América Latina y el Caribe se han convertido en uno de los grandes focos de impacto del cambio climático. El calentamiento de la atmósfera y de los océanos, la subida del nivel del mar, la pérdida acelerada de glaciares y la intensificación de fenómenos meteorológicos extremos están transformando la región a una velocidad que pone en jaque a sus ecosistemas, a su economía y, sobre todo, a la salud y al bienestar de millones de personas.
Entre finales del siglo XX y las dos primeras décadas del XXI, los desastres climáticos y geofísicos han causado cientos de miles de muertes y han afectado directamente a cientos de millones de latinoamericanos y caribeños. A ello se suma una tendencia muy clara: temperaturas cada vez más altas tanto en tierra como en el mar, sequías prolongadas, lluvias torrenciales, olas de calor históricas, incendios forestales gigantescos y huracanes de una violencia sin precedentes en la región.
Aumento de la temperatura en tierra y océanos en América Latina y el Caribe
Este calentamiento no se queda solo en la superficie terrestre. Los mares que bañan al continente —especialmente el Atlántico tropical y el Caribe— también están ganando calor de forma constante. La temperatura de la superficie del mar en el Caribe ha alcanzado valores récord, con desviaciones cercanas a 0,9 °C por encima de la media de finales del siglo XX. Este exceso de energía térmica en el océano alimenta tanto el aumento del nivel del mar como la intensificación de ciclones tropicales y otros fenómenos extremos.
El trasfondo físico de esta situación es claro: el incremento de las concentraciones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero en la atmósfera está atrapando más calor, alterando los patrones de circulación atmosférica y oceánica. Al mismo tiempo, los océanos actúan como sumidero, absorbiendo una parte importante de ese calor y de ese CO₂, lo que provoca tanto su calentamiento como su acidificación progresiva.
Si a todo esto añadimos que la región está expuesta a fenómenos como El Niño y La Niña, que modulan las lluvias y las temperaturas de forma periódica, el resultado es un cóctel de variabilidad natural amplificada por el calentamiento global. Esto se traduce en temporadas con sequías más severas, periodos de lluvias extremas más intensos y mayor frecuencia de episodios de calor extremo que superan con facilidad los 40 °C en amplias zonas del continente.
En los últimos años, distintos informes climáticos regionales han puesto sobre la mesa datos muy preocupantes: los indicadores clave del sistema climático en América Latina y el Caribe —temperatura, nivel del mar, masa de hielo, extremos meteorológicos— muestran tendencias inequívocas hacia escenarios más peligrosos. Lejos de estabilizarse, estas señales se están intensificando y apuntan a impactos crecientes en las próximas décadas si no se reducen de manera drástica las emisiones globales.
Calentamiento de los océanos, expansión térmica y acidificación
Los océanos que rodean América Latina —el Pacífico, el Atlántico y el Caribe— están absorbiendo una enorme cantidad del calor adicional generado por el cambio climático. Cuando el agua se calienta, se dilata, y esta expansión térmica es uno de los motores principales de la subida del nivel del mar. En paralelo, el derretimiento masivo de glaciares y capas de hielo, como las de Groenlandia y la Antártida, añade grandes volúmenes de agua dulce que refuerzan ese aumento.
En el Caribe, las mediciones satelitales y de boyas muestran que la superficie del mar ha alcanzado anomalías de temperatura sin precedentes en las últimas décadas. Este calentamiento tiene efectos en cadena: altera las corrientes marinas, modifica la distribución de nutrientes, desplaza especies y crea condiciones mucho más favorables para la intensificación rápida de ciclones tropicales, que pueden ganar fuerza en muy poco tiempo al pasar sobre aguas excepcionalmente cálidas.
Pero no solo sube la temperatura. Los océanos también están sufriendo un proceso de acidificación a medida que absorben el CO₂ atmosférico. Este gas, al disolverse en el agua de mar, forma ácido carbónico y reduce el pH del océano. En el Caribe, donde se encuentra el sistema arrecifal mesoamericano —la segunda barrera de coral más extensa del planeta—, esta combinación de aguas más cálidas y más ácidas está poniendo contra las cuerdas a los arrecifes de coral.
Los corales son extremadamente sensibles a los cambios de temperatura y de pH. Cuando las aguas se calientan demasiado durante periodos prolongados, se desencadenan episodios de blanqueamiento coralino: los corales expulsan las algas simbióticas que les proporcionan alimento y color, quedando debilitados y con un alto riesgo de morir. La acidificación, por su parte, dificulta la construcción de sus esqueletos calcáreos, haciendo que la recuperación tras estos episodios sea mucho más lenta y frágil.
