
La combinación de calentamiento global, sequías prolongadas y demanda creciente de alimentos está poniendo contra las cuerdas a la agricultura en España, el sur de Europa y muchas otras regiones del planeta. Hay años con inundaciones descomunales, otros con ausencia casi total de lluvias y, entre medias, una enorme dificultad para planificar siembra, riego y cosecha con un mínimo de seguridad.
En este contexto, producir alimentos con menos agua deja de ser una opción para convertirse en una cuestión de seguridad alimentaria, supervivencia del medio rural y estabilidad económica. La agricultura ya consume cerca del 70‑80% del agua dulce disponible a nivel global (en España ronda ese 80%), así que el margen para seguir regando “como siempre” prácticamente ha desaparecido.
Por qué la sequía amenaza la seguridad alimentaria
La sequía no es solo “falta de lluvia”: es un fenómeno que provoca estrés hídrico intenso en cultivos y pastos, reduce rendimientos y dispara costes. En España hemos visto cómo en los últimos años grandes zonas de secano, sobre todo en la mitad sur, han quedado prácticamente sentenciadas, con cosechas que apenas alcanzan entre el 10% y el 20% de un año normal en cultivos como el olivar.
A escala global, los efectos ya se están midiendo en los grandes cultivos básicos. Investigaciones internacionales apuntan a que el maíz ha perdido en torno a un 40% de rendimiento potencial entre 1980 y 2015 debido a sequías y calor extremo, mientras que el trigo reduce aproximadamente un 6% su producción por cada grado extra de temperatura media. Son cifras que explican por qué la sequía se considera una amenaza directa a la seguridad alimentaria.
En España, los datos de la AEMET muestran que las precipitaciones han caído por debajo de la media de forma reiterada, con meses como marzo de 2023 situados entre los más secos de lo que llevamos de siglo. A eso se suman embalses en niveles históricamente bajos, como el Guadalquivir (en torno al 18% de capacidad en algunos momentos recientes) o cuencas mediterráneas que apenas alcanzan un tercio de sus reservas.
El resultado es un cóctel complicado: siembras otoñales que no pueden realizarse, reducciones masivas de superficies de regadío (el arroz, por ejemplo, llegó a perder hasta el 90% de su superficie en algunas zonas de Extremadura por falta de dotación de riego), y cultivos de cereal que ni siquiera logran superar con normalidad la fase de floración.
La ganadería tampoco se libra. La escasez de pastos y agua en charcas, fuentes y abrevaderos obliga a llevar agua en camión, abrir pozos, comprar más pienso y forrajes cada vez más caros. Una vaca lechera necesita alrededor de 100 litros de agua al día para producir leche; si el agua falla o se encarece, la viabilidad de muchas explotaciones se resiente gravemente.
Cómo afecta la sequía a cultivos, ganadería y economía rural
En el terreno puramente productivo, la sequía golpea primero a los cultivos de secano: trigo, cebada, viñedo, olivar, frutos secos o cítricos sufren estrés hídrico, problemas de cuajado y paradas vegetativas. COAG y UPA han descrito campañas “agónicas”, con reducciones de rendimiento de hasta el 80% en algunos cereales y previsiones muy pobres en olivares de secano.
En cultivos de alto valor como el viñedo, el estrés térmico e hídrico adelanta vendimias 15‑20 días y provoca uvas más pequeñas, menor volumen de mosto y, a menudo, desequilibrios en calidad. En frutales y hortalizas, aunque haya agua suficiente para regar en algunas zonas, se riega más horas y con más intensidad, lo que se traduce en incrementos notables de la factura energética y de los costes de producción.
Los frutos secos sufren un doble golpe: heladas tardías que reducen la floración y, después, largos periodos sin lluvia y olas de calor que hunden aún más los rendimientos. La consecuencia es una oferta limitada y precios inestables, tanto para productores como para consumidores.
En la ganadería, las distintas especies viven la sequía de forma distinta, pero comparten un patrón: menos pastos, más gasto en alimento y energía, y peores índices productivos. En avicultura y cunicultura, los periodos prolongados de calor obligan a usar más refrigeración, encareciendo la electricidad; además, los animales comen menos y transforman peor el pienso, así que hay que gastar entre un 5% y un 8% más de pienso para conseguir el mismo peso.
