
El acoso a meteorólogos y divulgadores del cambio climático ha dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en un problema estructural que se hace fuerte en las redes sociales. En los últimos años, profesionales que explican al público fenómenos meteorológicos extremos o el calentamiento global se han visto sometidos a oleadas de insultos, campañas coordinadas y amenazas que van mucho más allá del debate razonable.
Ante esta situación, el Gobierno ha decidido dar un paso más y poner en conocimiento de la Fiscalía de delitos de odio estas dinámicas de hostigamiento. La vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen, ha anunciado el envío de una carta formal en la que se detallan los patrones de estos ataques y se adjuntan informes académicos y de verificación que documentan el auge del negacionismo climático y los discursos de odio contra quienes lo combaten con datos.
La carta del Gobierno a la Fiscalía de delitos de odio
La misiva que prepara el Ejecutivo busca que la Fiscalía tenga constancia de que las campañas de acoso contra meteorólogos, periodistas científicos y divulgadores climáticos se están convirtiendo en una realidad cotidiana. No se trata de simples discusiones polarizadas: en muchos casos, los afectados describen amenazas explícitas, insultos continuados y ataques personales que acaban afectando a su labor profesional e incluso a su vida privada.
Según ha explicado Aagesen, el objetivo es que este fenómeno quede registrado en la memoria anual de la Fiscalía, donde se recogen nuevas circunstancias que podrían encajar en tipos penales vinculados al odio o la discriminación. La intención del Ejecutivo no es señalar opiniones críticas, sino advertir de la existencia de campañas organizadas de hostigamiento que se dirigen, de forma sistemática, contra quienes comunican ciencia del clima.
La ministra ha recalcado que muchos de los afectados se sienten sin herramientas claras para defenderse. Denuncian que, ante el volumen y la agresividad de los ataques, resulta complicado que plataformas, administraciones o tribunales actúen con rapidez. De ahí que la carta pretenda ser también una especie de llamada de atención institucional para abrir el debate sobre nuevas formas de protección frente a estas campañas.
En el texto se subraya que los ataques no solo recaen sobre personas concretas, sino también sobre instituciones y organismos públicos que trabajan en meteorología o en divulgación climática. Se denuncia que estas entidades están siendo objeto de una estrategia de descrédito que intenta sembrar dudas sobre la validez de los datos científicos y los avisos meteorológicos oficiales.
La carta busca, en definitiva, que el Ministerio Público disponga de información detallada sobre la magnitud del acoso a meteorólogos y divulgadores y pueda valorar si estas conductas deben ser consideradas, en determinados casos, como delitos de odio u otras figuras penales relacionadas.
El caso AEMET y el acoso por fenómenos extremos
Uno de los ejemplos que más se ha mencionado desde el Gobierno es el de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET). En episodios recientes de fenómenos extremos, como la dana de Valencia, los portavoces de la agencia recibieron miles de mensajes en redes sociales cargados de odio y descalificaciones personales, hasta el punto de incluir amenazas de muerte y acusaciones sin ningún sustento científico.
Estos episodios ponen de relieve cómo, cuando se comunica un episodio meteorológico intenso o se explica su posible conexión con el cambio climático, un sector negacionista responde organizando campañas masivas de acoso. El objetivo no parece ser tanto discutir los datos, sino intimidar a quienes los difunden y generar un clima de miedo que termine por silenciar determinadas voces en el debate público.
En el caso de AEMET, los ataques no se limitan a la crítica a un pronóstico concreto. Con frecuencia se cuestiona la propia razón de ser de la agencia, se difunden bulos sobre supuestas manipulaciones de datos y se intenta vincular su trabajo con conspiraciones políticas o intereses ocultos. Esta dinámica ha llevado a algunos de sus portavoces a reconocer que, antes de publicar información, valoran el posible aluvión de insultos que puede desencadenarse.
Para la comunidad científica y meteorológica, estos episodios representan un riesgo añadido: si quienes deben informar a la ciudadanía sobre fenómenos peligrosos se ven presionados por campañas de odio, puede resentirse la calidad y claridad de los avisos, justo en un momento en que los eventos extremos son cada vez más frecuentes por el calentamiento global.
De ahí que el caso AEMET se cite como un ejemplo paradigmático en la carta a la Fiscalía. Se considera que refleja una tendencia más amplia en la que instituciones que trabajan con datos científicos pasan a ser el blanco preferente de los discursos negacionistas y conspiracionistas que se amplifican a través de las redes.
Informes académicos que documentan el acoso y el negacionismo
La iniciativa del Gobierno no se basa solo en testimonios individuales. La carta que se remitirá a la Fiscalía incluye referencias a varios estudios académicos y de verificación que han analizado con detalle cómo actúan los grupos negacionistas del clima en España, especialmente en el entorno digital.
Entre los documentos destacados figura un informe de 124 páginas de la plataforma Ecodes, centrado en la desinformación, el negacionismo y los discursos de odio en la red social X. Este trabajo examina cómo se construyen y difunden los mensajes que niegan la realidad del cambio climático, cómo se coordinan determinados perfiles y qué papel juegan los algoritmos en la viralización de contenidos engañosos o agresivos, y puede complementarse con documentales sobre ciencia.
También se cita un estudio de la Universidad de Salamanca dedicado a los discursos de odio, el anticlimatismo y la desinformación climática en redes sociales. Este análisis se fija no solo en los mensajes explícitos que niegan el consenso científico, sino también en las formas más sutiles de erosionar la confianza en la ciencia, recurriendo a burlas, mofas personales o teorías conspirativas.
