La cadena volcánica Los Coconucos, en el departamento colombiano del Cauca, atraviesa un periodo de vigilancia muy estrecha tras la declaración de Alerta Naranja por el volcán Puracé. Los informes científicos describen un sistema volcánico activo, con cambios internos significativos, aunque sin señales inmediatas de erupción inminente.
Las autoridades de Colombia y los servicios de observación geológica en América y Europa siguen de cerca la evolución de este escenario, ya que fenómenos de este tipo se analizan como referencia para la gestión del riesgo volcánico en otros territorios del cinturón de fuego y, por extensión, en zonas volcánicas europeas como Italia, Islandia o Canarias. El mensaje central de los expertos es claro: prudencia, distancia de los cráteres y atención a la información oficial.
Qué implica la Alerta Naranja en el volcán Puracé

El nivel de Alerta Naranja decretado para el volcán Puracé indica que el sistema presenta cambios importantes en los parámetros monitoreados, con una actividad superior a la habitual y una probabilidad mayor de variaciones súbitas en su comportamiento. No significa que la erupción sea inevitable o inmediata, pero sí que el volcán atraviesa una fase delicada en la que se deben extremar las precauciones.
Los especialistas del Servicio Geológico Colombiano (SGC) explican que, en este nivel, es normal observar fluctuaciones en la actividad: días con más sismos o más emisión de gases, seguidos de otros aparentemente más tranquilos. Esta alternancia no debe interpretarse como una vuelta a la calma duradera, porque el sistema interno sigue mostrando señales de inestabilidad.
Para reducir el estado a alerta amarilla, las redes de vigilancia necesitan registrar durante un tiempo prudente una tendencia clara y sostenida a la baja en todos los indicadores: sismicidad, emisiones de gases, deformación del terreno y parámetros térmicos. De momento, los datos apuntan a un entorno todavía muy activo, por lo que se mantienen los protocolos reforzados.
La decisión de conservar la Alerta Naranja se apoya en boletines técnicos diarios y extraordinarios que recogen tanto las mediciones instrumentales como las observaciones de campo. Este enfoque es similar al que se aplica en otros países con volcanes activos, incluidos varios estados europeos, donde la gestión del riesgo se basa también en escalas de alerta graduadas y revisiones constantes.
Actividad sísmica: movimiento de fluidos y fracturamiento de roca
Los informes recientes coinciden en que el rasgo más destacado de la actividad actual es la sismicidad asociada al movimiento de fluidos internos. Se han detectado de forma persistente sismos de Largo Periodo (LP) y pulsos de tremor, vinculados a la circulación de gases y fluidos volcánicos bajo el edificio principal del Puracé.
Estos eventos se localizan, en su mayoría, directamente bajo el cráter y a profundidades inferiores a un kilómetro. Este patrón sugiere la presencia de columnas de gases ascendentes y la posible interacción entre fluidos calientes y las estructuras internas del volcán, un comportamiento que suele anticipar ajustes en la presión interna del sistema.
En paralelo, el SGC describe una sismicidad de baja magnitud asociada al fracturamiento de roca. Este tipo de sismos se ha concentrado sobre todo bajo los volcanes Puracé y Piocollo, con hipocentros situados entre uno y dos kilómetros de profundidad, e incluso en sectores algo más alejados, a varios kilómetros al este del cráter principal, lo que evidencia una distribución amplia de los procesos internos.
Aunque el número total de estos sismos por fractura ha disminuido respecto a fases anteriores de mayor agitación, los expertos insisten en que una reducción temporal en el conteo de eventos no implica, por sí sola, que el sistema se haya estabilizado. En la dinámica volcánica es frecuente que se alternen periodos de aparente calma con reactivaciones súbitas.
Esta lectura cuidadosa de la sismicidad es clave también para los centros europeos de vigilancia volcánica, que comparan patrones registrados en Colombia con los de volcanes como el Etna o el Vesubio para afinar modelos de predicción y protocolos de respuesta en sus propias regiones.
Emisión de gases y cambios en la temperatura del cráter

Además de la sismicidad, otro indicador clave es la emisión continua de gases volcánicos. Los reportes señalan que se mantienen las emanaciones de dióxido de azufre (SO₂) y otros gases a través de grietas y fumarolas, especialmente en los cráteres de Curiquinga y Piocollo, que forman parte del mismo complejo.
El dióxido de azufre es un gas muy utilizado como trazador de actividad magmática, ya que su presencia indica que existe un aporte de gases desde zonas profundas del sistema. En Puracé, los técnicos subrayan que esta señal se ha mantenido en el tiempo, aunque sin asociarse a explosiones visibles ni a columnas de ceniza.
Hasta el momento, la totalidad de los informes consultados coinciden en un punto clave: no se han identificado emisiones de ceniza relacionadas con la actividad actual. Este dato es relevante tanto para la población colombiana como para la aviación internacional, incluida la europea, donde la dispersión de cenizas volcánicas puede obligar a modificar rutas aéreas si el escenario cambia.
Los sistemas de observación satelital, empleados también de forma sistemática en Europa, registran además un descenso en la temperatura del cráter del Puracé. Esta bajada térmica se interpreta en el contexto de la dinámica de salida de gases y de la ventilación del sistema. Los científicos remarcan que una disminución de la temperatura en superficie no debe confundirse con un «apagado» del volcán, ya que el interior puede seguir muy activo.
En conjunto, la combinación de gases constantes, ausencia de ceniza y variaciones térmicas moderadas dibuja un escenario de actividad persistente pero todavía contenida, que requiere control continuo y capacidad de reacción rápida ante cualquier cambio brusco en los parámetros.
Lahares y efectos de las lluvias en la cadena Los Coconucos

