Anticiclón tras episodio invernal: del temporal a la calma

  • Un anticiclón tras un episodio invernal bloquea nuevas borrascas y trae varios días de estabilidad, amplitud térmica alta y pocas lluvias.
  • Los anticiclones pueden ser dinámicos o térmicos, actuar como bloqueos y alterar la circulación general y el vórtice polar, afectando al clima europeo.
  • El anticiclón de las Azores y el siberiano son claves en el tiempo de España, modulando entradas de aire frío, olas de calor y periodos secos.
  • En un contexto de cambio climático, los anticiclones veraniegos tienden a ser más persistentes y a desplazarse hacia latitudes más altas, favoreciendo sequías y extremos térmicos.

anticiclon tras episodio invernal

Tras un episodio invernal intenso, con frío, nevadas y lluvias generalizadas, es bastante habitual que llegue un periodo dominado por un anticiclón poderoso que cambie por completo el guion del tiempo. Pasamos de hablar de frentes fríos y aire polar a una situación de estabilidad casi absoluta, con cielos más despejados y una recuperación progresiva de las temperaturas. Este giro brusco puede resultar chocante, pero encaja a la perfección con la dinámica atmosférica de nuestras latitudes.

En los últimos años, además, este tipo de situaciones se están volviendo más llamativas: trenes de borrascas muy activas seguidos de largas fases anticiclónicas que bloquean la llegada de nuevas lluvias, dorsales cálidas históricas en pleno invierno y episodios de contaminación acusada en las ciudades durante los periodos de calma atmosférica. Vamos a ver con detalle qué es un anticiclón tras un episodio invernal, cómo se forma, qué tipos hay, qué tiempo nos deja día a día y qué papel juega en el clima de España y en el contexto del cambio climático y la predicción de la primavera en España.

Del temporal invernal a la calma anticiclónica: el cambio de patrón

Cuando una región pasa de un temporal invernal duro a una situación anticiclónica, lo que tenemos es un cambio claro en el patrón de circulación atmosférica. Antes del anticiclón, suele producirse la llegada de un frente frío muy activo acompañado de masa de aire polar o polar marítimo. Ese aire frío desplaza al aire más templado que había antes y provoca un descenso acusado de las temperaturas.

En estos episodios, es frecuente que se registren valores extremos: por ejemplo, máximas cercanas a 30 ºC que caen hasta poco más de 10 ºC en apenas tres días cuando entra una masa de aire mucho más fría. La nieve aparece en cotas relativamente bajas, en torno a 800-1.000 metros en sistemas montañosos como la Ibérica, mientras las lluvias se generalizan y el ambiente se vuelve muy invernal, incluso en pleno mes de abril. Estos escenarios son frecuentes en casos de aire polar, lluvias y nieve.

Tras el paso de la última borrasca y sus frentes asociados, la atmósfera se reorganiza y el anticiclón comienza a reforzarse. Las altas presiones se extienden desde el norte de África hacia latitudes medias de Europa, abarcando la península ibérica y buena parte del entorno atlántico. Esta zona de altas presiones actúa como un auténtico muro que bloquea la llegada de nuevas depresiones.

Los frentes atlánticos, que habitualmente discurren por latitudes más bajas, se ven obligados a subir de latitud, a pasar muy al norte o, directamente, a deshacerse al entrar en contacto con el anticiclón. En meteorología, a la pérdida de entidad de un frente le llamamos frontólisis, es decir, la muerte del frente al chocar con las altas presiones. El balance final es un periodo de estabilidad, con menos nubosidad y una recuperación térmica progresiva.

En este contexto, la atmósfera tiende a volverse bastante predecible a corto plazo: pocos cambios durante varios días, cielos poco nubosos y temperaturas en ascenso, sobre todo las máximas. Sin embargo, a medida que pasan los días pueden aparecer matices, como algo más de nubosidad, cambios en el viento o la posible aparición de tormentas de tarde, especialmente en zonas de montaña.

Qué tiempo podemos esperar día a día tras el episodio invernal

Cuando los modelos de predicción muestran un anticiclón bien asentado, los diferentes escenarios (los llamados ensembles) suelen coincidir bastante para los primeros días, señalando una atmósfera estable y con muy poca dispersión en las previsiones. A partir del cuarto o quinto día, la incertidumbre aumenta y empiezan a asomar posibles cambios, como pequeñas bolsas de aire frío en altura capaces de generar tormentas.