Las consecuencias de la degradación de los arrecifes van mucho más allá de la biodiversidad marina. Millones de personas en América Latina y el Caribe dependen de estos ecosistemas para la pesca, el turismo y la protección costera frente a oleajes y tormentas. La pérdida de la estructura de los arrecifes reduce su capacidad de actuar como barrera natural frente a las marejadas ciclónicas y la erosión, dejando muchas comunidades costeras aún más expuestas a los impactos de la subida del mar y de los ciclones tropicales intensos.
Derretimiento de glaciares andinos y subida del nivel del mar
Los glaciares de los Andes, especialmente en Chile, Argentina, Perú, Bolivia y Colombia, están retrocediendo a un ritmo alarmante. Zonas de alta montaña que durante siglos mantuvieron un manto de hielo constante presentan hoy lenguas glaciares mucho más cortas y delgadas. Desde comienzos del siglo XXI, la pérdida de masa de estos glaciares se ha acelerado de forma notable, con una intensificación clara a partir de 2010.
En el caso de Colombia, la imagen es especialmente contundente: de los 19 nevados que existían en el siglo XIX, solo quedan actualmente media docena. La superficie glaciar del país ha caído desde unos 348 km² a mediados del siglo XIX hasta algo más de 36 km² en la segunda década del siglo XXI. Este declive no es solo un dato llamativo; implica cambios profundos en el suministro de agua y en la regulación de los caudales de los ríos andinos.
Los glaciares actúan como reservas de agua sólida que se liberan gradualmente en forma de escorrentía, garantizando caudales relativamente estables durante la estación seca para millones de personas, actividades agrícolas, hidroeléctricas y ecosistemas de montaña. Cuando estas reservas se agotan o se reducen drásticamente, primero se observa un aumento temporal del caudal por el deshielo acelerado, seguido de un descenso pronunciado una vez que gran parte del hielo desaparece.
El agua de deshielo andino no solo afecta a los ríos regionales. La suma del derretimiento de glaciares de montaña con el de los grandes mantos de hielo polares y la expansión térmica del océano está empujando hacia arriba el nivel medio del mar en todo el planeta. En el Caribe, las observaciones entre 1993 y 2020 indican una tasa media de subida en torno a 3,6 mm al año, ligeramente superior al promedio global, que ronda los 3,3 mm anuales.
Este incremento continuo, aunque pueda parecer pequeño año a año, tiene implicaciones enormes para las zonas costeras bajas de América Latina y el Caribe. Se estima que entre el 6 % y el 8 % de la población regional vive en áreas muy expuestas a peligros costeros, como inundaciones recurrentes, erosión acelerada, intrusión salina en acuíferos y marejadas ciclónicas más dañinas. Además, se espera que aumente notablemente el número de personas que residan en zonas situadas por debajo de niveles extremos del mar que, hasta hace poco, solo se alcanzaban en eventos muy raros, del orden de una vez cada siglo.
Sequías cada vez más graves y lluvias extremas
La variabilidad de las precipitaciones en América Latina y el Caribe se está intensificando, con sequías más frecuentes y prolongadas en algunas zonas y lluvias torrenciales desbordadas en otras. En los últimos años, la cuenca sur de la Amazonia y la región del Pantanal han sufrido una de las peores sequías de las últimas cinco décadas, con impactos severos en la navegación fluvial, en la productividad agrícola y en la seguridad alimentaria de millones de personas.
Los estudios climáticos apuntan a que regiones como la Amazonia, el nordeste de Brasil, Centroamérica y partes de México serán especialmente propensas a sufrir sequías más intensas y frecuentes a lo largo del siglo XXI. En el caso del Amazonas, la comunidad científica alerta de un posible “”: si la sequía y la deforestación continúan, grandes áreas de selva podrían transformarse en ecosistemas más secos, con menor capacidad para almacenar carbono y sostener su extraordinaria biodiversidad.
Ejemplos recientes hacen muy visible esta vulnerabilidad. La ciudad de São Paulo atravesó a mediados de la década de 2010 la peor escasez de agua en más de 80 años, tras varios años consecutivos con lluvias por debajo de lo normal. Su principal sistema de abastecimiento, la reserva de Cantareira, llegó a operar con volúmenes mínimos, muy por debajo de su capacidad histórica de suministro a millones de habitantes. Esta situación puso de manifiesto cómo la combinación de mala planificación hídrica, crecimiento urbano y cambio climático puede llevar a grandes metrópolis a un escenario de estrés hídrico extremo.
Mientras algunas regiones se secan, otras partes de América Latina y el Caribe se enfrentan a lluvias intensas y repentinas que provocan inundaciones, deslizamientos de tierra y crecidas súbitas. En América Central se han observado periodos con precipitaciones muy por debajo de lo habitual en la vertiente caribeña de Costa Rica, Panamá, Honduras, Guatemala y Belice, alternando con episodios de lluvias excepcionales hacia finales de determinados años, que han causado graves daños en áreas rurales y urbanas.
