Clima y formas de subsistencia en la última glaciación

  • La última glaciación formó parte de la glaciación cuaternaria, con grandes avances de hielo pero también refugios climáticos en el sur de Europa.
  • La península ibérica, gracias a su posición y al Mediterráneo, actuó como refugio climático y demográfico, manteniendo alta diversidad biológica y humana.
  • Yacimientos como Cova de les Cendres y Cova de les Malladetes muestran estrategias de subsistencia flexibles y una ocupación humana continuada.
  • Los análisis isotópicos de dientes de roedores revelan un clima frío y árido pero estable, donde los cambios culturales no se explican solo por el clima.

clima y subsistencia en la última glaciación

Cuando pensamos en la última glaciación solemos imaginar un planeta cubierto de nieve, mamuts avanzando por la estepa helada y grupos humanos luchando por sobrevivir. Pero la realidad fue bastante más compleja: el sistema climático de la Tierra funciona como una maquinaria llena de engranajes que interactúan entre sí, y los humanos del Paleolítico tuvieron que adaptarse a esos cambios de manera constante. Comprender cómo era el clima y cómo se organizaba la subsistencia en esa etapa es clave para entender nuestra propia historia.

A lo largo del Cuaternario, y especialmente durante el tramo que llamamos Último Máximo Glaciar, las temperaturas descendieron, el nivel del mar cayó más de cien metros y los paisajes de Europa se transformaron radicalmente. Sin embargo, el impacto no fue igual en todas partes: mientras el norte quedaba sepultado bajo el hielo, ciertas regiones del sur, como la península ibérica, se convirtieron en auténticos refugios climáticos y demográficos. En esos territorios, nuestros antepasados desarrollaron estrategias de subsistencia muy flexibles, diversificaron su dieta y reorganizaron su modo de ocupar el espacio.

El Cuaternario y el contexto de la última glaciación

El periodo Cuaternario abarca aproximadamente los últimos 2,58 millones de años de la historia del planeta y coincide con la aparición y evolución del género Homo. Durante todo este tiempo la Tierra ha permanecido en una glaciación prolongada, con avances y retrocesos de los hielos en ciclos fríos y cálidos. No es una cadena continua de frío extremo, sino una sucesión de estadios glaciares e interglaciares que marcan el ritmo de la evolución ambiental y humana.

Para ordenar estos cambios, la comunidad científica utiliza los llamados estadios isotópicos marinos o MIS (Marine Isotope Stages). Estos estadios se reconstruyen midiendo las proporciones de isótopos de oxígeno en los caparazones de foraminíferos marinos, pequeños organismos que se acumulan en los sedimentos oceánicos. Los números impares señalan momentos relativamente cálidos (interglaciares) y los pares, fases frías (glaciares). La última gran fase fría, que incluye el Último Máximo Glaciar, se asocia al MIS 2.

Hoy vivimos en un periodo interglaciar cálido, el Holoceno, iniciado hace unos 11.700 años. Esta etapa de temperaturas moderadas ha permitido la transición desde sociedades cazadoras-recolectoras hasta civilizaciones complejas. Sin embargo, el Holoceno es solo un pequeño paréntesis dentro de una glaciación mucho más larga, y representa una fracción mínima de la historia de Homo sapiens. La inmensa mayoría del tiempo que llevamos en este planeta lo hemos pasado adaptándonos a entornos fríos o muy variables.

Conviene matizar una idea muy extendida: una glaciación no es solo un largo periodo gélido con hielos por todas partes. Se llama glaciación al intervalo en el que existen masas de hielo permanentes en uno o ambos polos, aunque esas masas avanzan y retroceden según cambian las condiciones climáticas. En el último ciclo glaciar, hubo fases en las que los casquetes se expandieron de forma espectacular, como entre 30.000 y 20.000 años atrás, alcanzando lo que conocemos como Último Máximo Glaciar.

Cómo funciona el clima terrestre: albedo, efecto invernadero y grandes ciclos

El clima de la Tierra se regula a partir de un delicado equilibrio entre la energía que recibimos del Sol y la que el planeta devuelve al espacio. La radiación solar de onda corta llega a la parte alta de la atmósfera, una parte se refleja y otra se absorbe, transformándose en calor que luego se reemite en forma de radiación de onda larga. Esta energía saliente es parcialmente atrapada por gases de efecto invernadero como el vapor de agua, el dióxido de carbono o el metano.

