La desintegración de un cometa es uno de los fenómenos más espectaculares que pueden observarse en el sistema solar, pero captarlo justo en el momento en que ocurre es casi misión imposible. Sin embargo, eso es precisamente lo que ha conseguido el telescopio espacial Hubble, operado por la NASA y la ESA, al registrar cómo el cometa C/2025 K1 (ATLAS) se rompía en pleno viaje hacia las afueras del sistema solar.
La observación, que los equipos califican de “extraordinariamente improbable”, ha permitido seguir casi en directo la desintegración de un cometa de largo período que acababa de pasar muy cerca del Sol. Las imágenes y datos obtenidos, publicados en la revista científica Icarus, ofrecen una oportunidad única para estudiar la estructura interna de estos cuerpos helados y su papel como restos primitivos de la formación planetaria.
Un hallazgo que no estaba en el guion científico

Lo más llamativo del caso es que el cometa C/2025 K1 (ATLAS) ni siquiera era el objetivo original de la campaña de observación del Hubble. El equipo, liderado por el investigador Dennis Bodewits, de la Universidad de Auburn (EE. UU.), tuvo que cambiar de blanco a última hora debido a nuevas limitaciones técnicas que impedían observar el cometa inicialmente propuesto.
En ese contexto, K1 apareció como una opción “de sustitución”, un cometa de aspecto común que servía para salvar el programa de observación. Lo que nadie esperaba es que, justo cuando el Hubble apuntó hacia él, el objeto estuviera en pleno proceso de romperse en varios trozos. La coincidencia temporal ha sido descrita por la NASA y la ESA como de probabilidad ínfima.
El coinvestigador John Noonan, también de la Universidad de Auburn, relató que la sorpresa llegó al día siguiente, al revisar los datos en tierra. En lugar de un único núcleo cometario, las imágenes mostraban cuatro fuentes brillantes alineadas, cada una con su propia coma, la envoltura difusa de gas y polvo que rodea el núcleo helado de un cometa.
Esa configuración solo podía significar una cosa: el cometa se había fragmentado en al menos cuatro pedazos mientras el Hubble lo observaba. Para los telescopios terrestres, en cambio, el objeto apenas aparecía como una mancha borrosa, sin detalle suficiente para distinguir los distintos fragmentos.
Los investigadores llevaban años proponiendo campañas para intentar capturar la desintegración de un cometa con el Hubble, pero la dificultad de predecir cuándo se rompería uno hacía casi imposible programar las observaciones a tiempo. En esta ocasión, la naturaleza se ha alineado con la agenda del telescopio, convirtiendo un programa “de compromiso” en uno de los resultados más valiosos sobre física cometaria obtenidos con el observatorio.
Un cometa de largo período que se rompe tras rozar el Sol
C/2025 K1 (ATLAS), que no debe confundirse con el cometa interestelar 3I/ATLAS, es un cometa de largo período, es decir, un objeto que tarda miles o incluso millones de años en completar una órbita alrededor del Sol y que procede de las regiones más externas del sistema solar. Antes de romperse, los modelos indican que tenía un diámetro aproximado de unos 8 kilómetros, algo mayor que la media de cometas observados.
El episodio de desintegración se produjo poco después de su perihelio, el punto de la órbita en el que el cometa pasa más cerca del Sol. En el caso de K1, ese acercamiento fue especialmente extremo, ya que su perihelio se situó dentro de la órbita de Mercurio, aproximadamente a un tercio de la distancia entre la Tierra y el Sol.
En esa zona tan próxima a nuestra estrella, el cometa sufrió su máximo calentamiento y las mayores tensiones térmicas y gravitacionales. El hielo del interior comienza a sublimarse con mucha intensidad, se generan presiones internas y las zonas más frágiles del núcleo pueden ceder, provocando grietas y, finalmente, la ruptura completa del cuerpo en varios fragmentos.
Según las estimaciones del equipo, K1 comenzó a desmoronarse unos ocho días antes de la primera observación con el Hubble. Cuando el telescopio apuntó al cometa, entre el 8 y el 10 de noviembre de 2025, el proceso ya estaba en marcha y uno de los fragmentos menores llegó incluso a seguir rompiéndose durante la secuencia de imágenes.
