3I/ATLAS, el visitante interestelar que pone a prueba a Júpiter y a la ciencia

  • 3I/ATLAS es el tercer objeto interestelar detectado y rozará la esfera de Hill de Júpiter en marzo de 2026.
  • Su dinámica hace prácticamente imposible que deje una nueva luna natural alrededor de Júpiter, lo que ha inspirado hipótesis de "firma tecnológica".
  • Observatorios europeos, como el TTT del Teide y el Hubble, han detectado un chorro o anticauda muy colimado y orientado hacia el Sol, inusual en cometas.
  • Radiotelescopios como Green Bank no han hallado señales artificiales, pero el encuentro con Júpiter será un experimento clave para entender la naturaleza de 3I/ATLAS.

Cometa interestelar 3I/ATLAS cerca de Júpiter

El objeto interestelar 3I/ATLAS se ha colado en la agenda de la astronomía mundial como uno de los visitantes más incómodos y fascinantes de los últimos años. Llegó desde fuera del Sistema Solar, cruzó la Nube de Oort y ahora se dirige hacia un encuentro muy cercano con Júpiter que, si todo sale como marcan las efemérides, convertirá marzo de 2026 en un auténtico examen para nuestras teorías sobre cometas, captura gravitatoria e incluso posibles firmas tecnológicas.

Un viajero interestelar con cita marcada en el vecindario de Júpiter

Trayectoria del cometa 3I/ATLAS por el Sistema Solar

3I/ATLAS es el tercer objeto interestelar identificado cruzando nuestro Sistema Solar, tras ‘Oumuamua y 2I/Borisov. No se formó aquí y, salvo que algo extraordinario lo desvíe, no volverá jamás. Su periplo arrancó a unas 100.000 unidades astronómicas del Sol, en la periferia de la Nube de Oort, y desde entonces ha ido perdiendo energía hasta colarse en la región donde la gravedad de Júpiter empieza a competir con la del propio Sol.

El punto clave de este viaje llegará en marzo de 2026. Los cálculos orbitales, que incluyen las pequeñas aceleraciones no gravitatorias típicas de los cometas, sitúan a 3I/ATLAS a unos 53,6 millones de kilómetros de Júpiter alrededor del 16 de marzo, prácticamente sobre el borde de su esfera de Hill, el volumen donde la atracción del planeta domina frente a las mareas solares. Es un cruce al límite del “territorio gravitatorio” joviano, mucho más ajustado de lo habitual para un objeto interestelar.

Un día después, el 17 de marzo, las efemérides señalan otro guiño a la estadística: el cometa pasará a unos 30 millones de kilómetros de Eupheme, una diminuta luna irregular de Júpiter de apenas 2 kilómetros de diámetro, integrante del llamado grupo de Ananke. Aunque esas distancias son enormes a escala humana, para la arquitectura del sistema joviano son encuentros sorprendentemente próximos.

En términos dinámicos, el paso de un cuerpo interestelar por el borde de la esfera de Hill de un planeta gigante es un experimento natural de captura. Lo previsible es que 3I/ATLAS se curve, salga algo perturbado y continúe hacia el exterior del Sistema Solar. Pero si dejara algo atrás —un fragmento o “hija” gravitatoriamente ligada a Júpiter— la física tendría que hilar muy fino para explicarlo.

Por eso, agencias y observatorios se preparan para un seguimiento intenso del encuentro. La sonda Juno vigilará el entorno del planeta in situ, mientras que los mayores telescopios terrestres de Europa y del resto del mundo se coordinarán para buscar cualquier cambio en el brillo del cometa, fragmentaciones o la aparición de nuevos puntos de luz ligados al sistema joviano.

Eupheme, las lunas irregulares y un laboratorio gravitatorio

En este escenario, una luna menor se ha ganado un papel inesperado: Eupheme, miembro del grupo de Ananke. Se trata de un satélite irregular, muy tenue, cuyo diámetro estimado ronda los 2 kilómetros si se asume un albedo bajo, típico de cuerpos oscuros. Forma parte de una familia de una quincena de lunas jovianas con órbitas similares.

Estas pequeñas lunas se mueven en trayectorias muy excéntricas, inclinadas y retrógradas, es decir, giran en sentido contrario a la rotación de Júpiter y lejos de su plano ecuatorial. Todo apunta a que proceden de la captura y fragmentación de un cuerpo progenitor que, en algún momento remoto, fue desgarrado por una colisión o por las fuerzas de marea del propio planeta.