Si mirásemos la Tierra desde el espacio sin tener en cuenta la atmósfera, la temperatura media rondaría los -18 ºC. La presencia de gases de efecto invernadero incrementa esa media hasta unos 15 ºC en la superficie, haciendo posible la vida tal y como la conocemos. El equilibrio entre el efecto invernadero (que calienta) y el albedo (la capacidad de reflejar radiación solar, que enfría) determina la temperatura global.

Cuando la temperatura desciende y aumenta la superficie cubierta por nieve y hielo, el albedo se incrementa: más radiación se refleja al espacio y el planeta se enfría todavía más. Se genera así un bucle de retroalimentación positiva que refuerza el enfriamiento. Inversamente, si se acumula más CO2 en la atmósfera, el efecto invernadero se intensifica, la temperatura sube y se desencadenan procesos de retroalimentación que tienden a calentar el sistema.

Varios mecanismos naturales pueden reducir momentáneamente la energía solar que llega a la superficie. Las grandes erupciones volcánicas inyectan cenizas y aerosoles de azufre en la atmósfera alta, elevando el albedo y produciendo un enfriamiento temporal, como ocurrió tras la erupción del Tambora en 1815. También influyen las variaciones de la actividad solar, como el Mínimo de Maunder (siglos XVII-XVIII), asociado a la Pequeña Edad del Hielo en el hemisferio norte.

A escalas de decenas de miles de años, los cambios más importantes en la insolación están vinculados a los ciclos astronómicos de Milankovitch. Estos ciclos alteran la excentricidad de la órbita terrestre, la inclinación del eje y la precesión, lo que modifica la distribución estacional y latitudinal de la radiación solar. Aunque la energía media anual varía poco, estos cambios son suficientes para desencadenar avances y retrocesos de las capas de hielo, modulando así los ciclos glaciares e interglaciares.

En el otro extremo, el clima también se ve controlado a muy largo plazo por el ciclo geológico del carbonato-silicato. El CO2 atmosférico se disuelve en el agua de lluvia, reacciona con rocas silíceas, es transportado por los ríos y pasa a los océanos, donde se transforma en carbonatos que terminan formando rocas calizas. Mediante la tectónica de placas y el vulcanismo, parte de ese CO2 vuelve a la atmósfera, cerrando un ciclo que opera a escalas de cientos de miles a millones de años.

Deriva continental, océanos y redistribución del calor

Además de la radiación solar y los gases de efecto invernadero, la geometría cambiante de los continentes y océanos juega un papel crucial en el clima. La deriva continental fue cerrando antiguos pasos oceánicos y abriendo otros. Hace unos 55 millones de años, durante el Eoceno, la disposición de las masas continentales permitía que las corrientes marinas cálidas rodeasen el planeta cerca del ecuador.

Con el paso de millones de años, la deriva continental fue cerrando antiguos pasos oceánicos y abriendo otros. Cuando África y la India se aproximaron a Eurasia se interrumpieron rutas marinas ecuatoriales, y más tarde, al separarse la Antártida de Sudamérica y Australia, se estableció una potente circulación alrededor del continente antártico. Esa corriente aisló térmicamente la región, promoviendo el desarrollo del gran casquete glaciar antártico hace unos 15 millones de años.

El proceso se culminó hace casi 3 millones de años con el cierre del istmo de Panamá, que bloqueó el intercambio directo entre el Atlántico y el Pacífico a latitudes bajas. Este cambio reorganizó las corrientes oceánicas, redujo la redistribución eficiente del calor entre cuencas y favoreció el enfriamiento global que caracteriza al Cuaternario. A partir de ese momento, las masas de hielo también comenzaron a establecerse de forma permanente en el hemisferio norte.

Otro componente clave del sistema climático es la circulación oceánica profunda, impulsada por diferencias de temperatura y salinidad (circulación termohalina). En el Atlántico Norte, las aguas superficiales salinas se enfrían, aumentan su densidad, se hunden y fluyen hacia las profundidades, liberando una enorme cantidad de calor hacia la atmósfera. Este mecanismo aporta varios grados extra a las temperaturas de Europa occidental.

Si, por alguna causa, este motor se debilita o se detiene, el impacto sobre el clima del hemisferio norte puede ser muy brusco. Se ha propuesto que un fenómeno de este tipo estuvo detrás del Younger Dryas, un episodio de enfriamiento repentino que ocurrió hace unos 12.800 años y que retrasó la plena entrada en el Holoceno. La entrada masiva de agua dulce procedente del deshielo habría alterado la salinidad del Atlántico Norte, frenando la formación de aguas profundas frías y reconfigurando la redistribución de calor.