En una situación típica tras un episodio invernal, el reparto de tiempo puede ser algo similar a este, tomando como referencia una región del interior peninsular como La Rioja, con valle del Ebro y zonas montañosas en la Ibérica, y su clima de valles:

Miércoles y jueves: primavera de manual bajo el anticiclón

Tras el temporal, los primeros días con anticiclón suelen ser una especie de postal primaveral casi perfecta. Los cielos se muestran poco nubosos, con alguna bruma o bancos de niebla matinales que se disipan rápido en cuanto el sol gana fuerza. Los vientos soplan flojos, normalmente de componente norte o noroeste, sin rachas destacables.

Las temperaturas máximas se disparan respecto a las jornadas frías anteriores: en los valles pueden alcanzarse fácilmente los 24-26 ºC, mientras que en las zonas de montaña las máximas rondan los 18-20 ºC. Sin embargo, las mínimas todavía notan el recuerdo del episodio frío, con valores cercanos a los 6-8 ºC en las zonas bajas y 4-6 ºC en la montaña.

Esta gran diferencia entre la temperatura nocturna y la diurna, la llamada amplitud térmica diaria, puede rondar los 20 ºC de diferencia, una firma muy clara de la primavera bajo dominio anticiclónico. Las noches siguen siendo frescas, pero las tardes son cálidas y agradables, con una sensación térmica muy cómoda.

El segundo día estable, normalmente el jueves, acostumbra a ser uno de los más tranquilos de toda la semana: ausencia total de precipitación, cielos azules y un sol generoso. Si comparamos con los valores medios para mediados de abril, las máximas pueden quedar entre 5 y 7 ºC por encima de lo habitual, algo que subraya el carácter templado de la situación.

Viernes: estabilidad reforzada y máximas en ascenso

Con el anticiclón todavía dominando sin problemas, el viernes suele continuar la tónica de estabilidad con un ligero repunte de las temperaturas máximas. En el valle del Ebro, por ejemplo, es fácil rozar los 25-26 ºC, con la posibilidad de llegar a los 27 ºC en zonas de la mitad oriental.

Durante la segunda mitad del día aparecen algunas nubes medias y altas, que más que complicar el tiempo, simplemente decoran el cielo sin dejar lluvia. El viento gira a componente oeste, pero sigue siendo flojo, sin rachas que llamen la atención. La sensación global es de tiempo plenamente primaveral, con ambiente cálido en las horas centrales.

Sábado: más nubes pero sin cambio de patrón

El sábado suele introducir un pequeño matiz dentro de la situación general de estabilidad. Las altas presiones tienden a desplazarse algo hacia el Atlántico, lo que favorece un flujo marítimo de noroeste que inyecta algo más de humedad en capas bajas. Esa humedad extra se traduce en más nubosidad, especialmente durante la mañana.

En estas jornadas se habla de intervalos nubosos, sin llegar a una situación de cielo totalmente cerrado. Las temperaturas máximas experimentan un ligero descenso respecto a los días previos, quedando en torno a los 20-22 ºC en los valles. No se trata de un verdadero cambio de tiempo, sino de un respiro dentro de un patrón estable.

Los modelos suelen mostrar muy poca precipitación significativa en el valle. A lo sumo, puede registrarse alguna llovizna muy débil y dispersa en las laderas de montaña expuestas al flujo de noroeste, pero sin entidad para hablar de un nuevo episodio de lluvias. El anticiclón sigue mandando, aunque algo retirado.

Domingo y lunes: condiciones para que aparezcan tormentas

Cuando nos acercamos al domingo y al lunes, la fiabilidad de los pronósticos disminuye un poco, y conviene manejar las previsiones con cierta prudencia. No obstante, los modelos suelen coincidir en que, si no hay cambios bruscos, las temperaturas máximas tienden a remontar de nuevo.

En este escenario, el domingo podría recuperar valores de 23-25 ºC en el valle y el lunes acercarse a los 27-28 ºC, siempre bajo un cielo de intervalos nubosos. Lo interesante es que empiezan a aparecer señales de inestabilidad en forma de posibles tormentas, especialmente en áreas de montaña como la Ibérica, donde la convección es más fácil.

