
Desde finales de 2024, el asteroide 2024 YR4 se ha convertido en uno de los objetos más vigilados por la comunidad científica internacional. Lo que empezó como una alerta técnica discreta en los sistemas de la NASA y de varios observatorios se transformó en un caso de estudio ejemplar sobre cómo funciona hoy la defensa planetaria y la gestión de riesgos espaciales.
Durante meses circularon titulares que apuntaban a un posible impacto contra la Tierra en 2032, generando cierta inquietud entre el público. Sin embargo, a medida que se han ido incorporando nuevas observaciones -especialmente gracias al Telescopio Espacial James Webb- el panorama ha cambiado por completo: el escenario de colisión con nuestro planeta está ya descartado y las probabilidades de choque con la Luna también han quedado reducidas a valores prácticamente residuales.
Cómo y dónde se descubrió el asteroide 2024 YR4
El 2024 YR4 fue identificado por primera vez a través del sistema ATLAS, desde Chile, una red de telescopios automatizados operada por la Universidad de Hawái y diseñada para localizar objetos cercanos a la Tierra. Desde el primer momento fue clasificado como NEO (Near-Earth Object) y, poco después, como asteroide potencialmente peligroso por la cercanía de su órbita a la de nuestro planeta.
Las estimaciones iniciales sobre su tamaño eran bastante amplias, situándolo entre 40 y 90 metros de diámetro. Con el paso del tiempo y la llegada de datos más precisos, ese margen se ha ido acotando hasta fijarse aproximadamente entre 53 y 67 metros, una dimensión comparable a la altura de un edificio de unos 15 pisos.
Este rango de tamaño es suficiente para justificar un seguimiento exhaustivo. Un objeto de estas características no provocaría un evento de extinción global, pero sí podría originar daños regionales importantes en caso de impacto directo, sobre todo si el punto de caída fuera una zona densamente poblada. Ese seguimiento exhaustivo combina observaciones y modelos para reducir incertidumbres.
En paralelo al descubrimiento, el asteroide fue incorporado a sistemas de cálculo automático como Sentry, la herramienta de la NASA que evalúa de manera continua la trayectoria de miles de objetos cercanos a la Tierra para detectar con antelación cualquier escenario de riesgo.

El 22 de diciembre de 2032: la fecha que encendió las alarmas
Las primeras proyecciones orbitales situaron una posible aproximación crítica del 2024 YR4 el 22 de diciembre de 2032. En un principio, la probabilidad de impacto sobre la Tierra era muy baja, pero llegó a superar el umbral técnico del 1 %, que es la referencia utilizada para activar los protocolos formales de notificación y defensa planetaria.
En determinados momentos, algunos cálculos preliminares llegaron a situar la probabilidad de choque con la Tierra en torno al 3 %, lo que dio pie a interpretaciones algo alarmistas en medios y redes sociales. Conviene matizar que, desde el punto de vista científico, incluso estos porcentajes siguen siendo bajos, aunque suficientes para justificar un escrutinio intenso de su órbita. Para entender mejor la naturaleza de estas probabilidades y amenazas conviene leer sobre la amenaza que representan ciertos asteroides.
La activación de estos protocolos no implica un peligro inminente, sino un mecanismo de coordinación internacional: agencias espaciales, centros de investigación y gobiernos son informados de la existencia de un objeto que merece ser vigilado de cerca, precisamente para evitar sorpresas a medio y largo plazo.
Con el paso de los meses y a medida que se añadían nuevas medidas de posición, esa probabilidad inicial de impacto con la Tierra fue disminuyendo de forma constante. El propio registro oficial de la NASA refleja cómo las trayectorias simuladas se han ido ajustando hasta descartar por completo cualquier colisión con nuestro planeta en el próximo siglo.
Del riesgo para la Tierra a la mirada puesta en la Luna
Una vez prácticamente eliminada la posibilidad de choque con la Tierra, la atención científica se desplazó hacia la Luna. Los modelos orbitales mostraban que, en el mismo entorno de fechas (también en torno al 22 de diciembre de 2032), el asteroide podría pasar relativamente cerca del satélite natural. Oficinas de defensa planetaria como la Agencia Espacial Europea (ESA) participaron en los cálculos y el intercambio de datos.
En esa fase de análisis se manejó una probabilidad de impacto lunar situada alrededor del 4,3 %, un valor que, aunque bajo, resultaba llamativo por tratarse de un escenario de colisión con la superficie de otro cuerpo celeste cuya órbita conocemos muy bien. Esa cifra fue motivo de intenso estudio en oficinas de defensa planetaria como la de la Agencia Espacial Europea (ESA).
Sin embargo, nuevas campañas de observación -incluidas las realizadas con el Telescopio Espacial James Webb- han permitido refinar la órbita del 2024 YR4 hasta el punto de descartar también una colisión con la Luna. Los cálculos actuales apuntan a que el asteroide pasará a una distancia de unos 21.200 kilómetros de la superficie lunar, lo que se considera un margen sobradamente seguro.
En términos probabilísticos, esto se traduce en que existe más de un 96 % de posibilidades de que no haya impacto alguno sobre el satélite, según han recalcado tanto la NASA como la ESA. Es decir, hablamos de un escenario de riesgo teórico que, a medida que llega nueva información, va perdiendo peso.