La última glaciación y el Último Máximo Glaciar

Dentro de esta larga glaciación cuaternaria, la última gran fase fría corresponde a la última glaciación, cuyo tramo más extremo se denomina Último Máximo Glaciar. En un sentido amplio, este intervalo se sitúa entre unos 30.000 y 17.000 años atrás, con un punto álgido alrededor de los 22.000 años. En esos momentos las capas de hielo del hemisferio norte alcanzaron su máxima extensión.

Las consecuencias fueron espectaculares: la expansión de los hielos continentales y marinos provocó un descenso del nivel del mar de hasta 100-150 metros, dejando al descubierto amplias plataformas costeras. Las líneas de costa quedaron alejadas de su posición actual, y regiones que hoy están bajo el agua formaban entonces parte del paisaje seco que recorrían animales y humanos.

El norte de Europa quedó recubierto por enormes mantos de hielo y nieve, mientras que hacia el sur se extendían vastas zonas de permafrost, tundra y estepa fría. En cordilleras como los Alpes o los Pirineos, los glaciares de montaña avanzaron valle abajo, remodelando el relieve que todavía hoy podemos reconocer. La vegetación se reorganizó siguiendo estos gradientes climáticos, con bosques refugiados en áreas más resguardadas.

Aunque estas fluctuaciones climáticas ya se producían antes de la llegada de Homo sapiens a Europa, su ritmo se aceleró a partir de hace unos 60.000 años. Entre 40.000 y 30.000 años atrás, nuestra especie se expandió por el continente euroasiático, compartiendo escenario con neandertales y denisovanos y enfrentándose a un entorno climático muy dinámico. Este periodo coincide con el arranque del Paleolítico superior en Europa.

Durante la última glaciación, el clima no se mantuvo establemente gélido. Se alternaron episodios más fríos con otros algo más benignos y se produjeron eventos abruptos a escala global, como los Eventos de Heinrich. Estos episodios se asocian a descargas masivas de icebergs desde las capas de hielo hacia el océano Atlántico, alterando la salinidad y la circulación oceánica y dejando una señal muy clara en los sedimentos marinos. El Evento de Heinrich 3, por ejemplo, se refleja en ligeras caídas de temperatura en torno a los 31.000-30.000 años.

La península ibérica como refugio climático y humano

La última glaciación no afectó por igual a todo el continente europeo. Mientras el norte sufría condiciones extremadamente frías y una fuerte despoblación, el sur de Europa, y particularmente la península ibérica, funcionó como una zona de refugio climático y biológico. La combinación de su latitud y la influencia del Mediterráneo amortiguó en parte los cambios más abruptos.

Esta moderación climática permitió que en la península ibérica persistieran especies vegetales y animales que en latitudes más altas desaparecieron o se replegaron. La biodiversidad se mantuvo relativamente elevada, con bosques de coníferas y masas forestales que sobrevivían incluso en los momentos más fríos. Mientras mamuts y renos dominaban las estepas y tundras de Europa central, en el suroeste de Europa era más habitual encontrar ciervos y cabras en mosaicos de bosque y espacios abiertos.

Esta riqueza de hábitats y recursos convirtió a la región mediterránea occidental en un foco de atracción para grupos humanos que buscaban condiciones menos extremas. La evidencia genética indica que en la península ibérica se mantuvo una cierta continuidad poblacional antes, durante y después del Último Máximo Glaciar, sin grandes reemplazos de población como los observados en otras zonas de Europa. Un individuo del sur de Iberia de hace unos 23.000 años, por ejemplo, conecta genéticamente a poblaciones pre y post LGM en Europa occidental.

Desde el punto de vista cultural, la península ibérica durante la última glaciación está marcada por varios complejos tecnológicos del Paleolítico superior. Tras el Auriñaciense, asociado a las primeras expansiones de Homo sapiens, se desarrollan el Gravetiense y el Solutrense, que muestran cambios importantes en las estrategias de subsistencia y en la cultura material respecto al periodo anterior.

En este escenario, el Mediterráneo no solo actúa como amortiguador climático, sino como un espacio donde se consolidan poblaciones humanas relativamente estables. La región se convierte en un laboratorio ideal para estudiar la resiliencia humana frente a las fases más frías de la última glaciación, al permitir comparar las dinámicas locales con los cambios globales registrados en otras áreas europeas.