Esas tormentas, si se desarrollan con la suficiente organización y desplazamiento, podrían extenderse a zonas de valle, aunque no siempre lo hacen. A menudo se quedan confinadas en la montaña, descargando chaparrones y aparato eléctrico en cotas medias y altas, sin afectar de forma relevante a las grandes llanuras.

¿Va a llover durante la semana tras el anticiclón?

Una de las preguntas recurrentes cuando llega un anticiclón tras un temporal invernal es si vamos a tener más lluvias a corto plazo. En regiones de valle como el Ebro, durante los primeros días de dominio anticiclónico la lluvia es prácticamente descartable. Las primeras jornadas pueden dejar alguna llovizna residual en la montaña, pero nada importante.

A medida que el anticiclón se mueve ligeramente y cambian los flujos de viento, sobre todo hacia el fin de semana, aumenta la probabilidad de tormentas en las sierras. Estas tormentas son muy irregulares: en algunos puntos descargan con intensidad, mientras que a pocos kilómetros apenas caen cuatro gotas.

Para el valle, la clave es si esas células tormentosas tienen suficiente desarrollo y recorrido. En caso afirmativo, podrían dejar chubascos localmente moderados, pero lo normal es que el acumulado de lluvia semanal siga siendo muy discreto después del gran temporal inicial.

En este tipo de situaciones, los organismos oficiales como AEMET suelen indicar que la semana será, como conjunto, más cálida de lo normal y con pocas lluvias significativas, reforzando la idea de que las altas presiones seguirán dominando buena parte del periodo.

Preguntas frecuentes sobre el anticiclón tras el episodio invernal

Cuando el tiempo da un giro tan brusco, surgen dudas bastante comunes. Las más habituales tienen que ver con el alcance de las temperaturas, la duración del periodo estable y el riesgo de heladas tardías.

Respecto a las temperaturas máximas, en este tipo de episodios se sitúan fácilmente entre 5 y 7 ºC por encima de la media climatológica para mediados de primavera. No es raro ver máximas de 24-26 ºC, e incluso cercanas a 27 ºC en algunas comarcas, cuando lo normal sería estar en torno a 18-20 ºC.

Sobre cuánto dura este tiempo estable, la experiencia y los modelos indican que, una vez que el anticiclón se asienta, puede mantenerse durante al menos una semana completa. En ocasiones, las previsiones semanales hablan incluso de periodos de 10-15 días con anomalías cálidas y pocas precipitaciones, aunque la incertidumbre crece cuanto más lejos miramos.

Otra cuestión importante es si todavía puede helar. En los valles, con mínimas rondando los 6-8 ºC, las heladas prácticamente desaparecen. Sin embargo, en zonas altas de la Ibérica u otras cordilleras aún pueden darse heladas débiles en las primeras noches tras el temporal, especialmente cuando el cielo queda completamente despejado y el viento es muy flojo.

Qué es exactamente un anticiclón y por qué trae estabilidad

Desde el punto de vista meteorológico, un anticiclón es una región de la atmósfera donde la presión es más alta que en las áreas circundantes. Suele asociarse a un tiempo tranquilo, con pocas nubes y ausencia de precipitaciones continuadas. La clave está en el movimiento del aire dentro de esa estructura de alta presión.

En un anticiclón, el aire tiende a descender desde niveles medios y altos de la troposfera hacia la superficie. Este movimiento descendente se denomina subsidencia. Al bajar, el aire se comprime, se calienta y se seca, lo que dificulta mucho la formación de nubes de desarrollo vertical y, en consecuencia, la aparición de lluvias.

No obstante, un anticiclón no siempre se traduce en cielos despejados y sol radiante. En zonas interiores y en pleno invierno, esa misma subsidencia puede estancar el aire frío y húmedo cerca del suelo, dando lugar a nieblas persistentes y una marcada inversión térmica. En esta situación, el aire más cálido queda por encima y el más frío se queda atrapado en superficie.

En el hemisferio norte, el aire en un anticiclón gira de forma horaria alrededor del centro de altas presiones, mientras que en una borrasca (zona de bajas presiones) lo hace en sentido antihorario. Además, en las borrascas el aire asciende, se enfría y favorece la formación de nubes y precipitaciones, justo lo contrario que en los anticiclones.

