Ecologismo y humedales: restaurar el agua para recuperar la vida

  • Los humedales son los ecosistemas más degradados del planeta pese a su papel clave en biodiversidad, clima y seguridad hídrica.
  • Proyectos como LIFE HumedalES y el Plan Nacional de Restauración abren una oportunidad, pero requieren abordar causas estructurales como la agroindustria intensiva.
  • La restauración bien planificada demuestra resultados rápidos en biodiversidad, defensa costera y captura de carbono, como en el delta del Ebro o La Pletera.
  • Recuperar humedales es una cuestión de justicia ambiental y social que exige un cambio profundo en la gestión del agua y el modelo productivo.

ecologismo y humedales

Cuando pensamos en cuidar el planeta casi siempre nos viene a la cabeza plantar árboles, escribir un libro o tener descendencia, como si ese fuese el pack completo de la vida plena y comprometida. Sin embargo, rara vez se cuela en esa lista algo tan poco glamuroso como controlar el nivel freático de un humedal o recuperar una turbera degradada, a pesar de que estas zonas húmedas son piezas clave en el puzle ecológico del planeta.

La relación emocional de la sociedad con los bosques ha eclipsado históricamente a los humedales: turberas y marismas, pantanos, lagunas costeras o saladares. Los bosques se asocian a aire limpio, paseos y naturaleza en estado puro, mientras que los humedales han cargado con la etiqueta de lugares insalubres o improductivos. Este sesgo cultural ha tenido consecuencias muy reales: una destrucción masiva y silenciosa de estos ecosistemas esenciales para el clima, la biodiversidad y la seguridad hídrica.

Ecologismo, bosques y el malentendido de plantar árboles en todas partes

En el debate público se ha instalado una idea simplista: cuantos más árboles, mejor. Bajo esa lógica, cualquier terreno «vacío» parece una oportunidad para una plantación masiva. Pero cuando se analiza con algo de detalle, se ve que la cosa es bastante más complicada y que, en muchos casos, plantar árboles donde no toca puede ser un error ecológico de primera.

Es clave distinguir entre reforestación y aforestación. Reforestar y aforestar no son sinónimos: reforestar significa recuperar un bosque que existía antes y que fue talado o degradado; aforestar, en cambio, es introducir arbolado en espacios donde nunca hubo bosque de forma natural. Mientras la primera suele ser positiva si se hace con criterio, la segunda puede generar impactos muy serios sobre ecosistemas que funcionan sin árboles.

Praderas, sabanas, estepas, ciertos humedales o incluso algunos desiertos albergan una biodiversidad única y cumplen funciones ecológicas vitales, aunque a simple vista parezcan «pobres» o desnudos. Convertir estos espacios en bosques a golpe de plantación puede alterar el régimen hídrico, cambiar el tipo de suelo, desplazar especies adaptadas a ambientes abiertos e incluso aumentar el riesgo de incendios si se introducen masas forestales donde no corresponde. En particular, ciertos humedales mantienen dinámicas y especies que se pierden con facilidad al sustituirlos por arbolado.

Además, muchos proyectos de plantación masiva de árboles fracasan por errores muy básicos: elección inadecuada de especies, suelos poco apropiados, ausencia de planificación a largo plazo o falta de mantenimiento. El resultado es que, tras unos años, buena parte de los árboles mueren y el esfuerzo se queda en una foto para redes sociales más que en una restauración ecológica real.

Desde el punto de vista climático, la ciencia es clara: no todos los territorios tienen el mismo potencial de absorción de carbono mediante árboles, ni todos los ecosistemas responden igual a la plantación. En numerosas ocasiones, la mejor opción no pasa por plantar nada, sino por dejar que la naturaleza se recupere sola, reduciendo las presiones humanas y permitiendo que los procesos ecológicos hagan su trabajo. La discusión sobre la absorción de carbono debe incorporar estos matices.

El objetivo no es llenar el mundo de árboles, sino mantener ecosistemas sanos y diversos: bosques, sí, pero también humedales, pastizales, marismas, saladares o desiertos funcionales. Un planeta equilibrado no se parece a un inmenso bosque homogéneo, sino a un mosaico de ambientes distintos bien conservados.

humedales y ecologismo

Qué son los humedales y por qué se hunden a marchas forzadas

Los humedales son zonas donde el agua manda: marismas, lagunas costeras, turberas, pantanos, saladares, estuarios o llanuras de inundación. El Convenio de Ramsar, el gran acuerdo internacional sobre estos ecosistemas firmado en 1971 y recordado cada 2 de febrero en el Día Mundial de los Humedales, los define de forma amplia precisamente para abarcar esa enorme diversidad de ambientes encharcados o saturados de agua.