Estratégias de subsistencia en el Paleolítico superior: Gravetiense y Solutrense

Las sociedades del Paleolítico superior en el sur de Europa no se limitaron a repetir las mismas pautas de caza y recolección generación tras generación. Entre el Auriñaciense y el Solutrense se observa una clara diversificación en las estrategias de explotación del medio, probablemente vinculada tanto a cambios ambientales como a transformaciones sociales y tecnológicas.

Durante el Gravetiense y el Solutrense se intensifica la caza de presas de menor tamaño, como conejos y aves, que complementan o incluso llegan a rivalizar en importancia con los grandes ungulados. Esta apuesta por recursos más pequeños implica cambios en la organización del trabajo, en las técnicas de captura y en la planificación de las salidas de caza. El paisaje mediterráneo, rico en este tipo de fauna, ofrecía oportunidades para sostener una dieta variada a pesar del frío generalizado.

Otro rasgo significativo es la incorporación de recursos marinos, sobre todo en áreas costeras. Moluscos, peces y otros productos del mar comienzan a formar parte de la dieta de forma más sistemática, algo que se ve favorecido por la exposición de nuevas franjas costeras debido al descenso del nivel del mar. La proximidad a la costa permitía a estos grupos humanos explotar un abanico más amplio de recursos a lo largo del año.

En paralelo, se aprecia una mayor explotación de materias primas locales para la fabricación de útiles líticos y otros objetos. Esta preferencia por recursos cercanos se relaciona con patrones de movilidad posiblemente más restringidos o más estructurados, en los que los grupos conocen en detalle su territorio y optimizan las zonas de aprovisionamiento.

En el terreno simbólico, el periodo ve la expansión de los ornamentos personales y el auge del arte paleolítico. Aparecen colgantes, dientes perforados y otros elementos de adorno, así como ricas manifestaciones de arte mueble y rupestre. Estas expresiones culturales reflejan identidades, redes de interacción y quizá respuestas simbólicas a un entorno cambiante y a la necesidad de cohesión social en tiempos complicados.

Cova de les Cendres y Cova de les Malladetes: dos yacimientos clave en el Levante

Para entender cómo se vivió esta etapa en la fachada mediterránea ibérica, dos yacimientos son especialmente reveladores: Cova de les Cendres (Teulada-Moraira, Alicante) y Cova de les Malladetes (Barx, Valencia). Ambas cavidades conservan secuencias estratigráficas extensas que documentan en detalle las primeras fases del Paleolítico superior en la región, un periodo tradicionalmente poco conocido en este ámbito geográfico.

Cova de les Cendres se abre en los acantilados de la Punta de Moraira, frente al mar Mediterráneo. Presenta una zona exterior de gran altura, visible desde el mar, y una zona interior de unos 600 m² con iluminación más tenue. Las excavaciones han revelado una larga secuencia que abarca aproximadamente entre 35.000 y 14.000 años, con representación del Auriñaciense, Gravetiense, Solutrense y Magdaleniense en trece niveles arqueológicos principales.

Aunque los niveles más antiguos, correspondientes al Auriñaciense y al Gravetiense, se han excavado en áreas relativamente reducidas, han proporcionado información valiosa. Los restos faunísticos, las industrias líticas y los elementos de ornamentación personal permiten inferir aspectos sobre la economía, la estacionalidad de las ocupaciones y las redes de interacción. Entre las piezas destacadas figura un diente de lince perforado, asociado al Auriñaciense final, que probablemente se utilizó como colgante.

Cova de les Malladetes, por su parte, se encuentra en el macizo del Mondúver. La cavidad se organiza en una zona abierta y bien iluminada tipo abrigo, y otra más cerrada, con iluminación parcial procedente de una abertura cenital. Las excavaciones, iniciadas a mediados del siglo XX y retomadas en campañas recientes, han documentado una secuencia que comienza en el Paleolítico medio y continúa a lo largo del Paleolítico superior inicial.

En Malladetes se han identificado niveles del Paleolítico medio (XIV-XV) de poca potencia, seguidos de ocupaciones auriñacienses (XIVA-XII), gravetienses (XI-VII) y solutrenses (VI-II), fechadas por carbono-14 grosso modo entre 42.000 y 20.000 años. Las intervenciones más recientes en los niveles del Auriñaciense final y el Gravetiense han sacado a la luz hogares, conjuntos líticos y abundantes restos faunísticos, lo que permite reconstruir actividades concretas y dinámicas de ocupación del abrigo.