Diferencias entre anticiclón y borrasca

Para entender bien el papel de un anticiclón tras un episodio invernal, conviene tener claras las diferencias fundamentales con las borrascas. En primer lugar, el valor de la presión atmosférica: en un anticiclón hablamos de presiones por encima de 1013 hPa, mientras que en una borrasca suelen situarse por debajo de ese valor de referencia.

En segundo lugar, el movimiento vertical del aire es opuesto. En los anticiclones, el aire desciende y comprime, reduciendo la inestabilidad; en las borrascas, el aire asciende, se expande y se enfría, generando nubosidad y tiempo revuelto. De ahí que asociemos, a grandes rasgos, anticiclón con buen tiempo y borrasca con mal tiempo.

Por último, la circulación del viento en superficie también difiere. En nuestro hemisferio, el aire gira en sentido horario en los anticiclones y antihorario en las borrascas. Esta circulación, además, condiciona la dirección de los vientos dominantes en cada situación y, con ello, el origen de las masas de aire que nos afectan.

Cómo se forma un anticiclón y qué tipos existen

La formación de un anticiclón, a diferencia de lo que ocurre con una borrasca bien desarrollada, no deja estructuras tan espectaculares vistas desde satélite. No veremos grandes espirales de nubes, sino más bien zonas relativamente despejadas o con nubosidad baja y uniforme, según la época del año y la región.

Un anticiclón se origina cuando una masa de aire queda prácticamente estacionaria, con poca influencia del viento, y comienza a descender hacia la superficie. Al bajar, aumenta la presión y también lo hace la temperatura del aire por compresión, lo que inhibe las corrientes ascendentes que formarían nubes de mayor desarrollo vertical.

En este contexto, las nubes medias y altas tienen muy difícil prosperar, mientras que las nubes bajas, como las nieblas o estratos, pueden sobrevivir o formarse en capas muy cercanas al suelo. Por eso, en invierno podemos tener anticiclón y, sin embargo, vivir jornadas grises y frías en los valles, pese a la estabilidad general de la atmósfera.

Dentro de los anticiclones, distinguimos dos grandes tipos según su origen: el anticiclón dinámico y el anticiclón térmico. Ambos aportan estabilidad, pero las temperaturas asociadas y las condiciones concretas de tiempo pueden ser muy diferentes.

Anticiclón dinámico

El anticiclón dinámico es el más habitual en España y gran parte de Europa. Se forma en zonas donde las masas de aire, dentro de la circulación general de la atmósfera, divergen en altura. Esa divergencia obliga al aire a descender en niveles inferiores, generando la alta presión en superficie.

Es típico de regiones subtropicales y está asociado a tiempo estable, cielos relativamente despejados y temperaturas más bien altas durante el día. En verano, este tipo de anticiclón puede ser el responsable de olas de calor prolongadas; en primavera y otoño, de semanas enteras de tiempo anticiclónico templado.

Anticiclón térmico

El anticiclón térmico, por el contrario, se forma por un enfriamiento muy acusado del aire en superficie. Suele aparecer en zonas interiores, alejadas de la influencia del mar, como grandes desiertos continentales o las amplias llanuras cercanas a los polos, donde la radiación solar es escasa durante el invierno.

En estos lugares, el aire se va enfriando día tras día, sin apenas renovación, acumulando aire muy denso y frío junto al suelo. Esa acumulación genera una zona de alta presión extremadamente robusta, que puede mantenerse durante semanas o incluso meses, hasta que la radiación solar vuelve a ganar fuerza en primavera.

Ejemplos clásicos de este tipo de anticiclón son el anticiclón siberiano o el anticiclón térmico de Groenlandia. Ambos actúan como enormes depósitos de aire muy frío, capaces de enviar pulsaciones gélidas hacia Europa y otras regiones cuando la circulación en chorro lo permite.

Anticiclones de bloqueo y patrones de circulación

Un capítulo aparte merece el papel de los anticiclones de bloqueo, que son estructuras de altas presiones capaces de alterar el flujo normal de la atmósfera a gran escala durante varios días o incluso semanas. Estos bloqueos se caracterizan por presentar un régimen de vientos anómalo en la alta troposfera, prácticamente estacionario o incluso retrógrado.