A pesar de su importancia, los humedales son los ecosistemas más degradados del planeta. Según los datos del propio Convenio de Ramsar, se ha perdido alrededor del 90 % de la superficie de humedales existente desde el año 1700, con una aceleración brutal a lo largo del siglo XX que todavía continúa. Drenaje y desecación, canalizaciones y rellenos han borrado del mapa áreas húmedas que habían tardado miles de años en formarse.

En España el balance tampoco es halagüeño. Los informes del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) apuntan a que, hacia la segunda mitad del siglo pasado, ya se había destruido entre el 60 % y el 70 % del patrimonio húmedo original del país. Buena parte de esta pérdida se debió a la transformación de lagunas, marismas y turberas en tierras agrícolas o su ocupación para infraestructuras ligadas al modelo de desarrollo económico de la época.

Hoy la degradación continúa, aunque a veces de forma menos visible. La sobreexplotación de acuíferos, el avance de la agroindustria intensiva, la contaminación difusa de origen agrario y urbano, y la presión urbanística siguen secando y contaminando muchos humedales. El resultado es la privatización de un bien común -el agua y los espacios que la albergan- en favor de unos pocos intereses económicos.

Esta situación no es fruto del azar ni de errores técnicos aislados. Detrás hay decisiones políticas y modelos productivos concretos que han priorizado el beneficio privado frente al interés general. El deterioro de los humedales no solo es un problema ambiental: afecta a las condiciones de vida y de trabajo, debilita economías locales vinculadas al agua y al turismo de naturaleza, destruye empleos sostenibles y acelera la despoblación rural.

Doñana y otros ejemplos de un modelo que exprime el agua

Doñana se ha convertido en el caso emblemático de humedal al borde del colapso por la falta de control sobre las extracciones de agua y la expansión de la agricultura intensiva. Durante años, organismos como la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir o la Junta de Andalucía ignoraron o minimizaron el problema de los pozos ilegales y las captaciones excesivas para regar cultivos de alto consumo hídrico.

Mientras tanto, grandes propietarios y fincas con poder económico han seguido aprovechando el acuífero. Apellidos como la familia Campos Peña, la Casa de Alba o el torero «El Litri» han aparecido en investigaciones y procedimientos judiciales por presunto expolio de agua. El resultado es un humedal icónico con lagunas que se secan antes de tiempo, aves que pierden zonas de alimentación y una marisma cuya funcionalidad ecológica se ve gravemente comprometida.

Doñana ilustra un patrón que se repite en muchos territorios: un marco legal permisivo, una administración que mira hacia otro lado y unos intereses agroindustriales y urbanísticos que presionan el territorio hasta el límite. En otros humedales, el problema adopta distintas formas -contaminación por nitratos, recalificación urbanística, infraestructuras mal planificadas- pero la lógica de fondo es la misma.

Para tratar de frenar esta dinámica, en 2023 el Gobierno español aprobó el Plan Estratégico de Humedales a 2030. Sobre el papel, el plan incluye compromisos clave como la actualización del Inventario Nacional de Zonas Húmedas, la delimitación y deslinde de los humedales de dominio público, la identificación de prioridades de restauración o la eliminación de la posibilidad legal de desecarlos. Organizaciones y fondos ligados a la promoción de la biodiversidad son piezas clave para financiar y acompañar estas iniciativas.

Sin embargo, el desarrollo real de este plan ha sido claramente insuficiente. Muchos de los compromisos siguen sin cumplirse: el inventario continúa incompleto tras más de dos décadas de retrasos, hay humedales públicos sin deslindar, no se ha consolidado un listado nacional de zonas prioritarias de restauración y persisten vacíos legales que permiten la degradación. Además, algunas actuaciones se han quedado en proyectos superficiales que no abordan las causas estructurales del problema.

Planes europeos y españoles para recuperar humedales

En paralelo, a escala europea se está moviendo ficha con fuerza. La Comisión Europea ha impulsado el Reglamento de Restauración de la Naturaleza y ha anunciado inversiones estratégicas a través del programa LIFE, el gran instrumento financiero de la UE para medioambiente, clima y energía limpia.

Entre los siete proyectos ecológicos estratégicos recién seleccionados por la Comisión destaca LIFE HumedalES, presentado como el proyecto más ambicioso jamás financiado en el marco de LIFE. La propia Comisión subraya que estas iniciativas no solo refuerzan la estabilidad de los ecosistemas, sino también la economía, los sistemas alimentarios, la salud pública y la calidad de vida en todo el continente.

LIFE HumedalES tiene como meta restaurar unas 26.200 hectáreas de humedales distribuidas en 107 espacios de la Red Natura 2000, repartidos por las 17 comunidades autónomas españolas. El objetivo no es únicamente ecológico: mejorar la protección frente a inundaciones, aumentar la seguridad hídrica, recuperar biodiversidad y reforzar la resiliencia de los territorios frente a las crisis climáticas. Este tipo de proyectos incluyen numerosas actuaciones de restauración ecológica de marismas entre sus medidas concretas.