Otro de los trabajos mencionados ha sido elaborado por las universidades de La Rioja, Valladolid y Cádiz, y se centra específicamente en los discursos de odio dirigidos contra la Agencia Estatal de Meteorología. Este estudio detalla cómo, a raíz de determinados avisos meteorológicos o informes sobre cambio climático, se disparan los comentarios despectivos, los insultos y las acusaciones infundadas contra el organismo y sus profesionales.
La carta incluye además un informe de la plataforma de verificación Maldita, que lleva años analizando los bulos y desinformaciones relacionados con el clima. Sus trabajos muestran cómo determinados contenidos falsos se reciclan una y otra vez en distintos contextos, adaptándose a cada nuevo episodio meteorológico para sembrar dudas sobre la realidad del calentamiento global y cuestionar, de paso, a quienes lo explican.
Redes sociales: X y TikTok, epicentro del discurso de odio
Una de las conclusiones que comparten estos informes es que las redes sociales se han convertido en el principal campo de batalla del negacionismo climático. Plataformas como X y TikTok concentran un volumen considerable de mensajes que cuestionan la ciencia del clima, ridiculizan a los divulgadores y alimentan teorías de la conspiración.
Los estudios citados en la carta señalan que, en estas redes, casi la mitad de los contenidos relacionados con el cambio climático incluyen algún tipo de mensaje negacionista. Esto no significa que todo sea abiertamente agresivo, pero sí que hay una presencia constante de mensajes que cuestionan o trivializan el problema, dificultando que la ciudadanía pueda distinguir con facilidad entre información rigurosa y bulos.
Además, se constata que una parte importante de los ataques no se centra en el contenido que se discute, sino en la persona que lo emite. En lugar de rebatir datos o argumentos, los usuarios optan por insultar, ridiculizar el aspecto físico, cuestionar la trayectoria profesional o lanzar insinuaciones personales. Este tipo de comentarios forman un discurso de odio encubierto que, aunque a veces se presente como humor, termina generando un entorno hostil.
Los informes hablan de una tendencia marcada al antiintelectualismo y a la desconfianza hacia la experiencia científica. Se detectan mensajes que tildan de «vendidos» o «marionetas» a meteorólogos y divulgadores, insinuando que responden a intereses políticos o económicos ocultos. Este clima alimenta una sensación de que la ciencia forma parte de una trama ajena a la ciudadanía, lo que refuerza el rechazo a los mensajes sobre cambio climático.
Para los profesionales que trabajan en divulgación climática, esta realidad se traduce en un coste emocional y profesional. Muchos reconocen que piensan dos veces antes de publicar determinados contenidos, sabiendo que pueden desencadenar una avalancha de ataques, y algunos incluso han optado por reducir su presencia en redes o limitar su interacción con el público para evitar situaciones de desgaste continuo.
Testimonios de divulgadores y petición de más protección
El anuncio del envío de la carta a la Fiscalía se ha producido tras una reunión de la vicepresidenta Aagesen con divulgadores y divulgadoras especializados en cambio climático. Este encuentro, enmarcado en los diálogos por el Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática, ha servido para recopilar experiencias directas de acoso y escuchar propuestas sobre cómo mejorar la protección de quienes se exponen públicamente para hablar de ciencia.
Durante la reunión, varios comunicadores relataron cómo han tenido que lidiar con mensajes de odio constantes, campañas de señalamiento y, en algunos casos, con la publicación de datos personales o amenazas más graves. Muchos coinciden en que existe una sensación generalizada de indefensión, al percibir que las herramientas disponibles para frenar estos ataques son escasas o poco eficaces.
En este contexto se recordó también un manifiesto impulsado por las periodistas Valentina Raffio y Verónica Pavés, de EL PERIÓDICO y El Día de Tenerife, junto con la meteoróloga Isabel Moreno. El texto, respaldado por más de 40 entidades del ámbito del ecologismo y la comunicación, denuncia el auge de las campañas de acoso y reclama una implicación más decidida de responsables políticos, tribunales y plataformas digitales.
Entre las demandas planteadas figuran la necesidad de protocolos claros de actuación frente al acoso en redes, vías de denuncia más ágiles, mayor colaboración entre administraciones y empresas tecnológicas y formación específica para detectar y gestionar campañas coordinadas de odio. La sensación compartida es que, sin un apoyo institucional más firme, muchos divulgadores podrían acabar autocensurándose o abandonando espacios de debate clave.
El Gobierno, por su parte, ha mostrado disposición a seguir recogiendo testimonios y a trabajar con el sector para identificar medidas adicionales más allá de la carta a la Fiscalía. La idea es que esta iniciativa no se quede en un gesto simbólico, sino que abra la puerta a acciones concretas en distintos ámbitos: legal, educativo, comunicativo y tecnológico.
La situación descrita por meteorólogos y periodistas especializados en clima apunta a un cambio de fondo en la conversación pública: hablar de cambio climático y fenómenos extremos ya no es solo una cuestión científica, sino un terreno donde confluyen tensiones políticas, económicas y sociales que se traducen en presiones directas sobre quienes informan.
Todo este panorama muestra que el acoso a meteorólogos y divulgadores climáticos no es una anécdota, sino un síntoma de cómo el negacionismo y la desinformación han encontrado en las redes sociales un altavoz potente para cuestionar la ciencia y amedrentar a sus portavoces. El paso dado por el Gobierno con la carta a la Fiscalía, respaldado por informes académicos y por el testimonio de decenas de profesionales, busca abrir un debate urgente sobre cómo proteger a quienes se dedican a explicar el clima y el calentamiento global, y sobre qué responsabilidades deben asumir tanto las instituciones públicas como las plataformas digitales para frenar las dinámicas de odio que ponen en riesgo la calidad de la información y, en última instancia, el propio debate democrático.