Eupheme tarda alrededor de 588 días en completar una órbita en torno a Júpiter. A finales de enero de 2026 alcanzará su máxima distancia al planeta, en torno a 27,7 millones de kilómetros, pocas semanas antes del máximo acercamiento de 3I/ATLAS. El hecho de que el objeto interestelar pase tan cerca de la región ocupada por esta familia de lunas no implica peligro de colisión, pero sí convierte la zona en un laboratorio privilegiado para estudiar cómo interactúa un visitante de fuera con un enjambre de satélites capturados.

Con 95 lunas jovianas catalogadas y una población de fragmentos aún por censar, las probabilidades de encuentros cercanos no son ridículas. Aun así, la configuración concreta de marzo de 2026 —un cuerpo interestelar, un planeta gigante y una luna irregular en el mismo tablero— es infrecuente y ofrece una oportunidad única para poner a prueba nuestros modelos de captura y dispersión.

La “luna 96” que la física no sabe cómo fabricar

Sobre esta cita con Júpiter se ha construido una de las hipótesis más controvertidas en torno a 3I/ATLAS. El astrofísico Avi Loeb, profesor en Harvard, ha planteado un criterio muy sencillo de comprobar: si después del encuentro aparece una nueva luna ligada a Júpiter, con una órbita compatible con una captura reciente a partir del cometa, habría que plantearse seriamente si estamos ante una señal de intervención artificial.

Hoy por hoy, el catálogo recoge 95 satélites conocidos alrededor de Júpiter. Loeb habla de la hipotética “luna 96” como una especie de firma tecnológica: un objeto que no encaje dinámicamente con lo que la naturaleza puede producir sola. Su argumento se basa en números, no en suposiciones exóticas.

En el punto de máximo acercamiento, la velocidad relativa entre 3I/ATLAS y Júpiter será de unos 66 kilómetros por segundo. A esa distancia, la velocidad de escape del campo gravitatorio joviano cae a unos 2,2 km/s. Para que un fragmento del cometa pase de compartir el movimiento del cuerpo principal a quedar atrapado en una órbita estable, necesitaría un “empujón” de velocidad del orden de decenas de kilómetros por segundo, ajustado con una precisión extrema en módulo y dirección.

Los procesos naturales que provocan la fragmentación de cometas —roturas por marea, explosiones internas de volátiles, colisiones— generan velocidades relativas de separación de metros por segundo, quizá decenas en eventos extremos, pero no de kilómetros por segundo. Ni siquiera Júpiter, con su enorme masa, puede aportar esa energía extra a un trozo individual sin destruirlo por completo.

De ahí que Loeb concluya que la ventana para que un pedazo de 3I/ATLAS acabe como nueva luna es extraordinariamente estrecha para cualquier escenario natural. Si, pese a todo, tras el encuentro se confirmara la existencia de un nuevo satélite con las características dinámicas adecuadas, el propio diseño de la prueba obligaría a replantearse qué puede haber detrás: un error en los cálculos, alguna física aún no considerada o, en el límite, una intervención deliberada. Si no aparece nada, la hipótesis quedaría falsada de manera limpia.

Un cometa “extraordinariamente normal”… con un jet muy particular

Mientras la dinámica orbital acapara titulares, otra línea de investigación se centra en la actividad física del núcleo de 3I/ATLAS. Aquí, observatorios europeos han jugado un papel destacado. En el Observatorio del Teide, en Tenerife, el Two-meter Twin Telescope (TTT) ha liderado una campaña intensa de observación entre julio y septiembre de 2025, en el marco del proyecto PLANETIX25.

El equipo del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) detectó por primera vez un chorro de gas y polvo bien definido que sale del núcleo de este cometa interestelar, junto con una modulación periódica asociada a la rotación del cuerpo. Mediante técnicas de procesado de imagen —como la transformación laplaciana aplicada a la coma interna—, consiguieron resaltar una estructura tenue pero real, que vibra ligeramente alrededor del eje de giro.

Ese comportamiento permitió estimar el periodo de rotación del núcleo entre 14 y 17 horas, en línea con medidas previas obtenidas con el propio TTT, el Gran Telescopio Canarias y la Universidad Complutense de Madrid. Para los investigadores canarios, lo llamativo no es tanto la rareza del objeto como su familiaridad: 3I/ATLAS se comporta, en muchos aspectos, como un cometa “normal” del Sistema Solar.