En el porcino y el vacuno, las oleadas de calor han disparado la mortalidad en algunas granjas (hasta el 6‑7% en reproductoras), mientras que en extensivo el problema es directamente el acceso al agua y al pasto. Más horas de trabajo para llevar agua, más combustible, más desgaste de maquinaria y, en algunos casos, inversiones forzadas en nuevos pozos o infraestructuras de almacenamiento.
Este encarecimiento generalizado de la producción agrícola y ganadera se traslada río abajo: aumento de precios de alimentos básicos, pérdida de empleo en el campo y migración hacia ciudades. Menos producción local implica mayor dependencia de importaciones y más vulnerabilidad ante crisis externas (guerras, subidas del precio de la energía, alteraciones de mercados internacionales).
El papel de los cultivos de bajo consumo de agua
Una de las estrategias más directas para producir alimentos en sequía pasa por apostar por cultivos que demandan menos agua y soportan mejor el estrés hídrico. No se trata de abandonar por completo cereales u otros cultivos tradicionales, sino de diversificar y adaptar la combinación de especies al nuevo clima.
Hay que tener en cuenta que producir un kilo de arroz puede requerir en torno a 5.000 litros de agua, y que muchos sistemas de riego tradicionales generan pérdidas abultadas por evaporación y escorrentía. Aunque se están desarrollando variedades de arroz y trigo más resistentes, sigue siendo lógico potenciar alternativas con menor huella hídrica.
Entre los cultivos con mayor capacidad de adaptación a entornos secos destacan:
- Patatas: este tubérculo almacena agua en la raíz y es capaz de mantener rendimientos razonables con aportes de riego más ajustados que otros cultivos. Además, sirve para diversificar rotaciones y contribuye a la sostenibilidad del sistema agrícola.
- Leguminosas (judías, lentejas, garbanzos, fríjol, etc.): sus raíces profundas exploran capas de suelo con más humedad, y muchas especies fijan nitrógeno atmosférico, mejorando la fertilidad del terreno y reduciendo la necesidad de fertilizantes químicos.
- Guisantes: funcionan bien con poca humedad y en suelos pobres en nutrientes, y además ayudan a enriquecer el suelo con nitrógeno, lo que favorece a los cultivos siguientes en la rotación.
- Cebollas: se adaptan a suelos con nutrición limitada y soportan condiciones duras de sequía relativa, algo muy valioso para un producto tan presente en la dieta mediterránea.
- Olivos: el olivo es todo un símbolo de la agricultura mediterránea precisamente por su tolerancia a la aridez. Aunque las sequías prolongadas reducen la producción, el árbol aguanta años difíciles mejor que muchos otros leñosos.
- Alcachofas: se adaptan muy bien a climas secos y con un manejo adecuado pueden ofrecer producciones interesantes con consumos moderados de agua.
- Pimientos: con raíces profundas que acceden a la humedad de capas inferiores, encajan bien en entornos secos siempre que se gestione bien el riego en las fases clave.
- Berenjenas y calabacines: requieren algo más de cuidado en las primeras etapas, pero una vez alcanzan la madurez pueden mantenerse con necesidades hídricas relativamente bajas.
Fuera de la región mediterránea inmediata, otros cultivos como girasol, batata, mango, maracuyá o guayaba han demostrado buena eficiencia en el uso del agua y capacidad para prosperar en terrenos secos, aunque su implantación depende mucho del clima local y del mercado.
La clave está en que esta diversificación no solo reduce el consumo de agua; también mejora la resiliencia del sistema agrícola, reparte riesgos y mantiene una oferta de alimentos variada. Eso sí, incluso cultivos adaptados a la sequía pueden necesitar riegos puntuales en campañas extremadamente secas, y en esos casos se recurre cada vez más a agua no potable o regenerada para no tensionar aún más las fuentes convencionales.
Tecnologías para regar con menos agua: riego de precisión y digitalización
La modernización del riego se ha convertido en una de las grandes palancas para seguir produciendo alimentos en escenarios de escasez hídrica. El objetivo es claro: exprimir cada gota de agua hasta el máximo, evitando pérdidas innecesarias.