Se denominan de bloqueo porque impiden la circulación zonal típica del oeste hacia el este, forzando a las borrascas y a las ondas de Rossby a rodear la zona anticiclónica o a desviarse notablemente de su trayectoria habitual. Además, estos patrones pueden amplificarse con la altura y propagarse hacia la estratosfera, interactuando con el vórtice polar.

En superficie, los anticiclones de bloqueo pueden traducirse en episodios de lluvias prolongadas, temporales de frío intenso o largos periodos de sequía, según cómo y dónde se sitúen. En el sector euroatlántico, por ejemplo, un bloqueo sobre Groenlandia tiende a debilitar la NAO (Oscilación del Atlántico Norte) y favorece la llegada de aire frío a Europa occidental.

Los meteorólogos prestan especial atención a estos bloqueos en la franja de 55º N a 70º N, donde su presencia o ausencia condiciona con fuerza el tiempo invernal en Europa y Norteamérica. Además, su interacción con el vórtice polar puede desencadenar calentamientos estratosféricos, desplazamientos o incluso divisiones del propio vórtice en dos núcleos.

El diagnóstico de estos patrones se realiza con ayuda de mapas de viento en altura e imágenes de vapor de agua, que permiten visualizar dobleces de la tropopausa, chorros polares y subtropicales, vaguadas y dorsales. Todo ello ayuda a anticipar si un bloqueo va a formarse, mantenerse o disiparse, y qué tipo de impacto tendrá sobre el tiempo a escala regional.

Los grandes anticiclones del planeta y su influencia en España

A escala planetaria, existen varios sistemas de alta presión que juegan un papel clave en el clima regional. Algunos de ellos afectan de manera directa o indirecta a la península ibérica, modulando la llegada de borrascas, las intrusiones de aire frío o los episodios de calor extremo.

El ejemplo más conocido es el anticiclón de las Azores, un anticiclón dinámico subtropical que suele ubicarse en el Atlántico norte, cerca del archipiélago del mismo nombre. Durante el verano, se refuerza y se desplaza hacia el noreste, creando un auténtico escudo que bloquea la llegada de borrascas atlánticas a la península.

En invierno, el anticiclón de las Azores se debilita y se mueve más en latitud, lo que permite la entrada de borrascas y frentes asociados que dejan temporales de lluvia y nieve en gran parte de España. En ocasiones, sin embargo, puede reforzarse en latitudes inusualmente altas, generando periodos prolongados de estabilidad incluso en plena estación fría.

Por otro lado, el anticiclón siberiano es un gigante térmico que se forma sobre la vasta Siberia rusa durante el invierno. Es uno de los mayores almacenes de aire frío del planeta y, cuando se combina con el anticiclón de las Azores a través de un “puente” de altas presiones, puede canalizar aire siberiano muy frío hacia Europa occidental y la península ibérica.

Otros anticiclones importantes son el del Pacífico Norte, que influye en la costa oeste de Norteamérica; el del Atlántico Sur, cerca de Brasil y Argentina; el del Pacífico Sur, en torno a la isla de Pascua; o el de Hawái, que contribuye a generar los vientos alisios y un clima cálido y estable en muchas islas del Pacífico. Todos ellos forman parte de la misma maquinaria atmosférica global.

Anticiclón de bloqueo, NAO negativa y trenes de borrascas

En los últimos inviernos se han observado episodios en los que un anticiclón de bloqueo en latitudes altas ha favorecido la llegada de un auténtico tren de borrascas a la península ibérica. Enero y febrero de algunos años recientes han estado marcados por una sucesión casi continua de depresiones profundas, con acumulados de precipitación muy por encima de lo normal.

Este tipo de situaciones se relaciona con fases negativas de la NAO (Oscilación del Atlántico Norte). La NAO mide la diferencia de presión entre el anticiclón de las Azores y la borrasca de Islandia. Cuando ambos sistemas se debilitan, el gradiente de presión disminuye y las borrascas tienden a circular más al sur, impactando de lleno en España.

En esas fases negativas, se abren auténticas “autopistas” para las borrascas, a veces alimentadas por ríos atmosféricos muy cargados de humedad procedente de zonas tropicales. La deformación del chorro polar y subtropical también juega su papel, aunque la relación exacta con el calentamiento global sigue siendo objeto de estudio.