Precisamente por eso, caracterizar con detalle este jet es tan valioso: ofrece una comparación directa entre la física de un núcleo prístino, formado en otro sistema planetario, y los cometas que conocemos en casa. La estructura del chorro, su evolución con la distancia al Sol y su respuesta a la rotación del núcleo aportan pistas sobre la distribución de hielos, grietas activas y procesos de sublimación en un objeto que ha pasado miles de millones de años viajando por el espacio interestelar.

Más allá de Canarias, el Telescopio Espacial Hubble ha añadido otra pieza al puzzle. Sus imágenes profundas han revelado algo todavía más desconcertante: un chorro o anticauda orientado hacia el Sol y extremadamente colimado, con una longitud de hasta unos 400.000 kilómetros, comparable a la distancia Tierra-Luna, que desafía las expectativas sobre cómo debería responder el material expulsado a la presión del viento solar.

La anticauda del Hubble y las alineaciones improbables

La última imagen del Hubble, tomada el 7 de enero de 2026, ha intensificado el debate. Tras aplicar un filtro de gradiente rotacional que atenúa las estructuras simétricas de la coma, emerge una configuración triple de chorros. El más llamativo es un haz estrecho y brillante que apunta prácticamente hacia el Sol, flanqueado por dos jets secundarios que se abren a ambos lados con un ángulo similar.

En un cometa convencional, la estructura dominante es una cola que se extiende en dirección opuesta al Sol, empujada por la presión de radiación y el viento solar. En 3I/ATLAS, en cambio, la estructura más intensa avanza contra ese viento, mientras que la cola “clásica” hacia el exterior apenas se aprecia. La longitud y colimación del haz principal recuerdan más, en palabras de Loeb, a un sistema de toberas bien alineadas que a una exhalación caótica de gas y polvo.

El mismo investigador ha llamado la atención sobre otra coincidencia geométrica. A partir del bamboleo del chorro observado en diferentes momentos de la trayectoria, junto a su colaborador Eric Keto ha inferido que el eje de rotación de 3I/ATLAS apunta hacia el Sol con una precisión mejor que unos pocos grados cuando el objeto está lejos de la estrella. En paralelo, la órbita del cometa se encuentra muy cerca del plano de la eclíptica, el plano en el que orbitan los planetas.

Si se asume que las orientaciones posibles son aleatorias, la probabilidad de que el eje de giro mire casi directamente al Sol es baja por sí sola; y lo mismo ocurre con que la trayectoria esté tan pegada a la eclíptica. Combinadas, las probabilidades caen por debajo de una entre diez mil, según las estimaciones publicadas por Loeb. No es una prueba de nada por sí misma, pero sí un recordatorio de que la geometría del sistema merece algo más que una nota al pie.

De hecho, ahí es donde asoma el desacuerdo con la narrativa oficial. En una rueda de prensa de noviembre de 2025, portavoces de la NASA presentaron a 3I/ATLAS como un cometa natural sin mayores sorpresas, pasando de puntillas por estas anomalías. Para Loeb, ese contraste entre los datos y la forma en que se comunican ilustra un problema más amplio: cómo decide la comunidad científica qué fenómenos merecen atención y cuáles se archivan como rarezas sin recorrido.

En paralelo a la discusión académica, el caso también ha llegado a los despachos de las agencias de inteligencia estadounidenses. Una respuesta de la CIA a una solicitud de acceso a la información sobre 3I/ATLAS se limitó a “ni confirmar ni negar” la existencia de documentos relacionados, una fórmula poco habitual aplicada a un objeto astronómico. Para algunos analistas, esto sugiere que, aunque la probabilidad de amenaza sea ínfima, el potencial impacto de un “cisne negro” tecnológico obliga a seguir el asunto de cerca.

Búsqueda de tecnofirmas: radio silenciosa y experimentos abiertos

Ante un objeto tan peculiar, era cuestión de tiempo que alguien mirara a 3I/ATLAS con ojos de SETI. El programa Breakthrough Listen, que emplea radiotelescopios de referencia mundial para buscar señales tecnológicas, dedicó varias horas de observación al visitante interestelar utilizando el radiotelescopio de Green Bank, en Estados Unidos.

El objetivo era sencillo: rastrear señales de radio de banda estrecha, un tipo de emisión muy eficiente para comunicar a grandes distancias y que la naturaleza apenas produce de forma espontánea. Se analizaron datos en el rango de 1 a 12 GHz durante una ventana de cinco horas el 18 de diciembre de 2025, en busca de transmisiones que pudieran asociarse al cometa.