El fenómeno de El Niño, especialmente fuerte en 2015‑2016, agravó las condiciones de sequía en México, Centroamérica y el Caribe, en un contexto de temperaturas globales ya elevadas por el calentamiento antropogénico. Este tipo de combinación entre variabilidad natural y calentamiento global hace que las sequías sean más intensas y prolongadas, incrementando el riesgo de pérdida de cosechas, escasez de agua potable, conflictos por el recurso hídrico y migraciones forzadas dentro y fuera de los países afectados.
Olas de calor e incendios forestales en la región
Las olas de calor se han vuelto un fenómeno recurrente y cada vez más extremo en gran parte de América Latina. En la década reciente se han registrado episodios prolongados con temperaturas por encima de los 40 °C en amplias zonas de América del Norte, Central y del Sur. Estas condiciones imponen una carga muy intensa sobre los sistemas de salud, incrementan la mortalidad relacionada con el calor y dificultan el trabajo al aire libre, afectando a sectores como la agricultura, la construcción o el transporte.
La información disponible apunta a que la mortalidad atribuible al calor en la región está seriamente infrarreportada. A partir de datos de 17 países latinoamericanos, se estima en torno a 13 000 muertes anuales asociadas al calor entre 2012 y 2021. Sin embargo, muchos estados no publican de manera sistemática estadísticas detalladas por causas específicas, por lo que esta cifra probablemente se queda corta frente a la realidad. Mejorar los sistemas de notificación, así como integrar avisos tempranos de calor extremo en los protocolos de salud pública, se ha vuelto un asunto urgente.
En paralelo, la combinación de altas temperaturas, sequía y cambios en el uso del suelo ha disparado el riesgo de incendios forestales, especialmente en la Amazonia. En 2020 se documentó uno de los mayores números de incendios en la cuenca amazónica, una región que almacena cerca del 10 % del carbono global y se extiende por nueve países sudamericanos. Buena parte de estos incendios se originan en la tala de bosques para crear pastizales y para actividades agrícolas, a menudo en un contexto de deforestación ilegal o mal controlada.
Los efectos de estos incendios van mucho más allá de la destrucción inmediata de árboles. América Latina y el Caribe albergan alrededor del 57 % de los bosques primarios del planeta, guardan aproximadamente 104 gigatoneladas de carbono y concentran entre el 40 % y el 50 % de la biodiversidad mundial. Cuando estos bosques arden o se talan, se libera a la atmósfera una enorme cantidad de dióxido de carbono, se reduce la capacidad futura de absorción de carbono y se destruyen hábitats insustituibles para millones de especies de plantas y animales.
Entre 2000 y 2016, se perdieron en la región unos 55 millones de hectáreas de bosque, en torno al 5,5 % de la superficie forestal total latinoamericana. Esta cifra representa más del 90 % de la deforestación global registrada en ese periodo, según datos de Naciones Unidas. El impacto social es igualmente profundo: comunidades indígenas y rurales pierden sus territorios, se deteriora la calidad del aire, aumentan los problemas respiratorios y se erosiona la base de medios de vida tradicionales basados en el bosque.
Ciclones tropicales más intensos y dañinos
El calentamiento del océano, especialmente en el Atlántico tropical y el Caribe, está favoreciendo ciclones tropicales más potentes, capaces de intensificarse con rapidez y causar daños devastadores. La temporada de huracanes en el Atlántico se ha vuelto más activa y prolongada, con tormentas que en ocasiones alcanzan su máxima fuerza en momentos del año en que antes la actividad tendía a decaer.
Un ejemplo muy ilustrativo se produjo en 2020, cuando los huracanes Eta e Iota, ambos de categoría 4, impactaron en la misma región de Centroamérica con pocos días de diferencia. Estas tormentas siguieron trayectorias casi calcadas a través de Nicaragua y Honduras, afectando en repetidas ocasiones a las mismas comunidades. El balance fue dramático: más de 8 millones de personas damnificadas en América Central, con Guatemala, Honduras y Nicaragua como países más golpeados. Se calcula que cerca de un millón de hectáreas de cultivos quedaron dañadas, con graves repercusiones para los medios de vida agrícolas y la seguridad alimentaria.
En la década reciente también se han registrado huracanes sin precedentes en el Caribe. Un caso señalado fue el huracán Melissa, que en octubre de 2025 se convirtió en el primer huracán de categoría 5 del que se tiene registro en tocar tierra en Jamaica. A pesar de la magnitud del evento, que causó 45 fallecidos y pérdidas económicas estimadas en casi 8 800 millones de dólares —más del 40 % del PIB del país—, la mortalidad se logró mantener relativamente contenida gracias al uso de modelos de riesgo avanzados, medidas financieras anticipadas y una preparación en materia de protección civil mucho más robusta que en décadas pasadas.
