El calor extremo se ha convertido en uno de los grandes enemigos silenciosos de los sistemas alimentarios de todo el planeta. No solo hablamos de días muy calurosos en verano, sino de episodios cada vez más frecuentes, intensos y duraderos que afectan directamente a los cultivos, al ganado, a la pesca, a los bosques y, por supuesto, a la salud de las personas que trabajan al aire libre. Las evidencias científicas recopiladas por la FAO y la OMM dibujan un escenario en el que la seguridad alimentaria global se juega buena parte de su futuro.
Lejos de ser un fenómeno aislado, el calor extremo actúa como un auténtico multiplicador de riesgos: agrava las sequías, incrementa el estrés hídrico, dispara el riesgo de incendios forestales y favorece la expansión de plagas y enfermedades que afectan tanto a las plantas como a los animales y a los seres humanos. En un contexto en el que la población mundial se acerca a los 10.000 millones de personas y la producción de alimentos debería crecer casi al doble, esta combinación de factores nos coloca, como advierten los expertos, en un auténtico callejón sin salida si no se cambian las reglas del juego.
Calor extremo: un riesgo creciente para los sistemas agroalimentarios

En las últimas décadas, la frecuencia, intensidad y duración de las olas de calor han aumentado de forma muy marcada. Los registros climáticos de medio siglo muestran que estos episodios ya no son una rareza: se han convertido en parte del nuevo clima normal, con impactos directos sobre los sistemas agroalimentarios y los ecosistemas de los que dependen.
Según el informe conjunto de la FAO y la OMM, el calor extremo determina cada vez más las condiciones en las que opera la agricultura mundial. No se trata simplemente de un tipo de fenómeno meteorológico aislado, sino de un factor de riesgo acumulativo que pone a prueba las debilidades estructurales de los sistemas agrícolas, ganaderos, pesqueros y forestales, especialmente en las regiones más vulnerables.
Los científicos subrayan que el calor excesivo ya está mermando la productividad, la salud y los medios de vida de millones de personas. La combinación de temperaturas sofocantes, falta de agua y suelos degradados está reduciendo el rendimiento de los cultivos, aumentando la mortalidad del ganado, alterando la distribución de los recursos pesqueros y haciendo mucho más peligroso el trabajo al aire libre.
En este contexto, la publicación “Extreme heat and agriculture” pone sobre la mesa los principios físicos del calor extremo, las vulnerabilidades de los distintos sectores productivos y las proyecciones de impacto para las próximas décadas. El documento no solo describe el problema, sino que propone líneas de adaptación, presenta estudios de caso de distintos países y sugiere cambios de política urgentes para evitar que los sistemas alimentarios se desestabilicen.
Impacto del calor extremo en plantas, cultivos y bosques

En el ámbito agrícola, las altas temperaturas recortan la productividad de los principales cultivos del planeta. La investigación recopilada por FAO y OMM indica que, para una gran parte de los cultivos clave, las pérdidas de rendimiento comienzan a notarse a partir de temperaturas superiores a los 30 °C, un umbral que se rebaja todavía más en especies especialmente sensibles como la patata o la cebada.
Cuando el termómetro se mantiene durante varios días por encima de esos valores, los tejidos de las plantas sufren daños celulares, se reduce la fotosíntesis y aumenta la producción de sustancias tóxicas que merman tanto la calidad como la cantidad de la cosecha. En cultivos como el maíz o el trigo, se han observado recortes de rendimiento de hasta un 10 % en zonas sometidas a calor extremo recurrente, con efectos directos sobre el precio y la disponibilidad de alimentos básicos.
El problema no se limita a los campos de cultivo. Los bosques también acusan la presión del calor extremo, especialmente cuando se combina con largos periodos de sequía. Las olas de calor están estrechamente ligadas a un aumento de la duración y la intensidad de las temporadas de incendios forestales. Las masas forestales debilitadas, con estrés hídrico y temperaturas desbocadas, arden con más facilidad y más virulencia, lo que supone la pérdida de enormes superficies de bosque en pocas semanas.
Además, el calor inusual favorece la expansión de plagas y enfermedades forestales que encuentran en los árboles debilitados un terreno fácil. Insectos perforadores, hongos y otros patógenos amplían su área de distribución hacia latitudes y altitudes donde antes no podían sobrevivir, poniendo en jaque bosques que tradicionalmente actuaban como grandes sumideros de carbono y protectores de la biodiversidad.
En un escenario en el que ya se está reclamando más tierra para agricultura y pastos, esta degradación simultánea de suelos agrícolas y ecosistemas naturales agrava un círculo vicioso. La FAO advierte de que aproximadamente un tercio de las tierras de cultivo del planeta se encuentran actualmente en procesos de degradación, por la intensificación productiva, el uso excesivo de agroquímicos, la desertificación asociada al calentamiento y fenómenos como la salinización de los acuíferos por la subida del nivel del mar.