Tras ese tren de borrascas, no es extraño que el patrón cambie bruscamente y se forme un anticiclón muy potente, con dorsal cálida incluida, que induce una especie de “coma meteorológico”: tiempo extremadamente estable, temperaturas altas para la época y ausencia casi total de lluvia durante varios días o semanas.

Impacto del anticiclón en la calidad del aire y la vida cotidiana

En invierno, cuando un anticiclón se instala sobre el hemisferio norte, no solo genera frío intenso y cielos despejados en muchas zonas; también provoca que el aire se renueve muy poco debido a la estabilidad y las altas presiones. Como consecuencia, se acumulan contaminantes como óxidos de nitrógeno (NOx), dióxido de carbono (CO₂) y partículas en suspensión (PM10), sobre todo en áreas urbanas.

Esta acumulación de contaminantes es especialmente perjudicial para personas mayores, niños y pacientes con patologías cardíacas o respiratorias. Las ciudades pueden entrar en episodios de mala calidad del aire, con cielos blanquecinos o brumosos, aun sin haber nubes, y con restricciones de tráfico ante los picos de polución.

La movilidad individual y el consumo de energía influyen de forma directa en este problema. Apostar por el transporte público, la bicicleta o los desplazamientos a pie reduce las emisiones de un sector, el del transporte, que representa cerca del 30 % de las emisiones de CO₂ en la Unión Europea.

También ayudan una conducción eficiente, el mantenimiento periódico del vehículo y una presión adecuada de los neumáticos, ya que estas medidas disminuyen el consumo de combustible y, con él, las emisiones. A nivel empresarial, agrupar pedidos y racionalizar entregas reduce el número de viajes y contribuye a mejorar el aire que respiramos durante periodos anticiclónicos prolongados.

Anticiclón para niños: explicar el buen tiempo sin complicaciones

Si queremos explicarle a un niño qué es un anticiclón, podemos decir que es una zona del cielo donde el tiempo está tranquilo: no hay apenas viento, casi no llueve y suele hacer sol. Es el tipo de tiempo que asociamos a los días agradables en los que se puede salir al parque sin paraguas ni abrigo demasiado grueso.

La borrasca, en cambio, se puede describir como la “enemiga” del buen tiempo: trae lluvia, viento y, muchas veces, frío. Así es más fácil que los más pequeños relacionen la palabra anticiclón con sol y temperaturas suaves, y la palabra borrasca con nubes oscuras, chubascos y mal tiempo.

Anticiclón y cambio climático: una relación cada vez más importante

La relación entre anticiclones y cambio climático es un campo de investigación en constante evolución. No hay un consenso rotundo sobre cómo van a cambiar las altas presiones en todas las estaciones, pero sí se observa una tendencia clara en verano: los anticiclones parecen más frecuentes, más duraderos y situados a latitudes algo más altas.

Este desplazamiento y refuerzo en los meses cálidos implica más días de sol, menos lluvia y un aumento en la desertificación de ciertas zonas, con temperaturas altas durante más tiempo sin episodios de alivio. En la península ibérica, esto se traduce en veranos más largos e intensos, con impacto directo en los recursos hídricos, la agricultura y la salud.

Algunos estudios apuntan también a una posible ralentización de la circulación atmosférica en el Atlántico Norte, lo que podría favorecer descuelgues de aire muy frío hacia Europa y España en determinados inviernos. De momento, sin embargo, los últimos inviernos han mostrado patrones más templados de lo que cabría esperar de ese escenario.

En cualquier caso, la combinación de episodios invernales muy húmedos, seguidos de potentes anticiclones cálidos que bloquean la llegada de nuevas lluvias, encaja con la idea de una atmósfera más extrema y con contrastes más acusados. Es decir, periodos muy lluviosos alternando con fases de sequía preocupante, algo a lo que habrá que adaptarse en planificación y gestión del agua.

Tras un episodio invernal intenso, la llegada de un anticiclón no solo nos regala jornadas de cielos despejados y temperaturas más agradables, también marca el inicio de un nuevo patrón atmosférico con efectos sobre la lluvia, la calidad del aire, la energía que consumimos y hasta la salud de los más vulnerables; entender cómo se forma, cuánto puede durar y de qué tipo es nos ayuda a interpretar mejor los vaivenes del tiempo y a prepararnos para un clima en el que estos contrastes serán, con mucha probabilidad, cada vez más habituales.

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