Fuego de San Telmo, el fuego que no quema

Fuego San Telmo simulado en laboratorio

Fuego San Telmo simulado en laboratorio

Si eres un enamorado del mar o un asiduo del vuelo en avión o vives en una zona en la que las tormentas eléctricas son frecuentes habrás sido testigo de uno de los fenómenos naturales eléctricos probablemente menos conocido. Aunque no es uno de los fenómenos con los que es fácil encontrarse puede ser observado, tomando la apariencia de llamas azules, en el último estadio de una tormenta eléctrica sobre objetos altos y/o puntiagudos como mástiles de embarcaciones, alas de aviones, campanarios, postes de luz, etc.

En primer lugar hay que tener en cuenta que se le da el nombre de “fuego” erróneamente debido a su apariencia, ya que ni es un fuego y a pesar de su relación con las tormentas eléctricas tampoco es un tipo de rayo, más concretamente se trata de un plasma. Este plasma tiene su origen en la electricidad estática de la atmósfera, definiéndose el fuego de San Telmo como un meteoro que consiste en una descarga de efecto corona electro-luminiscente provocada por la ionización del aire dentro del fuerte campo eléctrico que originan las tormentas eléctricas.

Su aspecto nos recuerda a las pequeñas chispas que saltan de los objetos metálicos y punzantes durante una tormenta intensa. Los objetos puntiagudos o buenos conductores de la electricidad empiezan a desprender pequeños chasquidos o llamaradas por la ionización del aire dentro del campo eléctrico que originan estas tormentas. El aire ionizado desprende esa luz entre azulada y violeta característica del fenómeno.

Los navegantes en la antigüedad lo consideraban una protección de San Telmo, patrono de los marineros, contra la tormenta. Esta mitificación del fenómeno se debe a que estos fogonazos se formaban en las puntas de los mástiles, haciéndolos parecer en llamas, pero éstos, no se quemaban. El que este fuego no queme es debido a que se produce a baja temperatura por lo que tampoco provoca incendios.

Este “fuego que no ardía”, como lo definió Darwin mientras viajaba por el Río de la Plata, también se puede observar en los morros de los aviones. Aunque parece inofensivo, en la antigüedad, cuando este “fuego” se producía en dirigibles era muy peligroso debido a que el hidrógeno del que se llenaban era muy inflamable. De hecho se considera el causante del accidente del famoso zeppelín Hindenburg, en el que 36 personas perdieron la vida.

Más información: Relámpago del Catatumbo, la tormenta eterna,  Al menos seis muertos en Alemania durante la peor tormenta eléctrica de los últimos años

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