En esas fechas, el cometa se encontraba a alrededor de 250 millones de millas (unos 400 millones de kilómetros) de la Tierra, en dirección a la constelación de Piscis. K1 ya había pasado por el interior del sistema solar y se dirigía hacia el exterior, en una trayectoria que lo alejará definitivamente de la vecindad planetaria. Los astrónomos consideran muy poco probable que vuelva a aproximarse al Sol.
Tres días, cuatro fragmentos y una cronología casi a cámara lenta
El Hubble obtuvo una secuencia de tres imágenes, una por día, entre el 8 y el 10 de noviembre de 2025, con exposiciones de 20 segundos cada una. En los paneles se aprecia cómo los fragmentos del núcleo se separan gradualmente, alineados en diagonal, y cómo la distancia entre ellos aumenta con el paso de las jornadas.
Gracias a la enorme agudeza del telescopio, capaz de distinguir detalles extremadamente finos, el equipo fue capaz de reconstruir el movimiento de cada fragmento hacia atrás en el tiempo hasta el punto en que todos ocupaban la misma posición, es decir, cuando el cometa todavía era un único cuerpo.
Esta reconstrucción permitió fijar con bastante precisión la fecha en la que comenzó la ruptura y comparar ese momento con el brillo registrado desde la Tierra. Para sorpresa de los astrónomos, no se detectó un aumento inmediato de luminosidad asociado a la exposición de hielo fresco tras la fragmentación, algo que los modelos teóricos sí predecían.
La mayoría del brillo de un cometa procede de la luz solar reflejada en los diminutos granos de polvo que salen despedidos del núcleo junto con los gases. Si al romperse se exponen capas internas con hielo virgen, lo lógico sería que esa sublimación generase más polvo y, por tanto, un estallido luminoso casi instantáneo. En K1, en cambio, ese incremento se produjo con cierto retraso.
Entre las explicaciones que baraja el equipo está la posibilidad de que, tras la ruptura, se haya formado sobre el hielo una capa de polvo seco que actúa como escudo temporal y se desprende más tarde, o que el calor del Sol tarde un tiempo en penetrar en profundidad, generar suficiente presión de gas y provocar la eyección de grandes cantidades de material. Este desfase temporal aporta pistas clave sobre la física de la superficie y el interior de los cometas, un terreno en el que siguen existiendo importantes lagunas.
Un “fósil helado” que abre su interior a la ciencia
Los cometas, especialmente los de largo período como K1, son considerados remanentes de la formación temprana del sistema solar. Están compuestos de mezclas de hielo, polvo y compuestos orgánicos que se agruparon hace unos 4.600 millones de años, cuando se formaban los planetas. Sin embargo, no son objetos completamente intactos: a lo largo de las eras han sido calentados por el Sol, bombardeados por rayos cósmicos y modificados por sucesivos pasos cerca de nuestra estrella.
Por eso, una de las grandes preguntas en ciencia planetaria es hasta qué punto lo que vemos en la superficie de un cometa refleja propiedades primitivas o, en cambio, está condicionado por su evolución posterior. Cuando un núcleo se rompe, como ha ocurrido con C/2025 K1 (ATLAS), quedan al descubierto capas internas menos alteradas, algo así como abrir un archivo geológico sellado durante miles de millones de años.
En el caso de K1, las primeras mediciones realizadas desde observatorios terrestres ya apuntaban a que se trataba de un objeto químicamente peculiar: presenta una cantidad de carbono significativamente menor que otros cometas estudiados en misiones anteriores. Esta escasez de carbono lo convierte en un caso especialmente valioso para entender la diversidad de la población cometaria.
Los instrumentos espectroscópicos del Hubble, en particular STIS (Espectrógrafo de Imágenes del Telescopio Espacial) y COS (Espectrógrafo de Orígenes Cósmicos), se están utilizando para analizar en detalle los gases liberados por los fragmentos del cometa. Al descomponer la luz en sus distintas longitudes de onda, los científicos pueden identificar qué moléculas están presentes y en qué proporciones.