El resultado fue negativo. No se detectó ninguna señal compatible con tecnología artificial procedente de 3I/ATLAS. Los pocos eventos candidatos que aparecieron en un primer cribado se atribuyeron finalmente a interferencias de origen terrestre. Para muchos astrónomos, ese desenlace encaja con la idea de que estamos ante un cometa natural que, aunque raro en algunos detalles, no es una nave ni una baliza interestelar.

Otros investigadores matizan, no obstante, lo que puede concluirse de este tipo de búsquedas. Dado que un objeto interestelar tarda decenas de miles de años en cruzar la galaxia, mientras que su estancia en el Sistema Solar dura unos 16.000 años de ida y vuelta desde la Nube de Oort, la probabilidad de pillar una eventual transmisión dirigida justo hacia la Tierra en una ventana de solo cinco horas es diminuta. Además, una civilización avanzada podría usar otras bandas de frecuencia, modulaciones muy breves o haces extremadamente dirigidos que no apunten en nuestra dirección.

En ese contexto, la ausencia de tecnofirmas de radio no cierra el caso, pero acota el espacio de posibilidades. Lo que sí está claro es que el experimento dinámico de marzo de 2026 —ver si aparece o no esa hipotética “luna 96”— es un test mucho más directo: o hay un satélite nuevo con parámetros imposibles de reproducir de forma natural, o no lo hay.

Esa filosofía de “prueba falsable” es precisamente la que Loeb reivindica como forma de acercarse a preguntas incómodas sin renunciar al método científico. Se trata de plantear escenarios concretos donde los datos puedan, de forma clara, apoyar o derribar las ideas más atrevidas sin necesidad de entrar en especulaciones gratuitas.

El papel de Europa y España en la vigilancia de 3I/ATLAS

Más allá de la polémica teórica, el caso de 3I/ATLAS también está sirviendo para poner en valor las capacidades de observación europeas. El trabajo del IAC y del Observatorio del Teide es un ejemplo cercano: una campaña de 37 noches con el TTT, apoyada en infraestructuras de cómputo como ASTRO POC, ha permitido extraer información de altísimo nivel sobre un objeto extremadamente débil y lejano.

A esto hay que añadir la aportación de grandes instalaciones como el Gran Telescopio Canarias (GTC), el mayor telescopio óptico-infrarrojo del mundo, o el Very Large Telescope (VLT) de la ESO en Chile, donde trabajan numerosos equipos europeos. Estos instrumentos son clave para desentrañar la composición del gas y el polvo de 3I/ATLAS, medir variaciones de brillo y seguir la evolución de su actividad a medida que se aleja del Sol.

En el espacio, Europa participa de manera decisiva en misiones que, aunque no fueron diseñadas específicamente para estudiar este cometa, han aprovechado su paso para obtener observaciones valiosas

La imagen captada por Europa Clipper, a más de 160 millones de kilómetros de distancia, se obtuvo a lo largo de unas siete horas, descomponiendo la luz ultravioleta en distintas longitudes de onda para identificar gases y elementos químicos en la coma del cometa. Este tipo de observaciones complementan las de telescopios ópticos desde tierra, aportando sensibilidad a especies que no se ven en visible.

En los próximos meses, es previsible que otros grandes observatorios europeos coordinen campañas de seguimiento alrededor de la fecha de máximo acercamiento a Júpiter. El objetivo será doble: por un lado, vigilar cualquier cambio brusco en la actividad de 3I/ATLAS; por otro, monitorizar la vecindad joviana en busca de nuevos componentes en su ya complejo sistema de satélites.

En conjunto, la historia de 3I/ATLAS se ha convertido en un buen termómetro de cómo la comunidad científica europea y española se integra en redes globales de observación, aportando datos clave y análisis sofisticados en tiempo casi real sobre fenómenos que, hasta hace nada, parecían mera ciencia ficción.

Con todo este despliegue, el pequeño visitante interestelar ha pasado de ser un punto de luz más en las efemérides a un caso de estudio que toca casi todos los palos: dinámica orbital extrema, física de chorros cometarios, búsqueda de tecnofirmas y gestión institucional del riesgo de “cisnes negros” cósmicos. Lo que ocurra —o no ocurra— en torno a Júpiter en marzo de 2026 ayudará a aclarar hasta qué punto la explicación de 3I/ATLAS cabe cómodamente en la categoría de cometa natural o si, al menos, obligará a revisar algunos supuestos que dábamos por cerrados sobre estos viajeros de hielo y polvo.

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