El proyecto cuenta con un presupuesto inicial de 160,5 millones de euros, de los cuales 96 millones proceden del MITECO, 34,5 millones los aportan socios del proyecto y 30 millones vienen directamente de la Comisión Europea. Además, se prevé movilizar hasta 111 millones adicionales de fondos complementarios durante la década de ejecución, de los que ya se han comprometido 26 millones, alcanzando un volumen global de más de 271 millones.

En total, LIFE HumedalES incluye 284 actuaciones de restauración en humedales de muy distinto tipo. La vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen, ha insistido en que proteger estos espacios no es solo una cuestión ecológica, sino también de seguridad hídrica, economía verde, salud y justicia entre generaciones, apostando por un país que genere prosperidad cuidando lo común.

La restauración ecológica de humedales: de la teoría a los casos reales

Gracias a la nueva Directiva europea de restauración ecológica, recuperar hábitats degradados dejará de ser opcional y pasará a ser una obligación para los Estados miembros. En el caso de los humedales, esto abre una ventana de oportunidad enorme, siempre que las actuaciones no se limiten a obras cosméticas o a proyectos pensados solo para maquillar la imagen institucional.

Varias organizaciones ambientales y sociales españolas reclaman un giro de 180 grados en la política de restauración. Colectivos como AEMS-Ríos con Vida, Amigas de la Tierra, Ecologistas en Acción, Juventud por el Clima-Fridays For Future, la Fundación Global Nature, la Fundación Internacional para la Restauración de Ecosistemas, la Asociación Española de Educación Ambiental o la UGT, entre otros, insisten en que los humedales deben ocupar un lugar central en el Plan Nacional de Restauración que se está diseñando.

Una de sus principales demandas es contar con un listado nacional de humedales recuperables, que permita priorizar dónde actuar con más ambición y coherencia. Este listado debería ir de la mano con la finalización del Inventario Nacional de Zonas Húmedas, el refuerzo de la protección del dominio público hidráulico y la eliminación de cualquier resquicio legal que avale su desecación o privatización encubierta.

También reclaman abordar de frente el impacto de la agricultura y la ganadería intensivas en el entorno de los humedales, responsables de una parte fundamental de la sobreexplotación y la contaminación de las aguas. Sin reducir las presiones de fondo -uso excesivo de fertilizantes y pesticidas, regadíos sobredimensionados, macrogranjas-, cualquier restauración se queda en un lavado de cara.

La buena noticia es que, cuando se hace bien, los humedales responden con rapidez. Ejemplos como La Pletera, en Girona, donde se revirtieron proyectos urbanísticos y se recuperó la dinámica hídrica natural, muestran cómo antiguos humedales litorales degradados pueden volver a funcionar en poco tiempo como auténticos motores de biodiversidad. Otro caso es Campo de Lamas, en Galicia, donde la reversión de la desecación histórica ha permitido regenerar el humedal y devolverle su capacidad ecológica.

Humedales y cambio climático: más que refugios de aves

La imagen más habitual de los humedales costeros es la de bandadas de aves en migración, y no es para menos: muchos de ellos, aunque sean pequeños, son estaciones de servicio imprescindibles para miles de aves que viajan entre Europa y África en primavera y otoño. Pero limitar su valor a la fauna visible se queda muy corto.

La productividad primaria de estos ecosistemas acuáticos -es decir, su capacidad fotosintética- es de las más altas en nuestras latitudes. En términos de producción de biomasa, solo los arrecifes de coral o los manglares tropicales pueden plantarle cara a estas «fábricas» de naturaleza. El agua es el factor clave, modulada por variables como la salinidad y la temperatura, que generan condiciones ideales para algas, plantas acuáticas y vegetación palustre.

Una visita a un humedal costero bien conservado suele ser sinónimo de vida a raudales: abundancia de aves acuáticas, invertebrados, peces, anfibios y toda una cadena trófica que se apoya en la enorme fertilidad del sistema. Aun así, muchos de los servicios ecosistémicos que prestan estos espacios siguen siendo poco conocidos fuera de los círculos expertos.

En el contexto de cambio climático, los humedales litorales juegan tres papeles esenciales. Primero, como refugios de biodiversidad y paradas para aves migratorias, evitando colapsos en rutas migratorias milenarias. Segundo, como sistemas de defensa natural frente a temporales y subida del nivel del mar. Y tercero, como potentes sumideros de carbono que ayudan a mitigar el calentamiento global.

