Estas estructuras no son simples manchas en la superficie, sino gigantescas formaciones ovaladas o circulares que pueden alcanzar diámetros descomunales. Lo más fascinante es que su estudio nos está permitiendo cuestionar todo lo que creíamos saber sobre la actividad interna de Venus, sugiriendo que el planeta está mucho más vivo de lo que los científicos habían previsto hasta ahora.
¿Qué son exactamente las coronae y cómo se originan?

Si miramos Venus desde arriba, las coronae se presentan como sistemas de fracturas concéntricas. Su tamaño es variable, yendo desde los 60 kilómetros hasta superar los 2.000 kilómetros. Para que nos hagamos una idea, la corona más grande, denominada Artemis Chasma, es tan vasta que equivaldría a cubrir la distancia entre Denver y la costa oeste de Estados Unidos.
El mecanismo detrás de estas formas es la interacción entre el manto y la litosfera. Básicamente, se forman plumas de magma muy caliente y menos denso que ascienden desde las profundidades del planeta. Al llegar a la superficie, este material empuja la corteza hacia arriba, deformándola y provocando que la litosfera, que es más rígida y fría, se agriete creando esos característicos anillos.
Investigadores como Anna Gulcher han utilizado modelos tridimensionales y datos de la antigua sonda Magallanes para demostrar que estas estructuras no se deben a un solo proceso. En realidad, estamos ante una gama de dinámicas que incluyen desde la subducción parcial hasta el llamado «goteo litosférico», donde el material denso se hunde nuevamente hacia el interior.
La gravedad: la herramienta para ver lo invisible
Durante años, muchas de estas estructuras se consideraban fósiles, es decir, restos de un pasado remoto. Pero el juego cambió cuando se empezó a combinar la topografía con la gravimetría. Al analizar el campo gravitatorio, los científicos detectaron anomalías que indican la presencia de materiales menos densos bajo la corteza.
De un grupo de 75 coronae analizadas a fondo, unas 52 han mostrado señales claras de actividad reciente. Esto es un bombazo, ya que implica que Venus no es una roca inerte, sino que sigue deformándose internamente. Si solo nos basáramos en las fotos de la superficie, pasaríamos por alto que el planeta sigue hirviendo por dentro.
Este descubrimiento es fundamental porque nos indica que existen procesos de convección del manto activos, donde la roca caliente sube y baja en ciclos larguísimos, moldeando la cara del planeta de manera constante y continua, aunque no tengan la organización de la Tierra.
Venus frente a la Tierra: El dilema de las placas tectónicas

Es curioso que Venus y la Tierra sean tan parecidos en masa y tamaño, pero tan distintos en su evolución. La gran diferencia es que la Tierra tiene tectónica de placas, un sistema de reciclaje de carbono y materiales que ha mantenido la estabilidad climática y ha permitido que la vida inteligente prospere.
En Venus, la atmósfera es tan densa y caliente que el calor no se escapa eficientemente, lo que impide que la litosfera se fragmente en placas móviles. En lugar de eso, el planeta experimenta episodios de resurfacamiento masivo. Se cree que la ausencia de océanos fue la clave, ya que el agua hace que las rocas sean más maleables y facilita que se rompan y se muevan.
Aun así, las coronae nos dan una pista increíble: lo que ocurre hoy en Venus podría ser un reflejo de lo que pasó en la Tierra primitiva, analizando la formación de la corteza terrestre y su estructura. Antes de que nuestro planeta desarrollara sus placas tectónicas, es muy probable que tuviera procesos similares de plumas del manto y deformaciones circulares.
Otros misterios subterráneos: Tubos de lava y misiones futuras
Además de las coronae, se han detectado estructuras huecas bajo la superficie que no son cuevas comunes, sino tubos de lava petrificada. Estos túneles se forman cuando la lava fluye y se retira, dejando un vacío estable gracias a la baja gravedad del planeta. Son estructuras similares a las que encontramos en Marte o la Luna.
Para salir de dudas y dejar de especular con datos antiguos, tenemos la esperanza puesta en misiones como VERITAS y EnVision, previstas para finales de década. Estas sondas traerán una resolución de imagen y datos gravimétricos sin precedentes, permitiéndonos analizar cientos de coronae con un detalle quirúrgico.
El objetivo final es comprender si Venus tuvo alguna vez océanos y cómo sus mecanismos internos divergieron de los nuestros. Resolver este enigma nos ayudará a entender mejor la naturaleza de los planetas telúricos y qué condiciones son realmente necesarias para que un mundo rocoso se convierta en un hogar habitable.
El estudio de estas formaciones circulares y la actividad volcánica reciente revela que Venus es un mundo dinámico y complejo, donde la interacción entre plumas del manto y la corteza rígida crea paisajes únicos que funcionan como un laboratorio natural para entender la infancia geológica de la Tierra y el destino de los planetas hermanos.