Estrés térmico en animales terrestres: ganado y fauna asociada
Uno de los aspectos más preocupantes que destaca el informe es el impacto del calor extremo sobre los animales de granja. Para muchas de las especies ganaderas más habituales, el estrés por calor empieza a manifestarse a partir de los 25 °C. A partir de ese umbral, el cuerpo de los animales tiene que realizar un esfuerzo extra para evacuar el calor, lo que repercute en su salud y en su productividad.
En el caso de las vacas lecheras, el estrés térmico reduce tanto la cantidad como la calidad de la leche, dado que los animales comen menos, beben más y dedican buena parte de su energía a tratar de regular su temperatura corporal. Con temperaturas interiores de las explotaciones que pueden superar los 40 °C durante una ola de calor, las vacas entran en una situación de riesgo serio de deshidratación y fallo orgánico si no se toman medidas de refrigeración y suministro de agua suficientes.
Los cerdos, los pollos y otros animales con menos capacidad de sudoración o mecanismos limitados de termorregulación son todavía más vulnerables. En porcino y avicultura, el umbral de estrés por calor se sitúa ligeramente por debajo de los 25 °C, y los episodios prolongados se traducen en problemas digestivos, bajada de peso, menor crecimiento, pérdidas reproductivas e incluso mortalidad masiva en naves mal ventiladas.
Para el conjunto del sector ganadero, esto significa pérdidas económicas importantes y una inestabilidad creciente en la producción de proteínas animales. Al mismo tiempo, la presión del calor extremo obliga a aumentar el consumo de agua para mantener a los animales con vida y en condiciones mínimamente aceptables, justo cuando el estrés hídrico también está disparado.
El informe insiste en que el calor extremo no solo enferma al ganado, sino que incrementa la vulnerabilidad a enfermedades infecciosas. Los animales debilitados responden peor a infecciones bacterianas y víricas, y muchos patógenos encuentran condiciones más favorables para proliferar, favorecidos por temperaturas más altas y cambios en la humedad ambiental.
Olas de calor marinas y consecuencias en peces y sistemas pesqueros
El océano tampoco se libra de este fenómeno. Las llamadas olas de calor marinas han aumentado hasta niveles sin precedentes. Según la OMM, en 2025 más del 90 % de la superficie oceánica mundial sufrió al menos un episodio de calor extremo en el mar, lo que se traduce en cambios radicales en la distribución y la supervivencia de numerosas especies de peces.
Cuando el agua se calienta en exceso, la concentración de oxígeno disuelto se desploma. Los peces, para intentar sobrevivir, incrementan su frecuencia respiratoria y su ritmo cardiaco, lo que les coloca al borde de la insuficiencia cardíaca. En los casos más extremos, se producen mortalidades masivas en zonas costeras y hábitats pesqueros clave, con impacto directo sobre las comunidades que dependen de esos recursos.
Muchas especies comerciales importantes responden desplazándose hacia aguas más profundas o migrando a otras latitudes en busca de condiciones más soportables. Este desplazamiento altera por completo el mapa de la pesca: lugares donde tradicionalmente se capturaban determinadas especies ven cómo las capturas se hunden, mientras que otras áreas comienzan a recibir nuevos recursos sin disponer de estructuras de gestión adecuadas.
El informe de FAO y OMM señala que estas olas de calor marinas no solo reducen la disponibilidad inmediata de pescado, sino que desorganizan las cadenas alimentarias marinas: plancton, invertebrados y depredadores superiores ven modificadas sus relaciones y ciclos, con efectos a veces irreversibles sobre la biodiversidad y el equilibrio de los ecosistemas marinos.
Para los pescadores artesanales y las flotas de pequeña escala, que dependen de conocer bien los ciclos del mar, ven cómo esta nueva realidad climática supone un golpe directo a sus medios de subsistencia. La disminución de capturas, la mayor incertidumbre y la necesidad de navegar más lejos o durante más tiempo incrementan los costes, los riesgos y la vulnerabilidad socioeconómica de miles de comunidades costeras.
Trabajadores rurales y salud humana frente al calor extremo
El calor extremo afecta también con crudeza a quienes sostienen los sistemas alimentarios con su trabajo físico. El informe advierte de que el número de días al año en los que es peligroso trabajar al aire libre por el calor podría dispararse hasta los 250 en amplias zonas del sur de Asia, el África subsahariana tropical y regiones de América Central y del Sur.
En la práctica, esto significa que agricultores, ganaderos y pescadores verán seriamente limitada su capacidad de trabajar al aire libre sin poner en riesgo su vida. Golpes de calor, deshidratación severa, problemas cardiovasculares y renales o descompensaciones en personas con enfermedades previas se volverán mucho más frecuentes si no se establecen medidas estrictas de protección laboral.