Uno de los hallazgos más llamativos en Malladetes es un fragmento craneal infantil de Homo sapiens (la región occipital), descubierto en 1948 en niveles gravetienses. Este fósil constituye uno de los pocos testimonios directos de presencia humana moderna en el Levante ibérico durante esas cronologías y subraya la importancia del yacimiento para el estudio de la expansión de nuestra especie.

En conjunto, Cendres y Malladetes, junto con yacimientos cercanos como la Cova del Parpalló —con su extraordinaria colección de arte mueble, que incluye miles de plaquetas decoradas—, permiten proponer modelos de ocupación del territorio durante el inicio del Paleolítico superior. Los datos apuntan a una etapa inicial con visitas esporádicas y de baja densidad poblacional, seguida de una intensificación de las ocupaciones desde el Auriñaciense final y sobre todo durante el Gravetiense. En fases más tardías de este último, se observa una cierta disminución de la presencia humana o un cambio en la función de las cuevas.

Lo que cuentan los pequeños mamíferos sobre el clima

Más allá de las herramientas de piedra y los huesos de grandes animales, hay un conjunto de restos que resulta fundamental para reconstruir el clima: los pequeños mamíferos. En los sedimentos de Cendres y Malladetes aparecen multitud de huesos y dientes diminutos de ratones, topillos, musarañas, murciélagos, erizos o topos, recuperados gracias al cribado con agua de los sedimentos excavados.

Los roedores, en particular, poseen requerimientos ecológicos muy precisos. Cada especie está asociada a determinadas condiciones de humedad, temperatura y tipo de vegetación, de modo que su presencia o ausencia en un nivel arqueológico funciona como un termómetro ecológico del entorno inmediato. Siguiendo la composición de las asociaciones de micromamíferos a lo largo de la secuencia, es posible detectar cambios ambientales finos.

Sobre esta base se articuló un proyecto apoyado por la Fundación Palarq, centrado en el análisis de los pequeños vertebrados de los niveles auriñacienses y gravetienses de Cendres (XVIA-XVIC y XVII) y Malladetes (IX-XIII), fechados entre unos 37.000 y 25.000 años. El objetivo era evaluar el impacto real de la última glaciación en sus fases iniciales sobre el área mediterránea ibérica y su influencia en la subsistencia humana. En esencia, se trataba de saber si los cambios en las estrategias económicas se debían principalmente a presiones climáticas o a otros factores.

Estudios previos basados en la identificación taxonómica de estas faunas ya sugerían una relativa estabilidad climática, con presencia recurrente de especies mediterráneas y forestales. Los nuevos análisis permitieron contrastar y afinar este escenario, combinando el enfoque paleoecológico clásico con técnicas geoquímicas de alta resolución. Esa combinación es la que ofrece una imagen más completa del ambiente en el que vivieron los grupos humanos.

Los resultados confirman que, aunque el clima era más frío y seco que el actual, no se observan oscilaciones dramáticas dentro del intervalo estudiado. Las temperaturas medias se sitúan aproximadamente entre 9 y 11 ºC, significativamente por debajo de las actuales, pero sin cambios bruscos entre niveles sucesivos. Las condiciones áridas son perceptibles, pero el entorno se mantiene relativamente estable si se compara con otros sectores de Europa sometidos a fluctuaciones mucho más abruptas.

Isótopos estables en dientes de roedores: un termómetro milenario

Para ir un paso más allá en la reconstrucción del clima, el estudio se centró en la composición química del esmalte dental de los roedores. Se analizaron cerca de 200 dientes mediante la medición de isótopos estables de oxígeno (δ18O) y carbono (δ13C), utilizando técnicas de espectrometría de masas que permiten distinguir variaciones muy sutiles.

Los isótopos son variantes de un mismo elemento químico que difieren en su masa. En el caso del oxígeno, la proporción relativa de los distintos isótopos en el agua y, por extensión, en los tejidos de los animales, se ve condicionada sobre todo por la temperatura. El carbono, por su parte, refleja tanto el tipo de vegetación presente como los patrones de precipitación, ya que distintas plantas y entornos presentan firmas isotópicas características.