El llamado riego de precisión incluye sistemas como el riego por goteo, la microaspersión o el riego por tasa variable, que aportan el agua directamente en la zona radicular, con caudales ajustados y tiempos de aplicación muy controlados. Frente a métodos tradicionales por gravedad, estos sistemas pueden ahorrar hasta un 40% de agua, además de reducir problemas de encharcamiento y enfermedades.
La agricultura de precisión va un paso más allá al integrar sensores de humedad del suelo, estaciones meteorológicas, imágenes de satélite, drones y plataformas digitales. Con esa información, el agricultor (o el sistema automatizado) decide cuánta agua y fertilizante aplicar en cada zona de la parcela, evitando tanto el déficit como el exceso de riego.
En España, alrededor del 53% de la superficie regada ya utiliza riego localizado, y el riego por gravedad ha disminuido hasta situarse cerca del 24%. Los fondos europeos y los planes de modernización de regadíos prevén inversiones superiores a los 2.000 millones de euros para seguir digitalizando y haciendo más eficiente el uso del agua y de la energía en el regadío.
Un ejemplo ilustrativo es el de una bodega navarra que ha dado un paso más en la reutilización de aguas residuales para riego. Mediante sensores y bombas dosificadoras proporcionados por una empresa de instrumentación, han automatizado el control del pH y la adición de sosa en balsas de unos 20.000 litros, asegurando que el agua reutilizada tenga las condiciones adecuadas para el viñedo. Esto reduce consumo de agua “nueva” y simplifica el manejo, al tiempo que disminuye costes laborales.
Agricultura sin suelo: hidroponía y acuaponía para producir más con menos agua
Cuando el agua es un recurso limitante y el suelo está degradado o es escaso, los sistemas de cultivo sin suelo como la hidroponía y la acuaponía se vuelven especialmente interesantes para producir alimentos en entornos de sequía.
La hidroponía consiste en cultivar plantas en soluciones nutritivas acuosas, con o sin sustrato inerte (lana de roca, perlita, fibra de coco, etc.), eliminando la dependencia del suelo. El agua circula en un circuito cerrado o semicerrado, de modo que se reutiliza una y otra vez y solo se repone la parte que las plantas consumen o se evapora. Esto permite ahorrar más del 50% de agua respecto a la agricultura tradicional en suelo.
La acuaponía combina la cría de peces con el cultivo de plantas en un sistema integrado. Los desechos de los peces se transforman en nutrientes para las plantas, y estas, a su vez, limpian el agua que vuelve a los estanques. Además de reducir el consumo de agua, ofrece proteína animal y vegetal en un mismo espacio y con una huella hídrica muy ajustada.
En países como Marruecos ya hay empresas que utilizan hidroponía para producir lechugas, espinacas o tomates cherry con un consumo de agua muy inferior al de los sistemas convencionales, un enfoque que se está extendiendo también por distintas regiones de España. Estos sistemas encajan muy bien en zonas urbanas o periurbanas donde el suelo agrícola es escaso y el agua cara.
Su principal reto siguen siendo los costes iniciales, la necesidad de energía y el acceso a tecnología. Pero a medida que avanzan la digitalización, las energías renovables y la reducción de precios de sensores y equipos, se consolidan como una herramienta clave para producir alimentos en escenarios de sequía crónica.
Agricultura sostenible y regenerativa: cuidar el suelo para ahorrar agua
Más allá de la tecnología, producir alimentos en sequía exige un cambio profundo en la forma de gestionar la tierra y el agua. La agricultura sostenible y regenerativa propone un enfoque holístico que integra producción, conservación de recursos naturales y bienestar social y económico de las comunidades rurales.
La conservación del suelo y del agua es uno de sus pilares. Prácticas como la rotación de cultivos, el uso de cultivos de cobertura, abonos orgánicos y el control biológico de plagas permiten mantener la estructura del suelo, aumentar su contenido de materia orgánica y mejorar la capacidad de retención de agua. Un suelo sano funciona como una esponja: almacena más agua cuando llueve y la libera poco a poco a las raíces durante los periodos secos.
La agroforestería, que combina árboles y cultivos o ganadería en la misma finca, ayuda a reducir la erosión, mejorar el microclima y mantener la humedad. A su vez, la diversificación de especies vegetales hace los sistemas más resistentes a enfermedades, plagas y eventos climáticos extremos.