Organizaciones campesinas internacionales, como La Vía Campesina, reclaman que se reconozca el creciente riesgo al que se enfrentan los trabajadores rurales y que se actúe en consecuencia mediante compensaciones económicas, condonación de deudas e inversiones públicas enfocadas a la adaptación climática. También se piden normativas claras que limiten los horarios de trabajo bajo calor extremo y garanticen el acceso a sombra, agua y pausas de descanso obligatorias.
Los expertos subrayan que esta situación no se limita a los países empobrecidos o a las zonas tropicales. Regiones templadas y países desarrollados, como los del sur de Europa, están experimentando un aumento notable de los golpes de calor entre trabajadores del campo durante los veranos, lo que obliga a replantear calendarios de trabajo, turnos y sistemas de protección sanitaria.
Además de los efectos físicos directos, el calor extremo y la inseguridad productiva asociada afectan a la salud mental de las comunidades rurales. La incertidumbre sobre la próxima cosecha, el miedo a perder el ganado o el mar de fondo de una posible ruina económica generan estrés crónico, ansiedad y otros problemas psicológicos que muchas veces quedan invisibilizados.
Un callejón sin salida: más producción con suelos y recursos al límite
Las proyecciones demográficas indican que, hacia finales de siglo, el mundo podría albergar unos 10.000 millones de habitantes que necesitarán ser alimentados. Para cubrir esa demanda, la producción agrícola global debería pasar de los aproximadamente 8.500 millones de toneladas actuales a más de 15.000 millones, casi duplicando los rendimientos.
Sin embargo, la realidad va justo en la dirección opuesta. En muchas regiones, las cosechas ya se están reduciendo a la mitad por la combinación de calor extremo, sequías persistentes, degradación del suelo y eventos meteorológicos cada vez más extremos, como lluvias torrenciales e inundaciones que arrasan explotaciones enteras.
La FAO alerta de que un tercio de las tierras de cultivo se encuentra inmerso en procesos de degradación. El agotamiento de nutrientes por intensificación, la compactación de suelos derivada de maquinaria pesada, la desertificación asociada al aumento de las temperaturas y la reducción de precipitaciones, la salinización de acuíferos costeros por la subida del nivel del mar y la contaminación por uso excesivo de fertilizantes y pesticidas están minando la base productiva sobre la que descansa la agricultura mundial.
A corto plazo, una respuesta obvia podría ser ampliar la superficie de cultivos y pastos para el ganado. Pero los expertos advierten de que el coste ecológico, social y económico de seguir esta vía sería altísimo. Destruir ecosistemas naturales, reducir aún más la biodiversidad y avanzar sobre bosques, humedales o pastizales silvestres solo profundizaría la crisis climática, incrementando las emisiones y debilitando aún más los servicios ecosistémicos que sostienen la agricultura.
Por ello, cada vez hay más consenso en que la estrategia debe centrarse en conservar y restaurar ecosistemas naturales, integrando la producción de alimentos en paisajes más diversos y resilientes. La Unión Europea y numerosos países están impulsando iniciativas para restaurar áreas degradadas, reforzar la protección de la biodiversidad y promover prácticas agrícolas compatibles con la salud de los suelos, el agua y la fauna.
El calor extremo como multiplicador de riesgos climáticos
Un aspecto clave del informe FAO-OMM es la idea de que el calor extremo no actúa solo, sino que potencia otros peligros climáticos. El incremento de temperatura acelera la evaporación, agrava el déficit hídrico y hace que las sequías se desarrollen con mucha más rapidez, dando lugar a lo que se denomina “sequías repentinas”. Estos episodios pueden pasar, en pocas semanas, de una situación aparentemente normal a un estrés hídrico severo, con muy poco margen de reacción para agricultores y gestores del agua.
Al mismo tiempo, la combinación de calor y sequedad prepara el terreno para incendios forestales mucho más intensos y difíciles de controlar. Las llamas avanzan más deprisa, alcanzan mayores alturas y generan un calor capaz de destruir por completo el banco de semillas y la vida del suelo, dificultando la regeneración natural de la vegetación.
El calor extremo también crea condiciones óptimas para la proliferación de plagas y enfermedades en cultivos y ganado. Insectos que antes no superaban el invierno ahora logran sobrevivir a la estación fría, expandiendo su área de distribución. Lo mismo ocurre con hongos y bacterias que causan enfermedades en plantas, animales y personas. Este cóctel implica que una ola de calor puede ir seguida de brotes de plagas o enfermedades que agravan todavía más la situación económica y sanitaria.
Desde la perspectiva de la seguridad alimentaria, todo ello configura un escenario de riesgo compuesto: menos producción agrícola y ganadera, recursos pesqueros desplazados o mermados, bosques reducidos y degradados, y comunidades rurales expuestas simultáneamente a crisis climáticas, económicas y sanitarias.