El delta del Ebro es un buen ejemplo de estos tres roles combinados. La falta de sedimentos aportados por el río -debido a embalses y regulaciones-, la subsidencia natural (el hundimiento progresivo del sustrato deltaico) y el aumento del nivel del mar encajan como un cóctel perfecto de vulnerabilidad. A ello se suman temporales cada vez más intensos, como el Gloria, y fenómenos extremos tipo «medicanes» (huracanes mediterráneos) que golpean con dureza la costa.

Defensa costera y captura de carbono: los otros superpoderes de los humedales

Allí donde el litoral resiste mejor a estos embates suele conservarse todavía el sistema natural playa-duna-humedal. En el delta del Ebro, la zona restaurada de la laguna de la Alfacada es un buen ejemplo: durante los últimos temporales, este mosaico de ambientes actuó como una esponja, amortiguando la energía del oleaje marino y protegiendo los arrozales y cultivos situados tierra adentro.

Frente a costosas infraestructuras artificiales de defensa costera, las soluciones basadas en la naturaleza resultan más eficientes y baratas a medio y largo plazo. Restaurar y conservar marismas, saladares y lagunas litorales ofrece una protección dinámica y regenerativa que las escolleras de hormigón son incapaces de proporcionar, además de aportar beneficios adicionales en términos de biodiversidad y paisaje. Ejemplos en costas sensibles, como los abordados en análisis sobre el litoral, muestran la conveniencia de optar por soluciones naturales.

El impacto de la restauración puede verse casi desde el primer momento cuando se recupera la hidrodinámica natural y se eliminan barreras. En los saladares próximos al centro MónNatura Delta, por ejemplo, se rehabilitó una antigua piscifactoría abandonada y se retiró una línea eléctrica obsoleta. A las pocas semanas, se instaló una colonia de gaviota de Audouin, una especie amenazada, a muy poca distancia de los observatorios, ofreciendo un espectáculo natural de primer nivel para visitantes y observadores de aves.

Pero quizá el servicio menos conocido de los humedales es su papel como sumideros de carbono. Distintos estudios muestran que, por unidad de superficie, estos ecosistemas pueden fijar cada año hasta diez veces más carbono que una selva tropical. Además, los sedimentos, limos y turbas de los humedales almacenan a largo plazo hasta cinco veces más carbono que los suelos de las grandes selvas.

Cuando se degradan o se desecan, todo ese carbono acumulado puede liberarse de golpe en forma de dióxido de carbono y metano, un gas con un potente efecto invernadero. Es decir, un humedal sano actúa como sumidero, mientras que uno alterado se convierte en fuente de emisiones, lo que da la vuelta por completo a su contribución al clima.

Justicia ambiental, trabajo digno y gobernanza del agua

Restaurar humedales no va solo de plantar carrizos y cerrar canales, sino de cambiar la relación entre sociedad, economía y territorio. Por eso, muchas organizaciones subrayan que la restauración debe enmarcarse en una transición ecológica justa que ponga en el centro el interés general y no deje tiradas a las personas que hoy dependen de actividades insostenibles.

Esto implica garantizar empleo digno ligado a la gestión del agua, a la conservación y al uso sostenible de los recursos, reforzar los servicios públicos en los territorios rurales y corregir un modelo productivo que ha socializado los costes ambientales y sociales mientras concentraba los beneficios en pocas manos. El agua de los humedales no puede ser la hucha privada de unos pocos terratenientes o grandes empresas.

En lugares como Doñana, las medidas clave siguen bloqueadas o en un limbo administrativo. Actuaciones como la renaturalización y restauración hídrica del Caño Guadiamar o del Brazo de la Torre son esenciales para devolver funcionalidad a la marisma, pero chocan con la reticencia a expropiar terrenos de antiguos dominios de marisma desecada y con la falta de ambición política para enfrentarse a ciertos intereses.

Los casos de éxito demuestran, sin embargo, que cuando se retiran presiones y se devuelve el agua, la vida responde. La Pletera, Campo de Lamas o las restauraciones del delta del Ebro evidencian que los humedales recuperan biodiversidad, mejoran la calidad del agua, revalorizan el territorio para un turismo de naturaleza bien gestionado y refuerzan la memoria colectiva ligada al paisaje.

Devolver el agua a los humedales es, en el fondo, una decisión política sobre qué modelo de futuro queremos. Significa poner límites claros a quienes los secaron para enriquecerse, apostar por soluciones basadas en la naturaleza frente a grandes obras rígidas y reconocer que estos ecosistemas son una garantía de agua, clima estable, biodiversidad y bienestar social para las próximas generaciones.

Todo apunta a que el ecologismo del siglo XXI tendrá que ser, obligatoriamente, un ecologismo de humedales: un movimiento que entienda que no basta con abrazar árboles y proteger bosques, sino que hay que respetar y recuperar esos espacios encharcados que han sido despreciados durante siglos y que hoy se revelan como aliados imprescindibles frente a la crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la desigualdad ambiental.

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