Qué papel ha jugado el telescopio espacial James Webb
Uno de los puntos de inflexión en la historia del 2024 YR4 ha sido la contribución del James Webb Space Telescope. Este observatorio espacial, diseñado principalmente para estudiar el universo profundo, ha demostrado también una notable capacidad para seguir objetos relativamente pequeños y débiles en las proximidades del Sistema Solar.
Durante parte de 2025, la posición y el brillo del asteroide hacían complicada su observación tanto desde telescopios terrestres como desde otros observatorios espaciales. En ese contexto, las capacidades de sensibilidad y estabilidad del Webb, junto con su sistema de seguimiento de objetos en movimiento, resultaron decisivas.
Gracias a estas observaciones, los astrónomos pudieron determinar con mucha más precisión la órbita del asteroide, reduciendo la incertidumbre que aún existía en los modelos. Sin estos datos, algunos de los parámetros clave quizá no se habrían aclarado hasta varios años después, lo que habría alargado el periodo de dudas hasta finales de la década.
La información obtenida permitió fijar con mayor exactitud la distancia mínima de paso junto a la Luna y refinar las estimaciones de tamaño y brillo del objeto. En la práctica, el Webb ha ayudado a pasar de un escenario de riesgo bajo pero abierto a otro de riesgo prácticamente descartado, tanto para la Tierra como para el satélite.
Este caso se ha convertido en un ejemplo concreto de cómo la combinación de telescopios terrestres, redes de vigilancia automatizadas y grandes observatorios espaciales puede reducir de forma drástica la incertidumbre en un periodo de tiempo relativamente corto.
Qué pasaría si un asteroide como el 2024 YR4 impactara
Aunque el riesgo de impacto del 2024 YR4 está hoy muy acotado, la comunidad científica aprovecha este tipo de casos para explicar de forma pedagógica qué efectos tendría un objeto de ese tamaño si llegara a colisionar con la Tierra o con la Luna.
Los modelos actuales indican que un asteroide de unos 50 a 70 metros lo más probable es que se fragmente en la atmósfera antes de llegar a la superficie. Este fenómeno, conocido como explosión aérea, fue observado de manera aproximada en eventos históricos como el de Cheliábinsk, en Rusia, en 2013, aunque con distintos parámetros. Para ver ejemplos de bolidos y explosiones aéreas consulte el análisis sobre el meteorito en Alemania.
Si esa explosión se produjera sobre el océano, la generación de un tsunami importante se considera poco probable. El tipo de onda provocado por una detonación de estas características no suele tener la energía y la configuración necesarias para desencadenar una gran ola devastadora a escala global.
En cambio, si el suceso se produjera sobre una zona habitada, los efectos podrían ir desde la rotura masiva de ventanas hasta daños estructurales más serios en edificios cercanos al punto de máxima liberación de energía, en función de la altitud de la explosión y del tamaño exacto del objeto.
En el caso de la Luna, un impacto de este tipo generaría un cráter visible y liberaría una cantidad significativa de polvo y material superficial. Para los especialistas en geología planetaria y defensa espacial, observar en directo un evento así -si alguna vez se produjera con otro objeto- sería una oportunidad extraordinaria para entender mejor cómo responden las superficies rocosas a estas colisiones.

Defensa planetaria, protocolos y cooperación internacional
El caso del 2024 YR4 ilustra bien cómo funcionan hoy los sistemas globales de alerta temprana frente a objetos cercanos a la Tierra. En cuanto un asteroide cumple determinados criterios -entre ellos, superar el umbral del 1 % de probabilidad de impacto en alguna fecha futura- se ponen en marcha protocolos establecidos a nivel internacional.
Estos procedimientos incluyen la comunicación de los datos a través de centros como el Centro de Coordinación de Objetos Cercanos a la Tierra de la ESA en Europa o el Centro de Estudios de Objetos Cercanos de la NASA. A partir de ahí, se coordina el intercambio de observaciones entre telescopios repartidos por todo el mundo, incluidos los situados en España y otros países europeos.
Cada nueva observación se incorpora a modelos computacionales que calculan miles de trayectorias posibles y actualizan en tiempo real la probabilidad de impacto. Esto explica por qué, en cuestión de meses, las cifras asociadas al 2024 YR4 han pasado de ser motivo de seguimiento prioritario a considerarse un riesgo residual.
En paralelo al seguimiento, la defensa planetaria trabaja en distintas estrategias de mitigación. Entre las propuestas estudiadas se encuentran el desvío mediante impacto cinético (como ya se probó con éxito en la misión DART en 2022), el empleo de tractores gravitacionales o, en escenarios más extremos, el uso de explosivos nucleares en el espacio para alterar la trayectoria de un objeto peligroso. La misión DART y sus efectos en Dimorphos suelen mencionarse como referencia práctica.
Por ahora, no existe ninguna necesidad de aplicar este tipo de medidas al 2024 YR4, pero su vigilancia se ha convertido en un banco de pruebas ideal para afinar procedimientos, mejorar la coordinación entre agencias y poner a punto la infraestructura necesaria para actuar con rapidez si en el futuro se detectara un asteroide verdaderamente amenazante.
Con toda la información disponible, el panorama que dibuja el asteroide 2024 YR4 es bastante tranquilizador: la Tierra está fuera de peligro, la Luna mantiene una probabilidad bajísima de impacto y los modelos siguen ajustándose con cada nuevo dato. Lo realmente relevante es que este pequeño cuerpo rocoso ha servido para poner a prueba, casi en tiempo real, la capacidad de los sistemas de vigilancia espacial, la agilidad de la cooperación internacional y el grado de preparación de la defensa planetaria moderna, un ámbito en el que Europa y España participan activamente junto al resto de la comunidad científica.