Adaptación urgente: innovación, gestión del riesgo y sistemas de alerta
Frente a este panorama, el informe insiste en que es imprescindible acelerar las medidas de adaptación al calor extremo en todos los niveles. Una de las primeras líneas de acción consiste en ajustar qué se produce y cómo se produce en cada región, adaptando cultivos, razas ganaderas y sistemas de manejo a las nuevas condiciones climáticas.
Entre las estrategias señaladas se encuentran la selección genética y la elección de variedades y especies más tolerantes al calor y a la sequía, la modificación de los calendarios de siembra para evitar las fases más sensibles de los cultivos durante las olas de calor, y la introducción de prácticas de gestión que protejan el suelo y mejoren su capacidad de retener agua, como las cubiertas vegetales, la agroforestería o la reducción del laboreo intensivo.
La modernización de los sistemas de riego es otra pieza clave. En un contexto de escasez hídrica, se vuelve imprescindible incrementar la eficiencia en el uso del agua mediante tecnologías de riego localizado, sensores de humedad del suelo, programación ajustada a las necesidades reales del cultivo y, en general, una gestión más precisa y flexible del recurso.
Los sistemas de alerta temprana y los servicios climáticos figuran entre las herramientas más potentes para reducir el impacto del calor extremo. Las previsiones estacionales, los pronósticos meteorológicos de alta resolución y los avisos mediante telefonía móvil o canales locales permiten a los agricultores y ganaderos anticipar las olas de calor, reorganizar labores, proteger animales, ajustar riegos y, en algunos casos, evitar pérdidas catastróficas.
Los expertos insisten en que estas soluciones tecnológicas solo serán efectivas si se integran en programas de apoyo financiero y protección social. Transferencias monetarias, seguros agrícolas y ganaderos adaptados al riesgo climático, mecanismos de pago rápido tras eventos extremos y redes de seguridad social capaces de responder a crisis son esenciales para que las familias rurales puedan tomar decisiones de adaptación sin arriesgar su supervivencia inmediata.
Cambiar el modelo: sistemas alimentarios diversificados y sostenibles
Más allá de las medidas técnicas puntuales, la FAO, la OMM y numerosos expertos apuntan a la necesidad de transformar de fondo el modelo agroalimentario. Los sistemas altamente industrializados, basados en unos pocos cultivos y en insumos especializados, se consideran especialmente vulnerables frente a eventos extremos. Cualquier fallo en una pieza clave (un cultivo dominante, un fertilizante, un determinado origen de pienso) puede desencadenar una cadena de impactos en cascada.
En contraposición, aumenta el interés por modelos agrícolas más diversos, integrados en el entorno y con mayor capacidad de resistencia a las crisis. Esto incluye la recuperación de prácticas tradicionales como el uso de árboles en los sistemas de cultivo (agroforestería), la rotación de cultivos, la diversificación de variedades locales adaptadas y el fomento de paisajes mosaico que combinan distintos usos del suelo.
Este cambio no solo persigue mejorar la resiliencia física frente al calor extremo, sino también reforzar la economía y la salud de las comunidades rurales. Una agricultura más sostenible, que use menos insumos externos y esté mejor conectada con los ecosistemas circundantes, puede ofrecer una mayor estabilidad económica a largo plazo, al depender menos de productos vulnerables a interrupciones globales o a subidas de precios.
Por supuesto, no se trata de una transición sencilla. Hacen falta reformas institucionales y políticas profundas para acompañar a los territorios rurales: marcos legales que apoyen la diversificación, incentivos económicos para prácticas sostenibles, inversiones en infraestructuras verdes, investigación aplicada y formación continua para agricultores y ganaderos. También se requiere la implicación seria de las grandes empresas agroalimentarias, que tienen una enorme capacidad de influencia sobre qué se produce, cómo y dónde.
Los informes coinciden en que proteger el futuro de la agricultura y garantizar la seguridad alimentaria mundial exigirá reforzar la resiliencia en las explotaciones y, al mismo tiempo, construir una verdadera solidaridad internacional. Compartir riesgos, transferir tecnologías, financiar la adaptación en los países con menos recursos y avanzar con determinación hacia una economía con bajas emisiones se convierten en condiciones indispensables para evitar un colapso alimentario a escala global.
El calor extremo está redefiniendo las reglas del juego para plantas, animales, peces, bosques y seres humanos, poniendo a prueba la forma en que producimos y distribuimos los alimentos; la única manera razonable de encarar este desafío pasa por combinar adaptación inteligente sobre el terreno, sistemas de alerta y apoyo financiero con una transformación profunda de los sistemas agroalimentarios y una reducción ambiciosa de las emisiones que frene el calentamiento global antes de que las pérdidas sean irreversibles.