En la dimensión social, la agricultura sostenible busca que los agricultores obtengan precios justos, tengan acceso a tecnologías adecuadas y participen en las decisiones que afectan a su territorio. Sin estabilidad económica y apoyo institucional es muy difícil que pequeños y medianos productores inviertan en mejoras hídricas o cambios de modelo.
A nivel global, organismos como la FAO han definido cinco grandes principios de la agricultura sostenible: eficiencia en el uso de recursos, aumento de productividad y valor añadido, protección del medioambiente, equidad social y resiliencia de los sistemas alimentarios. La Unión Europea se ha marcado el objetivo de que el 25% de la superficie agraria útil esté bajo prácticas sostenibles en 2030. En España, sin embargo, aún estamos por debajo del 11%, con grandes diferencias entre comunidades autónomas.
Estrategias para conservar y gestionar mejor el agua
Cuando el agua escasea, cada litro cuenta. Por eso la conservación y gestión integral del recurso hídrico ocupa un lugar central en cualquier estrategia para producir alimentos en sequía. No se trata solo de regar mejor, sino de captar, almacenar, recircular y proteger el agua disponible en todo el sistema.
Entre las medidas más habituales destacan:
- Recolección y almacenamiento de agua de lluvia: captar el agua de cubiertas de naves, invernaderos y otras infraestructuras y almacenarla en tanques o balsas para usarla en riego en los periodos secos. Esta agua suele tener buena calidad y, bien gestionada, reduce la dependencia de acuíferos y embalses.
- Mulching o acolchado: cubrir el suelo con paja, restos vegetales, plásticos específicos u otros materiales para disminuir la evaporación, proteger frente a la radiación directa y reducir el crecimiento de malas hierbas. Así se mantiene más tiempo la humedad en el horizonte superficial.
- Rotación de cultivos y elección de especies menos exigentes: alternar cultivos con necesidades hídricas distintas e introducir variedades adaptadas a sequía permite repartir el consumo de agua a lo largo del año y reducir picos de demanda.
- Reutilización de aguas de drenaje y residuales tratadas: en algunas explotaciones se está avanzando en la recirculación del agua de riego sobrante, así como en el uso de aguas depuradas para riego agrícola, siempre bajo un estricto control de calidad.
La fertirrigación eficiente es otro elemento clave: aplicar fertilizantes disueltos en el agua de riego de forma localizada y controlada reduce tanto el consumo de agua como la cantidad de nutrientes necesaria, minimizando además el riesgo de contaminación de acuíferos por nitratos.
Paralelamente, se está trabajando en la protección y monitorización de acuíferos. Expertos del IGME‑CSIC señalan que las redes actuales de control de nitratos no siempre permiten evaluar bien la evolución de la calidad del agua subterránea, por lo que se requieren redes más fiables para decidir qué cambios introducir en las prácticas agrarias y en el control de regadíos ilegales.
Bioestimulantes y mejora de la resistencia de las plantas a la sequía
Además de ajustar el riego y el diseño de los sistemas agrícolas, en los últimos años han ganado peso los bioestimulantes, productos que mejoran el crecimiento y la tolerancia de las plantas al estrés mediante sustancias biológicas o químicas específicas.
En agricultura sostenible se usan como herramienta complementaria para aumentar la capacidad de las plantas de retener agua, regular su consumo y reforzar sus defensas naturales. No sustituyen al riego ni a una buena gestión del suelo, pero ayudan a que los cultivos soporten mejor episodios de sequía y calor intenso.
Entre los bioestimulantes más comunes se encuentran las proteínas hidrolizadas y aminoácidos, los ácidos húmicos y fúlvicos, los extractos de algas y de plantas. Su acción puede traducirse en un mayor desarrollo radicular, una mejor asimilación de nutrientes y una respuesta más robusta frente a estrés hídrico, salino o térmico.
Empresas biotecnológicas como LIDA Plant Research han desarrollado varias formulaciones (por ejemplo, Neostren, Algamix o Norcaren) que ya se emplean en cultivos tan diversos como judías, cerezas o café, tanto en España como en Latinoamérica, con buenos resultados en situaciones de estrés biótico y abiótico.