Más allá de los procesos internos, la interacción entre el volcán y las condiciones meteorológicas también ha dejado huella en los últimos días. Uno de los boletines del SGC informó sobre la detección de un flujo de lodo o lahar secundario en el sector nororiental del Puracé, registrado el 12 de enero a primera hora de la tarde.
Este lahar se identificó gracias a los registros sísmicos de la red de vigilancia y estuvo relacionado con lluvias intensas y la remoción de cenizas previamente depositadas en las partes altas de los volcanes Puracé, Piocollo y Curiquinga. Según la entidad, el evento fue de tamaño reducido y no supuso un peligro directo para las poblaciones cercanas.
Con todo, los expertos advierten de que procesos similares pueden repetirse mientras persistan episodios de fuertes precipitaciones en zonas donde se acumule material volcánico suelto. En otros contextos volcánicos, incluidos algunos enclaves europeos, este tipo de flujos secundarios ha llegado a causar daños considerables en infraestructuras, por lo que su seguimiento se considera prioritario.
El caso de Puracé ilustra cómo la combinación de actividad volcánica y fenómenos meteorológicos puede generar riesgos adicionales, incluso cuando el volcán no está expulsando lava o grandes cantidades de ceniza. Esta visión integrada de volcán y clima está ganando peso en la planificación del riesgo tanto en América Latina como en Europa.
En este sentido, los equipos de gestión del riesgo recomiendan mantener despejados los cauces y zonas de drenaje natural de la montaña, evitar asentamientos en áreas de posible paso de lodo y revisar periódicamente las rutas de evacuación para anticipar cierres temporales si las lluvias se intensifican.
Recomendaciones oficiales: distancia, información verificada y planes de emergencia

La instrucción más repetida por el Servicio Geológico Colombiano y la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) es tajante: no acercarse a los cráteres de Puracé, Piocollo y Curiquinga ni a sus alrededores. Esta llamada afecta tanto a turistas y excursionistas como a residentes, campesinos y ganaderos que trabajan habitualmente en la zona.
Las bocas volcánicas concentran los principales peligros directos: emanación de gases tóxicos, grietas activas, colapsos del terreno y explosiones súbitas de pequeño o mediano alcance. Aunque la actividad pueda parecer moderada o «tranquila» a simple vista, los procesos internos no siempre se reflejan en la superficie de manera evidente.
De ahí que las autoridades insistan en que la mejor protección es mantener una distancia prudente de las zonas de mayor riesgo y seguir únicamente la información que se difunde a través de los canales oficiales del SGC, la UNGRD y las administraciones locales y departamentales. Los rumores o mensajes sin respaldo técnico pueden llevar a decisiones equivocadas, como acercarse a observar el volcán en momentos inadecuados.
En el municipio de Puracé, las autoridades locales han informado de que, desde la declaración de la Alerta Naranja, se trabaja junto a los organismos nacionales en la identificación de albergues temporales y la actualización de los planes de contingencia para la denominada zona de riesgo número uno. Este tipo de organización previa es muy similar a la que se recomienda en territorios europeos con volcanes activos, como las islas Canarias o algunas áreas de Italia.
Mientras se mantiene la Alerta Naranja, las instrucciones de seguridad individual y colectiva continúan plenamente vigentes. Las comunidades cercanas deben tener preparados itinerarios de evacuación, puntos de encuentro y kits básicos de emergencia, aun cuando el escenario actual no implique una evacuación inmediata. La lógica es sencilla: es mejor estar preparados antes de que el volcán dé un salto en su comportamiento.
La situación actual del volcán Puracé y la cadena Los Coconucos dibuja un paisaje de vigilancia constante, con un sistema interno muy activo, emisiones de gases sostenidas y episodios puntuales como pequeños lahares, pero sin erupción explosiva ni caída de ceniza hasta la fecha. La combinación de monitoreo científico continuo, coordinación entre entidades de gestión del riesgo y una ciudadanía bien informada y prudente se perfila como la herramienta más eficaz para reducir impactos, una lección que resulta útil no solo para Colombia sino también para otras regiones volcánicas de Europa y del resto del mundo.