A medida que los roedores beben, se alimentan y crecen, incorporan estas señales isotópicas del entorno a su esmalte dental, que una vez formado ya no se remodela. Esa estabilidad convierte los dientes en pequeñas cápsulas de información climática y ecológica que pueden conservarse durante decenas de miles de años. Al molturar el esmalte y analizarlo en laboratorio, se recupera parte de la huella del ambiente en el que vivieron.

Los datos isotópicos de Cendres y Malladetes respaldan la idea de un clima frío y árido, pero relativamente estable. En ambos yacimientos se observa un conjunto de valores coherentes con un ambiente glaciar moderado, sin grandes saltos térmicos dentro del intervalo 37.000-25.000 años. Eso no significa que no hubiera cambios, sino que estos no alcanzaron la magnitud de los registrados en zonas más expuestas a los empujes de las masas de hielo.

Dentro de ese marco, se detecta una ligera variación en los valores de oxígeno en torno a la transición entre el Auriñaciense y el Gravetiense, concretamente en el nivel XVIC de Cendres (aprox. 31.000-33.000 años) y en el nivel XI de Malladetes (31.000-30.000 años). Esta desviación sugiere un descenso moderado de las temperaturas vinculado probablemente al Evento de Heinrich 3, un episodio particularmente frío a escala global. La señal está presente, pero amortiguada.

En paralelo, los valores de carbono apuntan a un aumento progresivo de la cobertura forestal durante esa transición. Lejos de convertirse en una estepa desnuda, el entorno mediterráneo mantuvo y quizá incrementó ciertas masas boscosas, ofreciendo un paisaje más diverso que el de otras regiones europeas dominadas por tundras abiertas. Este mosaico de hábitats habría favorecido la disponibilidad de recursos para la fauna y, por extensión, para las comunidades humanas.

Clima estable, sociedades resilientes

Cuando se cruzan los datos climáticos con las evidencias arqueológicas y genéticas, la imagen que emerge del Mediterráneo ibérico durante la última glaciación es la de una región de relativa estabilidad dentro de un continente sometido a cambios muy severos. El área mediterránea marcó el ritmo de los eventos globales, pero de forma amortiguada, actuando como refugio climático y poblacional.

Esta estabilidad relativa ayuda a explicar por qué en la península ibérica se observa una continuidad demográfica a lo largo del Último Máximo Glaciar, sin recambios poblacionales drásticos. Las condiciones menos extremas posibilitaron la persistencia e incluso la intensificación de las ocupaciones humanas en ciertos momentos, mientras otras zonas de Europa quedaban despobladas o solo eran visitadas de forma ocasional.

Todo apunta a que las transformaciones en las estrategias de subsistencia entre Auriñaciense, Gravetiense y Solutrense no responden únicamente —ni quizá de forma principal— a una presión climática local. Es probable que cambios en la organización social, en los patrones de movilidad y en el uso del territorio jugaran un papel tan relevante como las variaciones ambientales. El clima estable habría proporcionado el telón de fondo sobre el que se desarrollan esos ajustes culturales.

En este sentido, la intensificación de la caza de pequeñas presas, el uso sistemático de recursos marinos, la homogeneización de ciertos rasgos de la dieta y la creciente complejidad simbólica pueden entenderse como respuestas flexibles en un entorno que, aunque frío, ofrecía recursos predecibles. La resiliencia de estos grupos no radica solo en soportar el frío, sino en saber explotar una gama amplia de recursos y en reforzar la cohesión social.

Si ampliamos la escala temporal y espacial, la última glaciación aparece como un episodio más dentro de la larga historia de glaciaciones que han afectado a la Tierra en los últimos cientos de millones de años. La actual glaciación cuaternaria es una de las épocas más frías de los últimos 300 millones de años, pero su dinámica está gobernada por una compleja red de factores: desde el balance radiativo y el albedo hasta la tectónica de placas, la circulación oceánica profunda, los ciclos astronómicos y el papel regulador de la biosfera.

El estudio conjunto de pequeños huesos de roedores, sedimentos marinos, hielos polares y fósiles humanos nos muestra que el clima nunca ha sido estático y que las sociedades humanas han prosperado precisamente porque han sabido adaptarse a esa inestabilidad. La península ibérica, con sus refugios forestales, sus costas expuestas por el descenso del mar y sus cuevas ocupadas durante milenios, ofrece un ejemplo privilegiado de cómo clima y subsistencia se entrelazan en la última glaciación, dejando una huella que todavía hoy podemos leer en la roca, en los genes y en los diminutos dientes enterrados bajo el suelo de las cuevas.

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