Estos datos ayudarán a comparar K1 con otros cometas observados tanto por telescopios espaciales como por misiones dedicadas, muchas de ellas coordinadas desde Europa, como fue el caso de Rosetta de la ESA sobre el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko. Al situar a K1 dentro de este catálogo creciente, se podrá evaluar si su falta de carbono es una rareza extrema o si, por el contrario, apunta a una familia de cometas de composición inusual.
Europa, las futuras misiones y el interés por los cometas de largo período
El resultado obtenido con C/2025 K1 (ATLAS) llega en un momento clave para la comunidad europea dedicada al estudio de cometas. La ESA trabaja en la misión Comet Interceptor, que está concebida precisamente para encontrarse, por primera vez, con un cometa de largo período o incluso con un objeto interestelar que se interne en el sistema solar interior durante las próximas décadas.
Investigadores como Colin Snodgrass, de la Universidad de Edimburgo y vinculado al proyecto Comet Interceptor, han subrayado que la observación fortuita de K1 por parte del Hubble servirá para afinar la selección del objetivo de esa futura misión. Conocer mejor cómo se fragmentan estos cometas y qué señales dejan en su entorno ayudará a diseñar estrategias de aproximación más seguras y científicamente más rentables.
Desde la perspectiva europea, este tipo de hallazgos tienen un impacto directo: la ESA participa de forma central en la operación del Hubble junto con la NASA, y los grupos de investigación del continente, incluidos equipos en España, se benefician del acceso a los datos y del desarrollo de instrumentación y modelos que se aplican después a misiones propias de exploración planetaria.
La experiencia previa de Europa con Rosetta, que orbitó y acompañó durante años al cometa 67P, proporciona un contexto privilegiado para interpretar lo que está ocurriendo en K1. Mientras 67P, un cometa de corto período, ha mostrado una notable resistencia estructural a lo largo de sus pasadas cerca del Sol, K1 confirma que los cometas de largo período parecen ser más propensos a romperse, aunque las causas últimas de esa fragilidad sigan en estudio.
De cara a la próxima década, las lecciones extraídas de este evento servirán para orientar tanto las misiones espaciales como las campañas de telescopios europeos en tierra, que podrán coordinar sus observaciones con instrumentos orbitales cuando se detecten cometas potencialmente inestables aproximándose al Sol.
Un telescopio veterano que sigue dando sorpresas
Más de tres décadas después de su puesta en órbita, el Hubble vuelve a demostrar que sigue siendo una herramienta imprescindible para estudiar fenómenos transitorios en el sistema solar. Aunque el Telescopio Espacial James Webb acapara buena parte de los titulares, el Hubble mantiene una ventaja fundamental: su capacidad para obtener imágenes en luz visible con una resolución sobresaliente, justo el rango en el que mejor se aprecian las colas y comas de los cometas.
La combinación de imágenes de alta precisión con espectros detallados ha permitido que la desintegración de C/2025 K1 (ATLAS) no se quede en una mera anécdota visual, sino que se convierta en un experimento natural excepcional para poner a prueba teorías sobre la estructura interna y la evolución de estos cuerpos.
El carácter fortuito de la observación también lanza un mensaje de fondo: mantener activos este tipo de observatorios, tanto en órbita como en tierra, aumenta mucho las posibilidades de captar eventos raros que sería imposible planificar de antemano. En astronomía, muchos de los avances más interesantes surgen cuando un instrumento “está mirando en el lugar adecuado en el momento justo”.
Hoy, el cometa C/2025 K1 (ATLAS) ya no es un núcleo compacto, sino un conjunto de fragmentos que se alejan silenciosamente hacia el exterior del sistema solar. Pero el breve instante en que se deshizo frente al Hubble ha dejado un legado de datos que ayudará a entender mejor cómo se rompen los cometas, qué esconden en su interior y qué nos pueden contar sobre la infancia del sistema solar, aspectos en los que la comunidad científica europea y mundial seguirá trabajando durante años.