Estos ejemplos ponen de relieve que, aunque el riesgo climático se intensifica, también han mejorado las capacidades de alerta temprana y de respuesta ante desastres en numerosos países latinoamericanos. Los servicios meteorológicos, en colaboración con organismos internacionales, han perfeccionado sus sistemas de pronóstico, y las autoridades han empezado a incorporar la información climática a la planificación urbana, agrícola y de infraestructuras. Sin embargo, las brechas siguen siendo importantes, especialmente en las naciones más vulnerables y con menos recursos.
Las marejadas ciclónicas asociadas a estos huracanes, combinadas con un nivel del mar ya más alto y con costas erosionadas, exponen aún más a las poblaciones costeras a inundaciones súbitas, contaminación de acuíferos y pérdida de tierras agrícolas y urbanas. En muchas islas del Caribe y en deltas de grandes ríos latinoamericanos, la línea de costa retrocede, obligando a comunidades enteras a desplazarse y planteando dilemas sobre la protección de infraestructuras críticas situadas en primera línea de mar.
Impactos sobre salud, agroalimentación y ecosistemas
El cambio climático en América Latina y el Caribe no es solo un asunto de mapas de temperatura y gráficos de precipitación; tiene consecuencias directas sobre la salud, la alimentación y la estabilidad de los ecosistemas. El calor extremo aumenta los casos de golpes de calor, deshidratación, problemas cardiovasculares y respiratorios, afectando especialmente a personas mayores, niños pequeños, trabajadores al aire libre y poblaciones con menos acceso a servicios sanitarios.
La exposición prolongada a episodios de calor intenso, sumada a la mala calidad del aire por incendios forestales o contaminación urbana, debilita los sistemas sanitarios y aumenta la presión sobre hospitales y centros de salud. Los informes recientes insisten en la urgencia de integrar la información climática en la planificación sanitaria: planes de actuación frente a olas de calor, protocolos específicos para poblaciones vulnerables y sistemas de alerta que se activen de forma coordinada con los servicios meteorológicos.
En el ámbito agroalimentario, los fenómenos meteorológicos extremos y las perturbaciones climáticas afectan de manera simultánea a la producción, a los medios de vida rurales, al acceso a los alimentos y al funcionamiento de los mercados. Sequías prolongadas reducen rendimientos de cultivos básicos como maíz, frijol, arroz o café, mientras que lluvias torrenciales e inundaciones arrasan campos, destruyen caminos rurales y cortan las cadenas de suministro. A todo ello se suma la mayor incidencia de plagas y enfermedades agrícolas en un clima más cálido y cambiante.
Los sistemas de pesca y acuicultura tampoco salen bien parados. El calentamiento y la acidificación del océano alteran los hábitats marinos, desplazan especies comerciales y reducen la productividad de algunos caladeros. Las comunidades costeras que viven de la pesca artesanal ven cómo disminuyen sus capturas o se ven obligadas a adentrarse más en el mar, con mayores costes y riesgos. A ello se suma el impacto de los huracanes sobre embarcaciones, puertos e infraestructuras de procesado.
En el plano ecológico, la combinación de calentamiento, cambios en las lluvias, incendios y deforestación pone bajo enorme presión a los ecosistemas naturales latinoamericanos, desde los glaciares andinos hasta los bosques tropicales y los humedales costeros. Muchas especies se ven obligadas a desplazarse en altitud o latitud para encontrar condiciones climáticas adecuadas, mientras que otras, simplemente, no logran adaptarse a la velocidad del cambio. La pérdida de hábitats, especialmente en bosques primarios, reduce la capacidad de la región para seguir actuando como uno de los grandes pulmones verdes del planeta.
Ante este panorama, las instituciones científicas y meteorológicas de la región subrayan la necesidad de reforzar los sistemas de observación, invertir en servicios climáticos robustos y garantizar que la información llega a quienes más la necesitan: agricultores, pescadores, responsables de salud, gestores del agua, urbanistas y comunidades costeras y rurales. La información climática, bien utilizada, permite anticipar impactos, planificar cultivos, adaptar infraestructuras y activar medidas de protección antes de que se desaten los fenómenos extremos.
La realidad que se dibuja en América Latina y el Caribe es dura, pero también muestra un margen de maniobra. Los datos sobre aumento de temperatura de tierra y océanos, derretimiento de glaciares, subida del nivel del mar, sequías, inundaciones, olas de calor, incendios y ciclones dejan claro que el clima de la región ya ha cambiado y seguirá cambiando; la diferencia la marcará la capacidad colectiva para reducir emisiones, proteger los ecosistemas más valiosos y aprovechar al máximo las herramientas de alerta temprana y planificación climática para salvaguardar vidas, economías y paisajes únicos en el mundo.