El uso inteligente de estos productos, combinado con técnicas de riego eficiente, elección adecuada de variedades y mejora de la estructura del suelo, forma parte de un enfoque de manejo integrado del agua que puede marcar la diferencia en campañas especialmente secas.
Diversificación, protección de cultivos y plásticos agrícolas
La diversificación de cultivos y la protección física frente a condiciones extremas son otras dos patas esenciales para producir alimentos en entornos cada vez más áridos. Diversificar significa apostar por especies y variedades con distinta respuesta a la sequía, diferentes ciclos y huellas hídricas, de modo que no toda la explotación dependa del mismo patrón climático.
En paralelo, la protección de los cultivos mediante invernaderos, túneles, mallas de sombreo y acolchados plásticos permite controlar mejor la temperatura, la radiación y la evaporación, reduciendo el estrés hídrico y mejorando la eficiencia en el uso del agua.
Los plásticos agrícolas, correctamente utilizados y gestionados, ayudan a mantener la humedad del suelo, evitar escorrentías y proteger el sistema radicular. Sistemas de polirriego con politubos y goteros, combinados con acolchados, están permitiendo a muchos agricultores afrontar campañas muy secas con menor consumo de agua y menos pérdidas.
Este enfoque integral de protección de cultivos no solo refuerza la resiliencia de la explotación, sino que contribuye a estabilizar la producción y los ingresos en zonas donde la variabilidad climática ya es la norma. Para muchas comunidades rurales, esa estabilidad es la línea que separa la permanencia en el territorio de la necesidad de emigrar.
Políticas, inversiones y transición hídrica justa
Producir alimentos en sequía no depende únicamente de las decisiones de cada agricultor. Se necesitan políticas públicas coherentes, inversiones sostenidas y una planificación a largo plazo del agua y del territorio. Organizaciones agrarias como COAG, UPA o Fenacore reclaman desde hace tiempo mesas de diálogo específicas sobre sequía, planes de choque y una modernización real de regadíos y ayudas adaptadas a la nueva realidad climática.
Los regantes destacan los avances conseguidos con la modernización de infraestructuras, pero consideran que la dotación económica disponible sigue siendo insuficiente para la magnitud del reto. La digitalización del agua, con ayudas para sensores, contadores inteligentes y sistemas de gestión, abre la puerta a un control más fino del recurso y a reducir fraudes, fugas y usos ineficientes.
Desde el ámbito ambiental, entidades como la Fundación Nueva Cultura del Agua insisten en la necesidad de una “transición hídrica justa” que reduzca las demandas, sobre todo las agrícolas más intensivas y con mayor impacto ecológico, sin cargar el peso del ajuste sobre los pequeños productores históricamente más sostenibles.
Eso implica actuar contra los regadíos ilegales, priorizar los usos de agua que aportan mayor valor social y ambiental, y proteger ecosistemas tan frágiles como Doñana, el Campo de Cartagena o las Tablas de Daimiel. La reducción de la demanda, junto con la mejora de la eficiencia, se perfila como la única manera realista de adaptarse a unos recursos hídricos decrecientes sin agravar el deterioro de acuíferos y ríos.
En paralelo, los seguros agrarios frente a sequía deberían jugar un papel más importante, pero hoy por hoy la contratación es muy baja en cultivos clave (por ejemplo, en el olivar solo una pequeña fracción de la superficie está asegurada). Sin coberturas adecuadas, cada episodio de sequía severa supone un golpe casi irreparable para miles de explotaciones.
En un escenario en el que la sequía ha dejado de ser una excepción para convertirse en parte del clima habitual, el futuro de la alimentación pasa por sistemas agrícolas capaces de producir más con menos agua, cuidar el suelo y los ecosistemas, apoyarse en la tecnología sin abandonar el conocimiento tradicional y asegurar condiciones dignas para quienes trabajan la tierra. La combinación de cultivos adaptados, riego de precisión, agricultura sostenible, bioestimulantes, protección de cultivos y una gestión del agua basada en datos y en criterios de justicia social y ambiental marcará la diferencia entre territorios que se quedan atrás y territorios que consiguen seguir alimentando a su población sin agotar sus recursos.

